Capítulo XIII · I
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Durante dos meses los fugitivos permanecieron ausentes; en esos dos meses la señora Linton afrontó y superó la peor crisis de lo que se denominó una fiebre cerebral. Ninguna madre habría podido cuidar a un hijo único con mayor entrega que Edgar la atendió a ella. Día y noche velaba, soportando con paciencia todas las molestias que unos nervios irritables y una razón tambaleante podían infligir; y, aunque Kenneth comentó que lo que salvaba de la tumba sólo recompensaría sus desvelos convirtiéndose en manantial de constante zozobra futura —de hecho, que su salud y sus fuerzas se estaban sacrificando para preservar una mera ruina de humanidad—, él no conoció límites en su gratitud y alegría cuando la vida de Catherine se declaró fuera de peligro; y hora tras hora se sentaba junto a ella, siguiendo el gradual retorno de la salud corporal y halagando sus esperanzas demasiado risueñas con la ilusión de que su mente recobraría también su debido equilibrio y muy pronto volvería a ser por entero la de antes.
La primera vez que abandonó su alcoba fue a comienzos del marzo siguiente. El señor Linton había puesto sobre su almohada, por la mañana, un puñado de azafranes dorados; su mirada, largo tiempo extraña a cualquier destello de placer, los descubrió al despertar y brilló encantada mientras los recogía con avidez.
—Estas son las flores más tempranas de las Cumbres —exclamó—. Me recuerdan a los vientos suaves del deshielo, al sol templado y a la nieve casi derretida. Edgar, ¿no sopla viento del sur y no ha desaparecido casi la nieve?
—La nieve ha desaparecido por completo aquí abajo, querida —respondió su esposo—; y sólo veo dos manchas blancas en toda la extensión de los páramos: el cielo está azul, las alondras cantan y los arroyos y riachuelos bajan colmados hasta los bordes. Catherine, la pasada primavera por estas fechas anhelaba tenerte bajo este techo; ahora desearía que estuvieras una milla o dos más arriba en esas colinas: el aire sopla tan dulce que siento que te curaría.
—Jamás volveré a estar allí más que una sola vez —dijo la enferma—; y entonces me dejarás y permaneceré para siempre. La próxima primavera volverás a anhelar tenerme bajo este techo, y echarás la vista atrás pensando que hoy eras dichoso.
Linton le prodigó las más tiernas caricias e intentó animarla con las más cariñosas palabras; pero ella, contemplando vagamente las flores, dejó que las lágrimas se acumulasen en sus pestañas y rodaran por sus mejillas sin prestarles atención. Sabíamos que se encontraba verdaderamente mejor y, por tanto, decidimos que el prolongado encierro en un mismo aposento producía gran parte de aquel decaimiento, y que podría mitigarse en parte con una mudanza de escena. El amo me indicó que encendiera fuego en el salón desierto durante tantas semanas y que colocara un sillón al sol junto a la ventana; y luego la bajó y ella permaneció sentada un largo rato gozando del calor apacible y, tal como esperábamos, reanimada por los objetos que la rodeaban: los cuales, aunque familiares, estaban libres de las lúgubres asociaciones que poblaban su odiada alcoba de enferma. Hacia el atardecer parecía sumamente fatigada; sin embargo, ninguna razón logró persuadirla de regresar a aquel aposento, y hube de disponer el sofá del salón como cama hasta que pudiera prepararse otra estancia. Para evitarle la fatiga de subir y bajar escaleras, acondicionamos esta habitación donde yace usted ahora, en la misma planta del salón; y pronto estuvo lo bastante fuerte para trasladarse de una a otra apoyada en el brazo de Edgar. «¡Ah! —pensé para mis adentros—, bien podría recuperarse, tan atendida como está». Y existía un doble motivo para desearlo, pues de su existencia dependía la de otro ser: abrigábamos la esperanza de que en poco tiempo el corazón del señor Linton se regocijase, y sus tierras quedasen a salvo de las garras de un extraño, con el nacimiento de un heredero.
