Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 11

El conde Magnus · II

~14 min · 2752 palabras

El señor Wraxall, recordando que una de las funciones de los diáconos escandinavos es instruir a los candidatos para la confirmación, pensó en refrescar su propia memoria sobre un punto bíblico.

—¿Podría decirme —preguntó— algo sobre Corozaín?

El diácono pareció sobresaltarse, pero de buen grado le recordó cómo aquel pueblo había sido condenado antaño.

—Desde luego —dijo el señor Wraxall—; supongo que ahora no es más que una ruina, ¿verdad?

—Eso me figuro —respondió el diácono—. He oído decir a algunos de nuestros viejos pastores que el Anticristo ha de nacer allí; y corren historias...

—¡Ah! ¿Qué historias son esas? —intervino el señor Wraxall.

—Historias, iba a decir, que ya he olvidado —dijo el diácono; y poco después dio las buenas noches.

El posadero se quedó entonces a solas y a merced del señor Wraxall; y aquel inquisidor no estaba dispuesto a darle tregua.

—Herr Nielsen —dijo—, he descubierto algo sobre la Peregrinación Negra. Bien puede decirme lo que sepa. ¿Qué trajo consigo el conde a su regreso?

Quizá los suecos sean por costumbre lentos al responder, o tal vez el posadero fuese una excepción. No estoy seguro; pero el señor Wraxall anota que el posadero pasó al menos un minuto mirándolo antes de pronunciar palabra alguna. Luego se acercó a su huésped y, con no poco esfuerzo, habló:

—Señor Wraxall, puedo contarle esta pequeña historia y nada más, ninguna más. No debe preguntar nada cuando haya terminado. En tiempos de mi abuelo —es decir, hace noventa y dos años—, hubo dos hombres que dijeron: «El conde ha muerto; no nos importa. Iremos esta noche y cazaremos a nuestras anchas en su bosque» —el largo bosque de la colina que ha visto detrás de Råbäck—. Pues bien, quienes los oyeron decir esto, dijeron: «No, no vayáis; seguro que os toparéis con personas caminando que no deberían caminar. Deberían estar descansando, no caminando». Estos hombres se echaron a reír. No había guardas para custodiar el bosque, porque nadie quería vivir allí. La familia no estaba aquí en la casa. Estos hombres podían hacer lo que quisieran.

—Pues bien, van al bosque esa noche. Mi abuelo estaba sentado aquí, en esta habitación. Era verano, y una noche clara. Con la ventana abierta, podía ver hacia el bosque y escuchar.

—Así que allí estaba sentado, y dos o tres hombres con él, y escuchaban. Al principio no oyen nada en absoluto; luego oyen a alguien —ya sabe usted lo lejos que está—, oyen a alguien chillar, exactamente como si le arrancaran retorciéndole lo más hondo del alma. Todos los que estaban en la habitación se agarraron unos a otros, y así permanecieron durante tres cuartos de hora. Luego oyen a alguien más, a solo unos trescientos codos de distancia. Lo oyen reír a grandes carcajadas: no fue ninguno de aquellos dos hombres el que se rió y, a decir verdad, todos ellos han dicho que no fue hombre alguno. Después de eso, oyen cerrarse una pesada puerta.

—Luego, en cuanto despuntó la luz del sol, fueron todos a ver al sacerdote. Le dijeron:

—«Padre, póngase el hábito y la gorguera, y venga a enterrar a estos hombres, Anders Bjornsen y Hans Thorbjorn».

—Comprenderá usted que estaban seguros de que aquellos hombres estaban muertos. De modo que fueron al bosque... Mi abuelo jamás olvidó esto. Decía que ellos mismos parecían otros tantos muertos. El sacerdote también estaba pálido de espanto. Dijo, cuando acudieron a él:

—«Oí un grito en la noche, y después oí una risa. Si no consigo olvidar eso, no podré volver a dormir jamás».

