Cumbres borrascosas·Episodio 38

Capítulo XX

~11 min · 2215 palabras

Para conjurar el peligro de que se cumpliera esta amenaza, el señor Linton me encargó llevar temprano al muchacho a su casa, en la jaca de Catherine; y dijo él: —Puesto que no tendremos en adelante influencia alguna sobre su destino, para bien o para mal, nada debes decir a mi hija de adónde se ha ido: no podrá tener trato con él en lo sucesivo, y es mejor para ella permanecer en la ignorancia de su cercanía, no sea que se muestre inquieta y ansiosa por visitar las Cumbres. Limítate a decirle que su padre mandó a buscarlo de improviso y que se ha visto obligado a dejarnos.

A Linton le costó mucho ser despertado de la cama a las cinco, y se asombró al enterarse de que debía prepararse para un nuevo viaje; pero le suavicé el asunto explicándole que iba a pasar un tiempo con su padre, el señor Heathcliff, quien deseaba tanto verlo que no quería demorar el placer hasta que se hubiera repuesto de su reciente viaje.

—¡Mi padre! —exclamó con extraña perplejidad—. Mamá jamás me dijo que tuviese un padre. ¿Dónde vive? Prefiero quedarme con el tío.

—Vive a corta distancia de la Granja —respondí—; justo detrás de esas colinas: no tan lejos que no puedas venir caminando cuando estés fuerte. Y deberías alegrarte de ir a casa y de verlo. Debes procurar quererlo como querías a tu madre, y entonces él te querrá a ti.

—Pero ¿por qué no he oído hablar de él antes? —preguntó Linton—. ¿Por qué mamá y él no vivían juntos, como hace la demás gente?

—Él tenía negocios que lo retenían en el norte —contesté—, y la salud de tu madre requería que residiera en el sur.

—¿Y por qué mamá no me habló de él? —perseveró el niño—. A menudo me hablaba del tío, y aprendí a quererlo hace mucho tiempo. ¿Cómo voy a querer a papá? No lo conozco.

—Oh, todos los niños quieren a sus padres —dije—. Tu madre, tal vez, pensó que querrías estar con él si te lo mencionaba con frecuencia. Dese prisa. Un paseo a caballo temprano en una mañana tan hermosa es muy preferible a una hora más de sueño.

—¿Va a venir ella con nosotros? —preguntó—, ¿la niña que vi ayer?

—Ahora no —repliqué.

—¿Y el tío? —prosiguió.

—No, yo seré tu compañera hasta allí —dije.

Linton volvió a dejarse caer en la almohada y se sumió en un hondo ensimismamiento.

—No iré sin el tío —gritó al fin—: no sé adónde pretendes llevarme.

Intenté persuadirlo de lo indecoroso que resultaba mostrar renuencia a encontrarse con su padre; con todo, se resistió obstinadamente a vestirse, y hube de impetrar el auxilio de mi amo para convencerlo de levantarse de la cama. Al fin se logró poner en camino a la pobre criatura, con varias ilusorias garantías de que su ausencia sería corta: de que el señor Edgar y Cathy irían a visitarlo, y otras promesas igualmente infundadas que inventé y reiteré a intervalos a lo largo de todo el trayecto. El aire puro aromatizado de brezo, la brillante luz del sol y el suave trote de Minny aliviaron su abatimiento al cabo de un rato. Comenzó a hacer preguntas relativas a su nuevo hogar y a sus habitantes con mayor interés y vivacidad.

—¿Es Cumbres Borrascosas un lugar tan agradable como la Granja de los Tordos? —inquirió, volviéndose para echar una última mirada hacia el valle, de donde una ligera bruma se elevaba formando una nube vaporosa en las faldas del azul.

—No se encuentra tan abrigada entre árboles —respondí—, y no es tan espaciosa, pero desde ella se divisa el paisaje hermosamente por doquier; y el aire es más saludable para ti: más fresco y seco. Tal vez encuentres el edificio antiguo y oscuro al principio, aunque es una casa respetable: la mejor de la vecindad después de esta. Y podrás dar tan hermosos paseos por los páramos... Hareton Earnshaw —esto es, el otro primo de la señorita Cathy, y por ende el tuyo en cierto modo— te enseñará todos los rincones más deleitosos; y podrás llevarte un libro cuando haga buen tiempo y hacer de una verde hondonada tu estudio; y de cuando en cuando tu tío tal vez se te una en una caminata: con frecuencia sale a pasear por las colinas.

—¿Y cómo es mi padre? —preguntó—. ¿Es tan joven y bien parecido como el tío?

