Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 17

El tesoro del abad Thomas · IV

~14 min · 2717 palabras

Esta fue la historia del señor Somerton:

—Ambos sabéis, a grandes rasgos, que emprendí esta expedición con el propósito de rastrear algo relacionado con unas viejas vidrieras de la capilla privada de lord D——. Pues bien, el punto de partida de todo este asunto reside en este pasaje de un viejo libro impreso, al que os pido que prestéis atención.

Y en este punto el señor Somerton repasó con detenimiento un terreno con el que ya estamos familiarizados.

—En mi segunda visita a la capilla —prosiguió—, mi propósito era tomar cuantas notas pudiese de figuras, letreros, incisiones hechas con diamante en el cristal e incluso marcas en apariencia fortuitas. El primer punto que abordé fue el de las filacterias con inscripciones. No me cabía duda de que la primera de ellas, la de Job —«Hay un lugar para el oro donde está escondido»—, con su alteración deliberada, debía de referirse al tesoro; de modo que me apliqué con cierta confianza a la siguiente, la de san Juan: «Tienen en sus vestiduras una inscripción que nadie conoce». Os habrá surgido la pregunta natural: ¿había alguna inscripción en los ropajes de las figuras? Yo no pude ver ninguna; cada uno de los tres tenía una ancha orla negra en el manto, lo que constituía un rasgo muy visible y más bien tosco en la vidriera. Me quedé perplejo, lo confieso, y, a no ser por un curioso golpe de suerte, creo que habría abandonado la búsqueda en el mismo punto en que los canónigos de Steinfeld la dejaron antes que yo. Pero dio la casualidad de que había bastante polvo en la superficie del cristal, y lord D——, que acertó a entrar, reparó en mis manos ennegrecidas e insistió amablemente en mandar a buscar un escobillón de mango largo para limpiar la vidriera. Supongo que el cepillo debía de tener alguna parte áspera; el caso es que, al pasar sobre la orla de uno de los mantos, me fijé en que dejaba un largo arañazo y que al instante asomaba un tinte amarillo. Le pedí al hombre que detuviera su labor un momento y subí corriendo por la escalera para examinar el lugar. El tinte amarillo estaba allí, en efecto, y lo que se había desprendido era un grueso pigmento negro, que a todas luces había sido aplicado con el pincel después de cocer el vidrio y que, por consiguiente, podía rasparse con facilidad sin causar daño alguno. Me puse a raspar, pues, y apenas creeréis... no, cometo una injusticia; ya lo habréis adivinado: bajo aquel pigmento negro hallé dos o tres letras mayúsculas claramente formadas, en tinte amarillo sobre fondo claro. Por descontado, apenas podía contener mi regocijo.

—Le dije a lord D—— que había detectado una inscripción que creía que podría ser muy interesante y le rogué que me permitiera dejarla al descubierto en su totalidad. No puso la menor objeción, me dijo que hiciera exactamente lo que quisiera y luego, como tenía un compromiso, se vio obligado —para mi alivio, debo decir— a dejarme solo. Me puse a trabajar de inmediato y la tarea resultó bastante sencilla. El pigmento, desintegrado por el paso del tiempo, como es natural, se desprendía casi al tocarlo, y no creo que me llevara más de un par de horas, en total, limpiar todas las orlas negras de los tres vanos. Cada una de las figuras tenía, como decía la inscripción, «una escritura en sus vestiduras que nadie conocía».

—Este descubrimiento, desde luego, me dio la certeza absoluta de que iba por buen camino. Y bien, ¿cuál era la inscripción? Mientras limpiaba el cristal casi me esforcé por no leer las letras, reservándome el deleite para cuando lo tuviese todo despejado. Y cuando hube terminado, mi querido Gregory, te aseguro que casi me echo a llorar de pura decepción. Lo que leí no era sino la mezcolanza de letras más desesperante que jamás se haya agitado dentro de un sombrero. Aquí está:

Job. DREVICIOPEDMOOMSMVIVLISLCAVIBASBATAOVT San Juan. RDIIEAMRLESIPVSPODSEEIRSETTAAESGIAVNNR Zacarías. DREVICIOPEDMOOMSMVIVLISLCAVIBASBATAOVT

