Cumbres borrascosas·Episodio 12

Capítulo VII · II

~9 min · 1731 palabras

Bastante largos los tiene ya —observó el señorito Linton, asomándose desde el quicio—; me asombra que no le hagan doler la cabeza. ¡Parece la crin de un potro sobre los ojos!

Aventuró semejante reparo sin ánimo de ofender; mas la naturaleza violenta de Heathcliff no estaba templada para tolerar asomos de impertinencia de quien parecía aborrecer ya entonces como a un rival. Asió una sopera de compota de manzana caliente, lo primero que cayó bajo su mano, y la estampó de lleno contra la cara y el cuello del impertinente; quien al instante rompió en un plañido que atrajo a Isabella y a Catherine presurosas al lugar del desaguisado. El señor Earnshaw se apoderó del reo de inmediato y lo condujo a su cuarto, donde sin duda le administró un rudo correctivo para templar su arrebato pasional, pues reapareció encendido y jadeante. Cogí el estropajo y refregué con cierta saña las narices y la boca de Edgar, asegurándole que bien merecido se lo tenía por meterse donde no le llamaban. Su hermana comenzó a lloriquear pidiendo volver a casa y Cathy permanecía perpleja, abochornada por todos.

—¡No debiste haberle dirigido la palabra! —reconvino al señorito Linton—. Estaba de mal humor y ahora has echado a perder tu visita; y le azotarán: ¡aborrezco que le azoten! Ya no puedo probar bocado. ¿Por qué le hablaste, Edgar?

—Yo no le hablé —sollozó el muchacho, zafándose de mis manos y rematando la purificación con su pañuelo de batista—. Le prometí a mamá que no le dirigiría una sola palabra, ¡y no lo hice!

—Bueno, no llores —repuso Catherine con desdén—; no te has muerto. No armes más enredo: viene mi hermano; ¡estate quieto! ¡Calla, Isabella! ¿Acaso te ha hecho daño alguien a ti?

—¡Vamos, vamos, niños, a sus asientos! —voceó Hindley entrando con estrépito—. Ese zafio me ha hecho entrar en calor de lo lindo. La próxima vez, señorito Edgar, tómese la justicia por su mano: ¡le abrirá el apetito!

La pequeña comitiva recobró el sosiego a la vista del suculento banquete. Venían hambrientos tras la cabalgata y se consolaron con facilidad, toda vez que ningún daño real les había sobrevenido. El señor Earnshaw sirvió colmadas raciones y el ama los alegró con animada plática. Yo aguardaba tras su butaca y me dolió contemplar a Catherine que, con ojos secos y aire displicente, empezaba a trinchar el ala de una oca ante sí. «Criatura descastada —pensé para mis adentros—; con qué ligereza despacha las tribulaciones de su antiguo compañero. No la hubiera creído tan egoísta». Se llevó un bocado a los labios: volvió a posarlo; sus mejillas se encendieron y las lágrimas brotaron a raudales. Dejó caer el tenedor a la alfombra y se agachó presurosa bajo el mantel para ocultar su emoción. No la juzgué descastada por mucho tiempo; pues advertí que pasó el día en un verdadero purgatorio, ansiando hallar ocasión de quedarse sola o de visitar a Heathcliff, a quien el amo había dejado bajo llave, según descubrí al intentar deslizarle una ración de provisiones a hurtadillas.

Por la noche tuvimos baile. Cathy suplicó que se le liberase entonces, toda vez que Isabella Linton carecía de pareja; sus ruegos fueron baldíos y a mí se me encomendó suplir la falta. Disipamos todo pesar en la animación del baile, y nuestro solaz se acrecentó con la llegada de la orquesta de Gimmerton, compuesta por quince músicos de fuste: una trompeta, un trombón, clarinetes, fagotes, trompas y un violón, amén de cantores. Recorren todas las casas respetables y reciben propinas cada Navidad, y reputábamos por regalo de primer orden escucharles. Cantados los villancicos de costumbre, los pusimos a entonar canciones y rondas. La señora de Earnshaw adoraba la música y ellos nos deleitaron con creces.

Catherine la amaba también; mas dijo que sonaba más dulce en lo alto de la escalera y subió a oscuras: yo la seguí. Cerraron la puerta de la sala abajo, sin reparar en nuestra ausencia entre tanto gentío. No se detuvo en el descansillo, sino que trepó más arriba hasta la buhardilla donde Heathcliff yacía encerrado y le llamó. Él rehusó responder con terquedad durante un rato; ella perseveró y logró al cabo persuadirle de departir a través de los maderos. Dejé a los pobres muchachos platicar sin estorbo hasta que colegí que los cánticos iban a concluir y los cantores a recibir algún refrigerio; subí entonces por la escalerilla a prevenirla. En vez de hallarla fuera, escuché su voz en el interior. La bribona se había deslizado por el tragaluz de una buhardilla a lo largo del tejado hasta colarse por el tragaluz de la otra, y me costó Dios y ayuda convencerla de salir. Cuando por fin bajó, Heathcliff vino con ella; y porfió en que lo bajase a la cocina, pues mi compañero se había marchado a casa de un vecino para huir del estrépito de nuestras «salmodias del diablo», según gustaba de llamarlas. Les advertí que no pensaba alcahuetear sus tretas; mas como el preso no había probado bocado desde la comida de ayer, haría la vista gorda ante su burla al señorito por esa sola vez. Bajó: le arrimé una banqueta al fuego y le ofrecí multitud de golosinas; pero se sentía indispuesto y apenas comió nada, resultando vanos mis afanes por distraerle. Apoyó ambos codos en las rodillas y la barbilla en las manos, y permaneció absorto en muda meditación. Al inquirir yo el motivo de sus cavilaciones, contestó con gravedad: «Estoy discurriendo cómo he de pagarle a Hindley. No me importa cuánto tiempo haya de aguardar, con tal de cobrármelo al fin. ¡Espero que no se muera antes que yo!».