Debo mencionar que Isabella envió a su hermano, unas seis semanas después de su partida, una breve nota anunciando su matrimonio con Heathcliff. Parecía seca y fría; pero al pie había trazado con lápiz una confusa disculpa y una súplica de cariñoso recuerdo y reconciliación si su proceder lo había ofendido, asegurando que no pudo evitarlo entonces y que, estando ya hecho, carecía de poder para revocarlo. Linton no respondió a aquello, según creo; y dos semanas más tarde recibí una larga carta, que juzgué extraña proviniendo de la pluma de una recién desposada acabada de salir de la luna de miel. La leeré, pues aún la conservo. Cualquier reliquia de los muertos es preciosa si se les valoró en vida.
«Querida Ellen —comienza—: Llegué anoche a Cumbres Borrascosas y me enteré por vez primera de que Catherine ha estado, y sigue estando, muy enferma. Supongo que no debo escribirle, y mi hermano está demasiado airado o demasiado apesadumbrado para contestar a lo que le envié. Aun así, debo escribir a alguien, y la única opción que me queda eres tú.
Informa a Edgar de que daría el mundo por volver a ver su rostro... que mi corazón regresó a la Granja de los Tordos veinticuatro horas después de haberla abandonado, ¡y allí se halla en este momento, lleno de afectuosos sentimientos hacia él y hacia Catherine! Sin embargo, yo no puedo seguirlo —(estas palabras están subrayadas)—; no deben esperarme y pueden sacar las conclusiones que les plazca, cuidándose, no obstante, de no achacar nada a la debilidad de mi voluntad o a la mengua de mi cariño.
El resto de la carta es para ti sola. Quiero hacerte dos preguntas: la primera es... ¿cómo te las ingeniaste para conservar los sentimientos comunes de la naturaleza humana mientras residías aquí? No reconozco ningún sentimiento que los que me rodean compartan conmigo.
La segunda pregunta me despierta un interés supremo; es esta: ¿es el señor Heathcliff un hombre? De ser así, ¿está loco? Y si no lo está, ¿es un demonio? No te diré mis motivos para hacer esta indagación; pero te suplico que me expliques, si puedes, con qué me he casado: es decir, cuando vengas a verme; y debes venir, Ellen, muy pronto. No me escribas, sino ven y tráeme algo de parte de Edgar.
Ahora sabrás cómo he sido recibida en mi nuevo hogar, como me inclino a imaginar que serán las Cumbres. Para entretenerme me detengo en detalles tales como la falta de comodidades exteriores: jamás ocupan mis pensamientos, salvo en el instante en que las echo de menos. ¡Reiría y bailaría de alegría si descubriera que su ausencia es el total de mis desdichas y el resto un sueño contra natura!
El sol se ponía tras la Granja cuando nos adentramos en los páramos; por ello juzgué que serían las seis; y mi acompañante se detuvo media hora a inspeccionar el parque, los jardines y, probablemente, el lugar mismo tan bien como pudo; de modo que ya era noche cerrada cuando descabalgamos en el patio empedrado de la alquería, y tu antiguo compañero de servidumbre, Joseph, salió a recibirnos a la luz de una vela de sebo. Lo hizo con una cortesía que redundó en su crédito. Su primer acto consistió en elevar su antorcha a la altura de mi rostro, bizquear con malignidad, proyectar el labio inferior y dar media vuelta. Luego tomó los dos caballos y los condujo a los establos, reapareciendo con el propósito de echar la llave a la cancela exterior, como si viviéramos en un antiguo castillo.
Heathcliff se quedó para hablar con él y yo entré en la cocina: un tugurio lóbrego y desordenado; me atrevería a decir que no la reconocerías, tan cambiada está desde que se hallaba a tu cargo. Junto al fuego se encontraba un niño de aspecto rufianesco, de miembros robustos y ropas sucias, con un aire de Catherine en sus ojos y en torno a la boca.
