Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 10

Número 13 (final) y El conde Magnus

~14 min · 2744 palabras

Anderson no se aventuró a formular conjetura alguna, y se mostró muy dispuesto a entregar la caja y el pergamino a la Sociedad Histórica de Viborg para que los depositaran en su museo.

Me enteré de toda la historia por él unos meses después, mientras estábamos sentados en un bosque cerca de Upsala, tras visitar la biblioteca de allí, donde nosotros —o más bien yo— nos habíamos reído a costa del contrato mediante el cual Daniel Salthenius (con el tiempo profesor de hebreo en Königsberg) se había vendido a Satanás. A Anderson no le hizo ninguna gracia.

—¡Joven idiota! —dijo, refiriéndose a Salthenius, que apenas era un estudiante universitario cuando cometió semejante indiscreción—; ¿cómo sabía qué clase de compañía cortejaba?

Y cuando le sugerí las consideraciones habituales, se limitó a gruñir. Esa misma tarde me contó lo que ustedes han leído; pero se negó a deducir conclusión alguna de ello, y a asentir a cuantas yo deduje en su lugar.

EL CONDE MAGNUS

El modo en que llegaron a mis manos los papeles con los cuales he hilvanado un relato conexo es lo último que el lector sabrá por estas páginas. No obstante, antes de dar paso a los extractos que he entresacado de ellos, es preciso exponer la forma en que los conservo.

Constan, pues, en parte, de una serie de apuntes para un libro de viajes, uno de esos volúmenes tan comunes en las décadas de 1840 y 1850. El Journal of a Residence in Jutland and the Danish Isles de Horace Marryat es un buen ejemplo de la clase de obra a la que me refiero. Por lo general, estos libros trataban sobre algún rincón desconocido del Continente. Estaban ilustrados con xilografías o grabados en acero. Daban detalles sobre el alojamiento hotelero y los medios de transporte, de esos que hoy en día esperamos encontrar en cualquier guía como es debido, y abundaban en transcripciones de conversaciones con extranjeros instruidos, posaderos pintorescos y campesinos locuaces. En una palabra: eran charlatanes.

Empezados con la idea de proporcionar material para un libro de tal naturaleza, a medida que avanzaban mis papeles fueron adquiriendo el carácter de un registro de una sola experiencia personal, registro que se prolongó casi hasta la misma víspera de su desenlace.

El autor era un tal señor Wraxall. Para saber de él dependo por entero del testimonio que ofrecen sus escritos, y de ellos deduzco que era un hombre que pasaba de la mediana edad, poseedor de cierta holgura económica y muy solo en el mundo. Al parecer, no tenía morada fija en Inglaterra, sino que era huésped habitual de hoteles y casas de huéspedes. Es probable que acariciase la idea de establecerse en algún momento futuro que jamás llegó; y también me parece probable que el incendio del Pantechnicon, a principios de los años setenta, destruyese muchas cosas que habrían arrojado luz sobre sus antecedentes, pues menciona una o dos veces bienes suyos que estaban almacenados en dicho establecimiento.

Resulta evidente, además, que el señor Wraxall había publicado un libro, y que este trataba sobre unas vacaciones que había pasado en Bretaña. Más que esto no puedo decir sobre su obra, porque una búsqueda diligente en repertorios bibliográficos me ha convencido de que debió de publicarse de forma anónima o bajo seudónimo.

En cuanto a su carácter, no es difícil formarse una opinión superficial. Debió de ser un hombre inteligente y cultivado. Al parecer, estuvo a punto de ser fellow de su colegio en Oxford —el Brasenose, según deduzco del Calendar—. Su defecto dominante era con bastante claridad una excesiva curiosidad, posiblemente un defecto provechoso en un viajero, pero sin duda un defecto por el que este viajero pagó muy caro al final.

