Capítulo X · II
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Catherine, a menos que hayamos de tomar el té frío, ten la bondad de acercarte a la mesa —interrumpió Linton, esforzándose por preservar su tono habitual y una debida mesura de urbanidad—. El señor Heathcliff tendrá una larga caminata, dondequiera que pernocte esta noche; y yo tengo sed.
Ocupó su sitio ante el samovar; e hizo su entrada la señorita Isabella, convocada por la campanilla; luego, tras arrimarles las sillas, abandoné la estancia. La colación apenas se prolongó diez minutos. La taza de Catherine quedó intacta: no acertaba a probar bocado ni gota. Edgar derramó el té en el platillo y apenas tragó nada. El forastero no demoró su permanencia aquella noche más de una hora. Le pregunté al marcharse si se dirigía a Gimmerton.
—No, a Cumbres Borrascosas —respondió—: el señor Earnshaw me invitó cuando pasé por allí esta mañana.
¡El señor Earnshaw le había invitado a él! ¡Y él se había personado en casa del señor Earnshaw! Rumié esta confidencia con honda zozobra tras su partida. «¿Se estará convirtiendo en un hipócrita consumado que regresa a la comarca a tramar vilezas bajo capa?», cavilé: abrigaba en el fondo de mi alma el presentimiento de que más le valiera haber permanecido lejos.
Hacia la mitad de la noche me despertó de mi primer sueño la señora de Linton deslizándose en mi alcoba, sentándose al borde de mi lecho y tirándome de los cabellos para espabilarme.
—No puedo sosegar, Ellen —dijo a guisa de disculpa—. ¡Y necesito de un alma viviente que me acompañe en mi ventura! Edgar está huraño porque me alegro de algo que a él no le importa: se niega a despegar los labios como no sea para soltar desplantes pueriles y enfadosos; y aseguró que era cruel y egoísta por empeñarme en hablar cuando él se hallaba tan indispuesto y somnoliento. ¡Siempre se las apaña para caer enfermo a la menor contrariedad! Dediqué unos pocos elogios a Heathcliff y él, sea por jaqueca o por una punzada de envidia, rompió a llorar: de suerte que me levanté y le dejé solo.
—¿De qué sirve ensalzarle a Heathcliff ante él? —le respondí—. De muchachos se profesaban aversión mutua y Heathcliff aborrecería igualmente oírle alabar a él: es ley de vida. Deje al señor Linton en paz tocante a su amigo, a menos que desee una reyerta abierta entre ambos.
—¿Pero acaso no revela suma flaqueza? —prosiguió ella—. Yo no soy envidiosa: jamás me duele el brillo del dorado pelo de Isabella ni la blancura de su tez, ni su donosa elegancia ni el apego que toda la familia le profesa. Hasta tú misma, Nelly, si alguna vez disputamos, tomas partido por Isabella al instante; y yo claudico cual madre indulgente: la llamo cariño y la lisonjeo hasta devolverle el buen humor. A su hermano le agrada vernos avenidas y eso me complace a mí. Pero se parecen de un modo pasmoso: son criaturas mimadas que se figuran que el mundo fue creado para su regalo; y aunque transijo con ambos, creo que un buen escarmiento les sentaría de perlas a los dos.
—Se equivoca usted, señora de Linton —le dije—. Ellos transigen con usted: bien sé lo que se armaría de no hacerlo así. Bien puede consentir sus caprichos pasajeros mientras su afán consista en anticiparse a todos sus deseos. Podrían, no obstante, reñir al cabo por algo de pareja monta para ambos bandos; y entonces aquellos a quienes tacha de débiles son harto capaces de mostrarse tan obstinados como usted.
—Y entonces batallaremos a muerte, ¿no es así, Nelly? —repuso riendo—. ¡No! Te aseguro que tengo tal fe en el cariño de Edgar que creo que podría matarle y él no albergaría deseo de venganza.
Le aconsejé que le estimase aún más por tan devoto afecto.
—Le estimo —contestó—, mas no tiene por qué recurrir a lloriquear por fruslerías. Es pueril; y en vez de deshacerse en lágrimas porque dije que Heathcliff es digno hoy del aprecio de cualquiera y que honraría al primer hidalgo de la comarca ser su amigo, debió haberlo celebrado por mí regocijándose con mi alegría. Tiene que acostumbrarse a él y más le valdrá quererle bien: considerando cuántos motivos tiene Heathcliff para guardarles rencor, ¡aseguro que se portó con exquisita compostura!