—¡Debería darte vergüenza, Heathcliff! —le increpé—. A Dios corresponde castigar a los malvados; nosotros debemos aprender a perdonar.

—No, Dios no tendrá la satisfacción que yo tendré —repuso—. ¡Solo desearía dar con el mejor camino! Déjame en paz y lo planearé todo: mientras pienso en ello no siento dolor alguno.

Pero, señor Lockwood, olvido que estas patrañas no pueden entretenerle. ¡Me indigna cómo he podido ponerme a parlotear de este modo, con sus gachas frías y usted cabeceando de sueño para irse a la cama! Habría podido referirle la historia de Heathcliff, todo cuanto precisa saber, en media docena de palabras.

◇

Interrumpiéndose de esta suerte, el ama de llaves se levantó y se dispuso a retirar su labor; mas yo me sentía incapaz de moverme del hogar y me hallaba muy lejos de cabecear. «Quédese quieta, señora Dean —exclamé—; quédese sentada otra media hora más. Ha hecho usted muy bien en relatar la historia con calma: es el método que me agrada y ha de concluirla con el mismo estilo. Me interesan todos los personajes que ha mencionado, más o menos».

—El reloj está a punto de dar las once, caballero.

—No importa: no estoy acostumbrado a acostarme tan temprano. La una o las dos es hora bastante temprana para quien se levanta a las diez.

—No debiera usted levantarse a las diez. Se pierde lo mejor de la mañana mucho antes de esa hora. Quien no ha despachado la mitad de su faena a las diez de la mañana corre el albur de dejar la otra mitad por hacer.

—Con todo, señora Dean, reasuma su asiento; pues mañana pienso alargar la noche hasta la tarde. Me pronostico un resfriado tenaz, cuando menos.

—Espero que no sea así, señor. Pues bien, habrá de permitirme dar un salto de unos tres años; durante ese lapso la señora de Earnshaw...

—¡No, no, nada de saltos! ¿Conoce usted ese temple de ánimo en el cual, si estuviese sentada a solas y la gata lamiese a su cría en la alfombra ante usted, observaría la operación con tanta fijeza que el descuido de una sola oreja por parte del animal la sacaría de sus casillas?

—Un temple terriblemente perezoso, diría yo.

—Al contrario: fatigosamente activo. Ese es el mío al presente; y por tanto, prosiga con minuciosidad. Advierto que las gentes de estos riscos adquieren sobre las de las ciudades el valor que una araña en una mazmorra ostenta sobre una araña en una choza para sus moradores; y sin embargo, la atracción profunda no se debe enteramente a la tesitura del espectador. Viven más de veras, más replegados en sí mismos y menos en la superficie, en las mudanzas y en las frivolidades exteriores. Podría concebir aquí un amor para toda la vida como algo casi posible; y yo que era un incrédulo empedernido respecto a cualquier afecto que durase un año. Una condición se asemeja a sentar a un hambriento ante un plato único en el que concentre todo su apetito haciéndole cabal justicia; la otra, a introducirlo en un festín dispuesto por cocineros franceses: podrá extraer idéntico deleite del conjunto, mas cada manjar resulta un mero átomo en su aprecio y memoria.

—¡Oh, aquí somos iguales que en cualquier otra parte cuando se nos llega a conocer! —observó la señora Dean, un tanto perpleja ante mi discurso.

—Perdóneme —repliqué—; usted, mi buena amiga, constituye una prueba rotunda contra semejante aserto. Salvo unos pocos modismos provinciales de escasa monta, no ostenta usted rasgo alguno de los modales que acostumbro a considerar privativos de su clase. Estoy seguro de que ha cavilado usted mucho más de lo que cavila la generalidad de los sirvientes: se ha visto obligada a cultivar sus facultades reflexivas a falta de ocasiones para malgastar la existencia en necedades triviales.

La señora Dean rompió a reír con franqueza.

—Ciertamente me tengo por persona formal y razonable —dijo—; no precisamente por morar entre cerros y contemplar las mismas caras y las mismas acciones de un cabo a otro del año; sino porque he padecido una dura disciplina que me ha enseñado prudencia; y luego, he leído más de lo que usted se figuraría, señor Lockwood. No podría abrir un solo volumen en esta biblioteca en el que no haya metido la nariz sacando algún provecho: a no ser esa hilera de griegos y latinos y los franceses; y aun esos los distingo unos de otros: que ya es cuanto puede aguardarse de la hija de un pobre campesino. Sin embargo, si he de proseguir mi relato a fuer de comadre cumplida, será mejor que continúe; y en vez de saltarme tres años, me contentaré con pasar al verano siguiente: el verano de 1778, hace cerca de veintitrés años.

Fin del Episodio 12 · de 61

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