En lo que resultó ser su última expedición, planeaba otro libro. Escandinavia, una región poco conocida para los ingleses hace cuarenta años, le había parecido un campo interesante. Debió de tropezar con algunos libros viejos de historia o memorias de Suecia, y se le ocurrió que había cabida para un libro descriptivo de viajes por Suecia, salpicado de episodios de la historia de algunas de las grandes familias suecas. Por tanto, se procuró cartas de presentación para algunas personas de alcurnia en Suecia, y partió hacia allá a principios del verano de 1863.

De sus viajes por el Norte no hay necesidad de hablar, ni tampoco de su estancia de varias semanas en Estocolmo. Solo me basta mencionar que cierto savant residente allí lo puso sobre la pista de una importante colección de documentos familiares pertenecientes a los propietarios de una antigua casa solariega en Vestergothland, y le consiguió permiso para examinarlos.

La casa solariega, o herrgård, en cuestión recibirá el nombre de Råbäck (pronunciado algo así como Roebeck), aunque ese no sea su verdadero nombre. Es uno de los mejores edificios de su clase en todo el país, y la lámina que de él aparece en la Suecia antiqua et moderna de Dahlenberg, grabada en 1694, lo muestra casi tal como el turista puede verlo hoy. Se construyó poco después de 1600 y, a grandes rasgos, es muy semejante a una casa inglesa de esa época en cuanto a materiales —ladrillo rojo con paramentos de piedra— y estilo. Quien la levantó fue un vástago de la gran casa de De la Gardie, y sus descendientes aún la poseen. De la Gardie es el nombre con que los designaré cuando sea necesario mencionarlos.

Recibieron al señor Wraxall con gran amabilidad y cortesía, y le insistieron para que se alojase en la casa mientras duraran sus investigaciones. Pero él, prefiriendo conservar su independencia y desconfiando de su capacidad para conversar en sueco, se instaló en la posada del pueblo, que resultó bastante cómoda, al menos durante los meses de verano. Este arreglo le supondría una breve caminata diaria de ida y vuelta a la casa solariega de algo menos de una milla. La casa en sí se alzaba en un parque, y estaba resguardada —o, mejor dicho, rodeada— por un arbolado añoso y corpulento. Cerca de ella se encontraba el jardín cercado, y luego se entraba en un espeso bosque que bordeaba uno de los pequeños lagos que salpican toda la comarca. A continuación venía el muro de la heredad, y se subía un empinado otero —un peñasco cubierto de una ligera capa de tierra—, en cuya cima se alzaba la iglesia, cercada por altos y sombríos árboles. Era un edificio curioso para unos ojos ingleses. Las naves eran bajas y estaban repletas de bancos y tribunas. En la tribuna occidental se erguía el hermoso órgano antiguo, alegremente pintado y con tubos de plata. El techo era plano y un artista del siglo XVII lo había adornado con un extraño y espantoso «Juicio Final», plagado de llamas lívidas, ciudades que se derrumbaban, barcos en llamas, almas que lloraban y demonios pardos y sonrientes. Del techo colgaban hermosas coronas de latón; el púlpito parecía una casa de muñecas cubierta de pequeños querubines y santos de madera policromada; al atril del predicador estaba fijado con goznes un soporte con tres relojes de arena. Cosas semejantes pueden verse hoy en muchas iglesias de Suecia, pero lo que distinguía a esta era un añadido al edificio original. En el extremo oriental de la nave norte, el constructor de la casa solariega había erigido un mausoleo para sí y para su familia. Era un edificio octogonal bastante grande, iluminado por una serie de ventanas ovaladas, y tenía un techo abovedado, coronado por una suerte de remate con forma de calabaza que se elevaba en una aguja, forma que hacía las delicias de los arquitectos suecos. Por fuera, el tejado era de cobre pintado de negro, mientras que los muros, al igual que los de la iglesia, lucían un blanco deslumbrante. A este mausoleo no se podía acceder desde la iglesia. Tenía su propio portal y su propia escalinata en el lado norte.

Más allá del camposanto discurre el sendero que lleva al pueblo, y no hacen falta más de tres o cuatro minutos para llegar a la puerta de la posada.

