Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 15

El tesoro del abad Thomas · II

~6 min · 1230 palabras

Verum usque in præsentem diem multa garriunt inter se Canonici de abscondito quodam istius Abbatis Thomæ thesauro, quem sæpe, quanquam adhuc incassum, quæsiverunt Steinfeldenses. Ipsum enim Thomam adhuc florida in ætate existentem ingentem auri massam circa monasterium defodisse perhibent; de quo multoties interrogatus ubi esset, cum risu respondere solitus erat: «Job, Johannes, et Zacharias vel vobis vel posteris indicabunt»; idemque aliquando adiicere se inventuris minime invisurum. Inter alia huius Abbatis opera, hoc memoria præcipue dignum iudico quod fenestram magnam in orientali parte alæ australis in ecclesia sua imaginibus optime in vitro depictis impleverit: id quod et ipsius effigies et insignia ibidem posita demonstrant. Domum quoque Abbatialem fere totam restauravit: puteo in atrio ipsius effosso et lapidibus marmoreis pulchre cælatis exornato. Decessit autem, morte aliquantulum subitanea perculsus, ætatis suæ anno lxxiido, incarnationis vero Dominiæ mdxxixo.

—Supongo que tendré que traducir esto —se dijo el anticuario al terminar de copiar las líneas precedentes de aquel libro bastante raro y sumamente prolijo, el Sertum Steinfeldense Norbertinum—. En fin, lo mismo da hacerlo antes que después —y, en consecuencia, produjo con gran presteza la siguiente versión:

Relación de la abadía premonstratense de Steinfeld, en el Eifel, con las vidas de los abades, publicada en Colonia en 1712 por Christian Albert Erhard, residente en el distrito. El epíteto Norbertinum se debe a que san Norberto fue el fundador de la Orden Premonstratense.

Hasta el día de hoy corren muchos rumores entre los canónigos acerca de cierto tesoro oculto de este abad Tomás, que los de Steinfeld han buscado a menudo, aunque hasta ahora en vano. Cuéntase que Tomás, hallándose aún en la flor de la edad, ocultó una enorme cantidad de oro en algún lugar del monasterio. Preguntado muchas veces sobre su paradero, solía responder entre risas: «Job, Juan y Zacarías os lo dirán, o a vosotros o a vuestros sucesores». Añadía a veces que de ningún modo guardaría rencor a quienes lo encontraran. Entre otras obras llevadas a cabo por este abad, puedo mencionar de manera especial el haber llenado el gran ventanal del extremo oriental de la nave sur de la iglesia con figuras admirablemente pintadas sobre vidrio, como lo atestiguan su propia efigie y sus armas en la ventana. Restauró asimismo casi por entero la residencia abacial y excavó un pozo en su patio, el cual adornó con hermosas tallas de mármol. Murió de forma algo repentina a los setenta y dos años de edad, en el año de Nuestro Señor de 1529.

El propósito que el anticuario tenía ante sí en aquel momento era averiguar el paradero de las vidrieras de la iglesia abacial de Steinfeld. Poco después de la Revolución, una cantidad muy considerable de vidrieras pintadas pasó de las abadías suprimidas de Alemania y Bélgica a este país, y hoy puede verse adornando varias de nuestras iglesias parroquiales, catedrales y capillas privadas. La abadía de Steinfeld figuró entre las más notables de estas involuntarias contribuidoras a nuestro patrimonio artístico (cito el preámbulo, un tanto farragoso, del libro que escribió el anticuario), y la mayor parte de las vidrieras de dicha institución puede identificarse sin gran dificultad, bien con la ayuda de las numerosas inscripciones donde se menciona el lugar, bien por los asuntos de las ventanas, en los que se representaban diversos ciclos o relatos bien definidos.

