Número 13 · III
~13 min · 2685 palabras
Aquí se entregó a los recuerdos.
—Entonces, ¿no cree que haya ningún inconveniente en particular en tener un número 13? —preguntó Anderson.
—¡Ah, desde luego! Verá, mi pobre padre me crió para este negocio. Primero regentó un hotel en Aarhuus y luego, cuando nacimos nosotros, se trasladó aquí a Viborg, que era su lugar natal, y estuvo al frente del Phœnix hasta su muerte. Eso fue en 1876. Luego yo abrí un negocio en Silkeborg, y el año antepasado me mudé a esta casa.
Siguieron más detalles sobre el estado del edificio y del negocio cuando se hizo cargo de él por primera vez.
—Y cuando usted llegó, ¿había un número 13?
—No, no. Iba a hablarle de eso. Verá, en un lugar como este, la clase mercantil —los viajantes— es a quien debemos atender por lo general. ¿Y meterlos en el número 13? Bueno, preferirían dormir en la calle, o peor aún. En lo que a mí respecta, no me importaría lo más mínimo cuál fuese el número de mi habitación, y a menudo se lo he dicho; pero se empeñan en que les trae mala suerte. Tienen infinidad de historias entre ellos sobre hombres que han dormido en un número 13 y nunca volvieron a ser los mismos, o perdieron a sus mejores clientes, o... una cosa y otra —dijo el posadero, tras buscar una frase más gráfica.
—Entonces, ¿para qué utiliza su número 13? —preguntó Anderson, consciente al decir estas palabras de una extraña inquietud del todo desproporcionada respecto a la importancia de la pregunta.
—¿Mi número 13? ¡Pero si le acabo de decir que no existe tal cosa en la casa! Pensé que ya lo habría notado. Si existiera, estaría al lado de su propia habitación.
—Bueno, sí; solo que se me ocurrió pensar... es decir, anoche me pareció haber visto una puerta con el número trece en ese pasillo; y la verdad es que estoy casi seguro de que no me equivocaba, porque también la vi la noche anterior.
Por supuesto, Herr Kristensen se burló abiertamente de semejante idea, tal como Anderson esperaba, y subrayó con reiterada insistencia el hecho de que ningún número 13 existía ni había existido en aquel hotel antes de su llegada.
La certidumbre del posadero alivió en cierto modo a Anderson, pero siguió desconcertado, y empezó a pensar que la mejor manera de cerciorarse de si en verdad había sido víctima de una ilusión consistía en invitar al posadero a su habitación a fumar un cigarro más entrada la noche. Unas fotografías de ciudades inglesas que llevaba consigo constituían una excusa más que suficiente.
Herr Kristensen se sintió halagado por la invitación y la aceptó de muy buena gana. Debía presentarse hacia las diez en punto, pero antes Anderson tenía algunas cartas que escribir y se retiró con ese propósito. Casi se ruborizaba consigo mismo al confesárselo, pero no podía negar el hecho de que empezaba a ponerse muy nervioso por la cuestión de la existencia del número 13; tanto que se acercó a su habitación pasando por el número 11, a fin de no verse obligado a pasar por delante de la puerta, o del lugar donde la puerta debería estar. Miró con rapidez y recelo alrededor de la estancia al entrar en ella, pero aparte de aquel indefinible aire de parecer más pequeña de lo habitual, no había nada que justificara recelo alguno. Aquella noche no cabía duda sobre la presencia o ausencia de su maleta: él mismo la había vaciado y la había colocado debajo de la cama. Con cierto esfuerzo apartó el pensamiento del número 13 de su mente y se sentó a escribir.
Sus vecinos estaban bastante tranquilos. De vez en cuando se abría una puerta en el pasillo y salía despedido un par de botas, o bien pasaba un viajante tarareando para sí, y afuera, de tarde en tarde, un carro retumbaba sobre los atroces adoquines, o un paso presuroso se apresuraba sobre las losas.
Anderson terminó sus cartas, pidió whisky con soda y luego fue a la ventana a observar el muro ciego de enfrente y las sombras que en él se proyectaban.