—¿Y qué opina usted de que se haya marchado a Cumbres Borrascosas? —indagué—. Está reformado en todo, a lo que parece: todo un buen cristiano ofreciendo la diestra de la concordia a sus enemigos de alrededor.
—Me lo explicó —repuso ella—. Yo me extrañé tanto como tú. Dijo que pasó para recabar informes míos de ti, creyendo que residías allí todavía; Joseph avisó a Hindley, quien salió y se puso a interrogarle sobre qué había estado haciendo y de qué vivía; y finalmente le invitó a entrar. Había algunos sujetos jugando a los naipes; Heathcliff se les unió; mi hermano perdió algún dinero con él y, viéndole bien provisto de caudales, le rogó que volviese por la noche: a lo que él accedió. Hindley es demasiado temerario para escoger con prudencia sus compañías: no se molesta en cavilar sobre los motivos que pudiera abrigar para recelar de aquel a quien tan bajamente agravió. Pero Heathcliff asegura que su razón capital para reanudar el trato con su antiguo verdugo estriba en el anhelo de aposentarse a tiro de paseo de la Granja y en el apego a la casa donde crecimos juntos; y asimismo en la esperanza de que tendré más ocasiones de verle allí de las que tendría si se afincara en Gimmerton. Piensa ofrecer un generoso estipendio por alojarse en las Cumbres; y sin duda la codicia de mi hermano le moverá a aceptar el trato: siempre fue avaro; aunque lo que aprieta con una mano lo dilapida con la otra.
—¡Hermoso paraje para que un mancebo fije su morada! —dije yo—. ¿No abriga usted temor alguno de las consecuencias, señora de Linton?
—Ninguno por mi amigo —repuso ella—: su recia cabeza le preservará de peligro; un poco por Hindley: pero no cabe envilecerle moralmente más de lo que ya está; y yo me interpondré entre él y cualquier daño físico. ¡El lance de esta noche me ha reconciliado con Dios y con la humanidad! Me había rebelado con furia contra la Providencia. ¡Oh, he padecido amarguísimas penas, Nelly! Si ese infeliz supiese cuán amargas, le avergonzaría empañar su alivio con necias impertinencias. Fue por conmiseración hacia él por lo que me resolví a sobrellevarlas a solas: si hubiese exteriorizado la agonía que tantas veces me embargó, habría aprendido a desear su remedio tan ardientemente como yo. Con todo, ya pasó, y no me vengaré de sus niñerías: ¡puedo permitirme sufrir cualquier cosa de aquí en adelante! Aunque el ser más ruin sobre la tierra me estampase una bofetada en la mejilla, no solo le pondría la otra, sino que le pediría perdón por haberle provocado; y en testimonio de ello voy a hacer las paces con Edgar al instante. ¡Buenas noches! ¡Soy un ángel!
Con esta complaciente convicción se retiró; y el éxito de su resolución fue patente al día siguiente: el señor Linton no solo abjuró de sus enfados (si bien sus arrestos antojábanse aún subyugados por el torrente de vitalidad de Catherine), sino que no puso el menor reparo a que llevase a Isabella consigo a Cumbres Borrascosas por la tarde; y ella le recompensó con tal derroche de dulzura y afecto en pago que convirtió la mansión en un paraíso durante varios días, beneficiándose tanto señores como criados de tan perpetuo solaz.
Heathcliff —señor Heathcliff debiera decir en lo sucesivo— usó de la venia de visitar la Granja de los Tordos con cautela al principio: parecía calibrar hasta qué punto toleraría su presencia el dueño. Catherine, asimismo, juzgó prudente moderar sus efusiones de contento al recibirle; y él fue afirmando paulatinamente su derecho a ser aguardado. Conservaba buena parte de la reserva por la que se distinguió su mocedad, y ello servía para refrenar cualquier alarmante manifestación de afecto. El recelo de mi amo experimentó una tregua y nuevos sucesos lo desviaron hacia otro cauce por un tiempo.
