Cumbres borrascosas·Episodio 36

Capítulo XVIII · II

~8 min · 1591 palabras

La jaca está en el patio —respondió ella—, y Phoenix está encerrado allí. Lo han mordido... y a Charlie también. Iba a contárselo todo; pero está usted de mal humor y no se merece oírlo.

Recogí su sombrero y me acerqué para colocárselo; pero advirtiendo que la gente de la casa se ponía de su parte, comenzó a cabriolar por la habitación; y al darle caza, corrió como un ratón por encima, por debajo y por detrás de los muebles, haciendo ridícula mi persecución. Hareton y la mujer se reían, y ella se les unió, mostrándose más impertinente todavía; hasta que exclamé, con gran irritación: —En verdad, señorita Cathy, ¡si supiera de quién es esta casa se alegraría bastante de salir de ella!

—Es de tu padre, ¿no es así? —dijo ella, dirigiéndose a Hareton.

—No —respondió él, bajando los ojos y ruborizándose tímidamente.

No pudo sostener una mirada fija de sus ojos, aunque fuesen exactamente iguales a los suyos.

—¿De quién entonces... de tu amo? —preguntó ella.

Él se encendió aún más, con un sentimiento diferente, murmuró una maldición y desvió el rostro.

—¿Quién es su amo? —prosiguió la fastidiosa muchacha, apelando a mí—. Hablaba de «nuestra casa» y de «nuestra gente». Creí que era el hijo del dueño. Y jamás dijo señorita: debería haberlo hecho, ¿verdad, si es un sirviente?

Hareton se puso negro como una nube de tormenta ante aquel infantil discurso. Sacudí en silencio a mi interrogadora, y al fin conseguí pertrecharla para la partida.

—Ahora ve a buscar mi caballo —dijo, dirigiéndose a su desconocido pariente como lo haría con uno de los mozos de cuadra de la Granja—. Y puedes venir conmigo. Quiero ver dónde se alza el cazador de trasgos en el pantano, y oír hablar de las hadas, como vosotros las llamáis: ¡pero date prisa! ¿Qué pasa? Ve por mi caballo, te digo.

—¡Antes te veré condenada que ser tu criado! —gruñó el mozo.

—¿Me verás qué? —preguntó Catherine con asombro.

—¡Condenada, bruja insolente! —respondió él.

—¡Ya lo ve, señorita Cathy! Ya ve en qué hermosa compañía se ha metido —intervine yo—. ¡Vaya palabras para dirigirlas a una joven dama! Le ruego que no se ponga a disputar con él. Vamos, busquemos nosotras mismas a Minny y marchémonos.

—Pero, Ellen —gritó ella, mirándolo fijamente con asombro—, ¿cómo se atreve a hablarme así? ¿No habrá que obligarle a hacer lo que le pido? Criatura malvada, le diré a papá lo que has dicho... ¡Ya lo verás!

Hareton no pareció inmutarse por esta amenaza; de modo que a ella se le saltaron las lágrimas de pura indignación. —Traiga usted la jaca —exclamó dirigiéndose a la mujer—, ¡y suelte a mi perro en este mismo instante!

—Despacio, señorita —respondió la aludida—. Nada perderá por ser educada. Aunque el señorito Hareton, ahí presente, no sea el hijo del amo, es su primo carnal: y a mí jamás me contrataron para servirle a usted.

—¿Él mi primo? —gritó Cathy con una carcajada de desprecio.

—Sí, ciertamente —respondió quien la reprendía.

—¡Oh, Ellen! No dejes que digan semejantes cosas —prosiguió muy turbada—. Papá ha ido a buscar a mi primo a Londres: mi primo es el hijo de un caballero. Que ese sea mi... —Se detuvo y rompió a llorar abiertamente, descompuesta ante la sola noción de parentesco con semejante rústico.

—¡Chitón, chitón! —susurré—. La gente puede tener muchos primos y de toda laya, señorita Cathy, sin ser por ello peor; sólo que no hace falta mantener su trato si resultan desagradables y malos.

—¡No es... no es mi primo, Ellen! —continuó ella, acumulando mayor aflicción al reflexionar y arrojándose a mis brazos en busca de refugio contra semejante idea.

Me disgusté en extremo con ella y con la sirvienta por sus mutuas revelaciones; no dudando de que la inminente llegada de Linton, comunicada por la primera, sería transmitida al señor Heathcliff; y sintiéndome tan segura de que el primer pensamiento de Catherine al regreso de su padre consistiría en buscar una explicación a la afirmación de la segunda relativa a sus toscos parientes. Hareton, reponiéndose de su disgusto por haber sido tomado por criado, pareció conmoverse ante su desconsuelo; y, habiendo traído la jaca a la puerta, tomó para congraciarse con ella un hermoso cachorro de terrier de patas torcidas del corral, y poniéndoselo en la mano le pidió que callara, pues nada malo pretendía. Deteniéndose en sus lamentaciones, lo examinó con una mirada de pavor y espanto, y luego rompió a llorar de nuevo.

