Número 13 · II
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Al final se eligió el número 12. Al igual que sus vecinas, tenía tres ventanas, todas a un lado de la habitación; era bastante alta e inusualmente larga. No había chimenea, por supuesto, pero la estufa era hermosa y bastante antigua: una estructura de hierro fundido en cuyo costado había una representación de Abraham sacrificando a Isaac, y encima la inscripción «1 Bog Mose, Cap. 22». Nada más en la habitación resultaba destacable; el único cuadro interesante era un viejo grabado coloreado de la ciudad, de hacia 1820.
Se acercaba la hora de la cena, pero cuando Anderson, refrescado por las abluciones de rigor, bajó la escalera, faltaban aún unos minutos para que sonara la campana. Los dedicó a examinar la lista de sus compañeros de hospedaje. Como es habitual en Dinamarca, sus nombres figuraban en una gran pizarra, dividida en columnas y renglones, con los números de las habitaciones pintados al principio de cada línea. La lista no resultaba emocionante. Había un procurador, o Sagförer, un alemán y algunos viajantes de comercio de Copenhague. El único punto que daba pie a la reflexión era la ausencia del número 13 en el cómputo de las habitaciones, e incluso esto era algo que Anderson ya había advertido media docena de veces en su experiencia por hoteles daneses. No pudo evitar preguntarse si la aversión a ese número en concreto, por común que fuese, estaba tan extendida y arraigada como para dificultar el alquiler de una habitación así rotulada, y resolvió preguntar al posadero si él y sus colegas de profesión se habían topado en verdad con muchos clientes que se negasen a alojarse en la decimotercera habitación.
Nada tuvo que contarme (refiero la historia tal como se la oí a él) sobre lo acontecido en la cena, y la velada, que pasó desempacando y ordenando ropa, libros y papeles, no fue más memorable. Hacia las once resolvió acostarse, pero para él, como para no pocas personas hoy en día, un preliminar casi indispensable para meterse en la cama, si pretendía conciliar el sueño, era la lectura de unas cuantas páginas impresas; y se acordó entonces de que el libro en particular que había estado leyendo en el tren, y el único que le satisfaría en aquel preciso instante, se encontraba en el bolsillo de su gabán, colgado a la sazón de una percha fuera del comedor.
Bajar a recogerlo fue cuestión de un momento, y como los pasillos distaban de estar a oscuras, no le costó desandar el camino hasta su propia puerta. O al menos eso creyó; pero cuando llegó ante ella y accionó el picaporte, la puerta se negó en redondo a abrirse, y percibió el rumor de un movimiento presuroso hacia ella desde el interior. Se había equivocado de puerta, desde luego. ¿Estaba su habitación a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era el 13. Su cuarto debía de estar a la izquierda; y así era. Y solo después de llevar unos minutos en la cama, de haber leído las tres o cuatro páginas de rigor de su libro, apagado la luz y vuelto de costado para dormirse, cayó en la cuenta de que, si bien en la pizarra del hotel no figuraba ningún número 13, en el hotel había, sin lugar a dudas, una habitación con el número 13. Lamentó un tanto no haberla escogido para sí. Quizás habría podido hacerle un pequeño favor al posadero ocupándola, y darle la ocasión de decir que un distinguido caballero inglés había residido en ella durante tres semanas y quedado muy complacido. Pero probablemente se usaba como cuarto de criados o algo por el estilo. Después de todo, lo más seguro es que no fuese una habitación tan grande ni tan buena como la suya. Y miró con somnolencia alrededor del cuarto, que se distinguía bastante bien a la media luz de la farola de la calle. Era un efecto curioso, pensó. Las habitaciones suelen parecer más grandes con luz tenue que a plena luz, pero esta parecía haberse contraído a lo largo y crecido proporcionalmente a lo alto. En fin, ¡dormir era más importante que aquellas vagas cavilaciones! Y se quedó dormido.