—Por muy desconcertado que me sintiera y que debiera de parecer durante los primeros minutos, mi desilusión no duró mucho. Comprendí casi al instante que estaba ante una cifra o criptograma, y pensé que probablemente sería de un tipo bastante sencillo, dada su temprana fecha. De modo que copié las letras con el cuidado más minucioso. En el proceso surgió otro detallito, debo deciros, que confirmó mi creencia en la cifra. Tras copiar las letras del manto de Job, las conté para asegurarme de haberlo hecho bien. Eran treinta y ocho; y, justo al terminar de repasarlas, mi vista se posó en un raspón hecho con una punta afilada en el borde de la orla. No era más que el número xxxviii en números romanos. Para abreviar, había una anotación similar, por así llamarla, en cada uno de los otros vanos; y aquello me dejó claro que el pintor de vidrieras había recibido órdenes muy estrictas del abad Thomas respecto a la inscripción, y se había esmerado en plasmarla correctamente.

—Bien, tras ese descubrimiento os podéis imaginar con qué minuciosidad examiné toda la superficie de la vidriera en busca de más luz. Desde luego, no pasé por alto la inscripción de la filacteria de Zacarías: «Sobre una sola piedra hay siete ojos», pero muy pronto llegué a la conclusión de que debía de referirse a alguna marca en una piedra que solo podría encontrarse in situ, donde estuviese oculto el tesoro. En resumen, tomé todas las notas, bocetos y calcos posibles, y luego regresé a Parsbury para descifrar la clave con calma. ¡Oh, qué suplicios pasé! Al principio me creí muy listo, pues daba por seguro que la clave se hallaría en alguno de los viejos libros sobre escritura secreta. La Steganographia de Joachim Trithemius, que fue un contemporáneo algo anterior del abad Thomas, parecía especialmente prometedora; así que conseguí esa obra, y la Cryptographia de Selenius, y el de Augmentis Scientiarum de Bacon, y algunos más. Pero no di con nada. Luego probé el principio de la «letra más frecuente», tomando como base primero el latín y después el alemán. Tampoco sirvió de nada; si debió haber servido o no, no lo tengo claro. Y luego volví a la vidriera en sí y releí mis notas, esperando contra toda esperanza que el propio abad hubiese proporcionado en alguna parte la clave que necesitaba. No pude sacar nada en limpio del color ni del dibujo de los ropajes. No había fondos de paisaje con objetos secundarios; no había nada en los doseles. El único recurso posible parecía estar en la actitud de las figuras. «Job —leí—: filacteria en la mano izquierda, dedo índice de la mano derecha extendido hacia arriba. Juan: sostiene el libro con inscripción en la mano izquierda; con la mano derecha bendice, con dos dedos. Zacarías: filacteria en la mano izquierda; mano derecha extendida hacia arriba, como Job, pero con tres dedos apuntando hacia arriba». En otras palabras, reflexioné, Job tiene un dedo extendido, Juan tiene dos, Zacarías tiene tres. ¿No podría ocultarse ahí una clave numérica? Mi querido Gregory —dijo el señor Somerton, poniendo la mano sobre la rodilla de su amigo—, esa era la clave. Al principio no conseguí hacerla encajar, pero tras dos o tres intentos comprendí lo que significaba. Tras la primera letra de la inscripción te saltas una letra, tras la siguiente te saltas dos, y tras esa te saltas tres. Ahora mirad el resultado que obtuve. He subrayado las letras que forman palabras:

[D]R[E]VI[C]IOP[E]D[M]OO[M]SMV[I]V[L]IS[L]CAV[I]B[A]SB[A]TAO[V]T [R]DI[I]EAM[R]L[E]SI[P]VSP[O]D[S]EE[I]RSE[T]T[A]AE[S]GIA[V]N[N]R F[T]EEA[I]L[N]QD[P]VAI[V]M[T]LE[E]ATT[O]H[I]OO[N]VMC[A]A[T].H.Q.E.

