Cumbres borrascosas·Episodio 45

Capítulo XXIV · I

~11 min · 2189 palabras

Al cabo de tres semanas pude abandonar mi aposento y moverme por la casa. Y en la primera ocasión en que me quedé levantada por la tarde le pedí a Catherine que me leyera, porque tenía la vista débil. Nos hallábamos en la biblioteca, habiéndose acostado ya el amo: ella consintió, con cierta renuencia según me figuré; e imaginando que mis libros no eran de su gusto, le dije que eligiese lo que le pluguiese. Escogió uno de sus favoritos y avanzó con paso firme cerca de una hora; luego comenzaron las preguntas frecuentes.

—Ellen, ¿no está cansada? ¿No sería mejor que se acostara ya? Enfermará si sigue levantada tanto tiempo, Ellen.

—No, no, querida, no estoy cansada —respondía yo continuamente.

Viéndome inamovible, probó otro método para manifestar su desgana hacia la ocupación. Comenzó con bostezos, estiramientos y...

—Ellen, estoy cansada.

—Déjelo entonces y conversemos —respondí.

Aquello fue peor: se impacientaba y suspiraba, y miraba su reloj hasta que dieron las ocho, y finalmente se marchó a su alcoba rendida de sueño, a juzgar por su mirada pesada y quejumbrosa y el frotamiento constante que infligía a sus ojos. La noche siguiente se mostró más impaciente todavía; y a la tercera desde que recobró mi compañía se quejó de dolor de cabeza y me dejó sola. Consideré extraña su conducta; y habiendo permanecido sola un largo rato, resolví ir a averiguar si se encontraba mejor y pedirle que bajara a recostarse en el sofá en vez de estar arriba a oscuras. A ninguna Catherine pude descubrir arriba, ni a ninguna abajo. Los criados afirmaron no haberla visto. Escuché a la puerta del señor Edgar: todo era silencio. Regresé a su habitación, apagué mi vela y me senté junto a la ventana.

La luna brillaba con claridad; una ligera capa de nieve cubría el suelo, y reflexioné que tal vez se le hubiese metido en la cabeza pasear por el jardín para despejarse. Descubrí en efecto una figura que se deslizaba a lo largo de la cerca interior del parque; pero no era mi joven ama: al salir a la luz reconocí a uno de los mozos de cuadra. Permaneció parado un tiempo considerable mirando el camino de carruajes a través de la finca; luego echó a andar a paso vivo como si hubiese divisado algo, y reapareció poco después llevando de la rienda a la jaca de la señorita; y allí estaba ella, recién descabalgada y caminando a su lado. El hombre se llevó su carga sigilosamente por la hierba hacia el establo. Cathy penetró por la vidriera del salón y subió sin hacer ruido hasta donde yo la aguardaba. Entornó suavemente la puerta, se quitó los zapatos cubiertos de nieve, se desató el sombrero y procedía, inconsciente de mi vigilancia, a quitarse el manto cuando me levanté de pronto y me di a conocer. El sobresalto la petrificó un instante: profirió una exclamación inarticulada y se quedó clavada en el sitio.

—Mi querida señorita Catherine —comencé, demasiado vivamente conmovida por su reciente bondad para estallar en regaños—, ¿dónde ha estado cabalgando a estas horas? ¿Y por qué pretende engañarme con patrañas? ¿Dónde ha estado? ¡Hable!

—Al fondo del parque —balbuceó—. No he dicho patrañas.

—¿Y en ninguna otra parte? —demandé.

—No —fue la respuesta mascullada.

—¡Oh, Catherine! —exclamé con tristeza—. Sabe que ha obrado mal, o no se vería empujada a decirme una falsedad. Eso sí que me duele. Antes preferiría estar enferma tres meses que oírla forjar una mentira deliberada.

Se abalanzó hacia delante y, rompiendo en llanto, me echó los brazos al cuello.

—Bueno, Ellen, ¡tengo tanto miedo de que se enfade! —dijo—. Prométame no enfadarse y sabrá toda la verdad: detesto ocultársela.