—Así que fueron al bosque, y encontraron a aquellos hombres en la linde. Hans Thorbjorn estaba de pie, con la espalda apoyada contra un árbol, y todo el tiempo empujaba con las manos: empujaba para apartar de sí algo que no estaba allí. De modo que no estaba muerto. Y se lo llevaron y lo condujeron a la casa de Nykjoping, y murió antes del invierno; pero siguió empujando con las manos. También Anders Bjornsen estaba allí; pero él estaba muerto. Y le digo esto sobre Anders Bjornsen: que antaño había sido un hombre hermoso, pero ahora su rostro ya no estaba allí, porque la carne le había sido arrancada de los huesos por succión. ¿Entiende usted eso? Mi abuelo no lo olvidó. Y lo pusieron sobre las andas que habían traído, y le cubrieron la cabeza con un paño, y el sacerdote caminaba delante; y empezaron a cantar el salmo de difuntos lo mejor que supieron. Y así, cuando cantaban el final del primer versículo, uno de los que llevaban la cabecera cayó al suelo, y los demás miraron hacia atrás y vieron que el paño se había caído y los ojos de Anders Bjornsen miraban hacia arriba, porque no quedaba nada que pudiera cerrarse sobre ellos. Y esto no pudieron soportarlo. Por tanto, el sacerdote volvió a ponerle el paño encima, mandó a buscar una pala y lo enterraron en aquel mismo lugar.

Al día siguiente, el señor Wraxall anota que el diácono fue a buscarlo poco después de desayunar y lo llevó a la iglesia y al mausoleo. Observó que la llave de este último colgaba de un clavo junto al púlpito, y se le ocurrió que, como la puerta de la iglesia solía quedarse sin echar la llave por regla general, no le resultaría difícil hacer una segunda visita más reservada a los monumentos si resultaba haber en ellos más materia de interés de la que pudiera asimilarse en una primera ocasión. El edificio, al entrar en él, no le pareció carente de grandiosidad. Los monumentos, en su mayoría grandes construcciones de los siglos XVII y XVIII, eran solemnes aunque recargados, y los epitafios y la heráldica, copiosos. El espacio central de la sala cupulada estaba ocupado por tres sarcófagos de cobre, cubiertos de finos ornamentos grabados. Dos de ellos tenían, como suele ser costumbre en Dinamarca y Suecia, un gran crucifijo de metal en la tapa. El tercero, al parecer el del conde Magnus, tenía en su lugar una efigie de cuerpo entero grabada sobre él, y alrededor del borde se extendían varias franjas de ornamentación semejante que representaban diversas escenas. Una era una batalla, con cañones que vomitaban humo, ciudades amuralladas y tropas de piqueros. Otra mostraba una ejecución. En una tercera, entre los árboles, un hombre corría a toda velocidad, con los cabellos al viento y las manos extendidas. Tras él iba una extraña figura; sería difícil decir si el artista había pretendido representar a un hombre y no fue capaz de darle la semejanza debida, o si la había hecho intencionadamente tan monstruosa como parecía. En vista de la destreza con que estaba realizado el resto del grabado, el señor Wraxall se inclinaba por esta última idea. La figura era desmesuradamente baja y estaba en su mayor parte embozada en una vestidura con capucha que barría el suelo. La única parte de la forma que sobresalía de aquel cobijo no tenía hechura de mano ni de brazo conocidos. El señor Wraxall lo compara con el tentáculo de un pulpo gigante y continúa: «Al ver esto, me dije: «Esto, pues, que a todas luces es una representación alegórica de alguna clase —un demonio persiguiendo a un alma acosada—, puede ser el origen de la historia del conde Magnus y su misterioso compañero. Veamos cómo está representado el cazador: sin duda será un demonio haciendo sonar su cuerno»». Pero, según resultó, no había semejante figura sensacional, sino solo la traza de un hombre encapotado sobre una loma, que permanecía apoyado en un bastón, observando la cacería con un interés que el grabador había procurado expresar en su actitud.

El señor Wraxall tomó nota de los macizos candados de acero primorosamente labrados —tres en total— que aseguraban el sarcófago. Uno de ellos, según vio, estaba desprendido y yacía sobre el pavimento. Y luego, no queriendo entretener más al diácono ni malgastar su propio tiempo de trabajo, prosiguió su camino hacia la casa señorial.