—¿Lo ve? «Decem millia auri reposita sunt in puteo in at...» (Diez mil [piezas] de oro están depositadas en un pozo en...), seguido de una palabra incompleta que empieza por at. Hasta aquí, todo bien. Probé el mismo método con las letras restantes, pero no funcionó, y se me ocurrió que quizá la presencia de puntos tras las tres últimas letras indicaba alguna diferencia de procedimiento. Entonces pensé para mis adentros: «¿No había cierta alusión a un pozo en la reseña sobre el abad Tomás en aquel libro, el Sertum?». Sí que la había: construyó un puteus in atrio (un pozo en el patio). Ahí estaba, por descontado, mi palabra atrio. El paso siguiente consistió en transcribir las letras restantes de la inscripción, omitiendo las que ya había utilizado. Eso dio lo que verá en este papel:

RVIIOPDOOSMVVISCAVBSBTAOTDIEAMLSIVSPDEERSETAEGIANRFEEALQDVAIMLEATTHOOVM CA.H.Q.E.

—Ahora bien, yo sabía cuáles eran las tres primeras letras que necesitaba —a saber, rio— para completar la palabra atrio; y, como verá, todas se encuentran entre las cinco primeras letras. Al principio me desconcertó un poco la aparición de dos i, pero muy pronto comprendí que en el resto de la inscripción debía tomarse una de cada dos letras. Puede comprobarlo usted mismo; el resultado, prosiguiendo donde terminó la primera «ronda», es este:

«rio domus abbatialis de Steinfeld a me, Thoma, qui posui custodem super ea. Gare à qui la touche».

—De modo que el secreto quedaba al descubierto por entero:

«Diez mil piezas de oro están depositadas en el pozo del patio de la casa abacial de Steinfeld por mí, Tomás, que he puesto un guardián sobre ellas. Gare à qui la touche».

—Las últimas palabras, debo decir, son una divisa que el abad Tomás había adoptado. La encontré junto a sus armas en otra vidriera en casa de lord D——, y la incorporó de lleno a su cifra, aunque gramaticalmente no encaje del todo.

—Bueno, ¿a qué se habría sentido tentado cualquier ser humano, mi querido Gregory, en mi lugar? ¿Habría podido evitar ponerse en marcha, como hice yo, hacia Steinfeld, para rastrear el secreto literalmente hasta el manantial de origen? No creo que pudiera. De cualquier modo, yo no pude y, como no hace falta que le diga, me planté en Steinfeld tan pronto como los recursos de la civilización me lo permitieron, y me instalé en la posada que ha visto. Debo decirle que no estaba del todo libre de malos presagios: por un lado, de decepción; por el otro, de peligro. Cabía siempre la posibilidad de que el pozo del abad Tomás hubiese quedado totalmente arrasado, o bien de que alguien, ignorante de criptogramas y guiado tan solo por la suerte, hubiera tropezado con el tesoro antes que yo. Y además —aquí se percibió una clarísima vacilación en su voz—, no estaba del todo tranquilo, no me importa confesarlo, respecto al significado de las palabras relativas al guardián del tesoro. Pero, si no le importa, no diré más sobre eso hasta... hasta que sea necesario.

—A la primera oportunidad posible, Brown y yo empezamos a explorar el lugar. Como es natural, yo me había presentado como un interesado en los restos de la abadía, y no pudimos eludir una visita a la iglesia, por impaciente que estuviese yo por encontrarme en otra parte. Con todo, me interesó ver los ventanales donde habían estado las vidrieras, y muy especialmente el del extremo oriental de la nave sur. En las tracerías superiores me sobresaltó ver que aún quedaban algunos fragmentos y escudos de armas: allí estaba el blasón del abad Tomás y una pequeña figura con una filacteria inscrita: Oculos habent, et non videbunt (Tienen ojos, y no verán), lo cual, según imagino, era una pulla del abad a sus canónigos.

—Pero, desde luego, el objetivo principal consistía en encontrar la casa del abad. No hay una ubicación predeterminada para ella, hasta donde sé, en la planta de un monasterio; no se puede predecir, como ocurre con la sala capitular, que estará en el lado oriental del claustro, ni, como en el caso del dormitorio, que comunicará con un transepto de la iglesia. Sentí que si hacía demasiadas preguntas despertaría recuerdos latentes sobre el tesoro, y juzgué preferible intentar descubrirla por mi cuenta al principio. No fue una búsqueda muy larga ni difícil. Aquel patio de tres lados al sureste de la iglesia, con moles de edificios abandonados alrededor y el pavimento cubierto de hierba, que usted vio esta mañana, era el lugar. Y muy satisfecho quedé al ver que no se le daba uso alguno, y que no estaba ni muy lejos de nuestra posada ni dominado por ningún edificio habitado; solo había huertos y cercados en las laderas al este de la iglesia. Le aseguro que aquella hermosa piedra resplandecía con un brillo admirable bajo la puesta de sol, amarilla y más bien acuosa, que tuvimos el martes por la tarde.

