Cumbres borrascosas·Episodio 47

Capítulo XXV

~7 min · 1486 palabras

Estas cosas sucedieron el invierno pasado, señor —dijo la señora Dean—; hace apenas poco más de un año. ¡El invierno pasado no creía yo que, al cabo de otros doce meses, estaría entreteniendo a un forastero con el relato de los sucesos de la familia! Con todo, ¿quién sabe cuánto tiempo seguirá usted siendo un extraño? Es usted demasiado joven para vivir siempre contento en soledad; y de algún modo me figuro que nadie podría contemplar a Catherine Linton sin enamorarse de ella. Sonríe usted; pero ¿por qué parece tan animado e interesado cuando hablo de ella? ¿Y por qué me ha pedido que cuelgue su retrato sobre la chimenea? ¿Y por qué...?

—¡Deténgase, buena amiga! —exclamé—. Es muy posible que yo pudiera amarla; pero ¿me amaría ella a mí? Lo dudo demasiado para arriesgar mi sosiego cayendo en la tentación; y además mi hogar no está aquí. Pertenezco al mundo bullicioso y a sus brazos debo regresar. Prosiga: ¿obedeció Catherine las órdenes de su padre?

—Lo hizo —continuó el ama de llaves—. El afecto hacia él seguía siendo el sentimiento primordial en su corazón; y él le habló sin cólera: le habló con la profunda ternura de quien está a punto de dejar su tesoro en medio de peligros y enemigos, donde las palabras que de él recordase serían el único auxilio que podría legarle para guiarla. Me dijo pocos días después: «Desearía que mi sobrino escribiese, Ellen, o viniese a visitarnos. Dime sinceramente qué opinas de él: ¿ha cambiado para mejor, o hay esperanzas de enmienda a medida que se hace un hombre?».

—«Es muy delicado, señor —le respondí—, y difícilmente alcanzará la edad madura; pero esto sí puedo decirle: no se parece a su padre; y si la señorita Catherine tuviese la desgracia de casarse con él, no escaparía a su gobierno, a menos que ella fuese en extremo y tontamente indulgente. Con todo, señor, dispondrá de tiempo sobrado para tratarlo y ver si le conviene: faltan cuatro años y más para que cumpla la mayoría de edad».

Edgar suspiró y, acercándose a la ventana, miró hacia la iglesia de Gimmerton. Era una tarde brumosa, pero el sol de febrero brillaba débilmente y apenas lográbamos distinguir los dos abetos del camposanto y las lápidas esparcidas aquí y allá.

—He rogado a menudo —dijo a media voz, como en soliloquio— por la llegada de lo que se avecina; y ahora empiezo a acobardarme y a temerlo. ¡Pensaba que el recuerdo de la hora en que bajé por aquella cañada como recién desposado sería menos dulce que la anticipación de que pronto, en unos pocos meses, o posiblemente semanas, me llevarían allá arriba y me depositarían en su hondonada solitaria! Ellen, he sido muy feliz con mi pequeña Cathy: durante las noches de invierno y los días de verano fue una viva esperanza a mi lado. Pero he sido igual de feliz meditando a solas entre aquellas piedras, bajo aquella vieja iglesia: tendido, durante las largas tardes de junio, sobre el túmulo verde de la tumba de su madre, y deseando... anhelando la hora en que pudiera yacer bajo él. ¿Qué puedo hacer por Cathy? ¿Cómo habré de dejarla? No me importaría un ápice que Linton fuese hijo de Heathcliff, ni que me la arrebatase, con tal de que pudiera consolarla de mi pérdida. ¡No me importaría que Heathcliff lograra sus fines y triunfase despojándome de mi última bendición! Mas si Linton fuese indigno... nada más que un débil instrumento de su padre... ¡no puedo abandonarla a él! Y por duro que sea quebrantar su espíritu jovial, debo perseverar en entristecerla mientras viva y en dejarla solitaria cuando muera. ¡Querida criatura! Preferiría consagrarla a Dios y depositarla en la tierra antes que a mí mismo.

—Confíela a Dios desde ahora, señor —respondí—, y si llegáramos a perderle a usted —lo que Dios no permita—, bajo Su providencia permaneceré a su lado como amiga y consejera hasta el final. La señorita Catherine es una buena muchacha: no temo que se extravíe deliberadamente; y quienes cumplen con su deber son siempre recompensados al fin.

La primavera avanzó, mas mi amo no recobró fuerzas verdaderas, aunque reanudó sus paseos por los terrenos de la finca con su hija. Para las nociones inexpertas de la muchacha, esto en sí era ya señal de convalecencia; y además sus mejillas a menudo se encendían y sus ojos brillaban; se sentía segura de su recuperación. En su decimoséptimo cumpleaños él no visitó el camposanto: llovía, y yo observé:

—¿Seguro que no saldrá esta noche, señor?

