El tesoro del abad Thomas · V
~9 min · 1805 palabras
A media voz fui contando los escalones a medida que bajábamos, y llegamos hasta el trigésimo octavo antes de que notara nada en absoluto irregular en la superficie de la mampostería. Ni siquiera allí había marca alguna, y empecé a sentirme sumamente desconcertado, y a preguntarme si el criptograma del abad no sería acaso un elaborado engaño. En el cuadragésimo noveno peldaño la escalera se terminaba. Con el corazón en un puño empecé a desandar mis pasos, y cuando estuve de vuelta en el trigésimo octavo —estando Brown, con la linterna, uno o dos peldaños por encima de mí— escudriñé con todas mis fuerzas aquella leve irregularidad en la piedra; pero no había el menor vestigio de marca alguna.
—Entonces se me ocurrió que la textura de la superficie parecía un poco más lisa que el resto, o, al menos, de algún modo diferente. Bien podía tratarse de cemento y no de piedra. Le di un buen golpe con mi barra de hierro. Se produjo un sonido claramente hueco, aunque bien podía deberse a que estábamos en un pozo. Pero hubo más. Un gran cascote de cemento cayó a mis pies, y vi marcas en la piedra de debajo. Había dado con el rastro del abad, mi querido Gregory; aún ahora pienso en ello con cierto orgullo. Bastaron muy pocos golpes más para quitar todo el cemento, y vi una losa de piedra de unos dos pies cuadrados, en la que había grabada una cruz. Otra decepción, pero solo por un momento. Fuiste tú, Brown, quien me devolvió la calma con un comentario casual. Dijiste, si mal no recuerdo:
—«Es una cruz bien rara: parece un montón de ojos».
—Te arrebaté la linterna de la mano y vi con inexpresable placer que la cruz estaba compuesta de siete ojos, cuatro en línea vertical y tres en horizontal. La última de las filacterias de la vidriera quedaba explicada tal como yo había anticipado. Aquí estaba mi «piedra con los siete ojos». Hasta ese momento los datos del abad habían sido exactos y, al pensar en ello, la inquietud respecto al «guardián» se apoderó de nuevo de mí con redoblada fuerza. Con todo, no iba a retroceder en ese momento.
—Sin darme tiempo para pensar, desprendí a golpes el cemento alrededor de la piedra marcada y luego hice palanca en el lado derecho con mi barra. Se movió al instante, y vi que no era más que una losa delgada y ligera, de esas que yo mismo podía extraer con facilidad, y que tapaba la entrada a una cavidad. La extraje entera, sin romperla, y la deposité en el escalón, pues podía ser muy importante para nosotros poder volver a colocarla. Luego esperé durante varios minutos en el escalón inmediatamente superior. No sé por qué, pero creo que para ver si alguna cosa espantosa salía disparada de allí. No ocurrió nada. A continuación encendí una vela y, con suma cautela, la introduje en la cavidad, con la vaga idea de comprobar si había aire viciado y de vislumbrar lo que había en el interior. Había un aire enrarecido que a punto estuvo de apagar la llama, pero al poco tiempo ardió de manera bastante uniforme. El hueco se internaba un trecho hacia el fondo, y también a derecha e izquierda de la entrada, y alcancé a ver en el interior unos objetos redondeados de color claro que podían ser sacos. De nada servía esperar. Me puse frente a la cavidad y miré dentro. No había nada justo enfrente del orificio. Introduje el brazo y tanteé hacia la derecha, con muchísimo cuidado...
—Alcánzame un vaso de coñac, Brown. Continuaré en un momento, Gregory...
—Bien, tanteé hacia la derecha, y mis dedos tocaron algo curvo que parecía... sí, más o menos como cuero; estaba húmedo, y formaba parte con toda evidencia de algo pesado y lleno. No había nada, debo decir, que infundiera alarma. Me envalentoné y, metiendo ambas manos lo mejor que pude, tiré hacia mí, y aquello cedió. Pesaba, pero se movía con más facilidad de la que había previsto. Al tirar de ello hacia la entrada, con el codo izquierdo derribé y apagué la vela. Puse el bulto justo enfrente de la boca del hueco y empecé a sacarlo. Justo en ese momento Brown soltó una brusca exclamación y subió corriendo los escalones con la linterna. Ya te contará el motivo dentro de un momento. Sobresaltado como estaba, me volví a mirarlo y lo vi detenerse un minuto en lo alto y luego alejarse unos cuantos pasos. Después lo oí llamar en voz baja: «Todo en orden, señor», y continué tirando del enorme saco, en completa oscuridad. Quedó suspendido un instante en el borde del hueco, luego resbaló hacia delante sobre mi pecho y me echó los brazos al cuello.