«Este es el sobrino legal de Edgar —reflexioné—, el mío en cierto modo; debo estrecharle la mano y... sí, debo darle un beso. Es conveniente establecer un buen entendimiento desde el principio».
Me acerqué e, intentando tomar su puño regordete, le dije: —¿Cómo estás, cariño?
Respondió en una jerigonza que no comprendí.
—¿Seremos amigos tú y yo, Hareton? —fue mi siguiente tentativa de conversación.
Una maldición y la amenaza de azuzarme a Throttler si no me largaba de allí recompensaron mi perseverancia.
—¡Eh, Throttler, muchacho! —susurró el pequeño granuja, haciendo salir a un perro de presa cruzado de su guarida en un rincón—. ¿Te vas a marchar ahora? —preguntó con tono autoritario.
El aprecio por mi vida me aconsejó la sumisión; crucé el umbral para aguardar a que entrasen los demás. El señor Heathcliff no se veía por ninguna parte; y Joseph, a quien seguí hasta los establos rogándole que me acompañase adentro, tras mirarme fijamente y mascullar entre dientes, arrugó la nariz y respondió: —¡Mim, mim, mim! ¿Ha oído jamás alma cristiana semejante cosa? ¡Remilgada y farfullera! ¿Cómo voy a saber lo que dices?
—¡Digo que deseo que me acompañes a la casa! —grité, creyéndolo sordo, aunque sumamente disgustada por su grosería.
—¡A mí no me metas! Tengo otras cosas que hacer —contestó, y continuó con su faena, moviendo mientras tanto sus quijadas de linterna y contemplando mi vestido y mi semblante (el primero con exceso de galas, pero el segundo, de seguro, tan afligido como él pudiera desear) con soberano desprecio.
Rodeé el patio y crucé un portillo hacia otra puerta, en la cual me tomé la libertad de llamar, con la esperanza de que se presentase algún sirviente más educado. Tras una breve espera fue abierta por un hombre alto y enjuto, sin pañuelo al cuello y por lo demás en extremo desaliñado; sus facciones se perdían en una masa de pelo enmarañado que le caía sobre los hombros; y sus ojos, también, semejaban los de una Catherine fantasmal con toda su hermosura aniquilada.
—¿Qué asunto te trae aquí? —exigió con ademán hosco—. ¿Quién eres?
—Mi nombre era Isabella Linton —respondí—. Me ha visto antes, señor. Hace poco me casé con el señor Heathcliff y él me ha traído aquí... supongo que con su permiso.
—¿Ha vuelto, entonces? —preguntó el ermitaño, clavando una mirada de lobo hambriento.
—Sí, acabamos de llegar —dije—; pero me dejó junto a la puerta de la cocina; y cuando quise entrar, su chiquillo montó guardia en el lugar y me espantó con la ayuda de un perro de presa.
—¡Menos mal que el villano infernal ha cumplido su palabra! —gruñó mi futuro anfitrión, escudriñando la oscuridad tras de mí con la esperanza de descubrir a Heathcliff; y luego se entregó a un soliloquio de imprecaciones y amenazas de lo que habría hecho si el «demonio» lo hubiera engañado.
Me arrepentí de haber probado esta segunda entrada y estuve a punto de escabullirme antes de que terminara de maldecir, pero antes de que pudiera ejecutar aquella intención me ordenó entrar y cerró atrancando de nuevo la puerta. Había una gran lumbre, y esa era toda la luz en el inmenso aposento, cuyo suelo se había vuelto de un gris uniforme; y los platos de peltre en otro tiempo brillantes, que solían atraer mi mirada cuando era niña, participaban de una lobreguez semejante, originada por el deslustre y el polvo. Pregunté si podía llamar a la doncella para que me condujese a un dormitorio. El señor Earnshaw no se dignó contestar. Caminaba arriba y abajo con las manos en los bolsillos, olvidando al parecer por completo mi presencia; y su ensimismamiento era con toda evidencia tan hondo, y su porte general tan misantrópico, que desistí de importunarlo de nuevo.
