El fresno (final) y Número 13
~14 min · 2708 palabras
Bien, sir Richard —dijo ella—, ya sabe usted que no hay más que una habitación semejante en toda la casa.
—¿Y cuál puede ser? —preguntó sir Richard.
—Pues la de sir Matthew: la Cámara del Oeste.
—Pues ponedme allí, porque allí dormiré esta noche —dijo su amo—. ¿Por dónde se va? Por aquí, desde luego —y se marchó a toda prisa.
—¡Ay, sir Richard, pero si nadie ha dormido allí en estos cuarenta años! Apenas si se ha renovado el aire desde que sir Matthew murió en ella.
Así habló ella, y le siguió con un frufrú de faldas.
—Vamos, abra la puerta, señora Chiddock. Al menos veré la estancia.
Así se hizo, y, en verdad, el olor era sumamente cerrado y terroso. Sir Richard cruzó hacia la ventana y, con su acostumbrada impaciencia, descorrió los postigos y abrió la ventana de par en par. Pues aquel extremo de la casa era uno de los que las reformas apenas habían tocado, cubierto como estaba por el gran fresno y oculto, por lo demás, a la vista.
—Ventílela, señora Chiddock, durante todo el día de hoy, y traslade las ropas de mi cama por la tarde. Aloje al obispo de Kilmore en mi antiguo cuarto.
—Le ruego, sir Richard —dijo una voz nueva, interrumpiendo estas palabras—, ¿me concedería el favor de hablar un momento?
Sir Richard se volvió y vio en el vano de la puerta a un hombre vestido de negro, que se inclinó.
—Debo rogar su indulgencia por esta intromisión, sir Richard. Quizá apenas se acuerde de mí. Me llamo William Crome, y mi abuelo fue vicario aquí en tiempos de su abuelo.
—Bien, señor —dijo sir Richard—, el nombre de Crome es siempre un pasaporte para Castringham. Me alegra renovar una amistad de dos generaciones. ¿En qué puedo servirle? Pues la hora de su visita —y, si no me equivoco, su porte— revelan que tiene cierta prisa.
—No es sino la pura verdad, señor. Cabalgo desde Norwich hacia Bury St Edmunds con cuanta prisa puedo darme, y he pasado de camino para dejarle unos papeles con los que acabamos de tropezar al examinar lo que mi abuelo dejó al morir. Se cree que podría hallar en ellos algunos asuntos de interés familiar.
—Es usted sumamente amable, señor Crome, y, si tiene a bien acompañarme al salón y beber una copa de vino, echaremos juntos un primer vistazo a esos mismos papeles. Y usted, señora Chiddock, como le he dicho, ocúpese de ventilar esta estancia... Sí, aquí fue donde murió mi abuelo... Sí, el árbol, tal vez, hace que el lugar sea un poco húmedo... No; no deseo oír más. No ponga dificultades, se lo ruego. Ya tiene sus órdenes: váyase. ¿Me acompaña, señor?
Pasaron al despacho. El paquete que había traído el joven señor Crome —acababa de obtener entonces una plaza de fellow en el Clare Hall de Cambridge, debo decir, y con posterioridad publicó una respetable edición de Polieno— contenía, entre otras cosas, las notas que el viejo vicario había tomado con ocasión de la muerte de sir Matthew Fell. Y por primera vez sir Richard se encontró con las enigmáticas Sortes Biblicæ de las que ya habéis tenido noticia. Le divirtieron bastante.
—Vaya —dijo—, la Biblia de mi abuelo daba un consejo prudente: Córtalo. Si se refiere al fresno, bien puede estar seguro de que no lo descuidaré. Jamás se ha visto semejante nido de catarros y fiebres.
El salón albergaba los libros familiares, que, a la espera de la llegada de una colección que sir Richard había reunido en Italia y de la construcción de una estancia apropiada para acogerlos, no eran muy numerosos.
Sir Richard levantó la mirada del papel hacia la librería.
—Me pregunto —dijo— si seguirá allí el viejo profeta. Me parece verlo.