—Es igual de joven —dije—; pero tiene el cabello y los ojos negros y parece más severo; y es más alto y más corpulento en conjunto. No te parecerá tan dulce y bondadoso al principio, tal vez, porque esa no es su manera de ser; aun así, ten en cuenta ser franco y afectuoso con él; y naturalmente te querrá más que cualquier tío, pues eres de su propia sangre.

—¡Cabello y ojos negros! —caviló Linton—. No me lo imagino. Entonces no me parezco a él, ¿verdad?

—No mucho —contesté; ni una pizca, pensé, contemplando con pena la tez blanca y la menuda figura de mi acompañante, y sus grandes ojos lánguidos: los ojos de su madre, salvo que, a menos que una susceptibilidad enfermiza los encendiese por un momento, no poseían vestigio alguno de su espíritu centelleante.

—¡Qué extraño que jamás viniese a vernos a mamá y a mí! —murmuró—. ¿Me ha visto alguna vez? Si lo ha hecho, yo debía de ser un bebé. ¡No recuerdo ni una sola cosa de él!

—Vamos, señorito Linton —dije—, trescientas millas es una gran distancia; y diez años parecen muy diferentes en duración para una persona mayor que para ti. Es probable que el señor Heathcliff se propusiera acudir de verano en verano, pero jamás hallara ocasión oportuna; y ahora ya es tarde. No lo importunes con preguntas sobre el asunto: le disgustará, sin provecho alguno.

El muchacho permaneció enteramente absorto en sus propias meditaciones durante el resto del camino, hasta que nos detuvimos ante la verja del jardín de la alquería. Me mantuve atenta para captar sus impresiones en su semblante. Examinó la fachada labrada y las bajas celosías, los zarzales de grosellas desparramados y los torcidos abetos con solemne fijeza, y luego sacudió la cabeza: sus íntimos sentimientos desaprobaban por completo el exterior de su nueva morada. Pero tuvo el buen juicio de aplazar sus quejas: tal vez hubiese compensación en el interior. Antes de que descabalgara fui y abrí la puerta. Eran las seis y media; la familia acababa de concluir el desayuno: la sirvienta recogía y limpiaba la mesa. Joseph permanecía de pie junto a la silla de su amo contándole alguna historia tocante a un caballo cojo; y Hareton se disponía a marchar al henar.

—¡Hola, Nelly! —dijo el señor Heathcliff al verme—. Temía tener que bajar a recoger mi propiedad yo mismo. La has traído, ¿verdad? Veamos qué provecho le sacamos.

Se levantó y caminó hacia la puerta: Hareton y Joseph lo siguieron con boquiabierta curiosidad. El pobre Linton paseó una mirada asustada por los rostros de los tres.

—¡A fe mía —dijo Joseph tras una grave inspección—, se la ha cambiado, amo: esa de ahí es su moza!

Heathcliff, tras contemplar a su hijo hasta sumirlo en un temblor de confusión, soltó una carcajada de desprecio.

—¡Por Dios! ¡Vaya belleza! ¡Qué primor, qué encanto! —exclamó—. ¿Acaso lo han criado con caracoles y leche agria, Nelly? ¡Oh, maldita sea mi alma!, pero esto es peor de lo que esperaba... ¡y el diablo sabe que yo no era muy optimista!

Le ordené al tembloroso y desconcertado niño que bajara y entrara. No comprendió cabalmente el sentido de las palabras de su padre, ni si iban dirigidas a él: en verdad, ni siquiera estaba seguro todavía de que el siniestro y burlón extraño fuese su padre. Pero se aferró a mí con creciente zozobra; y al sentarse el señor Heathcliff y ordenarle «ven aquí», ocultó el rostro en mi hombro y rompió a llorar.

—¡Vamos, vamos! —dijo Heathcliff, alargando una mano y tirando de él bruscamente entre sus rodillas, para luego alzarle la cabeza por la barbilla—. ¡Nada de tonterías! No vamos a hacerte daño, Linton... ¿no es ese tu nombre? ¡Eres el hijo de tu madre por entero! ¿Dónde está mi parte en ti, pollo quejumbroso?

Le quitó la gorra al muchacho y le echó hacia atrás sus espesos rizos rubios, palpó sus delgados brazos y sus menudos dedos; durante cuyo examen Linton cesó de llorar y alzó sus grandes ojos azules para inspeccionar al examinador.

—¿Me conoces? —preguntó Heathcliff, tras cerciorarse de que todos sus miembros eran igualmente endebles y quebradizos.

—No —dijo Linton, con una mirada de vago espanto.

—¿Has oído hablar de mí, me atrevería a decir?

—No —respondió de nuevo.

