Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 13

«¡Oh, silba y acudiré, muchacho!» · II

~14 min · 2784 palabras

Al recorrer los pasillos se topó con el limpiabotas de El Globe, que se detuvo y dijo:

—Perdone, señor, pero mientras le cepillaba la chaqueta hace un momento se cayó una cosa del bolsillo. La he dejado sobre su cómoda, señor, en su habitación, señor: un trozo de pipa o cosa parecida, señor. Gracias, señor. Lo encontrará sobre su cómoda, señor; sí, señor. Buenas noches, señor.

Aquellas palabras sirvieron para recordarle a Parkins su pequeño descubrimiento de aquella tarde. Fue con no poca curiosidad con la que se dispuso a examinarlo a la luz de las velas. Ahora vio que era de bronce y que tenía una forma muy parecida a la de los silbatos para perros de hoy en día; de hecho, era —sí, a no dudarlo— ni más ni menos que un silbato. Se lo llevó a los labios, pero estaba completamente lleno de una tierra o arena fina y apelmazada, que no salía con golpes y que hubo de soltarse con una navaja. Metódico como de costumbre en sus hábitos, Parkins vació la tierra sobre un trozo de papel y se acercó con este a la ventana para tirarla. La noche era clara y despejada, como comprobó al abrir el ventanal, y se detuvo un instante a contemplar el mar y a divisar a un caminante rezagado que se hallaba en la orilla frente a la posada. Luego cerró la ventana, un poco asombrado de las horas tan tardías que se gastaban en Burnstow, y volvió a llevar el silbato hacia la luz. ¡Pues sí que había marcas en él, y no solo marcas, sino letras! Con una ligera frotadura, la inscripción, profundamente cincelada, se volvió del todo legible, pero el profesor hubo de confesar, tras cavilar con detenimiento, que su significado le resultaba tan oscuro como a Baltasar la escritura en la pared. Había leyendas tanto en la parte delantera como en la trasera del silbato. En una de ellas se leía:

FLA FUR BIS FLE

En la otra:

QUIS EST ISTE QUI VENIT

—Debería ser capaz de descifrarlo —pensó—; pero supongo que estoy un poco oxidado en latín. Bien pensado, creo que ni siquiera sé cómo se dice silbato. La larga parece bastante sencilla. Debería significar: «¿Quién es este que viene?». Bueno, la mejor manera de averiguarlo es, evidentemente, silbar para llamarlo.

Sopló con timidez y se detuvo de pronto, asustado y a la vez complacido por la nota que había producido. Poseía una cualidad de lejanía infinita y, por suave que fuera, de algún modo sintió que debía de oírse a kilómetros a la redonda. Era, además, un sonido que parecía tener la virtud (de la que gozan muchos olores) de formar imágenes en el cerebro. Vio con toda claridad, por un momento, la visión de una vasta y oscura extensión de noche, azotada por un viento fresco, y en medio de ella una figura solitaria; no habría sabido decir en qué se ocupaba. Tal vez habría visto más si la estampa no se hubiera roto por la brusca arremetida de una ráfaga de viento contra el ventanal, tan repentina que le hizo alzar la vista, justo a tiempo de ver el blanco destello del ala de un ave marina en algún punto al otro lado de los cristales oscuros.

El sonido del silbato lo había fascinado de tal modo que no pudo evitar probarlo una vez más, esta vez con mayor audacia. La nota apenas fue más fuerte que la anterior, si es que lo fue, y la repetición rompió la ilusión: no le siguió imagen alguna, como a medias había esperado. «¿Pero qué es esto? ¡Válgame Dios, qué fuerza puede cobrar el viento en unos minutos! ¡Qué ráfaga tan tremenda! ¡Ahí está! ¡Ya sabía yo que el cierre de la ventana no servía de nada! ¡Ah, ya me parecía a mí: las dos velas apagadas! Es capaz de desbaratar la habitación».

Lo primero era cerrar la ventana. Mientras uno pudiera contar hasta veinte, Parkins estuvo forcejeando con la pequeña hoja batiente, y casi le pareció estar empujando a un ladrón corpulento, tal era la fuerza de la presión. Esta cedió de golpe, y la ventana se cerró de golpe y se encajó el pestillo. Ahora tocaba volver a encender las velas y ver qué daños se habían producido, si es que había alguno. No, nada parecía estropeado; ni siquiera se había roto un cristal de la ventana. Pero el estruendo evidentemente había despertado al menos a uno de los ocupantes de la casa: se oía al coronel pisando fuerte con sus pies en calcetines en el piso de arriba y refunfuñando.