«Es curioso —anota— cómo, al desandar un camino conocido, los pensamientos lo absorben a uno hasta la absoluta exclusión de los objetos circundantes. Esta noche, por segunda vez, no me había percatado en absoluto de hacia dónde me dirigía (tenía planeada una visita privada al panteón para copiar los epitafios), cuando de pronto, por así decirlo, recobré la conciencia y me encontré (como la vez anterior) entrando por la verja del cementerio y, según creo, cantando o salmodiando unas palabras como: ‘¿Estáis despierto, conde Magnus? ¿Estáis dormido, conde Magnus?’, y luego algo más que no he logrado recordar. Me pareció que debía de llevar algún tiempo comportándome de esa manera insensata».

Encontró la llave del mausoleo donde esperaba hallarla y copió la mayor parte de lo que deseaba; de hecho, se quedó hasta que la luz empezó a faltarle.

«Debí de equivocarme —escribe— al decir que uno de los candados del sarcófago de mi conde estaba desprendido; esta noche veo que hay dos sueltos. Recogí ambos y los deposité con cuidado en el alféizar de la ventana, tras intentar cerrarlos sin éxito. El que queda sigue firme y, aunque supongo que se trata de una cerradura de resorte, no alcanzo a adivinar cómo se abre. De haber conseguido desarmarlo, casi me temo que me habría tomado la libertad de abrir el sarcófago. Resulta extraño el interés que siento por la personalidad de este viejo noble, me temo que un tanto feroz y adusto».

El día siguiente resultó ser, según se vio, el último de la estancia del señor Wraxall en Råbäck. Recibió cartas relacionadas con ciertas inversiones que hacían aconsejable su regreso a Inglaterra; su labor entre los documentos estaba prácticamente concluida y los viajes eran lentos. Decidió, por lo tanto, hacer sus despedidas, dar algunos retoques a sus notas y ponerse en camino.

Estos retoques y despedidas, según se vio, le llevaron más tiempo del previsto. La hospitalaria familia insistió en que se quedase a comer con ellos —comían a las tres—, y rozaba ya las seis y media cuando cruzó las verjas de hierro de Råbäck. Saboreó cada paso de su paseo junto al lago, resuelto a empaparse, ahora que lo recorría por última vez, del ambiente del lugar y la hora. Y cuando alcanzó la cima del otero del camposanto, se demoró durante largos minutos, contemplando la ilimitada perspectiva de bosques cercanos y lejanos, todos oscuros bajo un cielo de verde líquido. Cuando por fin se volvió para marcharse, le asaltó la idea de que sin duda debía despedirse del conde Magnus al igual que del resto de los De la Gardie. La iglesia distaba apenas veinte yardas y él sabía dónde colgaba la llave del mausoleo. No tardó en encontrarse de pie junto al gran ataúd de cobre y, como de costumbre, hablando consigo mismo en voz alta. —Puede que fuerais un tanto granuja en vuestros tiempos, Magnus —decía—, pero con todo me gustaría veros, o más bien...

«Justo en ese instante —dice— sentí un golpe en el pie. Lo retiré a toda prisa, y algo cayó sobre el pavimento con estrépito. Era el tercero, el último de los tres candados que sujetaban el sarcófago. Me agaché a recogerlo y —el cielo es mi testigo de que no escribo más que la pura verdad—, antes de que me hubiera incorporado, sonó el chirrido de unas bisagras metálicas y vi con toda claridad cómo la tapa se desplazaba hacia arriba. Quizá me comportara como un cobarde, pero por nada del mundo habría podido quedarme ni un solo instante. Me hallé fuera de aquel espantoso edificio en menos tiempo del que tardo en escribir —casi tan deprisa como habría tardado en pronunciar— estas palabras; y lo que aún más me aterra: no fui capaz de girar la llave en la cerradura. Mientras permanezco aquí sentado en mi habitación anotando estos hechos, me pregunto (no hace ni veinte minutos de ello) si aquel ruido de metal chirriante continuó, y no sé decir si fue así o no. Solo sé que hubo algo más de lo que he escrito que me alarmó, pero no alcanzo a recordar si fue un sonido o una visión. ¿Qué es esto que he hecho?».

