Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 12

«¡Oh, silba y acudiré, muchacho!»

~14 min · 2739 palabras

«¡OH, SILBA Y ACUDIRÉ, MUCHACHO!»

—Supongo que se marchará usted muy pronto, profesor, ahora que ha terminado el trimestre —dijo un personaje ajeno a la historia al profesor de Ontografía poco después de haberse sentado uno junto al otro en un banquete en el hospitalario comedor del St James’s College.

El profesor era joven, pulcro y de habla precisa.

—Sí —dijo—; mis amigos me han hecho aficionarme al golf este trimestre, y tengo la intención de ir a la costa este —de hecho a Burnstow (me atrevo a decir que lo conoce)— durante una semana o diez días, para mejorar mi juego. Espero partir mañana.

—¡Ah, Parkins! —dijo su vecino del otro lado—, si va a ir a Burnstow, me gustaría que echara un vistazo al emplazamiento de la preceptoría de los templarios y me dijera si cree que merecería la pena hacer una excavación allí en verano.

Era, como cabría suponer, una persona entregada a los estudios anticuarios quien dijo esto, pero, dado que no hace más que asomarse a este prólogo, no es necesario detallar sus títulos.

—Desde luego —dijo Parkins, el profesor—; si me describe dónde se encuentra el lugar, haré todo lo posible por darle una idea de la disposición del terreno cuando regrese; o podría escribirle al respecto, si me dice dónde es probable que se encuentre.

—No se tome la molestia, gracias. Es solo que pienso llevar a mi familia hacia allí durante las vacaciones largas, y se me ocurrió que, como muy pocas de las preceptorías inglesas han sido jamás levantadas en plano de debida forma, tal vez tendría la oportunidad de hacer algo provechoso en los días libres.

El profesor más bien desdeñó con un resoplido la idea de que levantar el plano de una preceptoría pudiera calificarse de provechoso. Su vecino continuó:

—El emplazamiento —dudo que quede algo a la vista sobre el terreno— debe de hallarse ahora muy cerca de la playa. El mar ha ganado un terreno tremendo, como sabe, a lo largo de todo ese tramo de costa. A juzgar por el mapa, calculo que debe de estar a unos tres cuartos de milla de la posada del Globo, en el extremo norte del pueblo. ¿Dónde piensa alojarse?

—Pues en la posada del Globo, precisamente —dijo Parkins—; he reservado una habitación allí. No pude conseguir sitio en ningún otro lugar; parece ser que la mayoría de las casas de huéspedes están cerradas en invierno; y, tal como están las cosas, me dicen que la única habitación de cierto tamaño de la que puedo disponer es en realidad una con dos camas, y que no tienen un rincón donde guardar la otra cama, etcétera. Pero necesito una habitación bastante espaciosa, pues me llevo algunos libros y tengo intención de adelantar algo de trabajo; y, aunque no me hace mucha gracia tener una cama vacía —por no hablar de dos— en lo que por el momento bien puedo llamar mi estudio, supongo que podré pasar incomodidades durante el poco tiempo que estaré allí.

—¿A tener una cama de más en la habitación lo llamas pasar incomodidades, Parkins? —dijo un individuo campechano que estaba enfrente—. Mira, yo bajaré a ocuparla una temporada; así te haré compañía.

El profesor se estremeció, pero logró reír de manera cortés.

—Por supuesto, Rogers; nada me gustaría más. Pero me temo que te resultaría un tanto aburrido; tú no juegas al golf, ¿verdad?

—¡No, gracias al Cielo! —dijo el descortés señor Rogers.

—Bueno, ya ves: cuando no esté escribiendo, lo más probable es que esté en el campo de golf, y eso, como digo, me temo que te resultaría bastante tedioso.

—¡Oh, qué sé yo! Seguro que habrá alguien a quien conozca por el lugar; pero, desde luego, si no quieres que vaya, no tienes más que decirlo, Parkins; no me ofenderé. La verdad, como siempre nos dices, nunca es ofensiva.

