Capítulo XXIV · II
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Nos echó una maldición y no le dio a Linton tiempo de responder, arrojándolo casi a la cocina; y apretó el puño mientras yo lo seguía, pareciendo desear derribarme de un golpe. Tuve miedo por un momento y dejé caer un tomo; le dio una patada tras de mí y nos cerró la puerta en las narices. Oí una risa maligna y áspera junto al fuego y, volviéndome, vi a aquel odioso Joseph de pie, frotándose las huesudas manos y temblando de complacencia.
—«¡Bien seguro estaba de que os daría vuestro merecido! ¡Es un muchacho magnífico! ¡Tiene el temple que cuadra! Él sabe... sí, tan bien como yo quién debiera ser el amo de ahí fuera... ¡Je, je, je! ¡Bien os ha hecho desalojar! ¡Je, je, je!».
—«¿Adónde iremos?», le pregunté a mi primo, sin hacer caso de las burlas de aquel viejo miserable.
—Linton estaba blanco y tembloroso. No estaba hermoso entonces, Ellen; ¡oh, no!, tenía un aspecto espantoso, pues su rostro demacrado y sus grandes ojos estaban crispados por una expresión de furia frenética e impotente. Aferró el picaporte de la puerta y lo sacudió: estaba trancada por dentro.
—«¡Si no me dejas entrar, te mato!... ¡Si no me dejas entrar, te mato!», más bien chilló que dijo—. «¡Demonio! ¡Demonio!... ¡Te mataré!... ¡Te mataré!».
—Joseph profirió de nuevo su risotada cavernosa.
—«¡Míralo, ése es su padre! —gritó—. ¡Tal cual su padre! Siempre llevamos algo de cada parte. No le hagas caso, Hareton, muchacho... no te asustes... ¡que no puede alcanzarte!».
—Tomé a Linton por las manos e intenté apartarlo; pero chilló de un modo tan estremecedor que no me atreví a proseguir. Al fin sus gritos quedaron ahogados por un acceso espantoso de tos; un chorro de sangre le brotó de la boca y cayó al suelo. Corrí al corral, enferma de terror, y llamé a Zillah con todas mis fuerzas. Pronto me oyó: estaba ordeñando las vacas en un cobertizo detrás del granero y, acudiendo a toda prisa, me preguntó qué ocurría. No me quedaba aliento para explicar nada; arrastrándola hacia dentro, busqué a Linton con la mirada. Earnshaw había salido a examinar el estrago que había causado y en aquel momento subía al desdichado muchacho por la escalera. Zillah y yo subimos tras él; pero él me detuvo en lo alto de los peldaños y dijo que no debía entrar: que debía marcharme a casa. Exclamé que había matado a Linton y que yo iba a entrar. Joseph echó la llave a la puerta y declaró que yo «no haría semejante tontería», y me preguntó si «estaba dispuesta a volverme tan loca como él». Me quedé llorando hasta que reapareció el ama de llaves. Afirmó que el chico se pondría mejor en un momento, pero que no podía soportar aquellos gritos ni semejante alboroto; y tomándome del brazo, casi en volandas me llevó adentro.
—¡Ellen, estaba a punto de arrancarme los cabellos de desesperación! Sollozaba y lloraba hasta tener los ojos casi ciegos; y aquel patán por el que tanta simpatía sientes permanecía enfrente, atreviéndose de vez en cuando a decirme que me «callase» y negando que fuese culpa suya; y al cabo, asustado por mis aseveraciones de que se lo diría a papá y de que lo meterían en la cárcel y lo colgarían, empezó a gimotear él mismo y se apresuró a salir para ocultar su cobarde turbación. Con todo, no me libré de él: cuando al fin me obligaron a marcharme y me hube alejado unos cien pasos de la finca, brotó de improviso de la sombra del camino, detuvo a Minny y me sujetó.
—«Señorita Catherine, estoy muy apenado —comenzó—, pero es harto duro...».
—Le propiné un latigazo, pensando que tal vez pretendiera asesinarme. Me soltó, tronando una de sus horrendas maldiciones, y regresé al galope a casa, medio enloquecida.
—No te di las buenas noches aquella tarde, y no fui a Cumbres Borrascosas al día siguiente: deseaba ir con toda mi alma, pero estaba extrañamente agitada, y a ratos temía enterarme de que Linton había muerto, y a ratos me estremecía ante la idea de encontrarme con Hareton. Al tercer día cobré valor: al menos no podía soportar por más tiempo la incertidumbre, y me escapé una vez más. Fui a las cinco y a pie, figurándome que conseguiría colarme en la casa y subir al cuarto de Linton sin ser advertida. No obstante, los perros dieron aviso de mi llegada. Zillah me recibió y, diciéndome que «el muchacho se iba reponiendo muy bien», me condujo a un aposento pequeño, aseado y alfombrado, donde, para mi inexpresable gozo, vi a Linton recostado en un pequeño sofá, leyendo uno de mis libros. Pero no quiso hablarme ni mirarme durante una hora entera, Ellen: tiene un carácter tan desdichado. Y lo que terminó por desconcertarme por completo fue que, cuando al fin abrió la boca, fue para proferir la falsedad de que yo había provocado el alboroto y que Hareton no tenía la culpa. Incapaz de responder salvo con indignación, me levanté y salí del aposento. Me lanzó tras de mí un débil «¡Catherine!». No contaba con que le respondiese de tal modo; pero yo no quise volverme, y la jornada siguiente fue el segundo día que permanecí en casa, resuelta casi a no visitarlo jamás. Mas era tan desolador acostarme y levantarme sin oír nada de él, que mi resolución se desvaneció en el aire antes de tomar cuerpo. Había parecido indebido emprender el viaje en una ocasión; ahora parecía indebido abstenerme. Michael vino a preguntar si debía ensillar a Minny; le dije que sí, y consideré que cumplía con un deber mientras ella me llevaba por las colinas. Me vi obligada a pasar bajo las ventanas de la fachada para llegar al patio: era inútil intentar ocultar mi presencia.
