Cumbres borrascosas·Episodio 23

Capítulo XII · I

~14 min · 2788 palabras

Mientras la señorita Linton vagaba mustia por el parque y el jardín, siempre silenciosa y casi de continuo en lágrimas; y su hermano se encerraba entre libros que jamás abría —consumiéndose, según imaginé, en una constante y vaga esperanza de que Catherine, arrepentida de su conducta, acudiese por voluntad propia a pedir perdón y buscar la reconciliación—, y ella ayunaba pertinazmente bajo la creencia, con toda probabilidad, de que a cada comida Edgar estaba a punto de ahogarse por su ausencia y sólo el orgullo le impedía correr a postrarse a sus plantas, yo atendía a mis quehaceres domésticos, persuadida de que en los muros de la Granja sólo quedaba un alma sensata, y que residía en mi cuerpo. No malgasté pésames con la señorita ni amonestaciones con mi señora; ni presté excesiva atención a los suspiros de mi amo, que ansiaba escuchar el nombre de su dama al no poder escuchar su voz. Decidí que se las arreglasen a su antojo; y aunque se trataba de un proceso penosamente lento, comencé al fin a regocijarme con una tenue aurora de progreso, o al menos eso creí al principio.

Al tercer día, la señora Linton desatrancó la puerta y, habiéndose terminado el agua de la jarra y de la botella, pidió un nuevo suministro y un tazón de gachas, pues creía estar muriéndose. Aquello lo achaqué a una frase calculada para los oídos de Edgar; no creyendo yo semejante cosa, me guardé mi parecer y le llevé un poco de té y pan tostado. Comió y bebió con avidez, y volvió a dejarse caer sobre la almohada, apretando los puños y gimiendo. —¡Oh, me moriré! —exclamó—, ya que a nadie le importo en absoluto. Ojalá no hubiese tomado nada de eso. —Luego, bastante tiempo después, la oí murmurar—: No, no moriré... él se alegraría... no me ama en absoluto... ¡jamás me echaría de menos!

—¿Deseaba usted alguna cosa, señora? —inquirí, manteniendo aún mi compostura exterior a pesar de su semblante cadavérico y de sus extraños modales enfáticos.

—¿Qué hace ese ser apático? —exigió saber, apartando los mechones enredados de su demacrado rostro—. ¿Ha caído en un letargo o está muerto?

—Ninguna de las dos cosas —repliqué—, si se refiere usted al señor Linton. Se halla medianamente bien, creo, aunque sus estudios lo absorben algo más de la cuenta: pasa el tiempo continuamente entre sus libros, ya que no tiene otra compañía.

No habría hablado de ese modo de haber conocido su verdadero estado, pero no lograba desprenderme de la idea de que fingía una parte de su trastorno.

—¡Entre sus libros! —gritó pasmada—. ¡Y yo muriéndome! ¡Yo al borde de la tumba! ¡Dios mío! ¿Sabe él cómo he cambiado? —continuó, contemplando su reflejo en un espejo colgado de la pared frontera—. ¿Es esa Catherine Linton? Me imagina disgustada... jugando, tal vez. ¿No puedes enterarle de que esto va terriblemente en serio? Nelly, si aún no es demasiado tarde, en cuanto averigüe qué siente elegiré entre dos caminos: o dejarme morir de hambre al punto —lo cual no sería castigo si no tuviera corazón—, o recuperarme y abandonar el país. ¿Dices la verdad sobre él en este momento? Ten cuidado. ¿Es en verdad tan profundamente indiferente a mi vida?

—Vamos, señora —contesté—, el amo no abriga la menor idea de que usted haya perdido el juicio; y desde luego no teme que usted se deje morir de hambre.

—¿Crees que no? ¿No puedes decirle que lo haré? —repuso ella—. ¡Persuádelo! Habla por cuenta propia: ¡dile que estás segura de que lo haré!

—No, olvida usted, señora Linton —apunté—, que ha comido con apetito esta tarde, y mañana percibirá sus buenos efectos.

—¡Si al menos estuviera segura de que eso lo mataría —interrumpió ella—, me quitaría la vida ahora mismo! Estas tres noches espantosas jamás he pegado ojo... ¡y oh, qué tormento he pasado! ¡He estado perseguida por fantasmas, Nelly! Pero empiezo a imaginar que no me quieres. ¡Qué extraño! Pensaba que, aunque todos se odiasen y despreciasen mutuamente, no podrían evitar quererme a mí. Y todos se han vuelto enemigos en pocas horas. Lo han hecho, de eso estoy segura: la gente de aquí. ¡Qué desolador afrontar la muerte rodeada de sus rostros fríos! Isabella, aterrada y espantada, con miedo a entrar en la alcoba... sería tan atroz presenciar la partida de Catherine. Y Edgar ahí parado solemnemente viendo cómo termina todo; luego dando gracias a Dios en sus oraciones por devolver la paz a su hogar, ¡y regresando a sus libros! ¿Qué tiene que ver él, en nombre de todo lo que siente, con los libros, cuando me estoy muriendo?

