Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 16

El tesoro del abad Thomas · III

~8 min · 1597 palabras

El señor Gregory, rector de Parsbury, había salido a dar un paseo antes del desayuno, aprovechando una hermosa mañana de otoño, hasta la verja de la entrada de carruajes, con la intención de salir al encuentro del cartero y respirar el aire fresco. Y en ninguno de los dos propósitos se vio decepcionado. Antes de que le diera tiempo a responder a más de diez u once de las variopintas preguntas que, con la ligereza propia de sus corazones, le formulaban sus pequeños vástagos, que le habían acompañado, se vio venir al cartero; y entre la saca de la mañana había una carta con matasellos y sello extranjeros (que de inmediato se convirtieron en objeto de encarnizada disputa entre los jóvenes Gregory), dirigida con letra inculta, pero a todas luces inglesa.

Cuando el rector la abrió y miró la firma, comprendió que procedía del ayuda de cámara de confianza de su amigo y terrateniente, el señor Somerton. Decía así:

DISTINGUIDO SEÑOR: Como estoy en gran desasosiego por el Amo escribo por Deseo suio para rogarle a usted Señor si tubiera la bondad de Venir. El Amo a sufrido un Mal Golpe y guarda Cama. Jamás le e visto así pero No es de estrañar y Nadie servirá sino usted Señor. El Amo me dize que le mencione que el Camino más Corto aquí es Conducir hasta Coblentza y tomar un Calesín. Esperando averlo dejado todo Claro, pero ando muy Confuso en mi Cabeza de tanta Angustia y Desvelo por la Noche. Si se me permite el Atrebimiento Señor será un Plazer ver una Cara Británica y Onrada entre tanta Cara Estrangera.

Soy Señor Su obdte. Servor. William Brown.

P. D.—El Pueblo pues Ciudad no le Llamaría. Se dize Steenfeld.

Quede en manos del lector imaginarse en detalle la sorpresa, la confusión y la prisa en los preparativos en que la recepción de semejante carta sumiría a una tranquila rectoría de Berkshire en el año de gracia de 1859. Básteme decir que en el curso del día se tomó un tren con destino a la capital, y que el señor Gregory consiguió camarote en el barco a Amberes y un billete en el tren a Coblenza. Tampoco resultó difícil organizar el trayecto desde dicho nudo hasta Steinfeld.

Como narrador de esta historia, padezco la grave desventaja de no haber visitado nunca Steinfeld en persona, y de que ninguno de los principales protagonistas del episodio (de quienes obtengo la información) fuera capaz de darme otra cosa que una idea vaga y más bien lúgubre de su aspecto. Deduzco que es un lugar pequeño, con una gran iglesia despojada de su antiguo ajuar; alrededor del templo se alza una serie de grandes edificios bastante ruinosos, en su mayoría del siglo XVII, pues la abadía, al igual que casi todas las del continente, fue reconstruida con suntuosidad por sus moradores en aquella época. No me ha parecido que valiera la pena malgastar dinero en una visita al lugar, pues, aunque probablemente sea mucho más atrayente de lo que creyeron el señor Somerton o el señor Gregory, es evidente que hay poco o nada de primer orden que ver allí... salvo, tal vez, una cosa que a mí no me gustaría ver.

La posada donde se alojaban el caballero inglés y su sirviente es, o era, la única «posible» de la aldea. El cochero condujo allí al señor Gregory de inmediato, y este se encontró al señor Brown esperando a la puerta. El señor Brown, dechado en su hogar de Berkshire de esa impasible casta patilluda que se conoce como ayudas de cámara de confianza, se hallaba ahora estrepitosamente fuera de su elemento, vestido con un traje de tweed claro, ansioso, casi irritable y, a las claras, de todo menos dueño de la situación. Su alivio al ver la «cara británica y honrada» de su rector fue inconmensurable, pero las palabras para describirlo se le negaron. Solo acertó a decir:

—Válgame, señor, cuánto me alegro, de veras, de verle. Y lo mismo, seguro, le pasará al amo.

—¿Cómo está su señor, Brown? —intervino con presteza el señor Gregory.

—Creo que está mejor, señor, gracias; pero lo ha pasado terriblemente mal. Confío en que ahora esté durmiendo un poco, pero...

—¿Qué le ha ocurrido? No logré entenderlo por su carta. ¿Ha sido algún tipo de accidente?

—Bueno, señor, apenas sé si será mejor que hable de ello. El amo tenía mucho empeño en ser él quien se lo contara. Pero no hay huesos rotos... de eso al menos debemos dar gracias...

—¿Qué dice el médico? —preguntó el señor Gregory.

Para entonces ya se encontraban ante la puerta del dormitorio del señor Somerton y hablaban en voz baja. El señor Gregory, que iba delante, tanteaba en busca del picaporte y rozó por casualidad los paneles con los dedos. Antes de que Brown pudiera responder, resonó un grito terrible desde el interior de la habitación.