—Mi querido Gregory, te estoy diciendo la pura verdad. Creo que ahora conozco el límite extremo de terror y repugnancia que un hombre puede soportar sin perder el juicio. Apenas si puedo relatarte ahora las líneas generales de la experiencia. Fui consciente de un olor a moho espantoso, y de una especie de rostro frío apretado contra el mío, que se movía lentamente sobre él, y de varios —no sé cuántos— brazos o piernas o tentáculos o algo semejante aferrándose a mi cuerpo. Grité, según dice Brown, como una fiera, y caí de espaldas desde el escalón en el que me hallaba, y la criatura resbaló hacia abajo, supongo, sobre ese mismo escalón. Providencialmente, la correa que me ceñía aguantó firme. Brown no perdió la cabeza y tuvo fuerzas suficientes para izarme hasta arriba y hacerme pasar por el borde con bastante presteza. Cómo se las arregló exactamente no lo sé, y creo que a él le costaría explicártelo. Creo que se las ingenió para ocultar nuestras herramientas en el edificio abandonado de al lado, y con grandísima dificultad me llevó de vuelta a la posada. Yo no estaba en condiciones de dar explicaciones y Brown no sabe una palabra de alemán; pero a la mañana siguiente le conté a la gente una historia sobre una mala caída en las ruinas de la abadía, que supongo que creyeron. Y ahora, antes de continuar, quisiera que oyeras lo que Brown experimentó durante esos pocos minutos. Cuéntale al rector, Brown, lo que me contaste a mí.
—Bueno, señor —dijo Brown, hablando en voz baja y con nerviosismo—, la cosa fue así. El amo estaba ocupado abajo frente al bujero, y yo estaba aguantando la linterna y mirando, cuando me pareció oír que caía algo al agua desde arriba. Así que miré pa arriba y vi la cabeza de alguien que se asomaba a mirarnos. Supongo que debí de decir algo, y alcé la luz y subí corriendo los escalones, y la luz le dio de lleno en la cara. ¡Ese sí que era malo, señor, de los peores que he visto! Un hombre ya viejo, y con la cara muy hundida, y como riéndose, me pareció a mí. Y subí los escalones casi tan aprisa como se lo estoy contando, y cuando salí al terreno no había ni rastro de nadie. No había habido tiempo para que nadie escapara, y menos un viejo, y me aseguré de que no estuviera agazapado junto al pozo, ni nada de nada. Lo siguiente fue oír al amo dar un grito horrible, y to lo que vi fue a él colgando de la cuerda y, como dice el amo, cómo logré subirlo no sabría decírselo.
—¿Oyes eso, Gregory? —dijo el señor Somerton—. Y ahora, ¿se te ocurre alguna explicación para ese incidente?
—Todo el asunto es tan espantoso y anormal que debo confesar que me desconcierta por completo; pero se me ocurrió la idea de que posiblemente la... bueno, la persona que preparó la trampa hubiera venido a ver el éxito de su plan.
—Exacto, Gregory, exacto. No se me ocurre ninguna otra cosa tan... verosímil, debería decir, si tal palabra tuviera cabida en mi relato. Creo que debió de ser el abad... En fin, no tengo mucho más que contarte. Pasé una noche espantosa, con Brown velando a mi lado. Al día siguiente no estaba mejor: incapaz de levantarme, sin un médico al que recurrir; y, de haber habido alguno disponible, dudo que hubiera podido hacer gran cosa por mí. Hice que Brown te escribiera y pasé una segunda noche terrible. Y de esto estoy seguro, Gregory, y creo que me afectó más que la primera impresión, pues duró más: hubo alguien o algo vigilando fuera de mi puerta durante toda la noche. Casi juraría que eran dos. No fueron solo los leves ruidos que oí de vez en cuando a lo largo de las horas oscuras, sino el olor: el espantoso olor a moho. Cada trapo que llevaba puesto aquella primera noche me lo quité e hice que Brown se lo llevara. Creo que metió las prendas en la estufa de su cuarto; y, aun así, el hedor seguía allí, tan intenso como lo había sido en el pozo; y, lo que es más, venía de fuera de la puerta. Pero con las primeras luces del alba se desvaneció, y los ruidos también cesaron; y eso me convenció de que la cosa o cosas eran criaturas de la oscuridad, y no soportaban la luz del día; por lo que tuve la certeza de que, si alguien conseguía volver a poner la losa, quedaría o quedarían impotentes hasta que otro la moviese de nuevo. Tuve que esperar a que vinieras para poder hacerlo. Por supuesto, no podía mandar a Brown a hacerlo solo, y mucho menos decírselo a nadie de este lugar.
—Bueno, esa es mi historia; y, si no me crees, nada puedo hacer. Pero creo que sí me crees.
—En efecto —dijo el señor Gregory—, no veo otra alternativa. ¡Tengo que creerlo! Yo mismo vi el pozo y la piedra, y alcancé a vislumbrar, me pareció, las bolsas u otra cosa en el agujero. Y, para serte sincero, Somerton, creo que anoche mi puerta también estuvo vigilada.
—Seguro que sí, Gregory; pero, gracias a Dios, ya ha pasado. A propósito, ¿tienes algo que contar sobre tu visita a ese lugar espantoso?
—Muy poco —fue la respuesta—. Brown y yo logramos encajar la losa en su sitio con bastante facilidad; él la aseguró con gran firmeza con los hierros y cuñas que le habías encargado traer, y nos las ingeniamos para embadurnar la superficie con barro para que pareciese exactamente igual que el resto del muro. Una cosa sí noté en la talla del brocal, que creo que debió de pasársete por alto. Era una figura horrible y grotesca, quizá más parecida a un sapo que a ninguna otra cosa, y a su lado había una cartela con dos palabras inscritas: «Depositum custodi».
—«Guarda lo que se te ha encomendado».
Fin del Episodio 18 · de 18
El tesoro del abad Thomas · V
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