El pasaje con que inicié mi relato había puesto al anticuario sobre la pista de otra identificación. En una capilla privada —no importa dónde— había visto tres grandes figuras, cada una de las cuales ocupaba una luz entera de un ventanal, y que eran con toda evidencia obra de un mismo artista. Su estilo ponía de manifiesto que dicho artista había sido un alemán del siglo XVI; pero, hasta entonces, su localización más precisa había constituido un enigma. Representaban —¿os sorprenderá saberlo?—: JOB PATRIARCHA, JOHANNES EVANGELISTA, ZACHARIAS PROPHETA, y cada uno de ellos sostenía un libro o una filacteria con una frase de sus escritos. Estas, como es natural, las había anotado el anticuario, y le había llamado la atención el curioso modo en que diferían de cualquier texto de la Vulgata que hubiera podido examinar. Así, en la filacteria que sostenía Job se leía: Auro est locus in quo absconditur (en vez de conflatur); en el libro de Juan: Habent in vestimentis suis scripturam quam nemo novit (en vez de in vestimento scriptum, y las palabras siguientes tomadas de otro versículo); y Zacarías tenía: Super lapidem unum septem oculi sunt (el único de los tres que presenta un texto inalterado).

Hay un lugar para el oro donde está escondido.

Tienen en sus vestiduras una inscripción que nadie conoce.

Sobre una sola piedra hay siete ojos.

Una penosa perplejidad había sido para nuestro investigador dilucidar por qué estos tres personajes habían sido colocados juntos en un solo ventanal. No existía entre ellos vínculo alguno de unión, ya fuese histórico, simbólico o doctrinal, y solo podía suponer que debían de haber formado parte de una serie muy extensa de profetas y apóstoles, que acaso hubiese llenado, pongamos por caso, todos los ventanales del claristorio de alguna iglesia espaciosa. Pero el pasaje del Sertum había alterado la situación al mostrar que los nombres de los personajes representados en las vidrieras que ahora se encontraban en la capilla de lord D—— habían estado de continuo en labios del abad Tomás von Eschenhausen de Steinfeld, y que dicho abad había instalado un ventanal con vidrieras, probablemente hacia el año 1520, en la nave sur de su iglesia abacial. No era una conjetura descabellada que las tres figuras hubiesen formado parte de la ofrenda del abad Tomás; era una hipótesis que, además, probablemente podría confirmarse o descartarse mediante un nuevo y minucioso examen de las vidrieras. Y, como el señor Somerton era un hombre desocupado, emprendió la peregrinación a la capilla privada sin apenas dilación. Su conjetura se confirmó por completo. No solo el estilo y la técnica de las vidrieras cuadraban a la perfección con la fecha y el lugar requeridos, sino que en otra ventana de la capilla halló unas vidrieras, de las que se sabía que habían sido adquiridas junto con las figuras, que contenían las armas del abad Tomás von Eschenhausen.

A intervalos durante sus pesquisas, el señor Somerton se había visto asediado por el recuerdo de los rumores sobre el tesoro oculto y, a medida que reflexionaba sobre el asunto, se le hacía cada vez más evidente que, si el abad había querido decir algo con la enigmática respuesta dada a quienes le interrogaban, debía de haber querido dar a entender que el secreto se hallaba en alguna parte del ventanal que había colocado en la iglesia abacial. Era innegable, además, que el primero de los textos, tan curiosamente seleccionados, en las filacterias de la vidriera podía interpretarse como una alusión a un tesoro oculto.

Así pues, anotó con escrupuloso cuidado cada rasgo o marca que pudiera contribuir a desentrañar el enigma que, de ello estaba seguro, el abad había planteado a la posteridad, y, de vuelta en su casa solariega de Berkshire, quemó las pestañas hasta altas horas de la noche sobre sus calcos y bocetos. Al cabo de dos o tres semanas, llegó el día en que el señor Somerton anunció a su criado que debía preparar el equipaje, tanto el suyo como el de su amo, para un breve viaje al extranjero, adonde por el momento no lo seguiremos.

Fin del Episodio 15 · de 18

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