El primer día de su estancia en Råbäck, el señor Wraxall encontró abierta la puerta de la iglesia y tomó esas notas sobre el interior que acabo de resumir. En el mausoleo, sin embargo, no logró entrar. Mirando por el ojo de la cerradura solo alcanzó a divisar que había hermosas estatuas yacentes de mármol y sarcófagos de cobre, así como una profusión de adornos heráldicos, lo cual despertó en él un vivo deseo de dedicar algún tiempo a investigarlo.

Los documentos que había ido a examinar a la casa solariega resultaron ser justo de la clase que necesitaba para su libro. Había correspondencia familiar, diarios y libros de cuentas de los primeros propietarios de la finca, llevados con esmero y con letra clara, llenos de detalles amenos y pintorescos. El primer De la Gardie se revelaba en ellos como un hombre enérgico y competente. Poco después de la construcción de la mansión se había producido un periodo de penuria en la comarca, y los campesinos se habían rebelado, atacando varios castillos y causando algunos destrozos. El señor de Råbäck desempeñó un papel de primer orden en sofocar la revuelta, y se aludía a ejecuciones de cabecillas y a severos castigos infligidos con mano nada piadosa.

El retrato de este Magnus de la Gardie era uno de los mejores de la casa, y el señor Wraxall lo estudió con no poco interés tras su jornada de trabajo. No ofrece una descripción minuciosa, pero colijo que el rostro le impresionó más por su poder que por su belleza o su bondad; de hecho, escribe que el conde Magnus era un hombre de una fealdad casi portentosa.

Aquel día el señor Wraxall cenó con la familia y regresó a pie en el tardío pero aún luminoso atardecer.

—Debo acordarme —escribe— de pedirle al sacristán si puede dejarme entrar en el mausoleo de la iglesia. Es evidente que él tiene acceso, pues esta noche lo vi de pie en las escalinatas y, según creí, cerrando o abriendo la puerta con llave.

Encuentro que, muy temprano al día siguiente, el señor Wraxall mantuvo cierta conversación con su posadero. El hecho de que la consigne tan por extenso me sorprendió al principio; pero pronto comprendí que los papeles que estaba leyendo eran, al menos en su inicio, los materiales para el libro que meditaba escribir, y que este habría de ser una de esas obras de corte casi periodístico que admiten la inclusión de cierta mezcla de pasajes dialogados.

Su propósito, según dice, era averiguar si aún perduraba alguna tradición sobre el conde Magnus de la Gardie en los escenarios donde aquel caballero había actuado, y si la opinión popular sobre él era favorable o no. Comprobó que el conde distaba mucho de gozar de simpatías. Si sus colonos llegaban tarde a las faenas que le debían como señor del lugar, se los montaba en el potro de madera, o bien se los azotaba y marcaba a fuego en el patio de la mansión. Hubo uno o dos casos de hombres que habían ocupado tierras lindantes con el dominio señorial y cuyas casas se habían quemado misteriosamente en una noche de invierno, con toda la familia dentro. Pero lo que más parecía pesar en el ánimo del posadero —pues volvió sobre el tema más de una vez— era que el conde había tomado parte en la Peregrinación Negra y se había traído algo o a alguien consigo.

Es natural que ustedes pregunten, como hizo el señor Wraxall, qué pudo haber sido esa Peregrinación Negra. Pero su curiosidad al respecto debe permanecer insatisfecha por el momento, tal como le ocurrió a él. Era evidente que el posadero no estaba dispuesto a dar una respuesta completa, ni en verdad respuesta alguna, sobre aquel punto, y, al ser llamado por un instante, salió a trote ligero con evidente presteza, asomando apenas la cabeza por la puerta unos minutos después para avisar de que lo reclamaban en Skara y que no regresaría hasta el anochecer.

Así pues, el señor Wraxall hubo de marchar insatisfecho a su jornada de trabajo en la mansión. Los documentos en los que estaba ocupado en ese momento pronto encauzaron sus pensamientos en otra dirección, pues debió dedicarse a examinar la correspondencia entre Sophia Albertina, en Estocolmo, y su prima casada Ulrica Leonora, en Råbäck, entre los años 1705 y 1710. Las cartas revestían un interés excepcional por la luz que arrojaban sobre la cultura de aquel periodo en Suecia, como bien puede atestiguar cualquiera que haya leído su edición completa en las publicaciones de la Comisión Sueca de Manuscritos Históricos.