Por lo que recordaba, el número 14 lo ocupaba el abogado, un hombre formal que hablaba poco durante las comidas, pues por lo común se hallaba enfrascado en el estudio de un fajo de papeles junto a su plato. Al parecer, no obstante, tenía la costumbre de desfogar sus ánimos cuando estaba a solas. ¿Por qué otra razón estaría bailando? La sombra de la habitación contigua revelaba con toda claridad que lo hacía. Una y otra vez su delgada silueta cruzaba la ventana, sus brazos se agitaban y una pierna escuálida se alzaba de un puntapié con sorprendente agilidad. Parecía estar descalzo, y el suelo debía de estar bien entarimado, pues ningún ruido delataba sus movimientos. El Sagförer Herr Anders Jensen bailando a las diez de la noche en el dormitorio de un hotel parecía tema apropiado para una pintura histórica de gran estilo; y los pensamientos de Anderson, como los de Emily en Los misterios de Udolfo, comenzaron a «ordenarse en los siguientes versos»:
«Cuando regreso a mi hotel, a las diez en punto de la noche, los camareros piensan que no me encuentro bien; me tienen sin cuidado. Mas cuando he cerrado la puerta de mi estancia, y he dejado mis botas afuera, bailo toda la noche sobre el entarimado. Y aunque mis vecinos maldijeran, bailaría aún mucho más, pues conozco bien la ley, y a pesar de todo su parloteo, de sus protestas me mofo».
De no haber llamado el posadero a la puerta en ese preciso instante, es probable que se hubiera ofrecido al lector un poema bastante largo. A juzgar por su mirada de sorpresa al entrar en la habitación, a Herr Kristensen le chocó, como a Anderson, algo insólito en su aspecto. Pero no hizo ningún comentario. Las fotografías de Anderson le interesaron sobremanera y sirvieron de texto para numerosos discursos autobiográficos. Tampoco está muy claro cómo se habría podido desviar la conversación hacia el deseado cauce del número 13 de no haber comenzado el abogado en ese momento a cantar, y a cantar de un modo que no dejaba lugar a dudas en el ánimo de nadie de que estaba o sumamente borracho o rematadamente loco. Era una voz aguda y tenue la que oían, y sonaba seca, como por un largo desuso. De palabras o melodía no cabía hablar. Ascendía navegando hasta una altura sorprendente y descendía con un quejido desesperado como de viento invernal en una chimenea hueca, o como de un órgano cuyo aire se agota de pronto. Era un sonido verdaderamente espantoso, y Anderson sintió que, de haber estado solo, se habría visto obligado a huir en busca de refugio y compañía a la habitación de algún viajante vecino.
El posadero se quedó boquiabierto.
—No lo entiendo —dijo al fin, secándose la frente—. Es espantoso. Ya lo había oído una vez antes, pero di por seguro que era un gato.
—¿Está loco? —preguntó Anderson.
—Debe de estarlo; ¡y qué lástima! Con lo buen cliente que es, y con tanto éxito en sus negocios, según tengo entendido, y con una familia joven que sacar adelante.
Justo entonces resonó un golpe impaciente en la puerta, y quien llamaba entró sin esperar a que le dieran permiso. Era el abogado, en déshabillé y con el pelo muy revuelto; y parecía furioso.
—Le ruego me disculpe, caballero —dijo—, pero le agradecería mucho que tuviera la bondad de desistir...
Aquí se detuvo, pues saltaba a la vista que ninguna de las personas que tenía delante era responsable de aquel alboroto; y tras una tregua de un instante, este volvió a resonar con mayor furor que antes.
—Pero ¿qué significa esto, en el nombre del Cielo? —estalló el abogado—. ¿Dónde está? ¿Quién es? ¿Me estoy volviendo loco?
—Sin duda, Herr Jensen, ¿no proviene de su habitación contigua? ¿No habrá un gato o algo atascado en la chimenea?
Esto fue lo mejor que se le ocurrió decir a Anderson, y comprendió su inutilidad mientras lo decía; pero cualquier cosa era preferible a quedarse allí escuchando aquella horrible voz y contemplando el rostro ancho y pálido del posadero, todo sudoroso y trémulo mientras se aferraba a los brazos de su sillón.