—No, este año lo aplazaré un poco más —respondió él.

Escribió de nuevo a Linton, expresándole su vivo deseo de verlo; y de haber estado el convaleciente presentable, no dudo de que su padre le habría permitido acudir. Siendo las cosas como eran, y hallándose instruido, devolvió una respuesta indicando que el señor Heathcliff se oponía a que visitase la Granja; pero que el afectuoso recuerdo de su tío lo colmaba de alegría, y esperaba encontrarse con él alguna vez en sus paseos, para rogarle en persona que su prima y él no permaneciesen por más tiempo tan absolutamente separados.

Aquella parte de su carta era sencilla y probablemente suya propia. Heathcliff sabía que él sabría abogar con elocuencia por la compañía de Catherine en aquel trance.

«No pido —decía— que ella me visite aquí; pero ¿acaso no habré de verla jamás porque mi padre me prohíbe ir a su casa y usted le prohíbe a ella venir a la mía? ¡Cabalguen de vez en cuando hacia las Cumbres, y permítanos cruzar unas pocas palabras en presencia suya! Nada hemos hecho para merecer esta separación; y usted no está enojado conmigo: usted mismo reconoce que no tiene motivo alguno para guardarme aversión. ¡Querido tío!, envíeme mañana unas afectuosas líneas concediéndome permiso para reunirme con ustedes en el paraje que guste, salvo en la Granja de los Tordos. Creo que una entrevista le convencería de que el carácter de mi padre no es el mío: él afirma que soy más sobrino suyo que hijo de él; y aunque poseo defectos que me hacen indigno de Catherine, ella los ha disculpado y, por consideración a ella, usted debería hacer lo mismo. Pregunta usted por mi salud: está mejor; pero mientras permanezca privado de toda esperanza y condenado a la soledad, o a la compañía de quienes jamás me han querido ni me querrán nunca, ¿cómo puedo estar alegre y sano?».

Edgar, aunque compadecía al muchacho, no podía avenirse a conceder su petición, porque no podía acompañar a Catherine. Dijo que en verano tal vez pudiesen encontrarse; entretanto, deseaba que continuase escribiendo de cuando en cuando y se comprometió a brindarle cuanto consejo y consuelo le fuese posible por carta, bien consciente como era de la difícil posición que ocupaba en su familia. Linton obedeció; y de haber gozado de libertad, probablemente lo habría echado todo a perder llenando sus epístolas de quejas y lamentos; mas su padre mantenía una estricta vigilancia sobre él y, desde luego, exigía que se le mostrase cada línea que mi amo enviaba; de modo que, en vez de plasmar por escrito sus particulares sufrimientos y congojas personales —temas que ocupaban de continuo sus pensamientos—, insistía en la cruel obligación de verse separado de su amiga y amor, e insinuaba con delicadeza que el señor Linton debía permitir una entrevista en breve, so pena de hacerle temer que lo estuviese engañando a sabiendas con vanas promesas.

Cathy era una poderosa aliada en la casa; y entre entrambos persuadieron al fin a mi amo para que consintiese en que diesen un paseo a caballo o a pie juntos aproximadamente una vez por semana, bajo mi custodia y por los páramos más próximos a la Granja, pues el mes de junio lo halló declinando todavía más. Aunque había reservado anualmente una porción de sus rentas para la dote de mi señorita, abrigaba el natural deseo de que ella conservase la morada de sus antepasados, o al menos regresase a ella al cabo de poco tiempo; y consideraba que su única perspectiva de lograrlo radicaba en una unión con su heredero. No tenía la menor idea de que este último declinaba casi tan deprisa como él mismo, ni la tenía nadie, me parece: ningún médico visitaba las Cumbres y nadie entre nosotros veía al señorito Heathcliff para dar cuenta de su estado. Yo, por mi parte, empecé a figurarme que mis presentimientos eran infundados y que el muchacho debía de estarse reponiendo efectivamente, cuando mencionaba cabalgar y pasear por los páramos y parecía tan empeñado en alcanzar su propósito. No podía concebir que un padre tratase a un hijo moribundo de forma tan tiránica y perversa como supe después que Heathcliff lo había tratado para forzar aquel fingido ardor: redoblando sus esfuerzos cuanto más inminentemente se veían amenazados de derrota por la muerte sus codiciosos e insensibles designios.

Fin del Episodio 47 · de 61

Capítulo XXV

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