Cumbres borrascosas·Episodio 11

Capítulo VII · I

~12 min · 2379 palabras

Cathy permaneció en la Granja de los Tordos cinco semanas: hasta la Navidad. Para entonces su tobillo estaba por entero restablecido y sus modales habían mejorado en gran manera. La señora la visitó con frecuencia durante aquel intervalo y acometió su plan de reforma procurando infundirle amor propio mediante galas y lisonjas, a las que ella se avino de buen grado; de suerte que, en lugar de una salvajilla cerril y desgreñada saltando por la casa y corriendo a estrujarnos a todos hasta dejarnos sin resuello, desmontó de un hermoso poney negro una damisela de porte sumamente distinguido, con bucles castaños asomando bajo el ala de un sombrero de castor emplumado y un largo hábito de montar de paño fino que se veía obligada a recogerse con ambas manos para poder desfilar con pompa. Hindley la bajó en vilo de la montura exclamando alborozado: «¡Caramba, Cathy, estás hecha una belleza! Apenas te habría reconocido: luces cual toda una dama. Isabella Linton no puede parangonarse contigo, ¿verdad, Frances?». —«Isabella no posee sus dotes naturales —repuso su esposa—; pero ella ha de tener buen cuidado de no asilvestrarse de nuevo aquí. Ellen, ayude a la señorita Catherine a despojarse de sus prendas... Alto ahí, querida, que vas a desbaratarte los rizos: deja que yo te desate el lazo del sombrero».

Le quité el hábito y resplandeció debajo un suntuoso vestido de seda a cuadros escoceses, calzones blancos y botines relucientes; y mientras sus ojos brillaban de regocijo al ver a los perros precipitarse dando brincos a festejarla, apenas osaba tocarlos por temor a que enlodasen sus espléndidas galas. Me besó con ternura: yo estaba cubierta de harina amasando el pastel de Navidad y no convenía que me diese un abrazo; y luego miró en derredor en busca de Heathcliff. El señor y la señora de Earnshaw observaban con zozobra aquel reencuentro, creyendo que les permitiría juzgar en cierta medida con qué fundamentos podían abrigar la esperanza de separar a ambos amigos.

A Heathcliff costó descubrirle al principio. Si antes de la ausencia de Catherine se mostraba descuidado y abandonado, diez veces más lo estaba desde entonces. Nadie fuera de mí le hacía siquiera la caridad de llamarle sucio zagal y ordenarle que se lavase una vez por semana; y los muchachos de su edad rara vez sienten una afición innata al agua y al jabón. Por consiguiente, amén de sus vestiduras, que contaban tres meses de servicio entre fango y polvo, y de sus hirsutos cabellos desgreñados, la superficie de su rostro y de sus manos aparecía tristemente ennegrecida. Bien podía recelar y agazaparse tras el escaño al contemplar a tan radiante y garbosa doncella cruzar el umbral, en vez de la camarada desmelenada y cerril que él aguardaba. «¿No está aquí Heathcliff?», inquirió ella, despojándose de los guantes y exhibiendo unos dedos prodigiosamente blanqueados por el ocio y la vida regalada.

—Heathcliff, puedes adelantarte —voceó el señor Hindley, regodeándose en su turbación y complacido de ver a qué facha de tunante siniestro se veía obligado a presentarse—. Puedes venir a darle la bienvenida a la señorita Catherine, al igual que los demás criados.

Cathy, atisbando a su camarada en su escondrijo, voló a abrazarle; estampó siete u ocho besos en su mejilla en menos de un segundo, y deteniéndose luego y retrocediendo un paso, rompió a reír exclamando: «¡Pero qué renegrido y huraño estás! ¡Y qué... qué cómico y fiero luces! Pero claro, es que me he acostumbrado a Edgar y a Isabella Linton. Y bien, Heathcliff, ¿te has olvidado de mí?».

No le faltaban motivos para formular semejante pregunta, pues la vergüenza y el orgullo proyectaban una doble sombra de abatimiento sobre su fisonomía, manteniéndole inmóvil cual estatua.

—Estréchale la mano, Heathcliff —dijo el señor Earnshaw con condescendencia—; por una vez se te consiente semejante honor.

—No lo haré —repuso el muchacho, cobrando al fin la voz—; no toleraré que se burlen de mí. ¡No lo consentiré!

Y se habría zafado del corro, mas la señorita Cathy le sujetó de nuevo por el brazo.

—No pretendía mofarme de ti —dijo ella—; no pude contener la risa: ¡estréchame la mano al menos, Heathcliff! ¿Por qué te muestras tan hosco? Ha sido únicamente porque lucías un aspecto tan raro... Si te lavas la cara y te cepillas el pelo todo irá a pedir de boca: ¡pero es que estás tan sucio!

Miró con desconsuelo los dedos ennegrecidos que retenía entre los suyos, y miró asimismo su propio vestido, temiendo que no hubiese ganado gentileza alguna con el contacto.