No pudo tolerar la idea que le había sugerido de la resignación filosófica del señor Linton. Agitándose de un lado a otro, avivó su febril extravío hasta la locura y desgarró la almohada con los dientes; luego, incorporándose encendida en fiebre, exigió que abriese la ventana. Estábamos en pleno invierno, el viento soplaba fuerte del nordeste y me negué. Tanto las expresiones que cruzaban su rostro como sus mudanzas de humor comenzaron a alarmarme de forma terrible, trayéndome a la memoria su enfermedad anterior y la prescripción del médico de no llevarle la contraria. Un minuto antes se mostraba violenta; ahora, apoyada en un brazo y sin advertir mi negativa a obedecerla, parecía encontrar infantil recreo en arrancar las plumas de los rotos que acababa de abrir y alinearlas sobre la sábana según sus distintas especies: su mente se había extraviado hacia otras evocaciones.

—Esta es de pavo —murmuraba para sí—; y esta de pato silvestre; y esta de paloma. ¡Ah, ponen plumas de paloma en las almohadas... con razón no podía morir! Cuidaré de arrojarla al suelo cuando me tienda. Y aquí hay una de gallo de monte; y esta... la reconocería entre mil: es de avefría. Hermosa ave, revoloteando sobre nuestras cabezas en mitad del páramo. Quería llegar a su nido porque las nubes rozaban los collados y presagiaba lluvia. Esta pluma la recogí del brezal, al pájaro no le dispararon: vimos su nido en invierno, lleno de pequeños esqueletos. Heathcliff le puso una trampa encima y los padres no se atrevieron a volver. Le hice prometer que nunca volvería a matar un avefría después de aquello, y no lo hizo. ¡Sí, aquí hay más! ¿Mató a mis avefrías, Nelly? ¿Hay alguna manchada de rojo? Déjame mirar.

—¡Déjate de juegos de niños! —interrumpí, arrebatándole la almohada y volviendo los agujeros hacia el colchón, pues estaba vaciando el relleno a puñados—. Échate y cierra los ojos: estás desvariando. ¡Mira qué desastre! El plumón vuela por todas partes como la nieve.

Fui de un lado a otro recogiéndolo.

—Veo en ti, Nelly —prosiguió como en sueños—, a una anciana: tienes el cabello cano y los hombros encorvados. Esta cama es la cueva de las hadas bajo las Peñas de Penistone, y estás recogiendo saetas de duende para dañar a nuestras terneras, fingiendo, mientras estoy cerca, que sólo son copos de lana. En eso te convertirás dentro de cincuenta años: sé que ahora no eres así. No desvarío: te equivocas, o de lo contrario creería que en verdad eres esa bruja decrépita y pensaría que me hallo bajo las Peñas de Penistone; y soy consciente de que es de noche y que hay dos velas sobre la mesa que hacen brillar el armario negro como el azabache.

—¿El armario negro? ¿Dónde está? —pregunté—. ¡Estás hablando en sueños!

—Está contra la pared, como siempre —respondió ella—. Sí que parece extraño... ¡veo una cara en él!

—No hay ningún armario en la alcoba, ni lo ha habido jamás —dije, volviendo a sentarme y recogiendo la cortina para poder vigilarla.

—¿No ves esa cara? —inquirió, mirando fijamente el espejo.

Y dijese lo que dijese, fui incapaz de hacerle comprender que era la suya propia; de modo que me levanté y lo cubrí con un chal.

—¡Sigue ahí detrás! —prosiguió con angustia—. Y se ha movido. ¿Quién es? ¡Ojalá no salga cuando te marches! ¡Oh, Nelly, la habitación está embrujada! ¡Tengo miedo de quedarme sola!

Le tomé la mano entre las mías y le rogué que se serenase, pues una serie de estremecimientos convulsionaba su cuerpo y no dejaba de clavar la mirada hacia el cristal.

—¡No hay nadie aquí! —insistí—. Era usted misma, señora Linton: lo sabía hace un momento.