Cruzando la estancia, sacó una Biblia rechoncha que, en efecto, llevaba en la guarda la inscripción: «A Matthew Fell, de su afectuosa madrina, Anne Aldous, 2 de septiembre de 1659».
—No sería mal plan ponerlo a prueba de nuevo, señor Crome. Me apuesto a que nos salen un par de nombres de las Crónicas. ¡Mmm! ¿Qué tenemos aquí? «Me buscarás por la mañana, y ya no seré». ¡Vaya, vaya! Su abuelo habría sacado de ahí un magnífico presagio, ¿eh? ¡Se acabaron los profetas para mí! Todos cuentan la misma patraña. Y ahora, señor Crome, le estoy infinitamente agradecido por su paquete. Temo que esté impaciente por proseguir su camino. Le ruego que me permita... otra copa.
Así, con ofrecimientos de hospitalidad del todo sinceros (pues sir Richard tuvo en buena estima el porte y los modales del joven), se despidieron.
Por la tarde llegaron los invitados: el obispo de Kilmore, lady Mary Hervey, sir William Kentfield, etc. Comida a las cinco, vino, cartas, cena y retirada a la cama.
A la mañana siguiente, sir Richard no se siente inclinado a coger la escopeta con los demás. Conversa con el obispo de Kilmore. Este prelado, a diferencia de no pocos obispos irlandeses de su época, había visitado su sede y, de hecho, había residido en ella durante un tiempo considerable. Aquella mañana, mientras los dos paseaban por la terraza charlando sobre las reformas y mejoras de la casa, dijo el obispo, señalando la ventana de la Habitación del Oeste:
—Jamás conseguiría usted que una sola oveja de mi grey irlandesa ocupase esa habitación, sir Richard.
—¿Por qué razón, señor mío? En realidad, es la mía propia.
—Pues bien, nuestros campesinos irlandeses sostienen sin excepción que trae la peor de las suertes dormir cerca de un fresno, y usted tiene un fresno de hermoso porte a no dos varas de la ventana de su dormitorio. Quizá —prosiguió el obispo con una sonrisa— ya le haya dado una muestra de sus cualidades, pues no parece usted, si se me permite decirlo, tan descansado por el reposo nocturno como a sus amigos les gustaría verle.
—Eso, o alguna otra cosa, a decir verdad, me costó el sueño desde las doce hasta las cuatro, señor mío. Pero el árbol se talará mañana, de modo que no volveré a saber mucho de él.
—Aplaudo su determinación. Difícilmente puede ser saludable que el aire que se respira pase filtrado, por así decirlo, a través de todo ese follaje.
—En eso tiene razón vuestra señoría, me parece a mí. Pero anoche no tuve la ventana abierta. Fue más bien el ruido incesante —sin duda de las ramillas al rozar el cristal— lo que me mantuvo desvelado.
—Me parece que difícilmente pudo ser eso, sir Richard. Mire: desde este punto se ve. Ninguna de estas ramas más próximas puede siquiera tocar su ventana a menos que hubiese un vendaval, y anoche nada de eso hubo. Quedan a un pie de los cristales.
—No, señor, es verdad. ¿Qué habrá sido entonces, me pregunto, lo que arañaba y hacía tal frufrú... sí, y cubrió de rayas y marcas el polvo de mi alféizar?
Al final convinieron en que las ratas debían de haber trepado por la hiedra. Aquella fue la idea del obispo, y sir Richard se aferró a ella de inmediato.
Así transcurrió el día apaciblemente, y llegó la noche, y los invitados se retiraron a sus cuartos y le desearon a sir Richard una noche mejor.
Y ahora nos hallamos en su dormitorio, con la luz apagada y el hidalgo en la cama. La habitación está sobre la cocina, y afuera la noche es tibia y serena, de modo que la ventana permanece abierta.
Apenas hay luz en torno al lecho, pero se advierte allí un extraño movimiento; parece como si sir Richard moviese la cabeza con rapidez de un lado a otro con apenas el menor rumor imaginable. Y ahora uno diría, tan engañosa es la penumbra, que tuviera varias cabezas, redondas y parduzcas, que se mueven adelante y atrás, incluso tan abajo como su pecho. Es una ilusión espantosa. ¿No es más que eso? ¡Ahí! Algo cae de la cama con un golpe sordo y blando, como un gatito, y sale por la ventana en un relámpago; otro... cuatro... y después de eso vuelve la calma.