—¡No tenías por qué haberme tocado! —contestó él, siguiendo la dirección de su mirada y retirando la mano con violencia—. ¡Estaré tan sucio como me plazca: me gusta estar sucio y quiero estar sucio!

Y diciendo esto, salió disparado a escape de la estancia, en medio de las carcajadas del amo y de la señora y con gran consternación de Catherine, quien no acertaba a comprender cómo sus comentarios habían podido provocar semejante despliegue de rencor.

Tras haber hecho de doncella con la recién llegada, metido mis pasteles en el horno y caldeado la sala y la cocina con grandes hogueras dignas de la Nochebuena, me dispuse a sentarme a cantar villancicos a solas, desoyendo las imprecaciones de Joseph, quien aseguraba que las alegres coplas que yo elegía lindaban con cánticos profanos. Se había retirado a sus devociones particulares en su aposento, y el señor y la señora de Earnshaw entretenían la atención de la niña con varias chucherías vistosas compradas para que las regalase a los pequeños Linton en testimonio de gratitud por su agasajo. Los habían convidado a pasar la jornada de Navidad en Cumbres Borrascosas y la invitación había sido aceptada bajo una sola condición: la señora de Linton suplicaba que se mantuviese a sus querubines cuidadosamente apartados de aquel «rapaz grosero y malhablado».

En tales circunstancias me quedé sola. Aspiré el grato aroma de las especias calientes y admiré los relucientes calderos de la cocina, el reloj lustroso adornado con acebo, los jarros de plata alineados en una bandeja prontos para ser colmados de cerveza caliente especiada para la cena; y por encima de todo, la limpieza inmaculada de mi mayor desvelo: el suelo fregado y bien barrido. Tributé un debido aplauso interior a cada objeto, y luego recordé cómo el viejo Earnshaw solía entrar cuando todo estaba en orden llamándome muchacha hacendosa y deslizándome un chelín en la mano como aguinaldo; y de allí pasé a recordar el afecto que profesaba a Heathcliff y el pavor que sentía de que padeciese desamparo cuando la muerte se lo llevase: lo cual me condujo de modo natural a cavilar sobre la triste suerte del muchacho ahora, y del cantar pasé al llanto. Pronto caí en la cuenta, empero, de que habría más provecho en procurar remediar alguno de sus agravios que en derramar lágrimas por ellos: me levanté y salí al corralón en su busca. No andaba lejos: lo hallé almohazando el pelo brillante del nuevo poney en la cuadra y echando el pienso a las demás bestias, según su costumbre.

—¡Date prisa, Heathcliff! —le dije—; la cocina está tan acogedora y Joseph está arriba: date prisa y déjame vestirte pulcro antes de que baje la señorita Cathy, y así podréis sentaros juntos con todo el fuego para vosotros y charlar largo y tendido hasta la hora de acostarse.

Continuó con su tarea sin volver la cabeza hacia mí.

—Vamos, ¿vienes o no? —insistí—. Hay un pastelillo para cada uno, casi entero; y requerirás media hora larga para acicalarte.

Aguardé cinco minutos, mas no obteniendo respuesta alguna le dejé estar. Catherine cenó con su hermano y su cuñada; Joseph y yo compartimos una colación insociable aderezada con reprimendas por su parte y desplantes por la mía. El pastel y el queso del muchacho quedaron sobre la mesa toda la noche para los duendes. Él se las compuso para seguir faenando hasta las nueve y luego marchó mudo y sombrío a su buhardilla. Cathy se recogió tarde, teniendo un mundo de cosas que disponer para el recibimiento de sus nuevos amigos: entró en la cocina una vez a departir con su antiguo camarada, pero él se había marchado, y solo se detuvo a preguntar qué le ocurría antes de retirarse. A la mañana siguiente madrugó; y siendo día festivo, se llevó sus malos humores al páramo, no reapareciendo hasta que la familia hubo partido para el templo. El ayuno y la soledad parecieron haberle infundido mejor ánimo. Rondó a mi alrededor un rato y cobrando valor exclamó de pronto: «Nelly, ponme decente: voy a ser bueno».

—Ya era hora, Heathcliff —le dije—; has afligido a Catherine: ¡está arrepentida de haber vuelto a casa, me atrevería a jurar! Parece como si sintieses envidia de que se la estime más que a ti.

La noción de envidiar a Catherine le resultaba incomprensible, mas la idea de haberla afligido la comprendió con meridiana claridad.

—¿Dijo ella que estaba afligida? —inquirió, poniéndose muy serio.

—Lloró cuando le dije que te habías marchado otra vez esta mañana.

—Pues bien, yo lloré anoche —repuso—, y tenía más motivos para llorar que ella.

