Cumbres borrascosas·Episodio 37

Capítulo XIX

~8 min · 1581 palabras

Una carta con bordes negros anunció el día del regreso de mi amo. Isabella había muerto; y él me escribía para ordenarme que encargase luto para su hija y dispusiese una habitación y demás acomodos para su joven sobrino. Catherine enloqueció de júbilo ante la idea de dar la bienvenida a su padre, y acarició las más halagüeñas ilusiones sobre las innumerables excelencias de su primo «verdadero». Llegó la tarde de su esperada llegada. Desde temprano había estado atareada disponiendo sus pequeños quehaceres; y ahora ataviada con su vestido negro nuevo —¡pobre criatura!, la muerte de su tía no le infundía un dolor definido—, me obligó, a fuerza de insistentes ruegos, a caminar con ella por la finca para salir a su encuentro.

—Linton es exactamente seis meses más joven que yo —charlaba mientras paseábamos sin prisa por los lomos y hondonadas de mullida hierba, bajo la sombra de los árboles—. ¡Qué delicia será tenerlo por compañero de juegos! La tía Isabella le envió a papá un hermoso rizo de su cabello: era más claro que el mío... más rubio y con la misma finura. Lo tengo cuidadosamente guardado en una cajita de cristal; y a menudo he pensado qué satisfacción sería ver a su dueño. ¡Oh, qué dichosa soy... y papá, querido, querido papá! ¡Vamos, Ellen, echemos a correr! ¡Vamos, corra!

Corrió, regresó y volvió a correr muchas veces antes de que mis pasos reposados alcanzasen la verja; y luego se sentó en el talud de hierba junto al sendero e intentó esperar pacientemente; pero aquello resultaba imposible: no lograba estarse quieta ni un minuto.

—¡Cuánto tardan! —exclamaba—. ¡Ah, veo polvo en el camino... ya vienen! ¡No! ¿Cuándo llegarán? ¿No podemos avanzar un poco... media milla, Ellen, sólo media milla? ¡Diga que sí, hasta aquel grupo de abedules en la curva!

Me negué con firmeza. Al fin su impaciencia tocó a su término: el carruaje de viaje apareció a la vista. La señorita Cathy dio un grito y tendió los brazos en cuanto descubrió el rostro de su padre asomado a la ventanilla. Descendió él, casi tan impaciente como ella; y transcurrió un intervalo considerable antes de que tuviesen un pensamiento disponible para nadie más que para ellos mismos. Mientras intercambiaban caricias, eché una mirada al interior para ver a Linton. Se hallaba dormido en un rincón, envuelto en una capa cálida forrada de pieles como si fuese invierno. Un muchacho pálido, delicado y afeminado, que bien habría podido pasar por el hermano menor de mi amo, tan vivo era el parecido; pero había un dejo enfermizo y quejumbroso en su aspecto que Edgar Linton jamás tuvo. Este último me vio mirar; y habiéndome estrechado la mano, me aconsejó cerrar la portezuela y dejarlo en reposo, pues el viaje lo había fatigado. Cathy de buena gana habría echado un vistazo, pero su padre le dijo que viniera, y caminaron juntos parque arriba, mientras yo me adelantaba presurosa para preparar a los criados.

—Ahora, cariño —dijo el señor Linton dirigiéndose a su hija mientras se detenían al pie de la escalinata principal—: tu primo no es tan fuerte ni tan alegre como tú, y ha perdido a su madre, recuerda, hace muy poco tiempo; por consiguiente, no esperes que juegue y corra contigo de inmediato. Y no lo aturdas hablándole mucho: déjalo tranquilo esta tarde al menos, ¿lo harás?

—Sí, sí, papá —respondió Catherine—; pero tengo muchas ganas de verlo, y ni una sola vez se ha asomado.

El carruaje se detuvo; y despertando al dormido, su tío lo bajó en brazos al suelo.

—Esta es tu prima Cathy, Linton —dijo, uniendo sus manitas—. Ya te tiene cariño; y cuida de no apesadumbrarla llorando esta noche. Procura estar animado ahora: el viaje ha concluido y no tienes otra cosa que hacer sino descansar y entretenerte como gustes.

—Déjeme ir a la cama entonces —respondió el muchacho, encogiéndose ante el saludo de Catherine; y se llevó los dedos a los ojos para contener las lágrimas incipientes.

—Vamos, vamos, sé un buen niño —susurré conduciéndolo adentro—. La harás llorar a ella también... ¡mira qué apenada está por ti!

No sé si era pena por él, pero su prima adoptó un semblante tan compungido como el suyo y regresó junto a su padre. Entraron los tres y subieron a la biblioteca, donde el té estaba servido. Procedí a quitarle a Linton la gorra y el abrigo y lo senté en una silla junto a la mesa; pero apenas se hubo sentado rompió a llorar de nuevo. Mi amo inquirió qué le ocurría.

—No puedo estar sentado en una silla —sollozó el muchacho.

—Ve al sofá entonces, y Ellen te llevará un poco de té —respondió su tío con paciencia.