Su nuevo manantial de zozobras dimanó del imprevisto infortunio de que Isabella Linton manifestase una repentina e irresistible inclinación hacia el tolerated huésped. Contaba por entonces dieciocho lozanos abriles: aniñada en modales, si bien provista de vivo ingenio, vivos afectos y no menos vivo genio si se la exasperaba. Su hermano, que la amaba entrañablemente, quedó espantado ante tan disparatada preferencia. Dejando al margen el desdoro de un enlace con un varón sin cuna ni blasón y el albur contingente de que sus haciendas, a falta de herederos varones, pasasen a manos de semejante individuo, le sobraban luces para calibrar la índole de Heathcliff: para saber que, aun cuando su porte exterior se hubiese mudado, su alma permanecía inmutable e inalterada. Y aborrecía aquel espíritu: le sublevaba, estremeciéndose con siniestros augurios ante la idea de confiar a Isabella a su custodia. Habríase estremecido aún más de saber que semejante pasión brotaba espontánea sin haber sido solicitada, consagrándose allí donde no despertaba la menor correspondencia; pues en cuanto columbró su existencia achacó la culpa a arteras maquinaciones de Heathcliff.
Todos habíamos reparado durante algún tiempo en que la señorita Linton languidecía reconcomida por algún pesar. Volvióse agria y enfadosa, desairando y hostigando a Catherine de continuo a riesgo inminente de agotar su escasa paciencia. La disculpábamos en cierta medida so pretexto de quebranto de salud: languidecía a ojos vistas. Pero un día en que se mostró singularmente caprichosa, rechazando el desayuno, quejándose de que la servidumbre desoía sus órdenes, de que el ama no le concedía voz ni voto en la hacienda y Edgar la desatendía; de haber pillado un catarro por dejarse las puertas abiertas y de que dejábamos apagar el fuego del salón aposta para mortificarla, con un centenar más de imputaciones frívolas, la señora de Linton insistió con perentoriedad en que se metiese en la cama y, tras una buena reprimenda, amenazó con mandar llamar al médico. Mentar a Kenneth la compelió a exclamar al punto que gozaba de cumplida salud y que únicamente la crueldad de Catherine la tornaba desgraciada.
—¿Cómo puedes decir que soy cruel, mimosa consentida? —exclamó el ama, atónita ante tan desatinado aserto—. A fe que estás perdiendo el juicio. ¿Cuándo he sido cruel contigo, dímelo?
—Ayer —sollozó Isabella—, ¡y ahora mismo!
—¿Ayer? —inquirió su cuñada—. ¿En qué lance?
—En nuestro paseo por el páramo: ¡me dijiste que correteara por donde me pluguiese mientras tú te quedabas rezagada con el señor Heathcliff!
—¿Y esa es tu idea de la crueldad? —repuso Catherine riendo—. No pretendía insinuar que tu compañía resultase superflua; nos daba igual que te quedases o no; juzgué únicamente que la plática de Heathcliff nada ameno ofrecería a tus oídos.
—¡Oh, no! —lloró la damisela—; deseabas que me apartase porque sabías que a mí me agradaba estar allí.
—¿Está en su cabal juicio? —preguntó la señora de Linton dirigiéndose a mí—. Te repetiré nuestra conversación palabra por palabra, Isabella, y señálame qué encanto pudo albergar para ti.
—No me importa la conversación —contestó ella—: yo deseaba estar con...
—¿Y bien? —inquirió Catherine al verla vacilar para rematar la frase.
—Con él... ¡y no toleraré que me mandes siempre a paseo! —prosiguió encendiéndose—. ¡Eres como el perro del hortelano, Cathy, y pretendes que nadie sea amada salvo tú!
—¡Eres una mona impertinente! —exclamó la señora de Linton con pasmo—. ¡Pero no prestaré crédito a semejante necedad! Es imposible que ambiciones el favor de Heathcliff... ¡que le consideres persona agradable! Espero haberte entendido mal, ¿verdad, Isabella?
—No, me has entendido a la perfección —dijo la enamorada doncella—. Le amo más de lo que jamás tú amaste a Edgar, ¡y él podría amarme a mí si tú se lo consintieses!
