Cumbres borrascosas·Episodio 27

Capítulo XIV · I

~11 min · 2107 palabras

Tan pronto como hube examinado esta epístola fui a ver al amo y le comuniqué que su hermana había llegado a las Cumbres y me enviaba una carta expresando su pesar por la situación de la señora Linton y su ardiente deseo de verlo, rogándole que le transmitiera por mi conducto, a la mayor brevedad, alguna muestra de perdón.

—¿Perdón? —dijo Linton—. No tengo nada que perdonarle, Ellen. Puedes llegarte a Cumbres Borrascosas esta tarde, si te place, y decirle que no estoy airado, pero que lamento haberla perdido; en especial porque jamás podré pensar que llegue a ser feliz. Sin embargo, está fuera de toda cuestión que yo vaya a verla: estamos divididos eternamente; y si en verdad desea complacerme, que persuada al villano con quien se ha casado de que abandone el país.

—¿Y no le escribirá usted unas breves líneas, señor? —pregunté suplicante.

—No —respondió él—. Es innecesario. Mi trato con la familia de Heathcliff será tan escaso como el suyo con la mía. ¡No existirá!

La frialdad del señor Edgar me abatió en sumo grado; y durante todo el camino desde la Granja me devané los sesos pensando cómo infundir más ternura a sus palabras al repetirlas, y cómo suavizar su negativa a escribir siquiera unas pocas líneas para consolar a Isabella. Me atrevo a decir que llevaba vigilándome desde la mañana: la vi asomada a la celosía mientras subía por la senda empedrada del jardín y le hice una seña con la cabeza; pero retrocedió como temerosa de ser observada. Entré sin llamar. ¡Jamás ofreció aquella casa antaño risueña un cuadro tan lúgubre y desolador! Debo confesar que, de haber estado en el lugar de la joven señora, al menos habría barrido el hogar y limpiado las mesas con un paño. Pero ella participaba ya del espíritu de abandono general que la envolvía. Su lindo rostro estaba pálido y marchito; su cabello lacio y desrizado: algunos mechones colgaban sin gracia y otros se hallaban descuidadamente enrollados en torno a la cabeza. Probablemente no se había tocado el vestido desde la víspera por la noche. Hindley no estaba allí. El señor Heathcliff se hallaba sentado a una mesa revisando unos papeles de su cartera; pero se levantó al aparecer yo, me preguntó cómo estaba con bastante afabilidad y me ofreció una silla. Era lo único allí que parecía decente; y juzgué que jamás había tenido mejor presencia. Tanto habían alterado las circunstancias sus posiciones que a buen seguro a un extraño le habría parecido un perfecto caballero de cuna, ¡y su esposa una auténtica pingajosa! Ella se adelantó presurosa a recibirme y alargó una mano para tomar la esperada carta. Sacudí la cabeza. No quiso comprender la seña, sino que me siguió hasta un aparador donde fui a dejar el sombrero y me importunó en un susurro para que le entregase de inmediato lo que traía. Heathcliff adivinó el significado de sus maniobras y dijo: —Si traes algo para Isabella (como sin duda traes, Nelly), dáselo. No hace falta que guardes el secreto: no tenemos secretos entre nosotros.

—Oh, no traigo nada —respondí, considerando preferible decir la verdad de una vez—. Mi amo me ordenó que dijese a su hermana que por el momento no debe esperar de él ni carta ni visita. Le envía su cariño, señora, sus votos de felicidad y su perdón por la aflicción que usted le ha ocasionado; pero opina que en adelante su casa y la de aquí deben interrumpir todo trato, pues nada bueno puede derivarse de mantenerlo.

El labio de la señora Heathcliff tembló ligeramente y regresó a su asiento junto a la ventana. Su marido tomó posición en las losas del hogar, cerca de mí, y comenzó a hacerme preguntas concernientes a Catherine. Le conté cuanto juzgué oportuno acerca de su enfermedad, y él me arrancó, a fuerza de interrogatorio cruzado, la mayor parte de los hechos relacionados con su origen. La culpé a ella, como bien merecía, de habérselo acarreado todo por su propia cuenta; y concluí expresando la esperanza de que siguiese el ejemplo del señor Linton y evitara toda futura intromisión en su familia, para bien o para mal.