Parkins era, en efecto, escrupulosamente educado y rigurosamente veraz. Es de temer que el señor Rogers se aprovechase a veces del conocimiento que tenía de tales características. En el pecho de Parkins se libraba ahora un conflicto que por un momento o dos le impidió responder. Concluido aquel intervalo, dijo:

—Bien, si quieres la verdad exacta, Rogers, estaba considerando si la habitación de la que hablo sería en verdad lo bastante espaciosa para albergarnos a los dos con comodidad; y también si (conste que no habría dicho esto de no haberme apremiado) no constituirías una suerte de obstáculo para mi trabajo.

Rogers soltó una sonora carcajada.

—¡Bien dicho, Parkins! —exclamó—. No pasa nada. Prometo no interrumpir tu trabajo; no te preocupes por eso. No, no iré si no quieres que vaya; pero pensé que me vendría de perlas para ahuyentar a los fantasmas. —Aquí se le habría podido ver guiñar un ojo y dar un codazo a su vecino de al lado. También se habría podido ver cómo Parkins se ponía encarnado—. Te pido perdón, Parkins —continuó Rogers—; no debí haber dicho eso. Había olvidado que no te gustan las frivolidades sobre estos asuntos.

—Bueno —dijo Parkins—, ya que has sacado a colación el asunto, confieso llanamente que no me gustan las charlas frívolas sobre lo que llamas fantasmas. Un hombre en mi posición —prosiguió, alzando un poco la voz— nunca puede, a mi juicio, ser demasiado prudente para no parecer que sanciona las creencias corrientes sobre semejantes temas. Como sabes, Rogers, o como deberías saber, pues creo que jamás he ocultado mis opiniones...

—No, desde luego que no, viejo amigo —intervino Rogers sotto voce.

—... sostengo que cualquier apariencia, cualquier atisbo de concesión a la idea de que tales cosas puedan existir equivale a una renuncia a cuanto considero más sagrado. Pero me temo que no he logrado captar tu atención.

—«Tu atención indivisa» fue lo que en realidad dijo el doctor Blimber —interrumpió Rogers, con toda la apariencia de un ferviente afán de exactitud—. Pero te pido perdón, Parkins: te estoy interrumpiendo.

El señor Rogers se equivocaba, véase Dombey e hijo, capítulo XII.

—No, en absoluto —dijo Parkins—. No me acuerdo de Blimber; quizá fuese anterior a mi época. Pero no hace falta que continúe. Estoy seguro de que sabes a qué me refiero.

—Sí, sí —dijo Rogers con cierta prisa—, exacto. Ya hablaremos de ello a fondo en Burnstow, o en cualquier otra parte.

Al repetir el diálogo anterior he tratado de transmitir la impresión que me causó: que Parkins tenía algo de solterona —un tanto gallináceo, tal vez, en sus pequeñas manías—, totalmente desprovisto, ¡ay!, del sentido del humor, pero al mismo tiempo denodado y sincero en sus convicciones, y un hombre merecedor del mayor respeto. Tanto si el lector ha colegido todo esto como si no, ese era el carácter que poseía Parkins.

Al día siguiente Parkins consiguió, tal como esperaba, salir de su colegio universitario y llegar a Burnstow. Fue bien acogido en la posada del Globo, quedó debidamente instalado en la amplia habitación de dos camas de la que ya hemos oído hablar, y antes de retirarse a descansar pudo disponer sus materiales de trabajo en perfecto orden sobre una espaciosa mesa que ocupaba el extremo exterior de la estancia y estaba rodeada por tres lados de ventanas que daban al mar; es decir, la ventana central daba directamente al mar, y las de la izquierda y la derecha ofrecían vistas a lo largo de la orilla hacia el norte y hacia el sur, respectivamente. Hacia el sur se divisaba el pueblo de Burnstow. Hacia el norte no se veían casas, sino únicamente la playa y el bajo acantilado que la resguardaba por detrás. Justo enfrente había una franja —no muy extensa— de hierba bravía, salpicada de viejas anclas, cabrestantes y cosas semejantes; luego, un ancho camino; después, la playa. Cualquiera que hubiese sido la distancia original entre la posada del Globo y el mar, en la actualidad no los separaban más de sesenta yardas.

