Cumbres borrascosas·Episodio 10

Capítulo VI · II

~6 min · 1165 palabras

—¡Calla, calla! —le interrumpí—. ¡Aún no me has dicho, Heathcliff, por qué Catherine se ha quedado atrás!

—Ya te dije que nos reímos —repuso él—. Los Linton nos oyeron y a una salieron disparados cual flechas hacia la puerta; se hizo el silencio y luego un grito: «¡Oh, mamá, mamá! ¡Papá! ¡Mamá, ven aquí! ¡Papá, socorro!». Aullaron algo por el estilo, en verdad. Nosotros prorrumpimos en bramidos espantosos para aterrorizarlos aún más y luego nos descolgamos del alféizar, porque alguien descorría los cerrojos y juzgamos prudente poner pies en polvorosa. Yo llevaba a Cathy de la mano y la apremiaba a correr cuando de pronto cayó al suelo. «¡Corre, Heathcliff, corre! —susurró—. ¡Han soltado al dogo y me tiene sujeta!». Aquel engendro la había prendido del tobillo, Nelly: oí sus resoplidos abominables. Ella no chilló, ¡no!; habría desdeñado hacerlo aun cuando la ensartasen en los cuernos de una vaca brava. Yo sí, empero: vociferé imprecaciones bastantes para aniquilar a cuantos demonios pueblan la cristiandad; cogí una piedra, se la metí entre las mandíbulas y pugné con todas mis fuerzas por embutírsela gaznate abajo. Un zafio criado apareció al fin con una linterna voceando: «¡Muerde, Feroz, muerde!». Mudó de tono, no obstante, al comprobar la presa del mastín. Logró soltarle la garganta: el animal jadeaba con su enorme lengua morada colgándole medio pie fuera de la boca y los belfos chorreando babas sanguinolentas. El hombre levantó a Cathy en brazos; la niña desfallecía: no por miedo, estoy seguro, sino a causa del dolor. La introdujo en la casa y yo les seguí rumiando execraciones y venganzas. «¿Qué presa traes, Robert?», gritó Linton desde el vestíbulo. «Feroz ha atrapado a una chicuela, señor —respondió—; y aquí viene un rapaz —añadió, echándome la garra encima— que tiene toda la traza de ser un granuja empedernido. A buen seguro los ladrones pensaban meterlos por la ventana para que abriesen las puertas a la cuadrilla cuando todos durmiésemos, y degollarnos a su antojo. ¡Cierra la boca, ladrón desvergonzado! ¡Irás a la horca por esto! ¡Señor Linton, no guarde la escopeta!». «No, no, Robert —dijo el viejo memo—. Los bribones sabían que ayer cobré las rentas: pensaron sorprenderme limpiamente. Que pasen; yo les daré el recibimiento que merecen. Vamos, John, echa la cadena. Dale algo de agua a Feroz, Jenny. ¡Tener la osadía de desafiar a un magistrado en su propia fortaleza y en domingo para colmo! ¿Dónde tocará fondo su insolencia? ¡Oh, mi querida Mary, mira esto! No temas, es solo un zagal; mas el canalla ostenta la villanía grabada en el semblante: ¿no sería una caridad para la patria ahorcarle de inmediato, antes de que manifieste su perversidad en las obras tanto como en sus facciones?». Me arrastró bajo la araña de luces y la señora de Linton se caló los quevedos sobre la nariz alzando las manos con horror. Los cobardes chiquillos se acercaron también con cautela, ceceando Isabella: «¡Qué engendro tan horrible! Mételo en el sótano, papá. Es idéntico al hijo de la gitana que me robó el faisán manso. ¿A que sí, Edgar?».

—Mientras me escrutaban, Cathy recobró el sentido; escuchó esta última plática y rompió a reír. Edgar Linton, tras mirarla con fijeza inquisitiva, tuvo la perspicacia precisa para reconocerla. Nos ven en el templo, ya sabes, aunque rara vez coincidamos en otra parte. «¡Es la señorita Earnshaw! —susurró a su madre—; y mira cómo la ha mordido Feroz: ¡mira cómo le sangra el pie!».

