Cumbres borrascosas·Episodio 20

Capítulo X · III

~6 min · 1254 palabras

—¡Estás coligada con los demás, Ellen! —repuso ella—. No prestaré oídos a tus calumnias. ¡Qué inquina habrás de albergar para empeñarte en persuadirme de que no hay dicha en el mundo!

Si habría depuesto semejante quimera de habérsela dejado a su arbitrio o si habría porfiado en alimentarla perpetuamente, no sabría decirlo: escaso tiempo tuvo para meditar. Al día siguiente celebrábase reunión de magistrados en la villa vecina; mi amo vióse obligado a asistir; y el señor Heathcliff, al tanto de su ausencia, presentóse algo más temprano de lo acostumbrado. Catherine e Isabella hallábanse en la biblioteca en términos hostiles pero silenciosas: la segunda alarmada por su reciente indiscreción y la confidencia formulada al calor de un arrebato pasajero; la primera, tras madura reflexión, verdaderamente agraviada con su compañera; y si volvió a reírse de sus desplantes, inclinada a tornarlos en cosa nada jocosa para ella. Rió en verdad al contemplar a Heathcliff pasar ante el ventanal. Yo barría el fogón y advertí una sonrisa maliciosa en sus labios. Isabella, absorta en sus cavilaciones o en un volumen, permaneció inmóvil hasta que la puerta se abrió; siendo ya tarde para intentar una fuga, la cual habría consumado de buen grado de habérsele antojado hacedera.

—¡Pasa adelante, muy bien hecho! —exclamó la señora con jovialidad, arrimando una silla a la lumbre—. He aquí dos personas penosamente necesitadas de una tercera para quebrar el hielo entre ambas; y tú eres el único a quien las dos escogeríamos. Heathcliff, me enorgullezco de presentarte al fin a alguien que se desvive por ti más que yo misma: confío en que te sientas halagado. Vamos, no es Nelly: ¡no la mires a ella! Mi pobrecita cuñadita se está rompiendo el corazón con la mera contemplación de tu apostura física y moral. ¡En tu mano reside convertirte en hermano de Edgar! No, no, Isabella, no escaparás —prosiguió reteniendo con fingida zalamería a la azorada joven, que se había puesto en pie indignada—. Estábamos riñendo como gatas por ti, Heathcliff; y me vi vencida en protestas de devoción y encomio; y amén de ello se me hizo saber que si tuviese la decencia de apartarme a un lado, mi rival, como ella porfía en titularse, clavaría un dardo en tu corazón que te subyugaría para siempre, arrojando mi efigie al eterno olvido.

—¡Catherine! —dijo Isabella apelando a su decoro y desdeñando forcejear contra el férreo apretón que la retenía—, ¡te agradecería que te atuvieses a la verdad y no me calumniaras ni aun en chanza! Señor Heathcliff, tenga la bondad de rogar a esta amiga suya que me suelte: olvida que usted y yo no somos íntimos conocidos, y lo que a ella divierte a mí me atormenta indeciblemente.

Como el recién llegado nada respondiese, sino que tomase asiento con aire de consumada indiferencia hacia los sentimientos que ella abrigase hacia su persona, la doncella volvióse y susurró una vehemente súplica de libertad a su verdugo.

—¡De ningún modo! —exclamó la señora de Linton en respuesta—. No toleraré que vuelvan a llamarme el perro del hortelano. Te quedarás aquí: ¡faltaría más! Heathcliff, ¿por qué no exteriorizas complacencia ante mis gratas albricias? Isabella jura que el cariño que Edgar me profesa no es nada comparado con el que ella alberga por ti. Estoy segura de que soltó semejante arenga, ¿verdad que sí, Ellen? Y no ha probado bocado desde el paseo de anteayer, de pesar y despecho por haberla despachado de tu compañía creyendo que resultaba inoportuna.

—Creo que no le haces justicia —dijo Heathcliff volviendo su silla para encararlas—. ¡En cualquier caso ahora desea huir de mi presencia!