Nos sentamos en el alféizar de la ventana; le aseguré que no la reñiría fuera cual fuese su secreto, y ya lo adivinaba, por supuesto; de modo que comenzó:

—He estado en Cumbres Borrascosas, Ellen, y no he faltado un solo día desde que usted cayó enferma, salvo tres veces antes y dos después de que saliera de su cuarto. Le di a Michael libros y estampas para que me preparase a Minny todas las tardes y la volviese a meter en la cuadra: no debe reñirle a él tampoco, téngalo en cuenta. Me hallaba en las Cumbres para las seis y media, y por lo general me quedaba hasta las ocho y media, y luego regresaba al galope a casa. No iba por divertirme: a menudo me sentía desdichada todo el tiempo. De cuando en cuando era feliz: una vez por semana tal vez. Al principio creí que costaría gran trabajo persuadirla a usted de dejarme cumplir mi palabra con Linton, pues me había comprometido a volver al día siguiente cuando nos despedimos de él; pero como usted se quedó arriba a la mañana siguiente, me ahorré esa dificultad. Mientras Michael arreglaba la cerradura de la puerta del parque por la tarde me apoderé de la llave y le dije que mi primo deseaba que fuese a visitarlo porque estaba enfermo y no podía venir a la Granja, y que papá se opondría a mi ida; y luego negocié con él respecto a la jaca. Es muy aficionado a la lectura y piensa marcharse pronto para casarse; de modo que se ofreció a hacer lo que yo desease si le prestaba libros de la biblioteca; pero preferí regalarle los míos propios y aquello lo satisfizo mejor.

En mi segunda visita Linton pareció muy animado; y Zillah (esa es su ama de llaves) nos preparó una habitación limpia y un buen fuego, y nos dijo que, como Joseph había ido a una reunión de oración y Hareton Earnshaw se había marchado con sus perros —a saquear nuestros bosques cazando faisanes, como supe después—, podíamos hacer lo que nos placiera. Me trajo vino caliente y pan de jengibre y se mostró sumamente bondadosa; y Linton se sentó en el sillón y yo en la sillita mecedora junto al fuego, y reímos y charlamos tan alegremente y hallamos tanto que decir: planeamos adónde iríamos y qué haríamos en verano. No hace falta que repita aquello, porque usted lo llamaría tonto.

En una ocasión, sin embargo, estuvimos a punto de reñir. Dijo él que la manera más agradable de pasar un caluroso día de julio era tumbarse de la mañana a la noche en un talud de brezo en mitad de los páramos, con las abejas zumbando soñolientas entre las flores, las alondras cantando en lo alto del cielo, y el cielo azul y el sol brillante luciendo constantes y sin nubes. Esa era su idea más perfecta de la felicidad del cielo; la mía consistía en mecerme en un frondoso árbol verde con viento del oeste soplando y brillantes nubes blancas cruzando veloces por lo alto; y no sólo alondras, sino zorzales, mirlos, pardillos y cuclillos derramando música por doquier, y los páramos divisándose a lo lejos, hendidos en frescos y oscuros valles; pero de cerca grandes extensiones de hierba alta ondeando en olas ante la brisa; y bosques y aguas rumorosas, y el mundo entero despierto y loco de gozo. Él quería que todo descansase en un éxtasis de paz; yo quería que todo chispease y bailase en un glorioso júbilo. Dije que su cielo sólo estaría vivo a medias; y él dijo que el mío estaría borracho; dije que yo me quedaría dormida en el suyo, y él dijo que no podría respirar en el mío, y empezó a mostrarse muy desabrido. Al fin convinimos en probar ambos en cuanto llegase el tiempo oportuno; y luego nos dimos un beso y fuimos amigos.

Tras permanecer sentados una hora miré la gran estancia con su suelo liso sin alfombra y pensé qué hermoso sería jugar en ella si retirábamos la mesa; y le pedí a Linton que llamara a Zillah para que nos ayudase y jugaríamos a la gallina ciega: ella intentaría atraparnos, como usted solía hacer, ya sabe, Ellen. Él no quiso: no había placer en ello, dijo; pero consintió en jugar a la pelota conmigo. Hallamos dos en un armario, entre un montón de juguetes viejos, peonzas, aros y raquetas y volantes. Una estaba marcada con una C y la otra con una H; yo quise la C porque representaba a Catherine, y la H podía ser por Heathcliff, su nombre; pero el salvado se le salía a la H y a Linton no le gustó. Le gané constantemente; y volvió a enfurruñarse, tosió y regresó a su sillón. Aquella noche, no obstante, recobró fácilmente el buen humor: quedó encantado con dos o tres canciones hermosas —las canciones de usted, Ellen—; y cuando me vi obligada a marcharme me suplicó e imploró que fuera la noche siguiente; y se lo prometí. Minny y yo volvimos volando a casa ligeras como el aire; y soñé con Cumbres Borrascosas y con mi lindo y querido primo hasta la mañana.