El resto de la concurrencia de la posada era, por descontado, aficionada al golf, y contaba con pocos elementos dignos de una mención especial. La figura más conspicua era, tal vez, la de un ancien militaire, secretario de un club londinense, dotado de una voz de increíble potencia y de unas opiniones marcadamente protestantes. Estas solían exteriorizarse tras asistir a los oficios del vicario, un hombre estimable con inclinaciones hacia un ritual pintoresco, a las que él renunciaba gallardamente en la medida de lo posible por deferencia a la tradición de Anglia Oriental.

El profesor Parkins, una de cuyas virtudes principales era el arrojo, pasó la mayor parte del día posterior a su llegada a Burnstow dedicado a lo que él había llamado perfeccionar su juego, en compañía de este coronel Wilson; y durante la tarde —fuese o no culpable el proceso de perfeccionamiento, no estoy seguro—, el porte del coronel adoptó un cariz tan truculento que hasta Parkins reculó ante la idea de regresar a pie con él desde el campo de golf. Determinó, tras una breve y furtiva ojeada a aquel bigote erizado y a aquellas facciones encarnadas, que sería más prudente dejar que el influjo del té y del tabaco obraran lo que pudiesen en el coronel antes de que la hora de cenar hiciese inevitable el encuentro.

—Podría volver a casa esta noche paseando por la playa —reflexionó—; sí, y echar un vistazo —habrá luz suficiente para eso— a las ruinas de las que hablaba Disney. A propósito, no sé con exactitud dónde están; pero imagino que difícilmente podré evitar tropezar con ellas.

Y esto lo llevó a cabo, puedo decir, en el sentido más literal de la palabra, pues al abrirse paso desde el campo de golf hasta la playa de guijarros se le enganchó el pie, en parte en una raíz de tojo y en parte en una piedra de buen tamaño, y se fue de bruces. Cuando se levantó y examinó los alrededores, se encontró en una parcela de terreno algo accidentado, cubierta de pequeñas hondonadas y montículos. Estos últimos, cuando se dispuso a examinarlos, resultaron ser simples masas de pedernal trabadas con argamasa y cubiertas de césped. Debía de hallarse, concluyó con toda razón, en el emplazamiento de la encomienda que había prometido examinar. No parecía improbable que el lugar recompensara la pala del explorador; con toda probabilidad quedaba a poca profundidad una cantidad suficiente de cimientos para arrojar no poca luz sobre la planta general. Recordaba vagamente que los templarios, a quienes había pertenecido aquel lugar, tenían por costumbre construir iglesias de planta circular, y le pareció que una serie determinada de lomas o montículos cercanos a él parecían estar dispuestos formando una especie de círculo. Pocas personas pueden resistirse a la tentación de realizar una pequeña investigación de aficionado en un terreno completamente ajeno a su especialidad, aunque no sea más que por la satisfacción de demostrar qué buenos resultados habrían obtenido si se hubiesen dedicado a ello en serio. Nuestro profesor, sin embargo, aunque experimentó en cierta medida ese mezquino deseo, también estaba sinceramente deseoso de complacer al señor Disney. De modo que midió a pasos, con sumo cuidado, el área circular en la que se había fijado y anotó sus dimensiones aproximadas en su libreta de notas. Luego procedió a examinar una eminencia oblonga situada al este del centro del círculo, que a su parecer tenía trazas de haber sido la base de una plataforma o de un altar. En uno de sus extremos, el septentrional, faltaba un trozo de césped, arrancado por algún muchacho o por alguna otra criatura feræ naturæ. Quizá conviniera, pensó, tantear el terreno en ese punto en busca de indicios de mampostería, de modo que sacó la navaja y comenzó a raspar la tierra. Y entonces se produjo otro pequeño descubrimiento: una porción de tierra cayó hacia adentro mientras raspaba y dejó al descubierto una pequeña cavidad. Encendió una cerilla tras otra para averiguar de qué clase de agujero se trataba, pero el viento era demasiado fuerte y las apagaba todas. Sin embargo, dando golpecitos y raspando los costados con la navaja, pudo discernir que debía de tratarse de un hueco artificial practicado en la mampostería. Era rectangular, y los costados, la parte superior y el fondo, si no enlucidos, eran lisos y regulares. Por supuesto, estaba vacío. ¡No! Al retirar la navaja oyó un tintineo metálico, y al introducir la mano tropezó con un objeto cilíndrico que yacía en el fondo de la cavidad. Como era natural, lo cogió, y al sacarlo a la luz, que ya declinaba rápidamente, pudo ver que también era obra humana: un tubo de metal de unas cuatro pulgadas de largo, y a todas luces de una antigüedad considerable.