—¡No querría estar en tu pellejo ni por un imperio entonces! —declaró Catherine con vehemencia, y parecía hablar con sincera convicción—. Nelly, ayúdame a convencerla de su demencia. Explícale qué cosa es Heathcliff: una criatura cerril, sin pulimento ni cultivo; un yermo árido de zarzales y pedernal. ¡Tanto valdría soltar a ese canario en medio del parque en un día de ventisca como aconsejarte entregarle tu corazón! Es una supina ignorancia de su temple, criatura, y nada más, lo que mete semejante delirio en tu mollera. ¡Por piedad, no te figures que encubre veneros de bondad y ternura bajo su adusto exterior! No es ningún diamante en bruto, ninguna ostra con perla de campesino rudo: es un hombre fiero, despiadado, con instintos de lobo. Jamás le digo: «Deja en paz a este o a aquel enemigo, porque sería innoble o cruel hacerles daño»; le digo: «Déjales en paz porque a mí me disgustaría verles agraviados»; y te trituraría cual cáscara de huevo de gorrión, Isabella, si te convirtieses en un fardo molesto para él. Sé que jamás podría amar a una Linton; y no obstante sería harto capaz de desposar tus haciendas y esperanzas: la avaricia va tornándose en él un vicio dominante. He ahí su retrato: y soy su amiga... hasta el punto de que, si hubiese pensado seriamente en darte caza, me habría mordido la lengua tal vez para dejarte caer en su trampa.
La señorita Linton miró a su cuñada con viva indignación.
—¡Vergüenza debiera darte, vergüenza! —repitió colérica—. ¡Eres peor que veinte enemigos, pérfida víbora!
—¡Ah, conque no me crees! —dijo Catherine—. ¿Te figuras que hablo por mezquino egoísmo?
—Tengo la certeza de que es así —replicó Isabella—; ¡y me estremezco ante ti!
—¡Bien! —exclamó la otra—. Haz la prueba por ti misma si tales son tus arrestos: he concluido y cedo el terreno ante tu descarada insolencia.
—¡Y he de padecer por su egoísmo! —sollozó la doncella al abandonar la señora de Linton la estancia—. Todo conspira contra mí: ha agostado mi único consuelo. Pero ha mentido con falsedad, ¿verdad que sí? El señor Heathcliff no es ningún monstruo: abriga un corazón noble y leal, ¿o cómo si no podría acordarse de ella?
—Apartadle de vuestro pensamiento, señorita —le dije—. Es un pájaro de mal agüero: nada idóneo para vos. La señora de Linton habló con rudeza, mas no puedo desmentirla. Conoce su corazón mejor que yo o que cualquier otro mortal y jamás le pintaría peor de lo que es. Las gentes honradas no ocultan sus obras. ¿Cómo ha vivido? ¿De qué suerte amasó fortuna? ¿Por qué se aloja en Cumbres Borrascosas, en casa del hombre a quien aborrece? Aseguran que el señor Earnshaw va de mal en peor desde que él arribó. Se pasan las noches enteras en vela juntos sin tregua y Hindley ha hipotecado sus tierras y no hace sino jugar y beber. Apenas hace una semana —me lo refirió Joseph al tropezar con él en Gimmerton— me decía: «Nelly, pronto tendremos que llamar al juez pesquisidor a nuestra hacienda. Uno de ellos casi se ha rebanado un dedo por sujetar al otro para que no se degollase cual ternero. Ese es el amo, ya sabe, que tantas ínfulas gasta de personarse en las audiencias. No le teme a la bancada de los magistrados, ni a Pablo, ni a Pedro, ni a Juan, ni a Mateo: ¡a ninguno de ellos! ¡Bien le complace plantarles su cara de bronce delante! Y ese gallardo mozo de Heathcliff, ya me entiende, ¡menuda pieza es! Sabe reírse a mandíbula batiente ante las bromas del diablo. ¿Acaso no dice nada de su regalada vida entre nosotros cuando acude a la Granja? He aquí la traza: arriba al ponerse el sol; dados, aguardiente, postigos atrancados y velas encendidas hasta el mediodía siguiente; luego el memo se marcha maldiciendo y desvariando a su alcoba haciendo que la gente decente se tape los oídos de pura vergüenza; y el bergante... pues él cuenta sus perras, come, duerme y se va a casa de los vecinos a departir con la señora. ¡Por descontado le cuenta a la señora Catherine cómo el oro de su padre va a parar a sus faltriqueras y cómo el hijo de su padre galopa por la senda ancha mientras él vuela delante a abrirle las barreras!». Ahora bien, señorita Isabella: Joseph es un viejo granuja, mas no un embustero; y si su relato acerca del proceder de Heathcliff es verídico, jamás pensaría en ambicionar semejante marido, ¿verdad que no?
Fin del Episodio 19 · de 61
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