Capítulo XII · II
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Sentí que pronunciaba mis explicaciones con torpeza; el amo frunció el ceño. —¿No es nada, verdad, Ellen Dean? —dijo con severidad—. ¡Habrás de darme cuenta más clara de por qué me mantuviste en la ignorancia de esto! —Y tomó a su esposa entre los brazos, contemplándola con angustia.
Al principio ella no le dirigió mirada alguna de reconocimiento: él resultaba invisible para su mirada absorta. El delirio no era fijo, sin embargo; habiendo apartado los ojos de la contemplación de la oscuridad exterior, gradualmente centró su atención en él y descubrió quién era el que la sostenía.
—¡Ah! ¿Has venido, verdad, Edgar Linton? —dijo con airada viveza—. Eres una de esas cosas que siempre se encuentran cuando menos falta hacen, ¡y cuando se te necesita, jamás! Supongo que ahora tendremos lamentos en abundancia —ya veo que sí—; pero no podrán apartarme de mi angosta morada allá a lo lejos: ¡mi lugar de reposo, adonde habré de partir antes de que termine la primavera! Allí está: ten en cuenta que no entre los Linton, bajo el techo de la capilla, sino al aire libre, con una lápida a la cabecera; ¡y puedes elegir a tu gusto si te vas con ellos o vienes conmigo!
—Catherine, ¿qué has hecho? —comenzó el amo—. ¿Ya no soy nada para ti? ¿Amas a ese miserable Heath...?
—¡Calla! —gritó la señora Linton—. ¡Calla en este mismo instante! ¡Mencionas ese nombre y le pongo fin al asunto de inmediato arrojándome por la ventana! Lo que tocas en este momento puedes quedártelo; pero mi alma estará en la cima de esa colina antes de que vuelvas a poner las manos sobre mí. No te quiero, Edgar: ya he dejado atrás el quererte. Vuelve a tus libros. Me alegro de que poseas un consuelo, pues todo lo que tenías en mí se ha desvanecido.
—Desvaría, señor —intervine yo—. Ha estado diciendo disparates toda la velada; pero permítale tranquilidad y los debidos cuidados y se repondrá. En adelante habremos de ser prudentes para no contrariarla.
—No deseo más consejos de ti —respondió el señor Linton—. Conocías el genio de tu señora y me alentaste a importunarla. ¡Y no darme ni una sola indicación de cómo ha estado estos tres días! ¡Ha sido una crueldad! ¡Meses de enfermedad no habrían causado semejante cambio!
Comencé a defenderme, considerando excesivo que me culparan de los extravíos perversos de otra persona. —Sabía que la señora Linton tenía un genio testarudo y dominante —exclamé—; ¡pero ignoraba que desease usted fomentar su fiero temperamento! No sabía que, para complacerla, debiese hacer la vista gorda con el señor Heathcliff. ¡Cumplí con el deber de una sirvienta leal al enterarle a usted, y he recibido el pago de una sirvienta leal! En fin, me servirá de escarmiento para ser cautelosa la próxima vez. ¡La próxima vez podrá informarse usted mismo!
—La próxima vez que me traigas chismes abandonarás mi servicio, Ellen Dean —replicó él.
—¿Prefiere entonces no saber nada del asunto, supongo, señor Linton? —dije yo—. ¿Tiene Heathcliff su permiso para venir a cortejar a la señorita y presentarse en cada ocasión que su ausencia le brinda, con el deliberado propósito de emponzoñar a la señora contra usted?
Por confusa que estuviera Catherine, su agudeza se hallaba alerta para aplicar nuestra conversación.
—¡Ah! Nelly ha hecho de traidora —exclamó con vehemencia—. Nelly es mi enemiga encubierta. ¡Bruja! ¡Conque buscas saetas de duende para dañarnos! ¡Suéltame y haré que se arrepienta! ¡Haré que aúlle una retractación!
Una furia de maníaca se encendió bajo sus cejas; forcejeó desesperadamente para desasirse de los brazos de Linton. No sentí la menor inclinación a aguardar el desenlace; y, resuelta a buscar auxilio médico bajo mi propia responsabilidad, abandoné la estancia.
