Cumbres borrascosas·Episodio 14

Capítulo VIII · II

~7 min · 1436 palabras

Cathy, ¿estás muy ocupada esta tarde? —inquirió Heathcliff—. ¿Piensas salir a alguna parte?

—No, está lloviendo —respondió ella.

—¿Por qué llevas puesto ese vestido de seda entonces? —repuso él—. No vendrá nadie por aquí, espero.

—Que yo sepa, no —balbució la señorita—; pero debieras estar en el campo a estas horas, Heathcliff. Hace una hora que pasó la comida; creí que te habías marchado.

—No a menudo nos libra Hindley de su aborrecible presencia —observó el muchacho—. No pienso trabajar más por hoy: me quedaré contigo.

—¡Oh, pero Joseph se chivará! —insinuó ella—; ¡más te valdría marcharte!

—Joseph está cargando cal en la otra ladera de los riscos de Penistone; le llevará hasta el anochecer y jamás se enterará.

Diciendo esto, se arrimó al fogón y tomó asiento. Catherine meditó un instante con el ceño fruncido, hallando forzoso allanar el camino para una intrusión. «Isabella y Edgar Linton hablaron de dejarse caer esta tarde —dijo al cabo de un minuto de silencio—. Como llueve apenas los aguardo; pero acaso vengan, y si lo hacen correrás el albur de que te reprendan sin provecho».

—Manda a Ellen que diga que estás ocupada, Cathy —porfió él—; ¡no me desprecies por esos amigos tuyos tan fatuos y ridículos! A punto estoy a veces de quejarme de que ellos... pero no lo haré...

—¿De que ellos qué? —exclamó Catherine, mirándole con semblante desasosegado—. ¡Oh, Nelly! —añadió con impertinencia, apartando la cabeza de mis manos—, ¡me has deshecho los rizos por completo! ¡Basta ya, déjame en paz! ¿De qué estás a punto de quejarte, Heathcliff?

—De nada... mírame únicamente el almanaque en esa pared —señaló a un pliego enmarcado colgado junto a la ventana y prosiguió—: Las cruces señalan las tardes que has pasado con los Linton; los puntos, las pasadas conmigo. ¿Ves? He anotado cada jornada.

—Sí... ¡qué tontería, como si a mí me importase! —repuso Catherine con displicencia—. ¿Y qué sentido tiene eso?

—Demostrar que a mí sí me importa —dijo Heathcliff.

—¿Y acaso he de estarme siempre sentada a tu lado? —exigió ella, enojándose por momentos—. ¿Qué saco en limpio? ¿De qué hablas? ¡Bien podrías ser mudo o una criatura de pecho, por cuanto dices para distraerme o por cuanto haces tampoco!

—¡Jamás me dijiste antes que hablase poco o que te desagradase mi compañía, Cathy! —exclamó Heathcliff con viva turbación.

—No es compañía alguna cuando la gente nada sabe y nada dice —masculló ella.

Su camarada se levantó, mas no tuvo ocasión de exteriorizar más sus sentimientos, pues resonaron los cascos de un caballo en el empedrado y, tras llamar con suavidad, entró el joven Linton con el semblante radiante de complacencia ante el imprevisto llamamiento recibido. Sin duda Catherine apreció la diferencia entre sus dos amigos cuando el uno entraba y el otro salía. El contraste asemejábase al trueque de un páramo escabroso y carbonífero por un valle ameno y feraz; y su voz y saludo eran tan opuestos como su presencia. Poseía un modo dulce y pausado de hablar, modulando sus palabras al estilo de usted: con menos rudeza de la que gastamos por aquí y con mayor suavidad.

—¿No habré venido demasiado temprano, verdad? —dijo, lanzándome una mirada: yo me había puesto a limpiar la vajilla de plata y arreglar unos cajones al extremo del aparador.

—No —respondió Catherine—. ¿Qué estás haciendo ahí, Nelly?

—Mi faena, señorita —repliqué. (El señor Hindley me había ordenado actuar como tercera persona en cuantas visitas particulares Linton tuviese a bien realizar).

Se situó tras de mí y me susurró con enojo: «Llévate tus bayetas a otra parte; cuando hay visitas en la casa los criados no se ponen a fregar y limpiar en la misma estancia».

—Es una buena coyuntura ahora que el amo está fuera —contesté en voz alta—: aborrece verme trajinar con estos cachivaches en su presencia. Estoy segura de que el señorito Edgar me disculpará.

—¡Yo aborrezco verte trajinar en mi presencia! —exclamó la señorita con imperio, sin dar tiempo a hablar a su huésped: no había logrado recobrar el sosiego desde su disputa con Heathcliff.

—Lo lamento de veras, señorita Catherine —fue mi respuesta; y proseguí asiduamente con mi tarea.