No te sorprenderá, Ellen, que me sintiese particularmente desolada, sentada en una soledad peor que el aislamiento junto a aquel hogar inhóspito, y recordando que a cuatro millas de distancia se hallaba mi delicioso hogar, que albergaba a las únicas personas que amaba sobre la tierra; y bien podría mediar el Atlántico para separarnos, en vez de aquellas cuatro millas: ¡no me era posible cruzarlas! Me preguntaba a mí misma: ¿adónde he de acudir por consuelo? Y —ten cuidado de no decírselo a Edgar ni a Catherine— por encima de cualquier otro pesar descuella este: ¡la desesperación al no hallar a nadie que pudiera o quisiera ser mi aliado contra Heathcliff! Había buscado refugio en Cumbres Borrascosas casi de buena gana, porque aquel arreglo me ponía a salvo de vivir a solas con él; pero él conocía a las personas entre las cuales veníamos y no temía su intromisión.
Permanecí sentada y meditando un tiempo luctuoso: el reloj dio las ocho y las nueve, y todavía mi acompañante iba y venía a pasos mesurados, la cabeza inclinada sobre el pecho y en absoluto silencio, a menos que un gemido o una amarga imprecación brotaran a intervalos. Aguzaba el oído para percibir la voz de una mujer en la casa, y llenaba el interregno con desolados pesares y funestos presagios que, al fin, se manifestaron de forma audible en suspiros y sollozos incontenibles. No me di cuenta de lo abiertamente que me afligía hasta que Earnshaw se detuvo enfrente en su paseo mesurado y me clavó una mirada de asombro recién despertado. Aprovechando su atención recobrada, exclamé: —¡Estoy rendida por el viaje y quiero acostarme! ¿Dónde está la sirvienta? Indíqueme dónde encontrarla, ¡ya que ella no viene a mí!
—No tenemos ninguna —respondió—; ¡debes atenderte tú misma!
—¿Dónde he de dormir, entonces? —sollocé; estaba más allá de cuidar mi amor propio, abrumada por el cansancio y la desdicha.
—Joseph te enseñará la alcoba de Heathcliff —dijo él—; abre esa puerta: está ahí dentro.
Iba a obedecer, pero de pronto me detuvo y añadió en el tono más extraño: —Tenga la bondad de echar la llave y correr el cerrojo... ¡no lo olvide!
—¡Vaya! —dije—. Pero ¿por qué, señor Earnshaw? —No me seducía la idea de encerrarme deliberadamente bajo llave con Heathcliff.
—¡Mire aquí! —replicó, sacando del chaleco una pistola de curiosa factura, dotada de una navaja automática de doble filo acoplada al cañón—. Esto es una gran tentación para un hombre desesperado, ¿verdad? No puedo resistirme a subir con esto cada noche y probar su puerta. Si alguna vez la encuentro abierta, está acabado; lo hago invariablemente, aun cuando el minuto anterior haya estado recordando cien razones que deberían hacerme desistir: es algún diablo que me apremia a frustrar mis propios designios quitándole la vida. Luche usted contra ese diablo por amor todo el tiempo que pueda; cuando llegue el momento, ¡ni todos los ángeles del cielo lo salvarán!
Examiné el arma con curiosidad. Una noción espantosa me asaltó: ¡qué poderosa sería si poseyese semejante instrumento! La tomé de su mano y palpé la hoja. Pareció asombrado ante la expresión que adoptó mi rostro durante un breve segundo: no era horror, sino codicia. Me arrebató la pistola celosamente, cerró la navaja y volvió a ocultarla.
Fin del Episodio 25 · de 61
Capítulo XIII · I
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