¡Pobre señor Wraxall! Emprendió su viaje a Inglaterra al día siguiente, tal como había planeado, y llegó sano y salvo; y sin embargo, según colijo por su caligrafía alterada y sus inconexos apuntes, convertido en un hombre destrozado. Uno de los varios cuadernillos que han llegado a mis manos con sus papeles ofrece, si no una clave, al menos una especie de atisbo de sus vivencias. Gran parte del viaje la hizo en barco de canal, y encuentro no menos de seis penosos intentos de enumerar y describir a sus compañeros de pasaje. Las anotaciones son de esta índole:

24. Pastor de una aldea de Escania. La acostumbrada levita negra y sombrero negro flexible. 25. Viajante de comercio de Estocolmo con destino a Trollhättan. Capa negra, sombrero castaño. 26. Hombre con capa negra larga, sombrero de ala ancha, muy a la antigua.

Esta anotación está tachada y se añade una nota: «Tal vez idéntico al n.º 13. Aún no le he visto la cara». Al consultar el n.º 13, descubro que se trata de un sacerdote católico con sotana.

El resultado neto del recuento es siempre el mismo. En la enumeración figuran veintiocho personas, siendo siempre una de ellas un hombre de larga capa negra y sombrero de ala ancha, y otra una «figura baja con capa y capucha oscuras». Por otra parte, se hace constar siempre que solo veintiséis pasajeros se presentan a las comidas, y que el hombre de la capa tal vez esté ausente, y la figura baja desde luego lo está.

Al llegar a Inglaterra, parece ser que el señor Wraxall desembarcó en Harwich y decidió de inmediato ponerse fuera del alcance de alguna persona o personas a las que nunca especifica, pero a las que evidentemente había llegado a considerar como sus perseguidores. Por consiguiente, tomó un carruaje —era un coche de plaza cerrado—, pues desconfiaba del ferrocarril, y cruzó el campo rumbo a la aldea de Belchamp St. Paul. Eran cerca de las nueve de una noche de agosto iluminada por la luna cuando se aproximó al lugar. Iba sentado hacia adelante, mirando por la ventanilla los campos y matorrales —poco más había que ver— que desfilaban veloces a su lado. De repente llegó a una encrucijada. En la esquina había dos figuras inmóviles de pie; ambas vestían capas oscuras; la más alta llevaba sombrero, la más baja una capucha. No tuvo tiempo de verles la cara, ni hicieron movimiento alguno que pudiera distinguir. Con todo, el caballo se espantó violentamente y rompió a galopar, y el señor Wraxall se dejó caer hacia atrás en su asiento, presa de algo parecido a la desesperación. Ya los había visto antes.

Llegado a Belchamp St. Paul, tuvo la fortuna de encontrar un alojamiento amueblado y decente, y durante las siguientes veinticuatro horas vivió, hablando en términos relativos, en paz. Sus últimas notas fueron escritas ese día. Son demasiado inconexas y entrecortadas para reproducirlas aquí íntegras, pero el fondo resulta bastante claro. Espera la visita de sus perseguidores —cómo o cuándo, lo ignora—, y su clamor constante es «¿Qué ha hecho?» y «¿No hay esperanza?». Los médicos, bien lo sabe, lo tildarían de loco; los policías se reirían de él. El párroco está fuera. ¿Qué puede hacer salvo atrancar su puerta y clamar a Dios?

El año pasado, en Belchamp St Paul, la gente todavía recordaba cómo un extraño caballero había llegado una tarde de agosto, años atrás; y cómo, no a la mañana siguiente, sino a la otra, lo hallaron muerto y hubo una investigación forense; y los del jurado que examinaron el cadáver se desmayaron, siete de ellos cayeron redondos, y ninguno quiso decir palabra de lo que vio, y el veredicto fue visitación de Dios; y cómo los que llevaban la casa se mudaron esa misma semana y se marcharon de aquellos parajes. Pero no creo que sepan que se haya arrojado jamás, ni que pudiera arrojarse, el menor rayo de luz sobre el misterio. Quiso el azar que el año pasado la casita llegara a mis manos como parte de un legado. Había permanecido vacía desde 1863, y no parecía haber perspectivas de alquilarla; de modo que la mandé derribar, y los papeles de los que os he ofrecido un extracto se encontraron en una alacena olvidada debajo de la ventana del dormitorio principal.

Fin del Episodio 11 · de 18

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