—¡No! ¡Qué vergüenza de madre, no despertar jamás tu afecto filial hacia mí! Pues eres mi hijo, te lo hago saber; y tu madre fue una ramera perversa al dejarte en la ignorancia de la clase de padre que tenías. ¡Vamos, no te encojas ni te ruborices! Aunque ya es algo ver que no tienes sangre blanca. Sé un buen chico y yo cuidaré de ti. Nelly, si estás cansada puedes sentarte; si no, vuélvete a casa. Imagino que relatarás lo que oigas y veas al cero a la izquierda de la Granja; y este asunto no se resolverá mientras sigas rondando por aquí.

—Bueno —repliqué yo—, espero que sea bueno con el muchacho, señor Heathcliff, o no lo conservará por mucho tiempo; y él es todo el pariente que le queda en este ancho mundo que jamás llegará a conocer... recuérdelo.

—Seré muy bueno con él, no tienes por qué temer —dijo riendo—. Sólo que nadie más debe ser bueno con él: soy celoso de monopolizar su afecto. Y para comenzar con mi bondad, Joseph, trae a este chico algo de desayuno. Hareton, mastín infernal, vete a tu trabajo. Sí, Nell —añadió cuando se hubieron marchado—, mi hijo es el futuro dueño de tu casa, y no desearía que muriese hasta estar seguro de ser su sucesor. Además, es mío, y quiero el triunfo de ver a mi descendiente legítimo señor de sus haciendas; a mi hijo contratando a sus hijos para labrar por un jornal las tierras de sus padres. Esa es la única consideración que me permite soportar al engendro: ¡lo desprecio por sí mismo y lo detesto por los recuerdos que revive! Pero esa consideración basta: está tan seguro conmigo y será atendido con tanto cuidado como tu amo atiende a la suya. Tengo una habitación en el piso superior amueblada para él con excelente estilo; he contratado también a un preceptor que vendrá tres veces por semana desde veinte millas de distancia para enseñarle lo que le plazca aprender. Le he ordenado a Hareton que le obedezca; y de hecho lo he dispuesto todo con la mira de preservar en él al superior y al caballero por encima de sus camaradas. Lamento, sin embargo, que tan poco merezca la molestia: si algún bien deseaba en el mundo, era hallar en él un digno motivo de orgullo; ¡y me hallo amargamente decepcionado con este miserable quejica de cara de suero!

Mientras hablaba, Joseph regresó portando una escudilla de gachas de leche y la colocó delante de Linton, quien removió el tosco preparado con una mirada de repugnancia y afirmó que no podía comerlo. Vi que el viejo sirviente compartía en gran medida el desprecio de su amo hacia el niño, aunque se veía obligado a reprimir el sentimiento en su corazón, porque Heathcliff claramente pretendía que sus subordinados lo tratasen con acatamiento.

—¿Que no puede comerlo? —repitió, mirándole a la cara a Linton y bajando la voz a un susurro por temor a ser oído—. ¡Pues el señorito Hareton jamás comió otra cosa cuando era pequeño; y lo que era bastante bueno para él es bastante bueno para usted, según creo!

—¡No me lo comeré! —respondió Linton con aspereza—. Lléveselo.

Joseph retiró la comida indignado y nos la trajo.

—¿Acaso le pasa algo a la comida? —preguntó, metiendo la bandeja bajo las narices de Heathcliff.

—¿Qué le va a pasar? —dijo este.

—¡Bah! —respondió Joseph—. Ese señorito remilgado dice que no puede comerla. ¡Pero imagino que es natural! Su madre era exactamente igual... casi estábamos demasiado mugrientos para sembrar el trigo con que amasarle el pan.

—No me menciones a su madre —dijo el amo con enfado—. Tráele algo que pueda comer, y basta. ¿Cuál es su alimento ordinario, Nelly?

Sugerí leche hervida o té; y el ama de llaves recibió instrucciones de prepararlo. «Vamos —reflexioné—, el egoísmo de su padre puede contribuir a su bienestar. Advierte su delicada constitución y la necesidad de tratarlo con cierta tolerancia. Consolaré al señor Edgar enterándole del sesgo que ha tomado el humor de Heathcliff». No teniendo excusa para demorarme más, me escurrí fuera mientras Linton se ocupaba en rechazar tímidamente los agasajos de un cariñoso perro pastor. Pero estaba demasiado sobre aviso para dejarse engañar: al cerrar la puerta oí un grito y una frenética repetición de las palabras:

—¡No me deje! ¡No me quedaré aquí! ¡No me quedaré aquí!

Luego el pestillo se alzó y cayó: no le consintieron salir. Monté en Minny y la apremié al trote; y así concluyó mi breve tutela.

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