—Me buscarás por la mañana, y ya no seré.
Como le ocurrió a sir Matthew, así le sucedió a sir Richard: ¡muerto y negro en su cama!
Un grupo pálido y silencioso de invitados y sirvientes se congregó bajo la ventana cuando se supo la noticia. Envenenadores italianos, emisarios papistas, aire infectado: se aventuraron todas estas conjeturas y más, mientras el obispo de Kilmore miraba hacia el árbol, en cuya horqueta de las ramas más bajas estaba agazapado un gato blanco, que miraba hacia el hueco que los años habían roído en el tronco. Observaba algo en el interior del árbol con gran interés.
De repente se incorporó y alargó el cuello sobre el agujero. Luego, un trozo del borde sobre el que se apoyaba cedió, y el animal se deslizó adentro. Todos levantaron la vista ante el ruido de la caída.
La mayoría de nosotros sabemos que un gato puede gemir; pero pocos, confío, habrán oído un alarido semejante al que salió del tronco del gran fresno. Fueron dos o tres chillidos —los testigos no están seguros de cuántos—, y luego todo lo que se oyó fue un leve y amortiguado ruido de agitación o forcejeo. Pero lady Mary Hervey se desmayó en el acto, y el ama de llaves se tapó los oídos y huyó hasta desplomarse en la terraza.
El obispo de Kilmore y sir William Kentfield permanecieron allí. Sin embargo, aun ellos estaban amedrentados, aunque no hubiera sido más que el grito de un gato; y sir William tragó saliva una o dos veces antes de poder decir:
—Hay algo en ese árbol que ignoramos, ilustrísima. Soy partidario de registrarlo de inmediato.
Y así se acordó. Trajeron una escalera de mano, y uno de los jardineros subió y, al asomarse al hueco, no pudo advertir más que unos tenues indicios de algo que se movía. Consiguieron un farol y lo bajaron con una cuerda.
—Debemos llegar al fondo de esto. Me juego la vida, ilustrísima, a que el secreto de estas terribles muertes se halla ahí dentro.
Subió de nuevo el jardinero con el farol y lo introdujo con cautela por el hueco. Vieron la luz amarilla sobre su rostro cuando se inclinó, y vieron su semblante mudarse de súbito en un incrédulo pavor y repugnancia antes de soltar un grito espantoso y caer hacia atrás de la escalera —donde, por fortuna, lo atajaron dos de los hombres—, dejando caer el farol dentro del árbol.
Estaba profundamente desmayado, y pasó algún tiempo antes de que se le pudiera sacar una sola palabra.
Para entonces tuvieron otra cosa a la que atender. El farol debió de romperse en el fondo, y su llama prendió en las hojas secas y desperdicios que allí yacían, pues a los pocos minutos empezó a subir un denso humo, y luego llamas; y, para abreviar, el árbol quedó envuelto en fuego.
Los presentes formaron un círculo a unos cuantos metros de distancia, y sir William y el obispo enviaron a algunos hombres en busca de cuantas armas y herramientas pudieran hallar; pues, con claridad, fuese lo que fuese lo que usara el árbol como guarida, se vería forzado a salir por el fuego.
Y así fue. Primero, en la horqueta, vieron un cuerpo redondo envuelto en fuego —del tamaño de la cabeza de un hombre— aparecer de improviso, para luego parecer desplomarse y caer de nuevo hacia dentro. Esto ocurrió cinco o seis veces; luego una bola semejante saltó por los aires y cayó sobre la hierba, donde al cabo de un instante quedó inmóvil. El obispo se acercó tanto como se atrevió y vio... ¡nada menos que los restos de una araña enorme, venosa y chamuscada! Y, a medida que el fuego ardía más abajo, empezaron a brotar del tronco más cuerpos terribles como este, y se vio que estaban cubiertos de un vello grisáceo.