—Sí: tenías el motivo de acostarte con el corazón soberbio y el estómago vacío —le increpé—. La gente orgullosa se labra sus propias amarguras. Pero si te avergüenzas de tu susceptibilidad, has de pedirle perdón, no lo olvides, en cuanto entre por esa puerta. Debes acercarte y ofrecerte a besarla, y decirle... tú sabrás mejor qué decirle; con tal de que lo hagas de corazón y no como si creyeses que sus ricas galas la han mudado en una extraña. Y ahora, aunque he de preparar la comida, robaré tiempo para acicalarte de suerte que Edgar Linton parezca un muñequito de trapo a tu vera: que bien lo parece. Eres más joven y, pondría la mano en el fuego, eres más alto y el doble de ancho de hombros: podrías derribarlo de un revés en un abrir y cerrar de ojos, ¿no sientes que podrías?

El semblante de Heathcliff se iluminó por un instante; luego volvió a ensombrecerse y exhaló un suspiro.

—Pero, Nelly, aunque lo derribase veinte veces, eso no le haría a él menos apuesto ni a mí más agraciado. ¡Ojalá tuviese los cabellos rubios y la piel blanca, vistiese y me portase tan pulcramente como él y tuviese trazas de ser tan rico como él será!

—Y chillases llamando a mamá a cada paso —añadí yo—, y temblases si un campesino te enseñase el puño, y te quedases en casa todo el día por cuatro gotas de lluvia. ¡Oh, Heathcliff, revelas un ánimo bien mezquino! Acércate al espejo y te mostraré qué debieras ambicionar. ¿Reparas en esas dos rayas entre tus ojos, y en esas espesas cejas que, en vez de arquearse gallardas, se hunden en el medio; y en esa pareja de diablillos negros tan profundamente sepultados, que jamás abren sus ventanas francamente, sino que acechan chisporroteando debajo cual espías del infierno? Ambiciona y aprende a alisar esas arrugas hoscas, a alzar los párpados con franqueza y a trocar esos diablillos en ángeles cándidos y confiados que de nada sospechen ni duden, viendo amigos allí donde no tengan certeza de hallar enemigos. No adoptes la expresión de un chucho ruin que parece saber que las patadas que recibe son su merecido y que aun así aborrece al mundo entero tanto como a quien le sacude, por el dolor que padece.

—En otras palabras: debo desear los ojazos azules de Edgar Linton y su frente despejada —repuso él—. Los deseo... mas ello no me ayudará a conseguirlos.

—Un buen corazón te procurará un rostro hermoso, muchacho —proseguí—, aunque fueses renegrido como el tizón; y uno perverso tornará la faz más gallarda en algo peor que la fealdad. Y ahora que hemos terminado de lavarnos, peinarnos y despejarnos... dime si no te consideras bastante agraciado. Yo te aseguro que sí: pareces un príncipe disfrazado. ¿Quién sabe si tu padre fue emperador de la China y tu madre una reina de las Indias, capaces ambos de comprar con las rentas de una sola semana Cumbres Borrascosas y la Granja de los Tordos juntas? Y a ti te secuestraron marineros desalmados y te trajeron a Inglaterra. Si yo estuviese en tu lugar, abrigaría altos conceptos sobre mi alcurnia; ¡y el recuerdo de lo que fui me infundiría valor y señorío para sobrellevar las tiranías de un rústico hacendado!

De esta suerte continué charlando; y Heathcliff fue perdiendo gradualmente su ceño adusto y cobrando un aire sumamente risueño, cuando de improviso nuestra plática fue interrumpida por un rodar de carruaje ascendiendo por la calzada y entrando en el patio. Él corrió a la ventana y yo a la puerta, justo a tiempo de contemplar a los dos Linton descender del coche familiar envueltos en mantos y pieles, y a los Earnshaw apearse de sus monturas: a menudo acudían al templo a caballo en invierno. Catherine cogió de la mano a cada uno de los niños y los introdujo en la casa sentándolos ante el fuego, el cual devolvió con presteza el color a sus pálidas mejillas.

Apremié a mi camarada a apresurarse y manifestar su talante afable, y él obedeció de buen grado; mas quiso la mala ventura que, al abrir él la puerta que comunicaba con la cocina por un lado, Hindley la abriese por el otro. Se toparon de frente; y el amo, irritado al contemplarle limpio y alegre, o acaso deseoso de cumplir su promesa a la señora de Linton, le empujó hacia atrás con un recio empellón y ordenó con aspereza a Joseph: «¡Mantén a ese bellaco fuera de la sala: mándalo a la buhardilla hasta que concluya el almuerzo! De lo contrario meterá las zarpas en los pasteles y sisará la fruta si se le deja solo un minuto con ellos».

—Vamos, caballero —no pude evitar intervenir—; no tocará nada, él no: y presumo que debe tener su parte de las golosinas al igual que nosotros.

—¡Tendrá su ración de mi mano si lo sorprendo abajo antes de que anochezca! —gritó Hindley—. ¡Lárgate, vagabundo! ¿Cómo? ¿Te las das de petimetre, tunante? ¡Espera a que eche la garra a esos elegantes bucles y verás si no te los estiro un poco más!

Fin del Episodio 11 · de 61

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