Al cruzar el jardín para ganar el camino, en un punto donde hay un gancho para las bridas clavado en el muro, vi algo blanco que se movía con irregularidad, impulsado con claridad por otro agente distinto del viento. A pesar de mis prisas me detuve a examinarlo, no fuese que me quedase para siempre la convicción grabada en la imaginación de que se trataba de una criatura del otro mundo. Mi sorpresa y perplejidad fueron mayúsculas al descubrir, por el tacto más que por la vista, a Fanny, la perrita de aguas de la señorita Isabella, suspendida de un pañuelo y casi en las últimas boqueadas. Desaté rápidamente al animal y lo subí al jardín. La había visto seguir a su dueña escaleras arriba cuando se fue a la cama; y me asombré en gran manera de cómo podía haber salido allí y qué persona malintencionada la había tratado de ese modo. Mientras desataba el nudo del gancho, me pareció oír repetidas veces el galope de cascos de caballos a cierta distancia; pero había tantas cosas ocupando mis reflexiones que apenas dediqué un pensamiento a la circunstancia, aunque fuese un sonido extraño en aquel paraje a las dos de la madrugada.
El señor Kenneth afortunadamente salía de su casa para visitar a un enfermo en la aldea cuando llegué a la calle; y mi relato del padecimiento de Catherine Linton lo indujo a acompañarme de regreso inmediatamente. Era un hombre llano y áspero; y no tuvo escrúpulos en manifestar sus dudas de que ella sobreviviese a este segundo ataque, a menos que fuese más dócil a sus prescripciones de lo que se había mostrado con anterioridad.
—Nelly Dean —dijo—, no puedo evitar sospechar que hay una causa extraordinaria tras esto. ¿Qué ha ocurrido en la Granja? Nos llegan extraños rumores por aquí arriba. Una moza lozana y robusta como Catherine no cae enferma por una nadería; y esa casta de gente tampoco debería. Cuesta mucho sacarlos adelante de unas fiebres y cosas semejantes. ¿Cómo empezó?
—El amo le informará —respondí—; pero usted conoce el genio violento de los Earnshaw, y la señora Linton los aventaja a todos. Puedo decirle esto: comenzó con una disputa. Sufrió una especie de ataque durante una tempestad de ira. Esa es su versión, al menos, pues salió huyendo en el punto culminante y se encerró bajo llave. Después se negó a comer, y ahora alternativamente delira y permanece como en un semisueño, reconociendo a quienes la rodean, pero con la cabeza llena de toda suerte de extrañas quimeras e ilusiones.
—¿El señor Linton lo sentirá? —observó Kenneth, en tono interrogativo.
—¿Sentirlo? ¡Se le partirá el corazón si algo llega a sucederle! —repliqué—. No lo alarme más de lo necesario.
—Bueno, le advertí que tuviera cuidado —dijo mi acompañante—; ¡y habrá de atenerse a las consecuencias de desoír mi advertencia! ¿No ha estado en íntimo trato con el señor Heathcliff últimamente?
—Heathcliff visita con frecuencia la Granja —respondí—, aunque más bien porque la señora lo conoce desde muchacho que porque al amo le agrade su compañía. En la actualidad se le ha ahorrado la molestia de acudir, debido a ciertas presuntuosas pretensiones hacia la señorita Linton que ha manifestado. Apenas creo que vuelvan a recibirlo.
—¿Y la señorita Linton le muestra indiferencia? —fue la siguiente pregunta del médico.
—No gozo de sus confidencias —repuse, renuente a proseguir con el tema.
—No, es muy reservada —comentó él sacudiendo la cabeza—. ¡Se guarda sus propios secretos! Pero es una auténtica tontuela. Lo sé de buena tinta: anoche (¡y qué hermosa noche hacía!) ella y Heathcliff estuvieron paseando por la alameda detrás de su casa durante más de dos horas; ¡y él la apremió a no volver a entrar, sino a montar en su caballo y huir con él! Mi informante dijo que ella sólo pudo darle largas empeñando su palabra de honor de estar preparada para su primer encuentro posterior: cuándo sería no llegó a oírlo; ¡pero apremie usted al señor Linton para que ande avispado!
Esta noticia me colmó de nuevos temores; me adelanté a Kenneth y corrí casi todo el camino de vuelta. La perrita seguía gimoteando en el jardín. Me tomé un minuto para abrirle la verja, pero en vez de dirigirse a la puerta de la casa, corrió arriba y abajo olfateando la hierba, y habría escapado hacia el camino si no la hubiese atrapado para llevarla conmigo adentro. Al subir a la habitación de Isabella se confirmaron mis sospechas: estaba vacía. De haber llegado yo unas pocas horas antes, la enfermedad de la señora Linton habría podido detener su paso temerario. Pero ¿qué podía hacerse ahora? Apenas cabía una remota posibilidad de alcanzarlos si se salía en su persecución al instante. Sin embargo, yo no podía perseguirlos; y no me atrevía a despertar a la familia y llenar la casa de confusión; ¡mucho menos a revelar el asunto a mi amo, absorto como estaba en su calamidad presente, y sin corazón disponible para una segunda pena! No vi otra salida que callar y dejar que las cosas siguiesen su curso; y habiendo llegado Kenneth, fui con un semblante mal compuesto a anunciarlo. Catherine yacía en un sueño agitado: su marido había logrado calmar el exceso de frenesí; ahora se inclinaba sobre su almohada, observando cada matiz y cada mudanza de sus facciones dolorosamente expresivas.
