Capítulo XIII · II
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No me importa que se lo digas —dijo él—. Ponlo en guardia y vigila por él. Veo que conoces los términos en que estamos: su peligro no te impresiona.
—¿Qué le ha hecho Heathcliff? —pregunté—. ¿En qué le ha ofendido para justificar este odio espantoso? ¿No sería más prudente ordenarle que abandone la casa?
—¡No! —tronó Earnshaw—. Si se atreviera a dejarme, es hombre muerto: ¡persuádelo de intentarlo y serás una asesina! ¿Acaso he de perderlo todo, sin posibilidad de recuperarlo? ¿Ha de ser Hareton un mendigo? ¡Oh, maldición! He de recobrarlo; y me quedaré también con su oro; ¡y luego con su sangre; y el infierno se quedará con su alma! ¡Será diez veces más negro con ese huésped de lo que jamás fue!
Tú me has enterado, Ellen, de las costumbres de tu antiguo amo. Con toda evidencia está al borde de la locura: lo estaba anoche al menos. Me estremecí de hallarme cerca de él y consideré la maleducada aspereza del criado como algo comparativamente agradable. Reanudó entonces su paseo sombrío; levanté el pestillo y escapé a la cocina. Joseph estaba inclinado sobre el fuego, atisbando dentro de una gran olla que pendía sobre la lumbre; y un cuenco de madera con harina de avena reposaba en el escaño contiguo. El contenido de la olla comenzó a hervir y él se volvió para hundir la mano en el cuenco; conjeturé que aquel preparado era probablemente para nuestra cena y, teniendo apetito, decidí que fuese comestible; de modo que, exclamando con presteza: «¡Yo prepararé las gachas!», aparté el recipiente fuera de su alcance y procedí a quitarme el sombrero y el hábito de montar. «El señor Earnshaw —añadí— me ordena que me atienda a mí misma: lo haré. No voy a hacer de dama entre vosotros, por temor a morirme de hambre».
—¡Válgame Dios bendito! —rezongó él, sentándose y alisándose las calzas de lana acanalada desde la rodilla hasta el tobillo—. Si ha de haber nuevas órdenes... justo cuando me había acostumbrado a dos amos, si he de tener a una señora puesta sobre mi cabeza, parece que ha llegado la hora de mudar de aires. ¡Jamás pensé ver el día en que tuviese que dejar este viejo lugar... pero me temo que está muy cerca!
Esta lamentación no mereció mi atención: me puse a trabajar con brío, suspirando al recordar una época en que todo habría sido alegre diversión; pero obligada con presteza a ahuyentar semejante recuerdo. Me martirizaba evocar la dicha pasada, y cuanto mayor era el peligro de conjurar su espectro, más rápido giraba la paleta de madera y más veloces caían los puñados de harina en el agua. Joseph contemplaba mi estilo culinario con creciente indignación.
—¡Mire ahí! —exclamó—. Hareton, muchacho, no probarás tus gachas esta noche; no serán más que grumos tan gordos como mi puño. ¡Mire otra vez! ¡Yo arrojaría el cuenco entero, si fuera usted! ¡Vamos, quite esa espuma y acabará de una vez! ¡Golpe tras golpe! ¡Milagro es que no haya desfondado la cazuela!
Era un potaje harto tosco, lo confieso, cuando se vertió en las escudillas; se habían dispuesto cuatro, y trajeron de la lechería una jarra de un galón de leche recién ordeñada, que Hareton aferró comenzando a beber y derramar por su ancha boca. Protesté y exigí que le sirvieran la suya en un tazón, afirmando que no podía probar un líquido tratado tan suciamente. El viejo cínico tuvo a bien ofenderse sobremanera ante semejante escrúpulo, asegurándome repetidas veces que «el niño era tan bueno» como yo, «y tan sano como cualquiera», y preguntándose cómo me atrevía a ser tan presumida. Entretanto, el infante rufianesco continuaba sorbiendo, mirándome con hosco desafío mientras babeaba dentro del jarro.