—La señora Linton apenas se está recuperando ahora —dije—; jamás volverá a ser la que fue, pero su vida se ha salvado; y si de veras le guarda afecto, evitará cruzarse de nuevo en su camino; es más, se marchará por entero de esta comarca; y para que no se arrepienta de ello, le informo de que Catherine Linton es ahora tan diferente de su antigua amiga Catherine Earnshaw como esa joven señora lo es de mí. Su aspecto ha cambiado enormemente, su carácter muchísimo más; ¡y la persona obligada por necesidad a ser su compañera sólo sostendrá en adelante su afecto por el recuerdo de lo que una vez fue, por mera humanidad y por sentido del deber!

—Eso es muy posible —observó Heathcliff, forzándose a parecer sereno—: muy posible que tu amo no tenga más que la común humanidad y el sentido del deber a que recurrir. Pero ¿te imaginas que dejaré a Catherine a merced de su deber y de su humanidad? ¿Y puedes comparar mis sentimientos respecto a Catherine con los suyos? Antes de que salgas de esta casa habré de arrancarte la promesa de que me concertarás una entrevista con ella: ¡consientas o te niegues, la veré! ¿Qué dices a eso?

—Digo, señor Heathcliff —respondí—, que no debe: jamás la verá por mi mediación. Otro encuentro entre usted y el amo la mataría sin remisión.

—Con tu concurso eso puede evitarse —continuó él—; y de haber peligro de semejante desenlace... si él fuese causa de añadir un solo padecimiento más a su existencia, ¡vamos, creo que estaría justificado si llegara a los mayores extremos! Desearía que tuvieras suficiente sinceridad para decirme si Catherine sufriría intensamente por su pérdida: el temor a que sufra me refrena. Y ahí ves la distinción entre nuestros sentimientos: si él hubiera estado en mi lugar y yo en el suyo, aunque lo odiase con un odio que convirtiese mi vida en hiel, jamás habría levantado la mano contra él. ¡Puedes poner cara de incredulidad si te place! Jamás lo habría desterrado de su compañía mientras ella deseara la suya. ¡En el momento en que su apego hubiese cesado, le habría arrancado el corazón y bebido su sangre! Pero hasta entonces —si no me crees es que no me conoces—, ¡hasta entonces habría muerto pulgada a pulgada antes de tocar un solo cabello de su cabeza!

—Y sin embargo —interrumpí—, no tiene usted escrúpulo alguno en arruinar por completo toda esperanza de su perfecto restablecimiento, imponiéndole su recuerdo ahora que casi lo ha olvidado, y sumiéndola en un nuevo torbellino de discordia y angustia.

—¿Supones que casi me ha olvidado? —dijo él—. ¡Oh, Nelly, bien sabes que no! ¡Sabes tan bien como yo que por cada pensamiento que dedica a Linton me dedica mil a mí! En un periodo sumamente desdichado de mi vida abrigué una idea semejante: me persiguió a mi regreso a esta vecindad el pasado verano; pero sólo sus propias aseveraciones podrían hacerme admitir de nuevo tan horrible idea. Y entonces Linton no sería nada, ni Hindley, ni todos los sueños que jamás soñé. Dos palabras compendiarían mi porvenir: muerte e infierno; la existencia, tras perderla a ella, sería un infierno. Mas fui un necio al imaginar por un instante que ella valorase el afecto de Edgar Linton por encima del mío. Si él amase con todas las fuerzas de su mezquino ser, no podría amar tanto en ochenta años como yo en un solo día. Y Catherine tiene un corazón tan profundo como el mío: el mar cabría con igual presteza en ese abrevadero que todo su afecto acaparado por él. ¡Bah! Apenas le es un grado más querido que su perro o su caballo. No está en su naturaleza ser amado como yo: ¿cómo puede ella amar en él lo que no tiene?

—Catherine y Edgar se quieren tanto como puedan quererse dos seres humanos —exclamó Isabella con repentina viveza—. Nadie tiene derecho a hablar de ese modo, ¡y no consentiré en silencio que desprecien a mi hermano!

—Tu hermano siente un cariño asombroso por ti también, ¿verdad? —observó Heathcliff con desprecio—. Te arroja a la deriva por el mundo con sorprendente presteza.

—Él no sabe lo que sufro —respondió ella—. No le he dicho eso.

—Le has estado contando algo, entonces: le has escrito, ¿no es así?

