Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 14

«¡Oh, silba y acudiré, muchacho!» (final) y El tesoro del abad Thomas

~12 min · 2460 palabras

Ambos continuaron jugando bien durante la tarde o, al menos, lo bastante bien como para olvidar todo lo demás hasta que la luz empezó a faltarles. Solo entonces recordó Parkins que se había propuesto investigar un poco más en la encomienda; pero no tenía gran importancia, reflexionó. Un día era tan bueno como cualquier otro; bien podía volverse a casa con el coronel.

Al doblar la esquina de la casa, un muchacho que corría a toda velocidad estuvo a punto de derribar al coronel y luego, en lugar de huir, se quedó aferrado a él, jadeando. Las primeras palabras del guerrero fueron, como es natural, de reprensión y desahogo, pero enseguida advirtió que el chico apenas podía hablar del susto. Al principio, hacerle preguntas fue inútil. Cuando el muchacho recobró el aliento, empezó a aullar, todavía asido a las piernas del coronel. Por fin lograron despegarlo, pero continuó aullando.

—¿Qué demonios te pasa? ¿Qué has estado haciendo? ¿Qué has visto? —dijeron los dos hombres.

—¡Ay, lo he visto hacerme señas desde la ventana —gimoteó el chico—, y no me gusta nada!

—¿Qué ventana? —dijo el coronel, irritado—. Vamos, muchacho, serénate.

—La de la fachada era, en el ’otel —dijo el chico.

Llegados a este punto, Parkins era partidario de mandar al muchacho a su casa, pero el coronel se negó; quería llegar al fondo del asunto, dijo; era sumamente peligroso darle a un chico semejante susto como el que este se había llevado, y si resultaba que la gente había estado gastando bromas, tendrían que pagar por ello de algún modo. Y mediante una serie de preguntas logró sonsacarle esta historia: el muchacho había estado jugando en la hierba frente al Globe con otros; luego ellos se habían ido a casa a merendar, y él ya se marchaba cuando se le ocurrió alzar la vista hacia la ventana de delante y ver cómo le hacía señas. Aquello parecía ser una especie de figura, de blanco por lo que sabía —no le pudo ver la cara—; pero le hacía señas, y aquello no era cosa buena, por no decir que no era una persona como Dios manda. ¿Había luz en la habitación? No, no se le había ocurrido mirar si había luz. ¿Cuál era la ventana? ¿La de arriba del todo o la segunda? La segúnda era... la ventana grande que tie dos chiquitas a los laos.

—Muy bien, muchacho —dijo el coronel tras unas cuantas preguntas más—. Ahora corre a casa. Me imagino que fue alguien intentando darte un susto. La próxima vez, como valiente muchacho inglés que eres, no tienes más que tirarle una piedra... bueno, no, exactamente eso no, pero vas y hablas con el camarero o con el señor Simpson, el posadero, y... sí, y le dices que yo te he dicho que lo hagas.

La cara del chico reflejó parte de las dudas que albergaba sobre la probabilidad de que el señor Simpson prestara oídos favorables a su queja, pero el coronel no pareció notarlo y prosiguió:

—Y aquí tienes seis peniques... no, veo que es un chelín; vete a casa y no pienses más en ello.

El zagal se marchó a toda prisa dando atropelladas gracias, y el coronel y Parkins se dirigieron a la fachada del Globe para hacer un reconocimiento. Solo había una ventana que respondiese a la descripción que acababan de escuchar.

—Vaya, qué curioso —dijo Parkins—; es evidente que el muchacho se refería a mi ventana. ¿Quiere subir un momento, coronel Wilson? Deberíamos comprobar si alguien se ha tomado libertades en mi habitación.

Pronto estuvieron en el pasillo, y Parkins hizo el ademán de abrir la puerta. Luego se detuvo y se tanteó los bolsillos.

—Esto es más grave de lo que pensaba —fue su siguiente observación—. Ahora recuerdo que antes de salir esta mañana cerré la puerta con llave. Está cerrada ahora y, lo que es más, aquí está la llave. —Y la sostuvo en alto—. Bien —continuó—, si la servidumbre tiene por costumbre entrar en la habitación de uno durante el día cuando uno está fuera, solo puedo decir que... bueno, que no lo apruebo en absoluto. —Consciente de un desenlace algo flojo, se ocupó en abrir la puerta (que, en efecto, estaba cerrada con llave) y en encender las velas—. No —dijo—, no parece que hayan tocado nada.

—Salvo su cama —terció el coronel.

—Perdone, esa no es mi cama —dijo Parkins—. Yo no uso esa. Pero sí parece como si alguien hubiera estado enredando con ella.

Desde luego que lo parecía: la ropa de cama estaba arrebujada y retorcida en una confusión de lo más enrevesada. Parkins reflexionó.