Al día siguiente estuve triste, en parte porque usted se hallaba enferma y en parte porque deseaba que mi padre supiese y aprobase mis excursiones; pero hacía una hermosa noche de luna después del té, y al cabalgar se disipó la tristeza. Pasaré otra tarde feliz, pensé para mis adentros; y lo que más me deleita es que mi lindo Linton también la pasará. Subí al trote por su jardín y rodeaba hacia la parte trasera cuando aquel individuo Earnshaw me salió al paso, tomó mi brida y me indicó que entrara por la puerta principal. Le dio unas palmadas en el cuello a Minny y dijo que era una hermosa bestia, pareciendo como si quisiera que le hablase. Me limité a decirle que dejara en paz a mi caballo o le soltaría una coz. Respondió con su tosco acento: «No me haría gran daño si lo hiciera», y examinó sus patas con una sonrisa. Estuve a punto de hacer que lo probase; sin embargo, se apartó para abrir la puerta y, al levantar el pestillo, alzó la vista hacia la inscripción de arriba y dijo con una estúpida mezcla de torpeza y orgullo: «¡Señorita Catherine! Ya sé leer lo de ahí».

—«¡Maravilloso! —exclamé—. Haga el favor de leérnoslo... ¡vaya si se ha vuelto listo!».

Deletreó y arrastró por sílabas el nombre: «Hareton Earnshaw».

—«¿Y los números? —grité animándolo, al ver que se detenía en seco».

—«Esos no me los sé todavía» —respondió él.

—«¡Oh, qué zopenco! —dije, riéndome de buena gana de su fracaso».

El necio se quedó mirando, con una sonrisa vacilante en los labios y un ceño fruncido sobre los ojos, como dudando si unirse a mi risa: si sería agradable familiaridad o lo que en verdad era, desprecio. Resolví sus dudas recobrando de golpe la gravedad y ordenándole que se marchara, pues venía a ver a Linton y no a él. Se puso colorado —lo vi a la luz de la luna—, soltó la mano del pestillo y se escabulló cabizbajo, vivo retrato de la vanidad herida. Se imaginaba tan instruido como Linton, supongo, por saber deletrear su propio nombre; y se quedó maravillosamente desconcertado al ver que yo no pensaba lo mismo.

—¡Deténgase, señorita Catherine, querida! —interrumpí—. No voy a reñirla, pero no me agrada su conducta en ese punto. Si hubiese recordado que Hareton es primo suyo tanto como el señorito Heathcliff, habría comprendido lo impropio que resultaba comportarse de ese modo. Al menos era una ambición encomiable desear ser tan instruido como Linton; y probablemente no aprendió sólo por presumir: usted lo había hecho avergonzarse de su ignorancia con anterioridad, no me cabe duda; y deseaba ponerle remedio y complacerla a usted. Burlarse de su imperfecto intento fue de muy mala educación. Si usted hubiese sido criada en sus mismas circunstancias, ¿sería menos ruda? Era un niño tan despierto y tan inteligente como jamás lo fue usted; y me duele que lo desprecien ahora porque ese ruin de Heathcliff lo haya tratado tan injustamente.

—Bueno, Ellen, ¡no se pondrá a llorar por eso, verdad? —exclamó sorprendida de mi vehemencia—. Pero espere y oirá si estudió su abecedario para complacerme; y si merecía la pena ser educada con semejante bruto. Entré; Linton yacía en el escaño y se incorporó a medias para recibirme.

—«Estoy enfermo esta noche, Catherine, cielo —dijo—; y tú debes llevar toda la conversación y dejarme escuchar. Ven y siéntate a mi lado. Estaba seguro de que no faltarías a tu palabra, y te haré prometer de nuevo antes de que te marches».

Sabía ya que no debía molestarlo, estando enfermo; y hablé con suavidad y no hice preguntas, evitando irritarlo de ningún modo. Le había traído algunos de mis libros más hermosos: me pidió que le leyera un poco de uno de ellos y me disponía a complacerlo cuando Earnshaw abrió la puerta de golpe, habiendo acumulado veneno con la reflexión. Se adelantó derecho hacia nosotros, asió a Linton por el brazo y lo arrojó del asiento de un tirón.

—«¡Lárgate a tu cuarto! —dijo con una voz casi inarticulada por la cólera; y su rostro parecía hinchado y furioso—. Llévatela allí si viene a verte: no me dejarás fuera de aquí. ¡Largaos los dos!».

Fin del Episodio 45 · de 61

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