—¡En el nombre de Dios, ¿quién es? —fueron las primeras palabras que oyeron—. ¿Eres tú, Brown?

—Sí, señor... soy yo, señor, y el señor Gregory —se apresuró a contestar Brown, a lo que siguió como respuesta un audible gemido de alivio.

Entraron en la estancia, que estaba a oscuras para protegerse del sol de la tarde, y el señor Gregory vio, con una sacudida de piedad, lo demudado y lo bañado por gotas de espanto que estaba el rostro, por lo común sereno, de su amigo, quien, incorporándose en el lecho con dosel, extendió una mano temblorosa para darle la bienvenida.

—Mejor por verte, mi querido Gregory —fue la respuesta a la primera pregunta del rector, y era palpablemente cierta.

Tras cinco minutos de conversación, el señor Somerton era más él mismo, según relató Brown más tarde, de lo que había sido en varios días. Pudo tomar una cena más que respetable y habló con confianza de estar en condiciones de soportar un viaje a Coblenza en el plazo de veinticuatro horas.

—Pero hay una cosa —dijo, con un rebrote de agitación que al señor Gregory no le gustó ver— que debo rogarte que hagas por mí, mi querido Gregory. No... —prosiguió, posando la mano sobre la de Gregory para adelantarse a cualquier interrupción—, no me preguntes qué es ni por qué quiero que se haga. Aún no tengo fuerzas para explicarlo; me haría recaer, desharía todo el bien que me has hecho al venir. Lo único que diré al respecto es que no corres el menor peligro al hacerlo, y que Brown puede mostrarte y te mostrará mañana de qué se trata. No es más que devolver... guardar... algo... No; aún no puedo hablar de ello. ¿Te importaría llamar a Brown?

—Bien, Somerton —dijo el señor Gregory mientras cruzaba la estancia hacia la puerta—, no te pediré ninguna explicación hasta que tengas a bien dármela. Y si este asuntillo es tan fácil como dices, me encargaré de él de mil amores a primera hora de la mañana.

—¡Ah, estaba seguro de que lo harías, mi querido Gregory! Tenía la certeza de poder contar contigo. Te deberé más gratitud de la que puedo expresar. Bien, aquí está Brown. Brown, una palabra con usted.

—¿Me marcho? —terció el señor Gregory.

—De ningún modo. ¡Por Dios, no! Brown, mañana a primera hora (ya sé que a ti no te importa madrugar, Gregory), debe llevar al señor rector a... allí, ya sabe —Brown asintió con la cabeza, con semblante grave e inquieto—, y entre él y usted volverán a poner eso en su sitio. No tiene por qué alarmarse lo más mínimo; es totalmente seguro durante el día. Ya sabe a qué me refiero. Se encuentra sobre el escalón, ya sabe, donde... donde lo dejamos. (Brown tragó saliva una o dos veces con sequedad y, no atinando a hablar, hizo una inclinación). Y... sí, eso es todo. Solo esta otra palabra, mi querido Gregory. Si puedes arreglártelas para no hacerle preguntas a Brown sobre este asunto, te quedaré aún más agradecido. Mañana por la tarde, a más tardar, si todo va bien, creo que podré contarte toda la historia de principio a fin. Y ahora te desearé las buenas noches. Brown estará conmigo —duerme aquí— y, si yo fuera tú, cerraría mi puerta con llave. Sí, esmérate en hacerlo. A ellos... a la gente de aquí les gusta, y es mejor. Buenas noches, buenas noches.

Con esto se separaron, y si el señor Gregory se despertó una o dos veces de madrugada y creyó oír un tanteo en la parte inferior de su puerta cerrada con llave, no fue, tal vez, más de lo que un hombre apacible, sumergido de pronto en una cama extraña y en el corazón de un misterio, podía esperar razonablemente. Desde luego, creyó hasta el fin de sus días haber oído semejante sonido dos o tres veces entre la medianoche y el alba.

Se levantó con el sol, y poco después salió en compañía de Brown. Por desconcertante que fuese el servicio que se le había pedido prestar al señor Somerton, no era difícil ni alarmante, y a la media hora de abandonar la posada todo había concluido. En qué consistió no he de revelarlo todavía.

Más avanzada la mañana, el señor Somerton, casi recuperado ya por completo, pudo emprender la marcha desde Steinfeld; y esa misma noche, no sabría decir con certeza si en Coblenza o en alguna etapa intermedia del viaje, se dispuso a ofrecer la explicación prometida. Brown estuvo presente, pero hasta qué punto llegó a comprenderse el asunto a su entender fue algo que él jamás diría, y que yo soy incapaz de conjeturar.

Fin del Episodio 16 · de 18

El tesoro del abad Thomas · III

Siguiente Episodio 17~14 minEl tesoro del abad Thomas · IV“—Ambos sabéis, a grandes rasgos, que emprendí esta expedición con el propósito de rastrear algo relacionado con unas viejas vidrieras de la capilla privada de lord D—.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.