Había sido puesto a dura prueba durante el viaje, bien me convencí de ello, por su quejumbrosa y enfermiza pupila. Linton se arrastró lentamente y se tendió. Cathy llevó un escabel y su taza a su lado. Al principio permaneció sentada en silencio; pero aquello no podía durar: había decidido mimar a su primito como a ella le placía, y comenzó a acariciarle los rizos, a besarle la mejilla y a ofrecerle té en su platillo, como a un bebé. Esto le complació a él, pues no era mucho mejor que eso: se secó los ojos y su rostro se iluminó con una tenue sonrisa.

—¡Oh, se compondrá muy bien! —me dijo el amo tras observarlos un minuto—. Muy bien, si logramos conservarlo, Ellen. La compañía de una niña de su misma edad pronto le infundirá nuevos bríos, y deseando tener fuerzas las alcanzará.

«¡Sí, si logramos conservarlo!», cavilé para mis adentros; y me asaltaron penosos recelos de que hubiera escasa esperanza de ello. Y luego pensé: ¿cómo vivirá jamás ese alfeñique en Cumbres Borrascosas? Entre su padre y Hareton, ¡vaya compañeros de juegos y preceptores le esperan! Nuestras dudas quedaron resueltas al punto, incluso antes de lo que esperaba. Acababa de subir a los niños después de terminar el té y de comprobar que Linton dormía —no me consintió dejarlo hasta que fue así—; había bajado y me hallaba junto a la mesa del vestíbulo encendiendo una vela de alcoba para el señor Edgar, cuando una doncella salió de la cocina y me informó de que Joseph, el sirviente del señor Heathcliff, estaba a la puerta y deseaba hablar con el amo.

—Primero le preguntaré qué quiere —dije con bastante zozobra—. Una hora muy intempestiva para molestar a la gente, y en el instante mismo de regresar de un largo viaje. No creo que el amo pueda recibirlo.

Joseph había avanzado por la cocina mientras yo pronunciaba estas palabras, y ahora se presentó en el vestíbulo. Vestía sus ropas de domingo, con su semblante más beatón y agrio, y sosteniendo el sombrero en una mano y el bastón en la otra, procedió a limpiarse los zapatos en el felpudo.

—Buenas noches, Joseph —dije fríamente—. ¿Qué asunto te trae por aquí esta noche?

—Es con el amo Linton con quien tengo que hablar —respondió, apartándome con un ademán despectivo.

—El señor Linton se va a acostar; a menos que tengas algo muy particular que decir, estoy segura de que no te escuchará ahora —continué—. Más te valdría sentarte ahí y confiarme tu recado.

—¿Cuál es su cuarto? —prosiguió el tipo, pasando revista a la fila de puertas cerradas.

Advertí que estaba empeñado en rechazar mi mediación, de modo que muy a mi pesar subí a la biblioteca y anuncié al intempestivo visitante, aconsejando que se le despidiera hasta el día siguiente. El señor Linton no tuvo tiempo de autorizarme a ello, pues Joseph subía pisándome los talones y, metiéndose en el aposento, se plantó al otro lado de la mesa con ambos puños apretados sobre el pomo de su bastón y comenzó en tono elevado, como previendo oposición:

—Heathcliff me ha enviado a por su muchacho, y no puedo volver sin él.

Edgar Linton guardó silencio un minuto; una expresión de profundo dolor ensombreció sus facciones: habría compadecido al niño por sí mismo; pero, recordando las esperanzas y temores de Isabella, sus fervientes deseos para con su hijo y las recomendaciones que le hizo a su cuidado, se afligió amargamente ante la perspectiva de entregarlo, y buscó en su corazón el modo de evitarlo. Ningún plan se le ofreció: la sola manifestación de cualquier deseo de retenerlo habría vuelto al demandante más perentorio; no quedaba otra salida que resignarse a cederlo. No obstante, no pensaba despertarlo de su sueño.

—Dile al señor Heathcliff —respondió con calma— que su hijo irá a Cumbres Borrascosas mañana. Se halla acostado y demasiado fatigado para emprender el camino ahora. Puedes decirle también que la madre de Linton deseaba que permaneciese bajo mi tutela; y que en el presente su salud es sumamente precaria.

—¡No! —dijo Joseph, dando un golpe con su apoyo en el suelo y adoptando un aire autoritario—. ¡No! Eso no significa nada. Heathcliff no hace caso de la madre, ni de usted tampoco; pero tendrá a su muchacho, y yo tengo que llevármelo... ¡así que ya lo sabe!

—¡Esta noche no te lo llevarás! —respondió Linton con firmeza—. Baja las escaleras de inmediato y repite a tu amo lo que he dicho. Ellen, acompáñalo abajo. Vete...

Y, ayudando al indignado anciano con un empujón por el brazo, libró la estancia de su presencia y cerró la puerta.

—¡Muy bien! —gritó Joseph mientras se retiraba despacio—. Mañana vendrá él mismo, ¡y échelo a él si se atreve!

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