—Para decirle que me había casado, sí que le escribí... tú viste la nota.

—¿Y nada más desde entonces?

—No.

—Mi joven señorita parece tristemente desmejorada por su cambio de estado —comenté—. El amor de alguien se queda muy corto en su caso, con toda evidencia; de quién, puedo sospecharlo, pero tal vez no deba decirlo.

—Yo sospecharía que es el suyo propio —dijo Heathcliff—. ¡Se va degradando hasta convertirse en una mera ramera! Se ha cansado de intentar complacerme con insólita prontitud. Apenas lo creerías, pero la mismísima mañana siguiente a nuestra boda ya lloraba por volver a casa. De todos modos, convendrá a esta casa tanto mejor por no ser demasiado remilgada, y yo cuidaré de que no me deshonre vagabundeando por ahí.

—Bien, señor —repliqué yo—, espero que considere que la señora Heathcliff está acostumbrada a que la cuiden y la sirvan, y que ha sido educada como una hija única a quien todos estaban dispuestos a complacer. Debe permitirle tener una sirvienta que mantenga las cosas aseadas a su alrededor y debe tratarla con bondad. Cualquiera que sea su opinión sobre el señor Edgar, no puede dudar de que ella posee capacidad para afectos profundos, o no habría abandonado las galas, comodidades y amigos de su antiguo hogar para instalarse contenta en semejante yermo como este con usted.

—Los abandonó bajo un engaño —contestó él—, pintándose en mí a un héroe de novela y esperando ilimitadas complacencias de mi devoción caballeresca. Apenas puedo mirarla bajo la luz de una criatura racional, tan obstinadamente ha persistido en forjarse una idea fabulosa de mi carácter y en conducirse según las falsas impresiones que acariciaba. Pero al fin creo que empieza a conocerme: ya no advierto las sonrisas tontas y las muecas que me provocaban al principio, ni la insensata incapacidad de discernir que hablaba en serio cuando le daba mi parecer sobre su chifladura y sobre ella misma. Fue un prodigioso esfuerzo de perspicacia descubrir que yo no la amaba. ¡Llegué a creer que ninguna lección conseguiría enseñárselo! Y sin embargo lo ha aprendido a medias; ¡pues esta mañana me anunció, como una noticia espeluznante, que verdaderamente había logrado que me odiase! ¡Un auténtico trabajo de Hércules, te lo aseguro! Si se ha consumado, tengo motivos para dar gracias. ¿Puedo fiarme de tu aseveración, Isabella? ¿Estás segura de que me odias? Si te dejo en paz durante medio día, ¿no vendrás suspirando y zalamera hacia mí de nuevo? Me atrevo a decir que preferiría que me hubiese mostrado todo ternura ante ti: hiere su vanidad que la verdad quede al descubierto. Pero no me importa quién sepa que la pasión estuvo enteramente de un solo lado: y jamás le dije una mentira al respecto. No puede acusarme de haber mostrado un solo ápice de engañosa blandura. Lo primero que me vio hacer al salir de la Granja fue ahorcar a su perrita; y cuando me suplicó por ella, las primeras palabras que pronuncié fueron el deseo de tener en la horca a todo ser que le perteneciese, salvo a uno: posiblemente tomó esa excepción por ella misma. Pero ninguna brutalidad le repugnó: ¡supongo que siente una innata admiración por ella, con tal de que su preciosa persona quede a salvo de daño! Ahora bien, ¿no fue el colmo del absurdo, de la genuina idiotez, que esa perra lastimera, servil y ruin soñara que yo podía amarla? Dile a tu amo, Nelly, que jamás en toda mi vida me he topado con un ser tan abyecto como ella. Llega a deshonrar el apellido de Linton; ¡y a veces he aflojado la mano, por pura falta de inventiva, en mis experimentos sobre cuánto podía soportar antes de volver a arrastrarse vergonzosamente sumisa! Pero dile también, para que su corazón fraternal y justiciero descanse tranquilo, que me mantengo estrictamente dentro de los límites de la ley. He evitado hasta este momento darle el más leve derecho a reclamar la separación; y lo que es más, a nadie agradecería que nos separasen. Si deseara marcharse, podría hacerlo: ¡el fastidio de su presencia supera con creces la satisfacción que pueda derivarse de atormentarla!

Fin del Episodio 27 · de 61

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