El médico, tras examinar el caso por sí mismo, le habló con esperanza de que tuviese un desenlace favorable, con tal de que pudiéramos mantener a su alrededor una perfecta y constante tranquilidad. A mí me dio a entender que el peligro amenazante no era tanto la muerte como la enajenación mental permanente.
Aquella noche no pegué ojo, ni tampoco el señor Linton: en verdad, jamás nos fuimos a la cama; y los criados estuvieron en pie mucho antes de la hora acostumbrada, moviéndose por la casa con paso furtivo e intercambiando susurros al cruzarse unos con otros en sus tareas. Todos estaban activos salvo la señorita Isabella; y comenzaron a comentar lo profundamente que dormía: su hermano también preguntó si se había levantado, y parecía impaciente por su presencia, dolido de que mostrase tan escasa inquietud por su cuñada. Temblaba yo de que me enviase a llamarla; pero me ahorré la pena de ser la primera en proclamar su huida. Una de las doncellas, una muchacha irreflexiva que había ido temprano a un recado a Gimmerton, subió las escaleras jadeante, con la boca abierta, y entró precipitadamente en la alcoba exclamando: —¡Oh, válgame Dios! ¿Qué más nos va a pasar? Señor, señor, nuestra señorita...
—¡Cierra el pico! —grité apresuradamente, enfurecida por sus modos escandalosos.
—Habla más bajo, Mary. ¿Qué ocurre? —dijo el señor Linton—. ¿Qué le pasa a tu señorita?
—¡Se ha ido, se ha ido! ¡Aquel Heathcliff se ha escapado con ella! —jadeó la muchacha.
—¡Eso no es verdad! —exclamó Linton, levantándose agitado—. No puede ser: ¿cómo se te ha metido esa idea en la cabeza? Ellen Dean, ve a buscarla. Es increíble: no puede ser.
Mientras hablaba llevó a la sirvienta hasta la puerta, y luego reiteró su exigencia de conocer los motivos de semejante aseveración.
—Pues me encontré en el camino con el muchacho que trae la leche aquí —balbuceó ella—, y me preguntó si no teníamos problemas en la Granja. Creí que se refería a la enfermedad de la señora, de modo que contesté que sí. Entonces dice él: «¿Hay alguien que haya salido tras ellos, supongo?». Me quedé mirándolo. Vio que yo no sabía nada de nada, y contó cómo un caballero y una dama se habían detenido para que herraran una herradura en la fragua de un herrero, ¡a dos millas de Gimmerton, poco después de medianoche! Y que la hija del herrero se había levantado a fisgonear quiénes eran: los reconoció a los dos al instante. Y vio que el hombre —era Heathcliff, de eso estaba segura: nadie podría confundirlo, además— ponía un soberano en la mano de su padre como pago. La dama llevaba una capa cubriéndole la cara; pero habiendo pedido un trago de agua, al beber se le cayó hacia atrás y la vio con toda claridad. Heathcliff sujetaba ambas bridas mientras cabalgaban, y tomaron rumbo opuesto a la aldea, yendo tan deprisa como les permitían los malos caminos. La muchacha no dijo nada a su padre, pero lo ha contado por todo Gimmerton esta mañana.
Corrí a mirar, por guardar las apariencias, en la habitación de Isabella, confirmando a mi regreso la declaración de la criada. El señor Linton había vuelto a sentarse junto a la cama; a mi reaparición alzó los ojos, leyó el significado de mi semblante desencajado y los bajó sin dar una orden ni pronunciar una sola palabra.
—¿Hemos de adoptar alguna medida para alcanzarlos y traerla de vuelta? —pregunté—. ¿Qué deberíamos hacer?
—Se marchó por su propia voluntad —respondió el amo—; tenía derecho a irse si le placía. No me molestes más con ella. En adelante sólo es mi hermana de nombre: no porque yo la repudie, sino porque ella me ha repudiado a mí.
Y eso fue todo cuanto dijo sobre el asunto: no hizo una sola pregunta más ni volvió a mencionarla de modo alguno, salvo indicarme que enviase cuantas pertenencias tuviese en la casa a su nuevo hogar, fuese donde fuese, cuando llegara a saberlo.
Fin del Episodio 24 · de 61
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