Con la misma rapidez con que se había levantado, el viento no amainó de inmediato. Siguió soplando, gimiendo y precipitándose contra la casa, elevándose a ratos en un alarido tan desolado que, como dijo Parkins desinteresadamente, bien habría podido incomodar a personas impresionables; incluso los poco dados a la fantasía, pensó al cabo de un cuarto de hora, estarían más a gusto sin él.

Si fue el viento, la emoción del golf o las investigaciones en la encomienda lo que mantuvo despierto a Parkins, no sabría decirlo con certeza. Despierto permaneció, en todo caso, el tiempo suficiente como para figurarse (como me temo que a menudo me ocurre a mí mismo en tales circunstancias) que era víctima de toda clase de dolencias fatales: permanecía tendido contando los latidos de su corazón, convencido de que iba a dejar de funcionar en cualquier instante, y abrigaba graves sospechas sobre sus pulmones, su cerebro, su hígado, etcétera; sospechas que estaba seguro de que se disiparían al volver la luz del día, pero que hasta entonces se negaban a esfumarse. Halló un leve consuelo vicario en la idea de que alguien más se encontraba en el mismo barco. Un vecino cercano (en la oscuridad no era fácil determinar la dirección) también se revolvía e inquietaba en su cama.

El paso siguiente fue que Parkins cerró los ojos y se propuso darle al sueño todas las facilidades. Aquí de nuevo la sobreexcitación se manifestó de otra forma: la de suscitar imágenes. Experto crede, las imágenes acuden a los ojos cerrados de quien intenta dormir, y a menudo son tan poco de su agrado que tiene que abrirlos para dispersarlas.

La experiencia de Parkins en esta ocasión fue en extremo angustiosa. Descubrió que la estampa que se le presentaba era continua. Al abrir los ojos, por supuesto, desaparecía; pero en cuanto los cerraba de nuevo, volvía a componerse y a desarrollarse otra vez, ni más deprisa ni más despacio que antes. Lo que vio fue esto:

Un largo tramo de costa: guijarros bordeados por arena e interrumpidos a intervalos regulares por oscuros espigones que bajaban hasta el agua; un paisaje, de hecho, tan parecido al de su paseo de la tarde que, a falta de cualquier punto de referencia, no podía distinguirse de él. La luz era lóbrega y transmitía la impresión de una tormenta en ciernes, de una tarde de finales de invierno y de una lluvia fina y fría. En aquel desolado escenario al principio no se distinguía actor alguno. Luego, a lo lejos, apareció un objeto negro que daba tumbos; un momento después, se trataba de un hombre que corría, saltaba, trepaba por los espigones y miraba hacia atrás con inquietud a cada instante. Cuanto más se acercaba, más evidente resultaba que no solo estaba angustiado, sino terriblemente aterrorizado, aunque no se le alcanzaba a distinguir el rostro. Se hallaba, además, casi al límite de sus fuerzas. Continuaba aproximándose; cada nuevo obstáculo parecía costarle más dificultad que el anterior. «¿Logrará superar este otro? —pensó Parkins—. Parece un poco más alto que los demás». Sí; a medio trepar, lanzándose a medias, logró cruzarlo y cayó hecho un ovillo al otro lado (el lado más próximo al espectador). Allí, como si de verdad fuera incapaz de levantarse de nuevo, permaneció agazapado bajo el espigón, mirando hacia arriba con expresión de dolorosa ansiedad.

