Cumbres borrascosas·Episodio 13

Capítulo VIII · I

~10 min · 1935 palabras

En la mañana de un hermoso día de junio nació mi primer tierno retoño y el último vástago de la antigua estirpe de los Earnshaw. Andábamos atareados con la siega del heno en un prado distante cuando la muchacha que solía traernos el almuerzo llegó corriendo una hora antes de tiempo a través del prado y por el callejón, llamándome a voz en cuello según avanzaba.

—¡Oh, qué niño tan hermoso! —jadeó—. ¡El chicuelo más gallardo que jamás haya respirado! Pero el médico dice que la señora se nos va: asegura que padece tisis desde hace muchos meses. Se lo oí decir al señorito Hindley; y ahora ya nada la sostiene, de suerte que morirá antes del invierno. Tiene usted que venir a casa de inmediato. Habrá de criarlo a sus pechos, Nelly: alimentarlo con leche y azúcar y cuidarlo de día y de noche. ¡Ojalá fuese yo usted, pues será todo suyo cuando falte la señora!

—¿Pero está de veras tan grave? —inquirí, arrojando el rastrillo y anudándome la cofia.

—Me temo que sí; aunque tiene buen semblante —repuso la muchacha—, y habla como si pensase vivir para verle hecho todo un hombre. ¡Está loca de alboroto, tan hermoso es el zagal! De estar yo en su pellejo aseguro que no me moriría: sanaría con solo mirarlo, a despecho de Kenneth. Me puse furiosa con él. La señora Archer bajó al querubín al amo a la sala y su rostro empezaba a iluminarse cuando el viejo agorero da un paso adelante y le suelta: «Earnshaw, es una bendición que a su esposa se le haya concedido la vida para dejarle este hijo. Cuando vino, tuve la certeza de que no la conservaríamos mucho tiempo; y ahora he de advertirle que el invierno probablemente acabará con ella. No se desespere ni se acongoje en demasía: no tiene remedio. ¡Y además, debió haber tenido más juicio antes de escoger a una muchacha tan frágil cual junco!»

—¿Y qué contestó el amo? —indagué.

—Creo que soltó un juramento; pero no le presté atención, desviviéndome por contemplar al niño —y comenzó de nuevo a ensalzarlo con arrobamiento. Yo, tan impaciente como ella, corrí presurosa a casa para admirarlo por mi parte; aunque me sentía profundamente apesadumbrada por Hindley. Solo albergaba cabida en su corazón para dos ídolos: su mujer y él mismo; adoraba a ambos y veneraba a la primera, y no alcanzaba a concebir de qué suerte sobrellevaría la pérdida.

Al arribar a Cumbres Borrascosas, allí estaba él plantado en la puerta principal; y al pasar adentro le pregunté cómo se hallaba la criatura.

—¡A punto de corretear por los campos, Nell! —respondió, esbozando una sonrisa forzada.

—¿Y la señora? —me atreví a inquirir—; el facultativo dice que está...

—¡Al diablo con el médico! —interrumpió él, encendiéndose de furor—. Frances está perfectamente: estará enteramente restablecida por estas fechas la semana entrante. ¿Sube usted? Dígale que acudiré si me promete no hablar. La dejé porque no paraba de parlotear; y tiene que estarse quieta: dígale que el señor Kenneth manda que guarde absoluto reposo.

Transmití el recado a la señora de Earnshaw; parecía dominada por una alegría febril y contestó risueña: «Apenas despegué los labios, Ellen, y ya ha salido dos veces llorando como un chiquillo. Bueno, dile que prometo no hablar; ¡pero eso no me prohíbe reírme de él!».

¡Pobre alma! Hasta una semana antes de su fallecimiento aquel corazón alegre jamás desmayó; y su marido porfiaba con terquedad cerril, más aún, con frenesí salvaje, en aseverar que su salud mejoraba de día en día. Cuando Kenneth le advirtió que sus pócimas resultaban estériles en aquel trance de la dolencia y que no precisaba incurrir en más dispendios haciéndole acudir a visitarla, le espetó con cólera: «Ya sé que no hace falta: ¡está sana, no requiere más visitas suyas! Jamás padeció tisis alguna. Fueron unas fiebres y ya han remitido: su pulso late tan pausado como el mío ahora y su mejilla está tan fresca cual la mía».