—Imposible —dijo el abogado—, imposible. No hay chimenea. Vine aquí porque estaba convencido de que el ruido se producía aquí. Con toda seguridad salía de la habitación contigua a la mía.
—¿No había una puerta entre la suya y la mía? —preguntó Anderson con presteza.
—No, señor —dijo Herr Jensen con cierta aspereza—. Al menos, no esta mañana.
—¡Ah! —dijo Anderson—. ¿Ni tampoco esta noche?
—No estoy seguro —dijo el abogado con cierta vacilación.
De pronto, la voz que lloraba o cantaba en la habitación contigua se extinguió, y se oyó al cantor reírse para sí, al parecer, con un murmullo cantarino. Los tres hombres llegaron a estremecerse al oír aquel sonido. Luego se hizo el silencio.
—Vamos —dijo el abogado—, ¿qué tiene que decir, Herr Kristensen? ¿Qué significa esto?
—¡Santo cielo! —dijo Kristensen—. ¡Cómo voy a saberlo! No sé más que ustedes, caballeros. Ruego a Dios no volver a oír semejante ruido.
—Lo mismo digo —dijo Herr Jensen, y añadió algo por lo bajo. A Anderson le pareció que sonaba como las últimas palabras del Salterio: «omnis spiritus laudet Dominum», pero no pudo estar seguro.
—Pero tenemos que hacer algo —dijo Anderson—, los tres juntos. ¿Vamos a investigar a la habitación contigua?
—¡Pero si esa es la habitación de Herr Jensen! —se lamentó el posadero—. Es inútil; él mismo acaba de salir de allí.
—No estoy tan seguro —dijo Jensen—. Creo que este caballero tiene razón: debemos ir a ver.
Las únicas armas defensivas que pudieron reunirse en el acto fueron un bastón y un paraguas. La expedición salió al pasillo, no sin zozobras. Reinaba una calma sepulcral afuera, pero brillaba una luz por debajo de la puerta contigua. Anderson y Jensen se aproximaron. Este último hizo girar el pomo y dio un empujón repentino y vigoroso. Fue inútil. La puerta se mantuvo firme.
—Herr Kristensen —dijo Jensen—, ¿querría ir a buscar al criado más fuerte que tenga en el establecimiento? Tenemos que llegar al fondo de esto.
El posadero asintió y se marchó a toda prisa, contento de alejarse del escenario de la acción. Jensen y Anderson permanecieron fuera, contemplando la puerta.
—Es el número 13, ya ve —dijo este último.
—Sí; ahí está su puerta y ahí la mía —dijo Jensen.
—Mi habitación tiene tres ventanas durante el día —dijo Anderson, reprimiendo a duras penas una risa nerviosa.
—¡Por Dios, la mía también! —dijo el abogado, volviéndose y mirando a Anderson. Ahora daba la espalda a la puerta. En ese instante, la puerta se abrió y salió un brazo que le lanzó un zarpazo al hombro. Iba cubierto de un lino andrajoso y amarillento, y la piel desnuda, allí donde alcanzaba a verse, presentaba un largo vello grisáceo.
Anderson llegó justo a tiempo de apartar a Jensen de su alcance con un grito de repugnancia y espanto, al tiempo que la puerta se cerraba de nuevo y se oía una risa sorda.
Jensen no había visto nada, pero cuando Anderson le contó a toda prisa el peligro que había corrido, cayó en un estado de gran agitación y propuso que desistieran de la empresa y se encerrasen en una o en otra de sus habitaciones.
Sin embargo, mientras desarrollaba este plan, el posadero y dos hombres fornidos llegaron al lugar, todos con aspecto bastante serio y alarmado. Jensen los recibió con un torrente de descripciones y explicaciones que en absoluto sirvió para infundirles ánimos ante la contienda.
Los hombres soltaron las palancas que traían y dijeron sin rodeos que no iban a jugarse el pellejo en aquel antro del diablo. El posadero se hallaba consumido por el nerviosismo y la indecisión, consciente de que si no se hacía frente al peligro su hotel estaba arruinado, y muy poco dispuesto a afrontarlo en persona. Por fortuna, a Anderson se le ocurrió el modo de reagrupar a aquella tropa desmoralizada.