Hasta entonces no se había mostrado motivo alguno que justificase el miedo del corredor; pero ahora comenzó a divisarse, a lo lejos, orilla arriba, un leve destello de algo de color claro que se movía de un lado a otro con gran rapidez e irregularidad. Creciendo a ojos vistas, también se reveló como una figura envuelta en ropajes pálidos y ondeantes, vagamente definidos. Había algo en su movimiento que despertaba en Parkins una honda aversión a verla de cerca. Se detenía, alzaba los brazos, se inclinaba hacia la arena y luego corría agachada por la playa hasta la orilla del agua y volvía; y después, irguiéndose de nuevo, reanudaba su carrera hacia delante a una velocidad pasmosa y aterradora. Llegó el momento en que el perseguidor rondaba de izquierda a derecha a tan solo unas pocas yardas más allá del espigón donde se ocultaba el corredor. Tras dos o tres tanteos inútiles de acá para allá, se detuvo, se puso en pie, con los brazos en alto, y luego se abalanzó en línea recta hacia el espigón.

Era en este punto donde Parkins siempre flaqueaba en su resolución de mantener los ojos cerrados. Con muchos recelos respecto a un fallo incipiente de la vista, exceso de trabajo cerebral, consumo desmedido de tabaco y demás, acabó por resignarse a encender la vela, sacar un libro y pasar la noche en vela, antes que dejarse atormentar por aquel panorama persistente, del que comprendía con bastante claridad que no podía ser sino un reflejo morboso de su paseo y de sus pensamientos de aquel mismo día.

El raspado del fósforo contra la caja y el resplandor de la luz debieron de asustar a algunas criaturas de la noche —ratas o qué sé yo—, a las que oyó corretear por el suelo desde el lado de su cama con mucho crujido y revuelo. ¡Vaya por Dios, se ha apagado la cerilla! ¡Maldita sea! Pero la segunda ardió mejor, y debidamente se procuró una vela y un libro, sobre el cual Parkins se abstrajo hasta que le sobrevino un sueño de los más saludable, y eso en poco tiempo. Casi por primera vez en su vida ordenada y prudente, se olvidó de apagar la vela, y cuando fueron a llamarlo a la mañana siguiente a las ocho, aún quedaba una vacilante llamita en la palmatoria y un lamentable reguero de cera derretida sobre el tablero de la mesita.

Después del desayuno se encontraba en su habitación, dándole los últimos retoques a su indumentaria de golf —la fortuna le había vuelto a deparar al coronel por compañero de juego—, cuando entró una de las criadas.

—Ah, con su permiso —dijo ella—, ¿desea alguna manta más para su cama, señor?

—¡Ah, gracias! —dijo Parkins—. Sí, creo que me vendría bien una. Parece probable que refresque bastante.

En muy poco tiempo la criada regresó con la manta.

—¿En qué cama la pongo, señor? —preguntó.

—¿Cómo? Pues en esa, en la que dormí anoche —dijo señalándola.

—¡Ah, sí! Le pido disculpas, señor, pero parecía que hubiese probado las dos; al menos, hemos tenido que hacerlas ambas esta mañana.

—¿De veras? ¡Qué absurdo! —dijo Parkins—. Desde luego no he tocado la otra, salvo para dejar unas cosas encima. ¿De verdad parecía que hubiesen dormido en ella?

—¡Ay, sí, señor! —dijo la criada—. ¡Si estaba todo arrugado y tirado de cualquier manera, con perdón, señor... talmente como si cualquiera no hubiese pasado sino una malísima noche, señor!

—Válgame Dios —dijo Parkins—. Bueno, puede que la haya desordenado más de lo que creía al desempacar mis cosas. Siento muchísimo haberle dado una molestia de más, de verdad. Por cierto, espero pronto a un amigo mío —un caballero de Cambridge— para que venga a ocuparla una noche o dos. No habrá ningún problema, supongo, ¿verdad?

—¡Ah, sí, desde luego, señor! Gracias, señor. Ninguna molestia, seguro —dijo la criada, y se marchó a soltar risitas con sus compañeras.

Parkins se puso en marcha con la firme determinación de mejorar su juego.

Me alegra poder informar de que tuvo tanto éxito en esta empresa que el coronel, que se había lamentado de la perspectiva de un segundo día de juego en su compañía, se volvió de lo más conversador a medida que avanzaba la mañana; y su voz resonaba por los arenales, tal como también han dicho algunos de nuestros poetas menores: «como un gran bordón en la torre de una catedral».

—Un viento extraordinario, ese que tuvimos anoche —dijo—. En mi tierra habríamos dicho que alguien había estado silbando para llamarlo.

—¡De veras! —dijo Parkins—. ¿Todavía sigue viva una superstición semejante en su comarca?