Ella, presumiendo que Edgar no la columbraba, me arrebató el paño de las manos y me propinó un pellizco con prolongado retorcimiento, sumamente malicioso, en el brazo. Ya he dicho que no le profesaba devoción y que me placía mortificar su vanidad de cuando en cuando; además, me lastimó en extremo; de suerte que me incorporé del suelo y grité: «¡Vaya, señorita, qué fea maña es esa! No tiene derecho alguno a pellizcarme y no pienso tolerarlo».

—¡No te he tocado, embustera de Satanás! —gritó ella, con los dedos hormigueantes por reiterar la hazaña y las orejas encendidas de furor. Jamás fue dueña de sofocar sus arrebatos: siempre le ponían el semblante hecho una brasa.

—¿Y qué es esto entonces? —repliqué, exhibiendo un cardenal morado indiscutible para desmentirla.

Pateó el suelo, titubeó un instante y luego, arrastrada por el genio perverso que la poseía, me estampó una bofetada en la mejilla: un golpe seco que me anegó ambos ojos de lágrimas.

—¡Catherine, amor mío! ¡Catherine! —intervino Linton, hondamente consternado ante la doble falta de falsedad y violencia que su ídolo acababa de cometer.

—¡Sal de la habitación, Ellen! —repitió ella, temblando de pies a cabeza.

El pequeño Hareton, que me seguía a todas partes y se hallaba sentado cerca de mí en las losas, al contemplar mis lágrimas se puso a llorar también y gimoteó acusaciones contra la «tía Cathy perversa», lo cual atrajo la cólera de la doncella sobre su desdichada cabecita: le asió por los hombros y le sacudió hasta que el pobrecillo se puso cárdeno, y Edgar imprudentemente la sujetó por las manos para librarlo. En un instante una de ellas quedó suelta y el atónito joven la sintió descargarse sobre su propia oreja de un modo que nadie habría tomado por chanza. Retrocedió anonadado. Cogí a Hareton en brazos y me marché con él a la cocina, dejando la puerta entornada por curiosidad de comprobar cómo zanjaban su desavenencia. El agraviado galán se encaminó hacia donde había depositado el sombrero, lívido y con el labio tembloroso.

«¡Bien hecho! —me dije—. ¡Escarmienta y lárgate! Caridad es consentirte atisbar su verdadero temple».

—¿Adónde vas? —inquirió Catherine, avanzando hacia la puerta.

Él esquivó el paso e intentó trasponer el umbral.

—¡No debes marcharte! —exclamó con vehemencia.

—¡Debo irme y me iré! —repuso él en voz apagada.

—No —porfió ella, aferrando la manivela—; todavía no, Edgar Linton: siéntate; no me dejarás con este enojo. Pasaría una noche miserable y no quiero ser desdichada por tu culpa.

—¿Acaso puedo quedarme después de haberme pegado? —preguntó Linton.

Catherine enmudeció.

—Me has infundido miedo y vergüenza de ti —prosiguió él—; ¡no volveré por aquí jamás!

Sus ojos comenzaron a brillar y sus párpados a pestañear agitados.

—¡Y dijiste una falsedad deliberada! —añadió él.

—¡No la dije! —gritó ella, recobrando el habla—; nada hice deliberadamente. En fin, márchate si gustas... ¡lárgate! ¡Y ahora lloraré... lloraré hasta caer enferma!

Cayó de hinojos junto a una silla y rompió a sollozar con desesperado fervor. Edgar perseveró en su determinación hasta el patio: allí vaciló. Resolví animarle a la fuga.

—La señorita es sumamente caprichosa, caballero —le voceé—. Tan mimada como la peor criatura: más le valdrá marcharse a caballo, o de lo contrario caerá enferma solo por mortificarnos.

El blando mancebo miró de reojo a través de la ventana: poseía tanta fuerza para partir como la que un gato posee para abandonar un ratón medio muerto o un pájaro medio devorado. «¡Ah —pensé—, no hay salvación para él: está sentenciado y corre a su perdición!». Y así fue: revolvióse bruscamente, precipitóse de nuevo en la estancia, atrancó la puerta tras de sí; y cuando entré poco después a participarles que Earnshaw había retornado furiosamente borracho, dispuesto a derribar la casa sobre nuestras cabezas (su temple habitual en tal estado), vi que la pendencia solo había surtido el efecto de estrechar su intimidad, demoliendo las murallas de la timidez juvenil y permitiéndoles despojarse del disfraz de la amistad para confesarse amantes.

La noticia de la llegada del señor Hindley impulsó a Linton velozmente hacia su montura y a Catherine a su alcoba. Yo corrí a ocultar al pequeño Hareton y a retirar los perdigones de la escopeta del amo, con la cual gustaba de jugar en su insano delirio poniendo en trance de muerte a cuantos le provocasen o simplemente llamasen su atención en demasía; habiéndoseme ocurrido semejante ardid para que causase menor estrago si le daba por disparar el arma.

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