Por la tarde dio por terminada esa tarea y, tras devolver las cajas donde se guardaban a su lugar en el estante, procedió, con toda naturalidad, a bajar algunos de los volúmenes más próximos a ellas, con objeto de determinar cuál de ellos convendría elegir como tema principal de investigación para el día siguiente. El estante con el que había dado estaba ocupado en su mayor parte por una colección de libros de cuentas de puño y letra del primer conde Magnus. Pero uno de ellos no era un libro de cuentas, sino un volumen de tratados alquímicos y de otra índole con otra caligrafía del siglo XVI. Al no estar muy familiarizado con la literatura alquímica, el señor Wraxall dedica un espacio considerable que bien podría haberse ahorrado a detallar los títulos y los comienzos de los diversos tratados: el Libro del Fénix, el Libro de las Treinta Palabras, el Libro del Sapo, el Libro de Miriam, la Turba philosophorum y demás; y luego anuncia con bastante detenimiento su regocijo al hallar, en una hoja originalmente en blanco hacia la mitad del volumen, unas líneas escritas por el propio conde Magnus y encabezadas con el título «Liber nigræ peregrinationis». Es verdad que apenas había escritas unas pocas líneas, pero bastaban con creces para demostrar que el posadero se había referido aquella mañana a una creencia al menos tan antigua como los tiempos del conde Magnus, y probablemente compartida por él. He aquí la traducción de lo que estaba escrito:

«Si algún hombre desea obtener larga vida, si quiere conseguir un mensajero fiel y ver la sangre de sus enemigos, es menester que vaya primero a la ciudad de Corazín, y salude allí al príncipe...». Aquí había un raspón en una palabra, hecho con poco esmero, de modo que el señor Wraxall se sintió bastante seguro de haber acertado al leerla como aëris («del aire»). Pero no había más texto copiado, solo una línea en latín: Quære reliqua hujus materiei inter secretiora. (Búsquese lo restante de esta materia entre las cosas más secretas).

No cabía negar que esto arrojaba una luz bastante siniestra sobre los gustos y creencias del conde; pero para el señor Wraxall, separado de él por casi tres siglos, la idea de que a su vigor general hubiera añadido la alquimia, y a la alquimia algo parecido a la magia, solo lo convertía en una figura más pintoresca; y cuando, tras una contemplación algo prolongada de su retrato en el vestíbulo, el señor Wraxall emprendió el camino de regreso, su mente estaba llena de pensamientos sobre el conde Magnus. No tenía ojos para cuanto le rodeaba, ni percepción alguna de los aromas vespertinos del bosque ni de la luz del atardecer sobre el lago; y cuando, de improviso, se detuvo en seco, quedó asombrado al verse ya ante la verja del camposanto, y a pocos minutos de su cena. Su mirada fue a posarse en el mausoleo.

—Ah —dijo—, conde Magnus, ahí estáis. Cuánto me gustaría veros.

—Como muchos hombres solitarios —escribe—, tengo la costumbre de hablar solo y en voz alta; y, a diferencia de ciertas partículas griegas y latinas, no espero respuesta. Desde luego, y quizá por fortuna en este caso, no hubo voz ni quien respondiese: tan solo la mujer que, supongo, estaba limpiando la iglesia dejó caer al suelo algún objeto metálico, cuyo estruendo me sobresaltó. El conde Magnus, me parece, duerme con bastante profundidad.

Aquella misma noche el posadero, que había oído decir al señor Wraxall que deseaba ver al sacristán o diácono (como se le llamaría en Suecia) de la parroquia, se lo presentó en el salón de la posada. Pronto se concertó una visita al panteón de los De la Gardie para el día siguiente, tras lo cual se entabló una breve conversación trivial.

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