—Luego, ¿qué hay del pozo? Apenas cabían dudas al respecto, como usted bien puede atestiguar. Es, en verdad, una obra muy notable. El brocal es, creo yo, de mármol italiano, y la talla me pareció que también debía de ser italiana. Había relieves, tal vez recuerde, de Eliezer y Rebeca, y de Jacob abriendo el pozo para Raquel, y motivos semejantes; pero, a modo de desarmar cualquier sospecha, supongo, el abad se había abstenido cuidadosamente de cualquiera de sus inscripciones cínicas y alusivas.

—Examiné toda la estructura con el más vivo interés, por supuesto: un brocal cuadrado con una abertura en uno de los lados; un arco encima, con una polea para la cuerda, a todas luces en muy buen estado aún, pues se había utilizado en los últimos sesenta años, o tal vez incluso más recientemente, aunque no en época muy cercana. Luego se planteaba la cuestión de la profundidad y el acceso al interior. Calculo que la profundidad era de unos sesenta a setenta pies; y en cuanto al otro punto, en verdad parecía como si el abad hubiera deseado conducir a los buscadores hasta la misma puerta de su cámara del tesoro, pues, como usted mismo comprobó, había grandes bloques de piedra trabados en la mampostería, que bajaban formando una escalera regular que daba vueltas y más vueltas por el interior del pozo.

—Parecía casi demasiado bueno para ser verdad. Me pregunté si habría una trampa: si las piedras estarían dispuestas de tal modo que se volcaran al recibir peso; pero probé unas cuantas con mi propio peso y con mi bastón, y todas parecían, y en verdad estaban, perfectamente firmes. Por descontado, decidí que Brown y yo haríamos un ensayo esa misma noche.

—Iba bien preparado. Sabiendo qué clase de lugar tendría que explorar, había llevado una buena provisión de cuerda resistente y cinchas de lona para rodearme el cuerpo, y travesaños a los que aferrarme, además de linternas, velas y palancas, cosas todas que cabían en una sola bolsa de viaje de tapiz y no despertaban sospechas. Me cercioré de que la cuerda fuera bastante larga y de que la polea para el cubo funcionase a la perfección, y luego regresamos a cenar.

—Mantuve una breve y cautelosa conversación con el posadero, y deduje que no le extrañaría demasiado que saliera a dar un paseo con mi criado hacia las nueve, para hacer (¡el Cielo me perdone!) un boceto de la abadía a la luz de la luna. No hice ninguna pregunta acerca del pozo, y no es probable que las haga ahora. Sospecho que sé tanto sobre él como cualquiera en Steinfeld; al menos —con un fuerte escalofrío— no deseo saber nada más.

—Ahora llegamos a la crisis, y, aunque detesto pensar en ello, estoy seguro, Gregory, de que me resultará mejor en todos los sentidos rememorarlo tal y como ocurrió. Brown y yo nos pusimos en marcha hacia las nueve con nuestra bolsa, sin llamar la atención; pues logramos escabullirnos por el extremo trasero del patio de la posada hacia un callejón que nos condujo justo a las afueras de la aldea. En cinco minutos estuvimos en el pozo, y durante un rato nos sentamos en el borde del brocal para asegurarnos de que nadie anduviera cerca ni nos espiara. Todo cuanto oímos fueron unos caballos paciendo fuera de nuestra vista, más abajo en la ladera oriental. Nadie nos vio en absoluto, y la magnífica luna llena nos proporcionaba luz de sobra para colocar debidamente la cuerda en la polea. Luego me ajusté la cincha al cuerpo, por debajo de los brazos. Sujetamos el extremo de la cuerda con gran firmeza a una argolla de la mampostería. Brown tomó el farol encendido y me siguió; yo llevaba una palanca. Y así comenzamos a descender con cautela, tanteando cada peldaño antes de apoyar el pie y escudriñando las paredes en busca de alguna piedra marcada.

Fin del Episodio 17 · de 18

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