Y clavó la mirada en el blanco de la plática como quien contempla a un bicho repulsivo: un ciempiés de las Indias, por vía de ejemplo, al que la curiosidad impele a examinar a despecho del asco que suscita. La infeliz criatura no pudo soportarlo: palideció y se arreboló con vertiginosa premura, y mientras las lágrimas cuajaban en sus pestañas, aplicó todas las fuerzas de sus menudos dedos a aflojar la férrea garra de Catherine; y advirtiendo que en cuanto desprendía un dedo otro volvía a cerrarse sobre su brazo, sin poder soltarlos todos juntos, echó mano de las uñas; cuya agudeza adornó al punto la muñeca de su carcelera con medias lunas bermejas.

—¡Vaya una tigresa! —exclamó la señora de Linton soltándola y sacudiéndose la mano de dolor—. ¡Lárgate, por el amor de Dios, y esconde tu cara de víbora! Qué necedad descubrir esas garras ante él. ¿No imaginas las conclusiones que sacará? ¡Míralas, Heathcliff: son armas para degollar... habrás de guardar tus ojos!

—Se las arrancaría de los dedos si alguna vez me amenazaran —respondió él con brutalidad una vez se hubo cerrado la puerta tras ella—. Pero ¿qué pretendías mortificando a la criatura de esa guisa, Cathy? No estabas diciendo la verdad, ¿verdad que no?

—Te aseguro que sí —repuso ella—. Lleva semanas muriéndose por tus huesos y desvariando acerca de ti esta misma mañana, derramando un diluvio de improperios porque expuse tus defectos a plena luz con el designio de templar su adoración. Pero no le prestes más atención: quise escarmentar su descaro, eso es todo. La estimo demasiado, mi querido Heathcliff, para consentir que la caces y la devores en cuerpo y alma.

—Y yo le guardo excesiva inquina para intentarlo —repuso él—, como no sea de una guisa verdaderamente infernal. Oirías lances peregrinos si me viese confinado a solas con esa cara insulsa y de cera: el más ordinario consistiría en pintarrajear en su blancura los colores del arco iris y tornarle los ojos azules en negros cada dos por tres: se asemejan detestablemente a los de Linton.

—¡Deliciosamente! —observó Catherine—. Son ojos de paloma... ¡de ángel!

—Es la heredera de su hermano, ¿no es así? —inquirió tras breve silencio.

—Sentiría en el alma tener que creerlo —repuso su compañera—. Media docena de sobrinos cancelarán sus títulos, placiendo al cielo. Aparta tu mente de ese asunto por el momento: eres demasiado propenso a codiciar los bienes de tu prójimo; recuerda que los bienes de este prójimo son míos.

—Si fuesen míos no dejarían de serlo por ello —dijo Heathcliff—; pero aunque Isabella Linton sea una boba, difícilmente está loca de atar; y en suma: despidamos el asunto, como me aconsejas.

De los labios lo despidieron en verdad, y Catherine, presumiblemente, de sus pensamientos. El otro, tuve la certeza, lo rememoró a menudo en el curso de la velada. Le vi sonreír para sus adentros —esbozar una mueca más bien— y caer en siniestras cavilaciones cada vez que la señora de Linton se ausentaba de la estancia.

Resolví vigilar sus pasos. Mi corazón inclinábase invariablemente hacia el bando de mi amo antes que hacia el de Catherine: con sobrada razón, presumo, pues él era bondadoso, confiado y caballeroso; y ella... no podía tachársela de lo opuesto, mas parecía permitirse tan ancha holgura que escasa fe me merecían sus principios y menor conmiseración aún sus tribulaciones. Deseaba ardientemente que acaeciera algún lance que surtiera el efecto de librar tanto a Cumbres Borrascosas como a la Granja de los Tordos del señor Heathcliff, apaciblemente, dejándonos en el sosiego previo a su venida. Sus visitas constituían una pesadilla continua para mí, y sospechaba que para mi amo también. Su permanencia en las Cumbres era una opresión superior a todo encarecimiento. Sentía que Dios había desamparado a la oveja descarriada a sus propias sendas perversas, mientras una fiera maligna rondaba entre ella y el redil aguardando su hora para abalanzarse y despedazarla.

Fin del Episodio 20 · de 61

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