—Cenaré en otra habitación —dije—. ¿No tenéis ningún aposento que llaméis salón?
—¡Salón! —repitió con sarcasmo—. ¡Salón! No, no tenemos salones. Si no le gusta nuestra compañía, ahí está la del amo; y si no le gusta el amo, aquí estamos nosotros.
—Entonces subiré al piso de arriba —contesté—; enséñame una alcoba.
Puse mi escudilla en una bandeja y fui yo misma a buscar un poco más de leche. Con grandes refunfuños, el tipo se levantó y me precedió en la subida: subimos hasta las buhardillas; abría una puerta de cuando en cuando para mirar dentro de las habitaciones por las que pasábamos.
—Aquí hay un cuarto —dijo al fin, empujando una destartalada tabla sobre bisagras—. Es bastante bueno para comerse unas gachas. Hay un saco de grano en el rincón, allá, medianamente limpio; si tiene miedo de manchar sus grandes ropas de seda, extienda su pañuelo encima.
El «cuarto» era una especie de desván que olía intensamente a malta y grano, de los cuales había varios sacos apilados alrededor, dejando un amplio espacio desierto en el centro.
—Pero, hombre —exclamé, encarándolo airada—, este no es lugar para dormir. Deseo ver mi dormitorio.
—¡Dormitorio! —repitió en tono burlón—. Ya verá todos los dormitorios que hay... aquel de allá es el mío.
Señaló hacia la segunda buhardilla, que sólo se diferenciaba de la primera en estar más desprovista en los muros y en poseer una cama grande, baja y sin cortinas, con una colcha de color añil, en un extremo.
—¿Qué tengo yo que ver con el tuyo? —repliqué—. Supongo que el señor Heathcliff no se aloja en lo alto de la casa, ¿verdad?
—¡Ah! ¿Es el del amo Heathcliff el que busca? —gritó él, como si hiciera un nuevo descubrimiento—. ¿No pudo decirlo al principio? Entonces le habría dicho, sin tanto trajín, que ese es precisamente el que no puede ver: siempre lo tiene cerrado con llave, y nadie jamás se mete en él salvo él mismo.
—Tenéis una hermosa casa, Joseph —no pude contenerme de observar—, y unos moradores sumamente agradables; ¡y creo que la esencia concentrada de toda la locura del mundo sentó sus reales en mi cerebro el día en que uní mi destino al de ellos! En fin, eso no viene al caso ahora... hay otras habitaciones. ¡Por el amor de Dios, date prisa y déjame instalarme en alguna parte!
No respondió a este ruego: se limitó a bajar con paso pesado y terco por los peldaños de madera, deteniéndose ante un aposento que, por aquella parada y la calidad superior de sus muebles, conjeturé que era el principal. Había una alfombra, una buena alfombra, pero el dibujo estaba borrado por el polvo; una chimenea adornada con papel recortado que se caía a pedazos; una hermosa armadura de cama de roble con amplias cortinas carmesíes de material harto costoso y factura moderna; pero con toda evidencia habían sufrido un trato rudo: los faldones colgaban en festones, arrancados de sus anillas, y la barra de hierro que los sostenía estaba curvada en arco por un lado, haciendo que el cortinaje se arrastrara por el suelo. Las sillas también estaban dañadas, muchas de ellas gravemente; y profundas hendiduras afeaban los paneles de las paredes. Me esforzaba por reunir resolución para entrar y tomar posesión cuando mi necio guía anunció: —Esta de aquí es la del amo. —A esas alturas mi cena estaba fría, mi apetito desvanecido y mi paciencia agotada. Insistí en que se me proveyese al instante de un lugar de refugio y medios para reposar.