—Eso debe de ser —dijo al fin—: anoche desbaraté la ropa de cama al deshacer el equipaje, y no la han hecho desde entonces. Quizá entraron a hacerla y ese chico los vio por la ventana; luego los llamaron y cerraron la puerta con llave al salir. Sí, creo que tiene que ser eso.

—Bueno, llame y pregunte —dijo el coronel, y esto a Parkins le pareció práctico.

Apareció la criada y, para abreviar, declaró que había hecho la cama por la mañana, cuando el caballero estaba en la habitación, y que no había vuelto desde entonces. No, ella no tenía ninguna otra llave. El señor Simpson guardaba las llaves; él podría decirle al señor si alguien había subido.

Aquello resultaba un enigma. La inspección demostró que no se habían llevado nada de valor, y Parkins recordaba la disposición de los objetos pequeños sobre las mesas y demás lo bastante bien como para estar casi seguro de que nadie había tocado nada. El señor y la señora Simpson coincidieron además en que ninguno de los dos había entregado la llave de repuesto de la habitación a persona alguna durante el día. Tampoco pudo Parkins, hombre imparcial como era, detectar nada en el comportamiento del dueño, la dueña o la criada que indicase culpabilidad. Estaba mucho más inclinado a pensar que el muchacho le había tomado el pelo al coronel.

Este último se mostró inusualmente silencioso y pensativo durante la cena y a lo largo de toda la velada. Al darle las buenas noches a Parkins, murmuró con voz ronca y queda:

—Ya sabe dónde encontrarme si me necesita durante la noche.

—Pues sí, gracias, coronel Wilson, creo que lo sé; pero no creo que haya muchas probabilidades de que lo moleste, espero. Por cierto —añadió—, ¿le enseñé aquel viejo silbato del que le hablé? Creo que no. Bueno, aquí lo tiene.

El coronel le dio vueltas con cautela a la luz de la vela.

—¿Saca algo en limpio de la inscripción? —preguntó Parkins mientras volvía a tomarlo.

—No, con esta luz no. ¿Qué piensa hacer con él?

—Oh, bueno, cuando vuelva a Cambridge se lo enseñaré a algunos de los arqueólogos de allí, a ver qué opinan; y muy probablemente, si consideran que vale la pena conservarlo, tal vez lo done a alguno de los museos.

—¡Mmm! —dijo el coronel—. Bueno, quizá tenga razón. Lo único que sé es que, si fuera mío, lo tiraría derecho al mar. No sirve de nada hablar, bien lo sé, pero supongo que en su caso habrá que escarmentar en cabeza propia. Eso espero, desde luego, y le deseo buenas noches.

Se dio media vuelta, dejando a Parkins en ademán de hablar al pie de la escalera, y al poco rato cada cual se hallaba en su propio dormitorio.

Por un desafortunado azar, en las ventanas de la habitación del profesor no había persianas ni cortinas. La noche anterior apenas le había concedido importancia, pero esta noche se presentaban todos los indicios de una luna brillante que saldría para alumbrar directamente su cama y probablemente despertarle más tarde. Al advertirlo se disgustó no poco, pero, con un ingenio que sólo puedo envidiar, se las arregló para improvisar, con la ayuda de una manta de viaje, unos imperdibles, un bastón y un paraguas, una pantalla que, si lograba sostenerse, libraría por completo su cama de la luz lunar. Poco después se hallaba confortablemente instalado en ella. Tras haber leído una obra un tanto sesuda el tiempo suficiente para infundirle un decidido deseo de dormir, echó una mirada soñolienta a la habitación, apagó la vela de un soplido y se dejó caer de nuevo sobre la almohada.

Debió de dormir profundamente durante una hora o más, cuando un repentino estrépito le sobresaltó de la manera más inoportuna. En un instante comprendió lo ocurrido: su primorosa pantalla se había venido abajo y una luna intensamente brillante y gélida le daba de lleno en el rostro. Resultaba de lo más enojoso. ¿Podría levantarse a reconstruir la pantalla? ¿O lograría dormir si no lo hacía?

Durante unos minutos permaneció tumbado sopesando las posibilidades; luego se dio la vuelta bruscamente y, con los ojos bien abiertos, se quedó escuchando sin aliento. Se había producido un movimiento, estaba seguro, en la cama vacía del lado opuesto de la habitación. Al día siguiente mandaría que la cambiasen de sitio, pues debía de haber ratas o algo semejante retozando en ella. Ahora reinaba el silencio. ¡No! La agitación volvía a empezar. Había un frufrú y una sacudida, sin duda mayores de los que cualquier rata pudiera provocar.