Al día siguiente de su llegada, Anderson acometió el Rigsarkiv de Viborg. Fue acogido, como cabía esperar en Dinamarca, con amabilidad, y se le facilitó al máximo el acceso a todo lo que deseaba consultar. Los documentos que pusieron ante él fueron mucho más numerosos e interesantes de lo que jamás había anticipado. Además de papeles oficiales, había un voluminoso legajo de correspondencia relativo al obispo Jörgen Friis, el último católico que ocupó la sede, y en ellos afloraban muchos detalles divertidos y de los llamados «íntimos» de la vida privada y del carácter individual. Se hablaba mucho de una casa propiedad del obispo en la ciudad, aunque no habitada por él. Su inquilino era, al parecer, motivo de no poco escándalo y piedra de tropiezo para los partidarios de la Reforma. Era una deshonra para la ciudad, escribían; practicaba artes secretas y perversas, y había vendido su alma al enemigo. Encajaba a la perfección con la burda corrupción y superstición de la Iglesia babilónica que semejante víbora y sanguinario Troldmand contara con el patrocinio y amparo del obispo. El prelado respondió con audacia a tales reproches: protestó de su propia aversión hacia todo lo que fuesen artes secretas, y exigió a sus antagonistas que llevaran el asunto ante el tribunal competente —por supuesto, el tribunal eclesiástico— y lo investigaran a fondo. Nadie estaría más dispuesto y presto que él a condenar a Mag Nicolas Francken si las pruebas demostraban que había incurrido en alguno de los delitos que informalmente se le imputaban.
Anderson no tuvo tiempo de hacer más que echar un vistazo a la siguiente carta del líder protestante, Rasmus Nielsen, antes de que el archivo cerrase por ese día, pero captó su tenor general, que venía a decir que los cristianos ya no estaban sujetos a las decisiones de los obispos de Roma, y que el tribunal episcopal no era, ni podía ser, un tribunal idóneo o competente para juzgar una causa tan grave y de tanto peso.
Al salir del archivo, el señor Anderson fue acompañado por el anciano caballero que lo presidía y, mientras caminaban, la conversación derivó con toda naturalidad hacia los papeles de los que acabo de hablar.
Herr Scavenius, el archivero de Viborg, aunque estaba muy bien informado acerca del fondo general de los documentos a su cargo, no era un especialista en los del periodo de la Reforma. Mostró gran interés por lo que Anderson le refirió al respecto. Esperaba con sumo agrado, dijo, ver la publicación en la que el señor Anderson pensaba plasmar su contenido. —Esta casa del obispo Friis —añadió— es para mí un gran misterio dónde pudo levantarse. He estudiado con detenimiento la topografía de la vieja Viborg, pero es una verdadera lástima: del viejo apeo de las propiedades del obispo confeccionado en 1560, y del cual poseemos la mayor parte en el Arkiv, falta precisamente la parte que contenía la relación de las fincas urbanas. No importa. Quizá algún día consiga dar con él.
Tras hacer algo de ejercicio —olvido con exactitud de qué clase o adónde—, Anderson regresó al León de Oro, a su cena, a su partida de solitario y a su cama. Camino de su habitación, se le ocurrió que había olvidado hablar con el hostelero sobre la omisión del número 13 en el tablero del hotel, y también que más le valía cerciorarse de que el número 13 existía de verdad antes de hacer mención alguna del asunto.