—¿Dónde diablos...? —comenzó el devoto anciano—. ¡El Señor nos asista! ¡El Señor nos perdone! ¿Adónde demonios quiere ir, bicho mimado y fastidioso? Ya ha visto todo salvo el cuartucho de Hareton. ¡No hay otro agujero para tenderse en toda la casa!
Me sentí tan vejada que arrojé la bandeja y su contenido al suelo; y luego me senté en lo alto de la escalera, oculté el rostro entre las manos y me eché a llorar.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Joseph—. ¡Bien hecho, señorita Cathy! ¡Bien hecho, señorita Cathy! De todos modos, el amo tropezará con esos cacharros rotos; y entonces oiremos algo; ya oiremos cómo se resuelve esto. ¡Loca de atar que para nada sirve! ¡Merece pasar hambre de aquí a Navidad, tirando los preciosos dones de Dios bajo los pies con sus rabietas espantosas! Pero mucho me engaño si le dura mucho ese genio. ¿Cree que Heathcliff tolerará semejantes modales? Ojalá la pesque en esa furia. ¡Ojalá la pesque!
Y así continuó rezongando camino a su cubil allá abajo, llevándose la vela consigo; y yo quedé a oscuras. El periodo de reflexión que sucedió a aquella tonta acción me obligó a admitir la necesidad de sofocar mi orgullo, reprimir mi cólera y apresurarme a reparar sus efectos. Pronto se presentó un auxilio inesperado en la persona de Throttler, en quien reconocí entonces a un hijo de nuestro viejo Skulker: había pasado sus meses de cachorro en la Granja y mi padre se lo regaló al señor Hindley. Me imagino que me reconoció: me frotó el hocico contra la nariz a modo de saludo y luego se apresuró a devorar las gachas, mientras yo tanteaba peldaño a peldaño recogiendo el barro roto y secando las salpicaduras de leche del pasamanos con mi pañuelo. Apenas terminábamos nuestras labores cuando oí el paso de Earnshaw en el corredor; mi ayudante metió la cola entre las piernas y se pegó a la pared; me deslicé al umbral más próximo. La tentativa del perro por evitarlo resultó vana, como adiviné por unas carreras escaleras abajo y un aullido prolongado y lastimero. Yo tuve mejor suerte: pasó de largo, entró en su aposento y cerró la puerta. Inmediatamente después subió Joseph con Hareton para acostarlo. Yo había hallado refugio en la habitación de Hareton, y el viejo, al verme, dijo: —Ahora creo que hay sitio en la casa tanto para usted como para su orgullo. Está vacía; puede quedársela toda para usted y para Aquel que siempre hace de tercero en tan mala compañía.
De buena gana aproveché aquella insinuación; y en el minuto en que me arrojé en una silla junto al fuego, cabeceé y me quedé dormida. Mi sueño fue profundo y dulce, aunque concluyó demasiado pronto. El señor Heathcliff me despertó; acababa de entrar y me preguntó, con sus modales tan cariñosos, qué hacía yo allí. Le expuse el motivo de haberme quedado despierta hasta tan tarde: que llevaba la llave de nuestra habitación en el bolsillo. El adjetivo «nuestra» le causó una ofensa mortal. Juró que no era, ni jamás sería, mía; y habría... pero no repetiré su lenguaje ni describiré su conducta habitual: ¡es ingenioso e infatigable en su empeño de ganarse mi aborrecimiento! A veces me asombro de él con una intensidad que adormece mi miedo; sin embargo, te aseguro que un tigre o una serpiente venenosa no despertarían en mí un terror igual al que él me infunde. Me habló de la enfermedad de Catherine y acusó a mi hermano de provocarla, prometiendo que yo sería la representante de Edgar en el sufrimiento hasta que pudiera ponerle las manos encima.
Lo odio de veras... soy desdichada... ¡he sido una insensata! Guárdate de soltar una sola palabra de esto a nadie en la Granja. Te esperaré todos los días... ¡no me defraudes! —ISABELLA.
Fin del Episodio 26 · de 61
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