Contó a su consorte el mismo cuento y ella pareció prestarle crédito; mas una noche, hallándose recostada en su hombro en el acto de asegurar que creía poder levantarse al día siguiente, le sobrevino un golpe de tos —uno sumamente leve—; él la alzó en sus brazos; ella le echó ambos brazos al cuello, mudóse su semblante y quedó muerta.

Tal como la zagalilla había pronosticado, el pequeño Hareton cayó por entero bajo mi custodia. El señor Earnshaw, con tal de verle sano y no oírle llorar, se daba por satisfecho en lo tocante al niño. En cuanto a él mismo, cayó en la desesperación: su duelo era de esa índole feroz que desdeña el llanto. Ni lloraba ni rezaba: maldecía y desafiaba al destino; execraba a Dios y a los hombres y se entregó a una disipación desenfrenada. Los criados no pudieron tolerar su conducta tiránica y perversa por mucho tiempo: Joseph y yo fuimos los únicos dos que permanecimos fieles. No tuve corazón para desamparar a mi retoño; y además, ya sabe usted, había sido su hermana de leche y disculpaba su comportamiento con mayor indulgencia de la que emplearía un extraño. Joseph se quedó para tiranizar a colonos y braceros, y porque constituía su vocación morar allí donde abundase la maldad para censurarla.

Las malas mañas del amo y sus perversas compañías ofrecieron un primoroso ejemplo a Catherine y a Heathcliff. El trato que dispensaba a este último bastaba para convertir a un santo en un demonio. Y verdaderamente parecía como si el muchacho estuviese poseído por algo diabólico en aquella época: gozaba contemplando a Hindley envilecerse sin redención y se tornaba de día en día más conspicuo por su hosquedad salvaje y su ferocidad. No acertaría a encarecer qué infierno de casa padecíamos. El vicario cesó en sus visitas y al fin ninguna persona decente se arrimaba a nosotros; a no ser las visitas de Edgar Linton a la señorita Cathy, que constituían la excepción. A los quince años era la reina de la comarca: no tenía igual; ¡y bien soberbia y testaruda salió la criatura! Confieso que le perdí la simpatía una vez pasada la infancia y la mortificaba con frecuencia procurando doblegar su arrogancia; jamás me guardó inquina, empero. Mostraba una constancia portentosa hacia sus antiguos afectos: el propio Heathcliff conservaba su imperio sobre su cariño de modo inalterable; y el joven Linton, con toda su prosapia, hallaba harto difícil causar una huella de pareja hondura. Era mi difunto amo: he ahí su retrato sobre la chimenea. Solía pender a un lado y el de su esposa al otro; pero el de ella fue retirado, o de lo contrario podría usted vislumbrar algo de lo que fue. ¿Alcanza a distinguirlo?

La señora Dean alzó la palmatoria y columbré un rostro de facciones suaves, extraordinariamente parecido al de la joven señora de las Cumbres, si bien de expresión más pensativa y bondadosa. Componía una pintura primorosa: los largos cabellos claros ondeaban levemente en las sienes; los ojos eran grandes y serios; la silueta casi demasiado grácil. No me maravillé de que Catherine Earnshaw pudiese olvidar a su primer amigo por semejante individuo; me maravilló más bien cómo él, poseyendo un espíritu acorde a su presencia, pudo prenderse de la idea que yo me había forjado de Catherine Earnshaw.

—Un retrato sumamente agraciado —observé al ama de llaves—. ¿Es fiel parecido?

—Sí —respondió ella—; pero lucía mejor cuando se animaba: ese es su semblante de diario; carecía de brío por lo general.