—«¿La señorita Earnshaw? ¡Qué disparate! —exclamó la dama—. ¿La señorita Earnshaw corriendo por los montes con un gitano? Y sin embargo, querido mío, la niña viste de luto... a fe que es ella... ¡y podría quedar coja para el resto de sus días!».

—«¡Qué culpable negligencia la de su hermano! —exclamó el señor Linton, volviéndose de mí hacia Catherine—. Tengo entendido por Shielders» (ese era el coadjutor, caballero) «que consiente que se críe en el más absoluto salvajismo pagano. Pero ¿quién es este tunante? ¿Dónde ha pescado semejante compinche? ¡Ajajá! A fe mía que es la extraña adquisición que hizo mi difunto vecino en su viaje a Liverpool: un pequeño lascar o un náufrago indiano o español».

—«Un muchacho perverso, en cualquier caso —apostilló la anciana dama—, ¡e impropio por entero para pisar una casa decente! ¿Reparaste en su vocabulario, Linton? Me escandaliza que mis hijos hayan escuchado semejantes atrocidades».

—Volví a proferir juramentos —no te enojes, Nelly— y ordenaron a Robert que me sacase a la fuerza. Me negué a partir sin Cathy; me arrastró hasta el jardín, me encasquetó la linterna en la mano asegurándome que darían cuenta de mi conducta al señor Earnshaw y, conminándome a marcharme en el acto, volvió a atrancar la puerta. Las cortinas continuaban recogidas por un extremo y reasumí mi puesto de espía; pues, si Catherine hubiese deseado regresar, pensaba hacer añicos aquellos grandes cristales en un millón de pedazos a menos que la dejasen salir. Se hallaba sentada en el sofá con gran sosiego. La señora de Linton le quitó la capa gris de la lechera que habíamos tomado prestada para nuestra correría, sacudiendo la cabeza y reconviniéndola con dulzura, supongo: era una señorita de buena cuna y establecían debida distinción entre el trato que le dispensaban a ella y el mío. Luego la doncella trajo un lebrillo de agua tibia y le lavó los pies; el señor Linton preparó un vaso de ponche caliente, Isabella vació un plato colmado de pastelillos en su regazo y Edgar permanecía embobado contemplándola a distancia. Después le secaron y peinaron sus hermosos bucles, le proporcionaron un par de zapatillas descomunales y la acomodaron en un sillón junto al fuego; y allí la dejé, tan risueña como cabía imaginar, repartiendo sus golosinas entre el perrillo faldero y Feroz, a quien pellizcaba el morro mientras comía; y encendiendo un destello de vivacidad en las pupilas azules y apagadas de los Linton: tenue reflejo de su propia faz encantadora. Vi que estaban henchidos de estúpida admiración hacia ella; pues ella es inconmensurablemente superior a todos ellos... superior a cuantos pisan esta tierra, ¿no es verdad, Nelly?

—Más consecuencias traerá este embrollo de las que tú calculas —le contesté, arropándole bien y apagando la palmatoria—. Eres incorregible, Heathcliff; y el señor Hindley habrá de tomar medidas drásticas, ya lo verás. —Mis palabras resultaron más certeras de lo que hubiera deseado. La desdichada andanza enfureció a Earnshaw. Y para colmo de males, el señor Linton nos honró con una visita al día siguiente y le leyó al joven amo tal reprimenda sobre el modo en que gobernaba a su familia que este se vio forzado a poner coto a los desmanes muy en serio. Heathcliff no recibió azotes, mas se le advirtió que la primera palabra que dirigiese a la señorita Catherine acarrearía su expulsión inmediata; y la señora de Earnshaw se comprometió a embridar a su cuñada debidamente cuando retornase al hogar, empleando maña y no violencia: pues con la fuerza le habría resultado de todo punto imposible.

Fin del Episodio 10 · de 61

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