—¿Es este —dijo— el valor danés del que tanto he oído hablar? No hay ningún alemán ahí dentro y, aunque lo hubiera, somos cinco contra uno.
Los dos criados y Jensen se sintieron aguijoneados a la acción por aquellas palabras y se abalanzaron hacia la puerta.
—¡Alto! —dijo Anderson—. No pierdan la cabeza. Usted quédese aquí fuera con la luz, patrón, y uno de ustedes dos derribe la puerta; y no entren cuando ceda.
Los hombres asintieron, y el más joven dio un paso al frente, alzó la palanca y descargó un golpe tremendo sobre el tablero superior. El resultado no fue en absoluto el que ninguno de ellos esperaba. No se produjo crujido ni desgarro alguno de la madera: tan solo un golpe seco y sordo, como si se hubiera arremetido contra un muro macizo. El hombre soltó la herramienta con un grito y empezó a frotarse el codo. Su alarido atrajo las miradas hacia él por un momento; luego Anderson volvió a mirar hacia la puerta. Había desaparecido; la pared enlucida del pasillo se alzaba ante sus ojos, con una hendidura considerable en el lugar donde la palanca había impactado. El número 13 había dejado de existir.
Durante unos instantes permanecieron completamente inmóviles, contemplando la pared lisa. Se oyó cantar a un gallo madrugador en el patio de abajo; y al volver Anderson la mirada en dirección al sonido, vio a través de la ventana al final del largo pasillo que el cielo del este palidecía ante la aurora.
—Quizá —dijo el posadero con vacilación— a los señores les gustaría otra habitación para esta noche... ¿una con dos camas?
Ni Jensen ni Anderson se opusieron a la sugerencia. Se sentían inclinados a andar de dos en dos tras su reciente experiencia. Consideraron conveniente que, cuando cada uno fuera a su cuarto a recoger las cosas que necesitaba para la noche, el otro lo acompañara y sostuviera la vela. Advirtieron que tanto el número 12 como el número 14 tenían tres ventanas.
A la mañana siguiente, el mismo grupo se reunió de nuevo en el número 12. El posadero estaba lógicamente ansioso por evitar recurrir a ayuda externa y, sin embargo, resultaba imperativo esclarecer el misterio que envolvía a esa parte de la casa. En consecuencia, se indujo a los dos criados a que asumieran la función de carpinteros. Se retiraron los muebles y, a costa de un buen número de tablas irremediablemente arruinadas, se levantó aquella porción del suelo más próxima al número 14.
El lector supondrá sin duda que se descubrió un esqueleto, digamos el del magíster Nicolas Francken. No fue así. Lo que de verdad encontraron, tendida entre las vigas que sustentaban el entarimado, fue una pequeña arqueta de cobre. En su interior yacía un documento de vitela cuidadosamente doblado, con una veintena de líneas escritas. Tanto Anderson como Jensen (que demostró tener ciertas dotes de paleógrafo) se mostraron sumamente entusiasmados ante aquel hallazgo, que prometía proporcionar la clave de tan extraordinarios fenómenos.
Poseo un ejemplar de una obra astrológica que jamás he leído. Lleva a modo de frontispicio un grabado en madera de Hans Sebald Beham, que representa a varios sabios sentados en torno a una mesa. Este detalle tal vez permita a los entendidos identificar el libro. Por mi parte, no logro recordar su título, y en este momento no lo tengo a mano; pero sus guardas están cubiertas de escritura y, a lo largo de los diez años que llevo en posesión del volumen, no he sido capaz de averiguar en qué sentido debe leerse dicho texto, ni mucho menos en qué lengua está escrito. Muy semejante era la situación de Anderson y Jensen tras el prolongado examen al que sometieron el documento de la arqueta de cobre.
Al cabo de dos días de contemplarlo, Jensen, que era el espíritu más osado de los dos, se arriesgó a formular la conjetura de que la lengua era o bien latín, o bien danés antiguo.
Fin del Episodio 9 · de 18
Número 13 · III
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