Apenas pude abstenerme de sonreír ante semejante antipatía hacia el pobre muchacho; quien era un joven bien formado, atlético, de buenas facciones y fuerte y lozano, aunque vestido con ropas apropiadas a sus faenas diarias de trabajar en la granja y holgazanear por los páramos tras conejos y piezas de caza. Con todo, creí adivinar en su fisonomía un alma dotada de mejores prendas que las que jamás poseyó su padre. Buenas prendas perdidas en medio de un erial de maleza, ciertamente, cuya lozanía silvestre sobrepasaba con creces su descuidado crecimiento; mas, a pesar de todo, indicios de una tierra feraz capaz de rendir cosechas opulentas bajo otras circunstancias más favorables. El señor Heathcliff, según creo, no lo había maltratado físicamente, gracias a su natural intrépido, que no ofrecía tentación alguna a semejante régimen de opresión: carecía de la tímida susceptibilidad que habría dado sazón al maltrato a juicio de Heathcliff. Parecía haber volcado su malevolencia en convertirlo en un bruto: jamás le enseñaron a leer ni a escribir; jamás le reprendieron por mal hábito alguno que no importunara a su guardián; jamás lo encaminaron un solo paso hacia la virtud ni lo protegieron con un solo precepto contra el vicio. Y por lo que oí, Joseph contribuyó en gran medida a su deterioro por una mezquina predilección que lo impulsaba a adularlo y mimarlo de niño por ser la cabeza del antiguo linaje. Y así como había acostumbrado acusar a Catherine Earnshaw y a Heathcliff, de pequeños, de agotar la paciencia del amo obligándolo a buscar consuelo en la bebida con lo que él denominaba sus «modos descarriados», así en el presente cargaba todo el peso de las faltas de Hareton sobre las espaldas del usurpador de su hacienda. Si el mozo echaba una maldición, no lo corregía, ni por muy culpable que fuera su conducta. A Joseph le producía satisfacción, al parecer, verlo llegar a los peores extremos: admitía que el mozo estaba perdido, que su alma se hallaba entregada a la perdición; pero luego reflexionaba que Heathcliff habría de responder por ello. La sangre de Hareton le sería demandada de sus manos, y en tal pensamiento anidaba un inmenso consuelo. Joseph le había inculcado el orgullo de su nombre y de su estirpe; habría, de haber osado, fomentado el odio entre él y el actual dueño de las Cumbres; pero su pavor hacia dicho amo rayaba en la superstición, y limitaba sus sentimientos hacia él a insinuaciones masculladas y maldiciones privadas. No presumo de conocer íntimamente el modo de vida acostumbrado por aquellos días en Cumbres Borrascosas: sólo hablo de oídas, pues vi poco. Los aldeanos afirmaban que el señor Heathcliff era avaro y un arrendador cruel y duro con sus colonos; pero la casa, por dentro, había recobrado su antiguo aspecto de comodidad bajo el gobierno femenino, y las escenas de motín comunes en tiempo de Hindley ya no se representaban entre sus muros. El amo era demasiado sombrío para buscar trato con persona alguna, buena o mala; y lo sigue siendo.

Esto, no obstante, no es avanzar en mi relato. La señorita Cathy rechazó la ofrenda de paz del perrito y exigió a sus propios perros, Charlie y Phoenix. Llegaron cojeando y cabizbajos; y emprendimos el camino a casa, sumamente destemplados todos nosotros. No logré sacarle a mi pequeña señora cómo había pasado el día, salvo que, como supuse, el término de su peregrinación habían sido las Peñas de Penistone; habiendo llegado sin tropiezo a la verja de la granja cuando da la casualidad de que salía Hareton acompañado de algunos seguidores caninos que atacaron a su séquito. Se trabó una reñida batalla antes de que sus dueños pudieran separarlos: aquello sirvió de presentación. Catherine le dijo a Hareton quién era ella y adónde se dirigía, y le pidió que le enseñara el camino, seduciéndolo al fin para que la acompañase. Él le descubrió los misterios de la Cueva de las Hadas y de otros veinte parajes singulares. Pero, estando yo en desgracia, no se me honró con una descripción de los interesantes parajes que contempló. Pude colegir, empero, que su guía había sido su favorito hasta que hirió sus sentimientos tratándolo de criado, y el ama de llaves de Heathcliff hirió los de ella llamándolo su primo. Luego el lenguaje que le había dirigido le reconcomía el corazón: ¡ella, que siempre era «cielo», «tesoro», «reina» y «ángel» para todos en la Granja, verse insultada de forma tan atroz por un extraño! No lo comprendía; y gran trabajo me costó arrancarle la promesa de que no expondría el agravio ante su padre. Le expliqué cómo se oponía él a toda la servidumbre de las Cumbres y lo mucho que le dolería enterarse de que había estado allí; pero insistí sobre todo en el hecho de que, si revelaba mi negligencia en cumplir sus órdenes, tal vez se enojaría tanto que yo tendría que marcharme; y Cathy no podía soportar semejante perspectiva: empeñó su palabra y la cumplió por consideración hacia mí. Después de todo, era una linda chiquilla.

Fin del Episodio 36 · de 61

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