—¡Yo misma! —gimió—, ¡y el reloj está dando las doce! ¡Es verdad, entonces! ¡Qué espanto!

Sus dedos se aferraron a las ropas de cama y se las echó sobre los ojos. Intenté deslizarme hacia la puerta con intención de llamar a su marido; pero un chillido desgarrador me hizo retroceder: el chal se había desprendido del marco.

—Pero ¿qué sucede? —exclamé—. ¿Quién es la cobarde ahora? ¡Despierte! Ese es el cristal... el espejo, señora Linton; y se ve a sí misma en él, y allí estoy yo también a su lado.

Temblando y extraviada, me sujetaba con fuerza, mas el espanto fue borrándose gradualmente de su semblante; su palidez dio paso a un rubor de vergüenza.

—¡Ay, Dios! Creí que estaba en casa —suspiró—. Creí que yacía en mi alcoba de Cumbres Borrascosas. Estando tan débil, se me turbó el cerebro y grité sin darme cuenta. No digas nada, pero quédate conmigo. Me aterra dormir: mis pesadillas me horrorizan.

—Un sueño reparador le sentaría muy bien, señora —respondí—, y confío en que este sufrimiento le impedirá intentar morirse de hambre de nuevo.

—¡Oh, si al menos estuviera en mi propia cama de la vieja casa! —continuó con amargura, retorciéndose las manos—. Y ese viento sonando entre los abetos junto a la celosía. Déjame sentirlo... viene directo del páramo... ¡déjame aspirar una sola bocanada!

Para apaciguarla mantuve la ventana entornada unos instantes. Una ráfaga gélida se precipitó al interior; la cerré y regresé a mi puesto. Ahora permanecía quieta, con el rostro bañado en lágrimas. El agotamiento físico había doblegado por completo su espíritu: nuestra impetuosa Catherine no era más que una niña gimiente.

—¿Cuánto tiempo hace que me encerré aquí? —preguntó, recobrando de pronto el aliento.

—Fue el lunes por la tarde —respondí—, y ahora es jueves por la noche, o más bien viernes por la madrugada.

—¿Qué? ¿De la misma semana? —exclamó—. ¿Tan breve tiempo?

—Bastante para subsistir a base de agua fría y mal humor —observé.

—Pues bien, me parece un penoso cúmulo de horas —murmuró con duda—: debe de ser más. Recuerdo estar en el salón después de que disputaron, y que Edgar estuvo cruelmente provocador, y que yo corrí desesperada a esta alcoba. En cuanto eché la tranca a la puerta, una negrura absoluta me abrumó y caí desplomada al suelo. ¡No pude explicarle a Edgar la certeza que sentía de sufrir un ataque, o de volverme loca de furor si persistía en atosigarme! No dominaba ni mi lengua ni mi juicio, y él tal vez no sospechó mi agonía: apenas me dejó cordura para intentar huir de él y de su voz. Antes de recuperarme lo suficiente para ver y oír comenzó a clarear el alba, y, Nelly, te diré lo que pensé, lo que ha estado repitiéndose y repitiéndose hasta hacerme temer por mi razón. Creí, mientras yacía allí con la cabeza apoyada contra la pata de esa mesa y mis ojos divisaban confusamente el recuadro gris de la ventana, que me hallaba encerrada en la cama de paneles de roble de mi casa; y mi corazón dolía con una gran pesadumbre que, recién despierta, no lograba recordar. Medité e intenté afanosamente descubrir de qué se trataba, y, del modo más insólito, ¡los últimos siete años de mi vida se borraron por completo! No recordaba que hubiesen existido. Era una niña; acababan de enterrar a mi padre, y mi desconsuelo nacía de la separación que Hindley nos había impuesto a Heathcliff y a mí. Me habían acostado sola por primera vez; y, despertando de una lúgubre duermevela tras una noche de llanto, alcé la mano para apartar los paneles: ¡tropezó con el tablero de la mesa! La deslicé por la alfombra y entonces la memoria irrumpió de golpe: mi angustia reciente quedó sepultada en un paroxismo de desesperación. No puedo decir por qué me sentía tan desoladamente desdichada: debió de ser un trastorno pasajero, pues apenas había motivo. Pero imagina que a los doce años te hubiesen arrancado de las Cumbres y de cada recuerdo temprano, y de mi todo en todo, como era Heathcliff en aquel tiempo, para convertirte de un golpe en la señora Linton, el ama de la Granja de los Tordos y la esposa de un extraño: una exiliada y proscrita, de allí en adelante, de lo que había sido mi mundo. ¡Puedes hacerte una ligera idea del abismo en que me arrastraba! Mueve la cabeza cuanto quieras, Nelly, ¡pero tú has contribuido a desquiciarme! ¡Deberías haber hablado con Edgar, de verdad que sí, y haberlo obligado a dejarme en paz! ¡Oh, ardo en fiebre! ¡Ojalá estuviera al aire libre! ¡Ojalá volviera a ser una muchacha, indómita y fuerte y libre, que se reía de los agravios en vez de enloquecer por ellos! ¿Por qué he cambiado tanto? ¿Por qué mi sangre se precipita en un infierno de revuelta ante unas pocas palabras? Estoy segura de que volvería a ser yo misma si estuviera una sola vez entre el brezo de aquellas colinas. Abre la ventana de par en par otra vez: ¡trábala abierta! Rápido, ¿por qué no te mueves?