Catherine había mantenido el trato con los Linton desde su estancia de cinco semanas entre ellos; y como no sentía tentación alguna de exteriorizar su lado cerril en su compañía y le sobraba juicio para avergonzarse de mostrarse rústica allí donde recibía tan constante cortesía, embaucó involuntariamente a los ancianos señores merced a su candorosa cordialidad; granjeándose la admiración de Isabella y el alma y corazón de su hermano: conquistas que la envanecieron desde el principio —pues estaba henchida de ambición— induciéndola a adoptar un doble papel sin pretender deliberadamente engañar a nadie. Allí donde escuchaba tachar a Heathcliff de «joven rufián vulgar» y «peor que una fiera», se cuidaba de no conducirse como él; pero en el hogar sentía escasa inclinación a ensayar cumplidos de los que solo se reirían, embridando una naturaleza indómita cuando ello no le reportaría honra ni alabanza.

El señorito Edgar rara vez cobraba valor para personarse en Cumbres Borrascosas a cara descubierta: temía la reputación de Earnshaw y rehuía tropezar con él; y sin embargo se le acogía siempre con nuestros mejores conatos de urbanidad. El amo mismo evitaba ofenderle sabiendo a qué acudía, y si no acertaba a mostrarse afable, quitábase de en medio. Más bien creo que sus visitas resultaban embarazosas para Catherine: no era taimada, jamás coqueteaba y sentía manifiesta aversión a que sus dos camaradas coincidiesen; pues cuando Heathcliff expresaba desprecio hacia Linton en su presencia, ella no podía asentir a medias como hacía en su ausencia; y cuando Linton manifestaba asco y antipatía hacia Heathcliff, ella no osaba acoger sus juicios con indiferencia, como si el menosprecio a su antiguo compañero careciese de importancia para ella. Muchas veces me he reído de sus perplejidades y zozobras secretas, que vanamente pugnaba por hurtar a mi befa. Ello suena a mala índole, mas era tan orgullosa que resultaba de todo punto imposible apiadarse de sus congojas hasta verla escarmentada en mayor humildad. Al fin se resolvió a confesarse y a confiar en mí: no quedaba otra alma a la que pudiese recurrir por consejera.

El señor Hindley se había ausentado de casa una tarde y Heathcliff se tomó la libertad de tomarse vacación al socaire de ello. Contaba dieciséis años por entonces, a lo que creo; y sin ostentar facciones desagradables ni carecer de luces, se las componía para suscitar una impresión de repulsión interior y exterior de la cual su presencia actual no conserva el menor rastro. En primer término, había perdido para entonces el provecho de sus primeras letras: el trabajo rudo y continuo, acometido temprano y concluido tarde, había extinguido la curiosidad que antaño albergó por el saber y todo apego a los libros o a la instrucción. El sentimiento de superioridad infantil infundido por los mimos del viejo Earnshaw se había esfumado. Batalló largamente por mantener la paridad con Catherine en sus estudios y claudicó con amargo aunque mudo desconsuelo; mas claudicó por entero, sin que hubiese modo de moverle a dar un paso en pos de elevarse cuando comprendió que forzosamente había de caer por debajo de su antiguo nivel. Su presencia física se compadeció con semejante merma espiritual: cobró un andar desgarbado y un porte plebeyo; su reserva connatural degeneró en un exceso casi cerril de hosquedad insociable, y parecía hallar un sombrío deleite en concitar la aversión antes que el aprecio de sus escasas relaciones.

Catherine y él continuaban siendo inseparables camaradas en sus horas de respiro de las faenas; mas él había dejado de manifestarle su cariño con palabras y esquivaba con recelosa hostilidad sus carantoñas juveniles, cual si fuese consciente de que no cabía complacencia alguna en prodigarle tales muestras de ternura. En la ocasión sobredicha entró en la casa a anunciar su designio de no mover un dedo mientras yo ayudaba a la señorita Cathy a disponer su vestido: ella no había contado con que al mozo se le antojase holgar; e imaginando que gozaría del aposento enteramente para ella sola, se las había apañado de algún modo para enterar al señorito Edgar de la ausencia de su hermano y se aprestaba a recibirle.

Fin del Episodio 13 · de 61

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