—«El señorito está en la casa», dijo Zillah al verme encaminarme a la sala. Entré; Earnshaw estaba allí también, pero abandonó la estancia al punto. Linton permanecía sentado en el gran sillón, medio dormido; acercándome al fuego, comencé con tono grave, medio resuelta a que fuera verdad:
—«Puesto que no me quieres, Linton, y puesto que crees que vengo a propósito a lastimarte, y finges que lo hago cada vez, ésta es nuestra última entrevista: despidámonos, y dile al señor Heathcliff que no tienes deseo alguno de verme y que no debe inventar más falsedades a ese respecto».
—«Siéntate y quítate el sombrero, Catherine —respondió—. Eres mucho más feliz que yo, deberías ser mejor. Papá habla tanto de mis defectos y me muestra tal desprecio que es natural que dude de mí mismo. Dudo de si no seré por completo tan despreciable como él me llama a menudo; ¡y entonces me siento tan irritado y amargado que odio a todo el mundo! Soy despreciable, y de mal genio, y de mal espíritu casi siempre; y si quieres, puedes despedirte: te librarás de un estorbo. Sólo te pido, Catherine, que me hagas esta justicia: cree que si pudiera ser tan dulce, tan bondadoso y tan bueno como tú, lo sería; de tan buena gana, o más aún, que ser feliz y estar sano. Y cree que tu bondad me ha hecho amarte más profundamente que si mereciese tu cariño; y aunque no he podido ni puedo evitar mostrarte mi verdadera naturaleza, lo lamento y me arrepiento de ello; ¡y lo lamentaré y me arrepentiré hasta el día de mi muerte!».
—Sentí que decía la verdad y sentí que debía perdonarlo; y aunque fuésemos a reñir al momento siguiente, tendría que perdonarlo de nuevo. Nos reconciliamos, pero lloramos entrambos durante todo el tiempo que permanecí allí: no enteramente de pena; mas sí sentía pena de que Linton tuviese aquella naturaleza tan tortuosa. ¡Jamás dejará en paz a sus amigos ni tendrá paz él mismo jamás! Siempre he ido a su saloncito desde aquella noche, pues su padre regresó al día siguiente.
—Unas tres veces, creo, estuvimos alegres y esperanzados, como lo estuvimos la primera tarde; el resto de mis visitas fueron tristes y azarosas: ya por su egoísmo y despecho, ya por sus padecimientos; pero he aprendido a sobrellevar lo primero casi con tan poco resentimiento como lo segundo. El señor Heathcliff me evita deliberadamente: apenas lo he visto en absoluto. El domingo pasado, en verdad, al llegar más temprano de lo habitual, lo oí insultar con crueldad al pobre Linton por su comportamiento de la noche anterior. No sabría decir cómo lo supo, a no ser que hubiera estado escuchando a escondidas. Linton se había portado con provocación ciertamente; no obstante, era asunto que a nadie concernía salvo a mí, e interrumpí la reprimenda del señor Heathcliff entrando y diciéndoselo así. Él soltó una carcajada y se marchó, diciendo que se alegraba de que yo viese el asunto de tal modo. Desde entonces le he dicho a Linton que debe decir sus amarguras en susurros. Ahora, Ellen, lo has oído todo. No se me puede impedir que vaya a Cumbres Borrascosas a menos que se inflija desdicha a dos personas; en cambio, con tal de que no se lo digas a papá, mis visitas no perturbarán la tranquilidad de nadie. No se lo dirás, ¿verdad? Sería muy desalmado por tu parte si lo hicieras.
—Tomaré una resolución a ese respecto para mañana por la mañana, señorita Catherine —le respondí—. Requiere alguna reflexión; así pues, la dejaré descansar e iré a pensarlo con calma.
Lo pensé en voz alta en presencia de mi amo, pasando directamente del aposento de ella al de él y refiriéndole toda la historia, con excepción de las conversaciones de la muchacha con su primo y cualquier mención de Hareton. El señor Linton se alarmó y apenó más de lo que quiso reconocerme. Por la mañana, Catherine se enteró de mi traición a su confianza, y se enteró asimismo de que sus visitas secretas debían tocar a su fin. En vano lloró y se revolvió contra la prohibición, implorando a su padre que tuviera piedad de Linton: todo el consuelo que obtuvo fue la promesa de que él escribiría y le daría permiso para venir a la Granja cuando quisiera; pero explicando que ya no debía esperar ver a Catherine en Cumbres Borrascosas. Quizás, de haber tenido conocimiento de la índole de su sobrino y de su estado de salud, habría considerado oportuno negarle aun ese débil consuelo.
Fin del Episodio 46 · de 61
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