No fue difícil llegar a una decisión. Allí estaba la puerta con su número bien visible, y era evidente que adentro se llevaba a cabo algún tipo de labor, pues al acercarse a la puerta pudo oír pasos y voces, o una voz, en el interior. Durante los pocos segundos en que se detuvo para asegurarse del número, los pasos cesaron, aparentemente muy cerca de la puerta, y se sobresaltó un poco al oír una respiración rápida y sibilante, como de alguien presa de una gran agitación. Continuó hacia su propia habitación, y de nuevo le sorprendió comprobar lo mucho más pequeña que parecía ahora en comparación con cuando la había elegido. Fue una ligera decepción, pero solo ligera. Si realmente le resultaba insuficiente de tamaño, podría cambiarse a otra con toda facilidad. Entretanto, necesitaba algo —por lo que recuerdo, era un pañuelo— de su maleta, que el mozo había colocado sobre un caballete o banqueta harto inadecuado contra la pared, en el extremo de la habitación más alejado de su cama. Pero he aquí algo muy curioso: la maleta no se veía por ninguna parte. Algún criado oficioso la había cambiado de sitio; sin duda habían guardado el contenido en el armario. No, allí no había nada. Esto resultaba enojoso. La idea de un robo la descartó al instante. Cosas semejantes rara vez suceden en Dinamarca, pero sin duda se había cometido alguna estupidez (lo cual no es tan infrecuente), y habría que hablarle con severidad a la stuepige. Fuera lo que fuese lo que necesitaba, no era tan indispensable para su comodidad como para no poder esperar hasta la mañana, por lo que decidió no llamar al timbre y no molestar a los criados. Se acercó a la ventana —a la de la derecha— y miró hacia la calle silenciosa. Enfrente se alzaba un edificio alto, con grandes lienzos de muro ciego; ningún transeúnte; una noche oscura; y bien poco que ver de ninguna clase.
La luz le quedaba a la espalda, y podía ver su propia sombra claramente proyectada en la pared de enfrente. También la sombra del hombre barbudo del número 11, a la izquierda, que pasó de un lado a otro en mangas de camisa un par de veces, y a quien se vio primero cepillándose el pelo, y más tarde en camisón de dormir. También la sombra del ocupante del número 13, a la derecha. Esto podía resultar más interesante. El número 13 estaba, como él, apoyado de codos en el alféizar de la ventana mirando hacia la calle. Parecía ser un hombre alto y delgado —¿o acaso se trataba de una mujer?—; al menos, era alguien que se cubría la cabeza con una especie de tela antes de acostarse y que, pensó él, debía de poseer una pantalla de lámpara roja... y la lámpara debía de parpadear mucho. Había un claro vaivén de oscilación de una luz roja y apagada sobre la pared de enfrente. Se asomó un poco para ver si lograba distinguir algo más de la figura, pero aparte de un pliegue de alguna tela ligera, quizá blanca, sobre el alféizar, no pudo ver nada.
En eso se oyó un paso lejano en la calle, y su proximidad pareció devolver al número 13 la conciencia de su posición expuesta, pues muy rápida y repentinamente se apartó de la ventana, y su luz roja se apagó. Anderson, que había estado fumando un cigarrillo, dejó la colilla en el alféizar y se fue a la cama.
A la mañana siguiente lo despertó la stuepige con agua caliente, etcétera. Se despabiló y, tras reflexionar sobre las palabras correctas en danés, dijo con la mayor claridad posible:
—No debe mover mi maleta. ¿Dónde está?
Como suele ocurrir, la criada se echó a reír y se marchó sin dar una respuesta clara.
Anderson, bastante irritado, se incorporó en la cama con la intención de llamarla de nuevo, pero se quedó sentado, mirando fijamente hacia adelante. Allí estaba su maleta sobre el caballete, exactamente donde había visto colocarla al mozo cuando llegó por primera vez. Aquello fue un duro golpe para un hombre que se jactaba de su agudeza de observación. Cómo había podido pasársele por alto la noche anterior era algo que ni siquiera pretendía comprender; en cualquier caso, allí estaba ahora.
La luz del día reveló más cosas aparte de la maleta: dejó al descubierto las verdaderas proporciones de la habitación, con sus tres ventanas, y dejó satisfecho a su inquilino de que, después de todo, su elección no había sido mala. Cuando estuvo casi vestido, se acercó a la ventana central de las tres para mirar qué tiempo hacía. Otra sorpresa desagradable le aguardaba. Extrañamente poco observador debió de haber sido la noche anterior. Habría podido jurar diez veces seguidas que había estado fumando en la ventana de la derecha justo antes de acostarse, y allí estaba la colilla de su cigarrillo, en el alféizar de la ventana del medio.