Para cuando Parkins se hubo cerciorado de que no había nada más en aquel extraño receptáculo, era ya demasiado tarde y estaba demasiado oscuro para pensar en emprender nuevas pesquisas. Lo que había descubierto había resultado tan inesperadamente interesante que decidió sacrificar un poco más de luz diurna al día siguiente en aras de la arqueología. El objeto que ahora guardaba a buen recaudo en el bolsillo forzosamente tenía que poseer algún valor, al menos moderado, de eso estaba seguro.

Desolada y solemne era la vista sobre la que posó una última mirada antes de emprender el camino de regreso. Una tenue luz amarilla en el oeste dejaba ver el campo de golf, en el que todavía eran visibles unas pocas siluetas que avanzaban hacia la casa club, la achaparrada torre Martello, las luces de la aldea de Aldsey, la pálida cinta de arena cortada a intervalos por negros espigones de madera, el mar sombrío y rumoroso. El viento del norte soplaba desapacible, pero le daba en la espalda cuando emprendió la marcha hacia el Globe. Cruzó con paso rápido y crujiente la grava hasta ganar la arena, por donde, salvo por los espigones que era preciso sortear cada pocos metros, se caminaba con buen paso y sin ruido. Una última mirada hacia atrás, para calcular la distancia que había dejado atrás desde las ruinas de la iglesia templaria, le brindó la perspectiva de una compañía en su caminata, en la figura de un personaje más bien borroso que parecía esforzarse enérgicamente por alcanzarlo, pero que apenas avanzaba, si es que lo hacía en absoluto. Me refiero a que sus movimientos daban la impresión de que corría, pero la distancia entre él y Parkins no parecía acortarse de forma apreciable. Así lo creyó, al menos, Parkins, y decidió que casi con toda certeza no lo conocía y que resultaría absurdo detenerse a esperar a que llegase a su altura. Con todo, la compañía, empezó a pensar, sería en verdad muy bienvenida en aquella costa solitaria, con tal de que uno pudiese escoger a su acompañante. En sus tiempos menos ilustrados había leído acerca de encuentros en parajes semejantes que aún ahora apenas soportaría recordar. No obstante, siguió pensando en ellos hasta llegar a su destino, y en particular en uno que cautiva la imaginación de la mayoría de las personas en algún momento de la infancia: «Vi entonces en mi sueño que Cristiano apenas había recorrido un corto trecho cuando divisó a un inmundo demonio que venía por el campo a su encuentro». «¿Qué haría yo ahora —pensó— si mirase atrás y distinguiera una silueta negra claramente recortada contra el cielo amarillo, y viese que tiene cuernos y alas? Me pregunto si me quedaría plantado o saldría huyendo. Por fortuna, el caballero de atrás no es de esa calaña, y parece hallarse ahora a la misma distancia que cuando lo vi por primera vez. Bueno, a este paso no cenará tan pronto como yo; y, ¡válgame Dios!, ¡falta menos de un cuarto de hora para la hora! ¡Tengo que correr!».

Parkins dispuso, en efecto, de muy poco tiempo para vestirse. Cuando se reunió con el coronel a la hora de cenar, la Paz —o tanta de ella como aquel caballero era capaz de albergar— reinaba una vez más en el pecho militar; y tampoco se dio a la fuga durante las horas de bridge que siguieron a la cena, pues Parkins era un jugador más que respetable. Por tanto, cuando se retiró hacia las doce en punto, sintió que había pasado la velada de un modo harto satisfactorio y que, incluso durante un plazo tan largo como una quincena o tres semanas, la vida en el Globe resultaría llevadera en condiciones similares; «sobre todo —pensó— si sigo mejorando mi juego».

Fin del Episodio 12 · de 18

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