Cumbres borrascosas·Episodio 44

Capítulo XXIII · II

~6 min · 1171 palabras

Lo subiré al escaño —dije yo— y que se revuelque cuanto le plazca: no podemos quedarnos a hacerle de niñeras. Espero que quede satisfecha, señorita Cathy, de que no es usted la persona indicada para beneficiarlo, y de que su estado de salud no se debe a apego alguno hacia usted. ¡Vamos, ahí queda! Marchemos: en cuanto sepa que no hay nadie cerca que haga caso de sus necedades, se alegrará de estarse quieto.

Ella le colocó un almohadón bajo la cabeza y le ofreció un poco de agua; él rechazó esto último y se revolvió inquieto sobre el almohadón como si fuese una piedra o un leño de madera. Ella intentó acomodárselo con mayor cuidado.

—Así no puedo estar —dijo él—; no está bastante alto.

Catherine trajo otro para colocarlo encima.

—Ese está demasiado alto —murmuró el impertinente sujeto.

—¿Cómo debo colocártelo entonces? —preguntó ella desesperanzada.

Se acurrucó contra ella mientras permanecía medio arrodillada junto al escaño, y convirtió su hombro en apoyo.

—No, eso no servirá —dije yo—. Se conformará usted con el almohadón, señorito Heathcliff. La señorita ha perdido ya demasiado tiempo con usted: no podemos permanecer cinco minutos más.

—¡Sí, sí que podemos! —respondió Cathy—. Ahora está bueno y paciente. Empieza a pensar que yo pasaré mucho mayor aflicción que él esta noche si creo que ha empeorado por mi visita: y entonces no me atreveré a volver. Di la verdad sobre esto, Linton, pues no debo volver si te he hecho daño.

—Tiene que venir a curarme —respondió él—. Debería venir porque me ha hecho daño: ¡bien sabe que me lo ha hecho muchísimo! No estaba tan enfermo cuando entró como lo estoy ahora... ¿verdad que no?

—Pero te has puesto enfermo por llorar y enojarte... yo no lo causé todo —dijo su prima—. De todos modos, seremos amigos ahora. Y tú me necesitas: ¿desearías verme a veces, de verdad?

—Ya le dije que sí —respondió él con impaciencia—. Siéntese en el escaño y déjeme apoyar la cabeza en sus rodillas. Así solía hacer mamá, tardes enteras. Estése muy quieta y no hable; pero puede cantar una tonada si sabe cantar, o recitar un romance largo y entretenido, uno de esos que me prometió enseñarme; o un cuento. Aunque prefiero un romance: empiece.

Catherine recitó el más largo que pudo recordar. La ocupación complació sobremanera a ambos. Linton pidió otro, y después de aquel otro más, a pesar de mis enérgicas protestas; y así continuaron hasta que el reloj dio las doce y oímos a Hareton en el patio regresar para el almuerzo.

—Y mañana, Catherine, ¿estará usted aquí mañana? —preguntó el joven Heathcliff, sujetándola por el vestido mientras ella se levantaba a regañadientes.

—No —respondí yo—, ni al día siguiente tampoco. —Ella, no obstante, dio una contestación diferente con toda evidencia, pues su frente se despejó cuando se inclinó y le susurró al oído.

—¡Tenga en cuenta que no irá mañana, señorita! —comencé cuando estuvimos fuera de la casa—. ¿Verdad que no sueña con semejante cosa?

Ella sonrió.

—Oh, yo tendré buen cuidado —continué—: haré componer esa cerradura y no podrá escapar por ningún otro sitio.

—Puedo saltar por encima del muro —dijo riendo—. La Granja no es una cárcel, Ellen, y usted no es mi carcelera. Y además, tengo casi diecisiete años: soy una mujer. Y estoy segura de que Linton se recuperaría rápidamente si me tuviera a mí para cuidarlo. Soy mayor que él, ya lo sabe, y más juiciosa: menos infantil, ¿verdad que sí? Y pronto hará lo que yo le mande con un poco de mimo. Es un primor de criatura cuando está bueno. Haría un encanto de él si fuese mío. Jamás reñiríamos, ¿verdad, una vez acostumbrados el uno al otro? ¿Acaso no le gusta, Ellen?

—¡Gustarme! —exclamé—. El bicho más destemplado y enfermizo que jamás alcanzó la adolescencia. Felizmente, como conjeturó el señor Heathcliff, no llegará a los veinte. Dudo de que vea la primavera, en verdad. Y escasa pérdida será para su familia cuando se muera. Y una suerte es para nosotros que su padre se lo quedase: cuanto mejor lo tratasen, más pesado y egoísta se volvería. Me alegro de que no tenga usted la menor posibilidad de tenerlo por marido, señorita Catherine.

Mi acompañante se puso seria al oír semejante discurso. Hablar de su muerte con tanta crudeza hirió sus sentimientos.

—Es más joven que yo —respondió tras una prolongada pausa de meditación—, y debería vivir más tiempo: vivirá... tiene que vivir tanto como yo. Está tan fuerte ahora como cuando vino por primera vez al norte; de eso estoy segura. No tiene más que un resfriado, lo mismo que le pasa a papá. Dice usted que papá mejorará, ¿y por qué no habría de hacerlo él?

—Bueno, bueno —exclamé—, después de todo no tenemos por qué preocuparnos; pues escuche, señorita —y fíjese bien en que cumpliré mi palabra—: si intenta volver a Cumbres Borrascosas, conmigo o sin mí, se lo comunicaré al señor Linton, y a menos que él lo autorice, el trato con su primo no debe reanudarse.

—Ya se ha reanudado —masculló Cathy con terquedad.

—No debe continuarse, entonces —dije yo.

—Ya lo veremos —fue su respuesta; y partió al galope, dejándome bregar a la zaga.

Ambas llegamos a casa antes de la hora del almuerzo; mi amo supuso que habíamos estado paseando por el parque y por tanto no demandó explicación alguna de nuestra ausencia. Tan pronto como entré me apresuré a cambiarme los zapatos y las medias empapadas; pero haber permanecido sentada tanto tiempo en las Cumbres había causado el daño. A la mañana siguiente caí enferma, y durante tres semanas permanecí incapacitada para atender a mis quehaceres: una calamidad jamás experimentada con anterioridad a aquel periodo, ni jamás, doy gracias a Dios, desde entonces.

Mi pequeña señora se comportó como un ángel viniendo a cuidarme y alegrar mi soledad; el encierro me abatió en sumo grado. Es penoso para un cuerpo activo e inquieto; pero pocos tenían motivos más leves de queja de los que yo tenía. En el instante en que Catherine salía de la habitación del señor Linton se presentaba junto a mi cama. Su día se dividía entre los dos; ninguna diversión le usurpaba un minuto: descuidaba sus comidas, sus estudios y sus juegos; y fue la enfermera más cariñosa que jamás veló. Debía de tener un corazón cálido, queriendo tanto a su padre, para concederme tanto a mí. Dije que sus días se repartían entre nosotros; pero el amo se retiraba temprano y yo por lo común nada necesitaba pasadas las seis, de modo que la tarde era suya. ¡Pobre muchacha! Jamás me paré a pensar qué hacía consigo misma después del té. Y aunque con frecuencia, cuando se asomaba para darme las buenas noches, advertía un color fresco en sus mejillas y un tono sonrosado en sus delgados dedos, en vez de figurarme que el color procedía de un frío paseo a caballo por los páramos, lo achacaba a una buena lumbre en la biblioteca.

Fin del Episodio 44 · de 61

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