—Porque no pienso darle una muerte de frío —respondí.

—No piensas darme una oportunidad de vivir, quieres decir —dijo ella con terquedad—. Sin embargo, no estoy indefensa todavía; la abriré yo misma.

Y deslizándose de la cama antes de que pudiera impedírselo, cruzó la estancia caminando con paso muy vacilante, la abrió de golpe y se asomó al exterior, despreocupada del aire gélido que le cortaba los hombros como un cuchillo afilado. Le rogué y al fin intenté obligarla por la fuerza a retirarse. Mas pronto descubrí que su fuerza delirante superaba con creces la mía (estaba delirando, me convencí de ello por sus actos y desvaríos posteriores). No había luna y todo allá abajo yacía en brumosa oscuridad: no brillaba ni una sola luz en casa alguna, ni cerca ni lejos; todas se habían extinguido mucho antes; y las de Cumbres Borrascosas jamás resultaban visibles; aun así, ella afirmaba percibir su resplandor.

—¡Mira! —exclamó con entusiasmo—, esa es mi alcoba con la vela encendida y los árboles meciéndose ante ella; y la otra vela está en la buhardilla de Joseph. Joseph se queda levantado hasta tarde, ¿verdad? Espera a que regrese a casa para poder echar la tranca a la cancela. Bueno, esperará un rato todavía. Es un camino áspero y un corazón triste el que viaja por él; ¡y debemos pasar junto a la iglesia de Gimmerton para recorrerlo! A menudo hemos desafiado juntos a sus fantasmas y nos hemos retado mutuamente a pararnos entre las tumbas y pedirles que salgan. Pero, Heathcliff, si te reto ahora, ¿te atreverás? Si lo haces, te retendré. No yaceré allí sola: pueden enterrarme a doce pies de profundidad y derrumbar la iglesia sobre mí, pero no descansaré hasta que estés conmigo. ¡Jamás lo haré!

Hizo una pausa y prosiguió con una extraña sonrisa: —Se lo está pensando... ¡preferiría que fuese yo a buscarlo! ¡Encuentra un camino, entonces! No a través de ese camposanto. ¡Eres lento! Date por satisfecho: ¡siempre me seguías!

Advirtiendo lo inútil de discutir contra su demencia, maquinaba el modo de alcanzar algo con que envolverla sin soltarla (pues no me atrevía a dejarla sola junto a la abierta celosía), cuando, para mi consternación, oí el chasquido del picaporte y el señor Linton entró. Acababa de salir de la biblioteca; y al cruzar por el vestíbulo había notado nuestra conversación y acudido movido por la curiosidad, o el temor, para averiguar qué significaba a horas tan tardías.

—¡Oh, señor! —exclamé, atajando la exclamación que asomaba a sus labios ante la escena que presenciaba y la gélida atmósfera del aposento—. Mi pobre señora está enferma y me supera del todo: no puedo gobernarla de ningún modo; por favor, acérquese y persuádala de acostarse. Olvide su enfado, pues es difícil de guiar por cualquier senda que no sea la suya.

—¿Catherine enferma? —dijo él, acudiendo apresurado hacia nosotras—. ¡Cierra la ventana, Ellen! ¡Catherine! Pero ¿qué...?

Se calló. El aspecto demacrado de la señora Linton lo dejó sin habla, y sólo pudo mirarla a ella y luego a mí con horrorizado asombro.

—Ha estado acongojándose aquí —continué—, sin comer apenas nada y sin quejarse jamás: no quiso admitir a ninguna de nosotras hasta esta noche, y por eso no pudimos enterarle de su estado, pues ni nosotras mismas lo sabíamos; pero no es nada.

Fin del Episodio 23 · de 61

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