—No sé si llamarlo superstición —dijo el coronel—. Creen en ello por toda Dinamarca y Noruega, así como en la costa de Yorkshire; y mi experiencia me dice, fíjese usted, que por lo común hay algo de verdad en lo que sostiene la gente del campo, y lo que han sostenido durante generaciones. Pero le toca a usted el golpe de salida —(o lo que quiera que fuese: el lector aficionado al golf habrá de figurarse las digresiones oportunas en los intervalos convenientes).

Cuando se reanudó la conversación, Parkins dijo, con ligera vacilación:

—A propósito de lo que decía hace un momento, coronel, creo que debería decirle que mis opiniones sobre tales asuntos son muy firmes. De hecho, soy un descreído convencido de lo que se llama lo «sobrenatural».

—¡Cómo! —dijo el coronel—. ¿Pretende decirme que no cree en la clarividencia, ni en los fantasmas, ni en nada por el estilo?

—En absolutamente nada por el estilo —repuso Parkins con firmeza.

—Bueno —dijo el coronel—, pero a ese paso me parece a mí, señor, que poco más que un saduceo debe de ser usted.

Parkins estuvo a punto de responder que, en su opinión, los saduceos eran las personas más sensatas de las que jamás hubiese leído en el Antiguo Testamento; pero, al asaltarle ciertas dudas sobre si se hacía mucha mención de ellos en dicha obra, prefirió tomarse la acusación a risa.

—Tal vez lo sea —dijo—; pero... ¡Trae, muchacho, dame mi palo!... Discúlpeme un momento, coronel. —Una breve pausa—. Ahora bien, en cuanto a silbar para llamar al viento, permítame que le exponga mi teoría al respecto. Las leyes que gobiernan los vientos en realidad distan mucho de conocerse a la perfección; para los pescadores y gentes semejantes, por supuesto, son totalmente desconocidas. Se ve con frecuencia en la playa a un hombre o una mujer de hábitos excéntricos, tal vez, o a un forastero, a una hora insólita, y se le oye silbar. Poco después se levanta un viento violento; un hombre que supiese leer el cielo a la perfección o que poseyera un barómetro podría haberlo pronosticado. La gente sencilla de un pueblo de pescadores no tiene barómetros y solo dispone de unas pocas reglas rudimentarias para vaticinar el tiempo. ¿Qué hay más natural que considerar que el personaje excéntrico que he postulado ha levantado el viento, o que él o ella se aferre con avidez a la reputación de ser capaz de hacerlo? Tomemos ahora el viento de anoche: resulta que yo mismo estuve silbando. Hice sonar un silbato dos veces, y el viento pareció acudir en respuesta absoluta a mi llamada. Si alguien me hubiese visto...

El oyente se había mostrado un tanto inquieto ante esta arenga, y Parkins había caído, me temo, un poco en el tono de un conferenciante; pero ante la última frase, el coronel se detuvo.

—¿Conque silbando? —dijo—. ¿Y qué clase de silbato usó? Juegue este golpe primero. —Una pausa.

—Sobre ese silbato por el que preguntaba, coronel. Es bastante curioso. Lo tengo en mi... No; veo que me lo he dejado en la habitación. A decir verdad, lo encontré ayer.

Y entonces Parkins relató de qué manera había descubierto el silbato, al oír lo cual el coronel gruñó y opinó que, en el lugar de Parkins, él mismo andaría con cuidado antes de utilizar una cosa que había pertenecido a una caterva de papistas, de los cuales, hablando en términos generales, cabía afirmar que nunca se sabía en qué podían haber andado metidos. De este tema derivó hacia las atrocidades del vicario, quien el domingo anterior había anunciado que el viernes sería la festividad de santo Tomás Apóstol y que habría servicio a las once en punto en la iglesia. Este y otros procederes semejantes constituían, a ojos del coronel, una vehemente presunción de que el vicario era un papista encubierto, si no un jesuita; y Parkins, que no era muy capaz de seguir al coronel por semejantes derroteros, no le llevó la contraria. De hecho, congeniaron tan bien por la mañana que ninguna de las dos partes mencionó la posibilidad de separarse después del almuerzo.

Fin del Episodio 13 · de 18

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