Puedo figurarme en parte el desconcierto y el horror del profesor, pues en un sueño de hace treinta años vi suceder lo mismo; pero el lector difícilmente podrá imaginar, tal vez, lo espantoso que fue para él ver cómo una figura se incorporaba de pronto en lo que él sabía que era una cama vacía. De un salto se puso en pie y se precipitó hacia la ventana, donde se hallaba su única arma: el bastón con el que había apuntalado la pantalla. Aquello fue, a la postre, lo peor que pudo haber hecho, porque el personaje de la cama vacía, con un repentino movimiento fluido, se deslizó del lecho y tomó posición, con los brazos abiertos, entre las dos camas y frente a la puerta. Parkins lo contemplaba con un espanto indecible. Por alguna razón, la idea de pasar de largo junto a aquello y escapar por la puerta se le antojaba intolerable; no habría podido soportar —no sabía por qué— tocarlo; y en cuanto a que aquello lo tocase a él, antes se habría arrojado por la ventana. La figura permanecía de momento en una franja de densa sombra y él aún no había visto cómo era su rostro. Entonces comenzó a avanzar, con postura encorvada, y de pronto el espectador comprendió, con una mezcla de horror y alivio, que debía de ser ciega, pues parecía palpar en derredor con sus brazos enfundados, a tientas y a ciegas. Volviéndose a medias, cobró repentina conciencia de la cama que acababa de dejar y se lanzó hacia ella, y se inclinó y tanteó sobre las almohadas de una manera que hizo estremecerse a Parkins como jamás en su vida creyó posible. En unos instantes pareció darse cuenta de que la cama estaba vacía y luego, avanzando hacia la zona iluminada y de cara a la ventana, mostró por primera vez qué clase de criatura era.

A Parkins, a quien disgusta sobremanera que le interroguen al respecto, le oí describirla en una ocasión, y deduje que lo que principalmente recuerda de ella es un rostro horrible, intensamente horrible, de lienzo arrugado. Qué expresión alcanzó a leer en él no pudo o no quiso decirlo, pero es indudable que el pavor que le infundió estuvo a punto de volverle loco.

Pero no dispuso de tiempo para contemplarlo largamente. Con formidable presteza se desplazó hacia el centro de la estancia y, mientras tanteaba y agitaba los brazos, un extremo de sus ropajes rozó el rostro de Parkins. Éste no pudo —aun a sabiendas de lo peligroso de cualquier sonido— reprimir un grito de repugnancia, y aquello proporcionó a quien buscaba una pista instantánea. Se abalanzó sobre él al punto y, al segundo siguiente, él se hallaba de espaldas a medio caer por la ventana, lanzando alarido tras alarido con toda la fuerza de sus pulmones, mientras aquel rostro de tela se le echaba encima del suyo. En aquel instante, casi en el último segundo posible, llegó la salvación, como ya habrá adivinado el lector: el coronel abrió la puerta de golpe y llegó justo a tiempo de ver el espantoso cuadro junto a la ventana. Cuando alcanzó las figuras, sólo quedaba una. Parkins cayó desmayado hacia el interior del cuarto y ante él, en el suelo, quedó un montón revuelto de ropa de cama.

El coronel Wilson no hizo preguntas, sino que se afanó en mantener a todos los demás fuera de la habitación y en devolver a Parkins a su cama; y él mismo, envuelto en una manta, ocupó la otra cama durante el resto de la noche. A primera hora del día siguiente llegó Rogers, más bienvenido de lo que habría sido la víspera, y los tres mantuvieron una larguísima consulta en la habitación del profesor. Al término de ella, el coronel salió por la puerta del hotel llevando un pequeño objeto entre el índice y el pulgar, el cual arrojó al mar tan lejos como pudo lanzarlo un brazo muy robusto. Más tarde se elevó una columna de humo en la parte trasera del Globe.

Debo confesar que no recuerdo con exactitud qué explicación se amañó para el personal y los huéspedes del hotel. De algún modo se libró al profesor de la fácil sospecha de sufrir delirium tremens, y al hotel, de la fama de ser una casa encantada.

No cabe duda de lo que le habría ocurrido a Parkins si el coronel no hubiera intervenido cuando lo hizo. O bien se habría caído por la ventana o habría perdido el juicio. Pero no resulta tan evidente qué otra cosa podía hacer, aparte de asustar, la criatura que acudió en respuesta al silbato. No parecía tener absolutamente nada de material, salvo la ropa de cama con la que se había forjado un cuerpo. El coronel, que recordaba un suceso no muy distinto en la India, opinaba que, si Parkins hubiera forcejeado con ella, en verdad muy poco habría podido hacerle, y que su único poder era el de infundir miedo. Todo aquello, afirmó, servía para confirmar su opinión acerca de la Iglesia de Roma.

No queda en verdad nada más que relatar; pero, como bien puede imaginarse, las opiniones del profesor sobre ciertos puntos son hoy menos categóricas de lo que solían ser. Sus nervios también se han resentido: ni siquiera hoy es capaz de ver una sobrepelliz colgada de una puerta con entera impasibilidad, y el espectáculo de un espantapájaros en un campo al caer una tarde de invierno le ha costado más de una noche en vela.

EL TESORO DEL ABAD THOMAS

Fin del Episodio 14 · de 18

«¡Oh, silba y acudiré, muchacho!» (final) y El tesoro del abad Thomas

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