Se dispuso a bajar a desayunar. Era algo tarde, pero el número 13 se retrasaba aún más: allí estaban todavía sus botas fuera de su puerta; botas de caballero. De modo que el número 13 era un hombre, no una mujer. En ese instante vio el número de la puerta. Era el 14. Pensó que debía de haber pasado por delante del número 13 sin fijarse. Tres equivocaciones estúpidas en doce horas eran demasiado para un hombre metódico y de mente precisa, de modo que retrocedió para asegurarse. El número contiguo al 14 era el número 12, su propia habitación. No había ningún número 13.
Tras dedicar unos minutos a un minucioso repaso de todo lo que había comido y bebido durante las últimas veinticuatro horas, Anderson decidió dar el asunto por zanjado. Si sus ojos o su cerebro le estaban fallando, ya tendría sobradas ocasiones de comprobarlo; y si no, era evidente que estaba presenciando una experiencia harto interesante. En cualquiera de los dos casos, el desarrollo de los acontecimientos sin duda valdría la pena observarlo.
A lo largo del día continuó con el examen de la correspondencia episcopal que ya he resumido. Para su decepción, estaba incompleta. Solo pudo hallarse otra carta que hiciese referencia al asunto de Mag Nicolas Francken. Era del obispo Jörgen Friis a Rasmus Nielsen. Decía así:
—Si bien no estamos inclinados en lo más mínimo a asentir a vuestro juicio concerniente a nuestra corte, y estaremos dispuestos, si menester fuere, a resistiros hasta el extremo a tal respecto, no obstante, por cuanto nuestro leal y bienamado Mag Nicolas Francken, contra quien habéis osado formular ciertas falsas y maliciosas acusaciones, ha sido repentinamente apartado de entre nosotros, es patente que la cuestión por esta vez decae. Mas por cuanto además alegáis que el apóstol y evangelista san Juan en su celestial Apocalipsis describe a la Santa Iglesia Romana bajo la apariencia y símbolo de la Mujer Escarlata, séate notorio...—, etcétera.
Por más que buscó, Anderson no pudo hallar continuación alguna a esta carta ni pista sobre la causa o la manera del «apartamiento» del casus belli. Solo cabía suponer que Francken había muerto de improviso; y como solo mediaban dos días entre la fecha de la última carta de Nielsen —cuando Francken evidentemente aún vivía— y la de la carta del obispo, el fallecimiento debió de haber sido por completo inesperado.
Por la tarde hizo una breve visita a Hald y tomó el té en Baekkelund; y no pudo notar, aunque se hallaba en un estado de ánimo algo nervioso, ningún indicio de aquel fallo de la vista o del cerebro que sus experiencias de la mañana le habían hecho temer.
Durante la cena se encontró sentado junto al dueño del hotel.
—¿Cuál es la razón —le preguntó tras una conversación trivial— de que en la mayoría de los hoteles que se visitan en este país se omita el número trece de la lista de habitaciones? Veo que aquí no tienen ninguna.
El dueño pareció divertirse.
—¡Pensar que se haya fijado usted en una cosa así! A decir verdad, yo mismo he pensado en ello alguna que otra vez. Un hombre instruido —me he dicho— no tiene por qué andar con esas nociones supersticiosas. Yo mismo me eduqué aquí, en el instituto de Viborg, y nuestro viejo maestro siempre fue un hombre opuesto por completo a cualquier cosa de esa clase. Lleva ya muchos años muerto —era un hombre cabal y respetable, tan hábil con las manos como con la cabeza—. Me acuerdo de nosotros, los muchachos, un día de nieve...—
Fin del Episodio 8 · de 18
Número 13 · II
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