Todo aquel día ardió el fresno, y hasta que se derrumbó en pedazos los hombres permanecieron apostados a su alrededor, matando de vez en cuando a las alimañas a medida que salían disparadas. Por fin hubo un largo intervalo en que no asomó ninguna, y con cautela se aproximaron y examinaron las raíces del árbol.
—Hallaron —dice el obispo de Kilmore— bajo él un hueco redondeado en la tierra, en el cual se encontraban dos o tres cuerpos de estas criaturas que con toda evidencia habían sido asfixiadas por el humo; y, lo que para mí resulta más curioso, al lado de esta guarida, contra la pared, se hallaba agazapada la anatomía o esqueleto de un ser humano, con la piel seca sobre los huesos, con algunos restos de pelo negro, el cual fue dictaminado por cuantos lo examinaron como indudablemente el cuerpo de una mujer, y a todas luces muerta desde hacía un período de cincuenta años.
NÚMERO 13
Entre las ciudades de Jutlandia, Viborg ocupa con justicia un lugar destacado. Es sede episcopal; posee una catedral hermosa pero casi enteramente nueva, un jardín encantador, un lago de gran belleza y abundantes cigüeñas. Cerca de allí se halla Hald, considerado uno de los lugares más bellos de Dinamarca; y no muy lejos está Finderup, donde Marsk Stig asesinó al rey Erik Glipping el día de Santa Cecilia del año 1286. Cincuenta y seis golpes de mazas de hierro de cabeza cuadrada pudieron contarse en el cráneo de Erik cuando se abrió su tumba en el siglo XVII. Pero no estoy escribiendo una guía de viajes.
Hay buenos hoteles en Viborg: el Preisler y el Phœnix son todo cuanto cabe desear. Pero mi primo, cuyas experiencias he de referirles ahora, fue al León de Oro la primera vez que visitó Viborg. No ha vuelto desde entonces, y las páginas siguientes explicarán, tal vez, la razón de su abstención.
El León de Oro es una de las poquísimas casas de la ciudad que no quedaron destruidas en el gran incendio de 1726, que prácticamente demolió la catedral, la Sognekirke, el Raadhuus y tantas otras cosas antiguas e interesantes. Es una gran casona de ladrillo rojo; esto es, la fachada es de ladrillo, con remates escalonados en los piñones y un texto sobre la puerta; pero el patio en el que entra el ómnibus es de madera y yeso en blanco y negro.
El sol declinaba en el firmamento cuando mi primo se acercó a la puerta, y la luz daba de lleno en la imponente fachada de la casa. Estaba encantado con el aire anticuado del lugar y se prometió una estancia enteramente satisfactoria y entretenida en una posada tan típica de la vieja Jutlandia.
No eran negocios en el sentido ordinario de la palabra lo que había llevado al señor Anderson a Viborg. Se hallaba ocupado en ciertas investigaciones sobre la historia eclesiástica de Dinamarca, y había llegado a su conocimiento que en el Rigsarkiv de Viborg se custodiaban documentos, salvados del fuego, relativos a los últimos días del catolicismo romano en el país. Se proponía, por tanto, pasar un tiempo considerable —acaso una quincena o tres semanas— examinándolos y copiándolos, y esperaba que el León de Oro pudiera proporcionarle una habitación de tamaño suficiente para servir a la vez de dormitorio y de estudio. Expuso sus deseos al posadero y este, tras reflexionar un momento, sugirió que tal vez lo mejor sería que el caballero viera una o dos de las habitaciones más grandes y escogiera él mismo. Parecía una buena idea.
La última planta se descartó pronto por suponer demasiadas escaleras que subir tras la jornada de trabajo; la segunda planta no contenía ninguna habitación de las dimensiones requeridas con exactitud; pero en la primera planta había una selección de dos o tres cuartos que, en lo concerniente al tamaño, convenían a las mil maravillas.
El posadero era muy partidario del número 17, pero el señor Anderson señaló que sus ventanas no daban más que a la pared ciega de la casa vecina y que resultaría muy oscura por la tarde. Tanto el número 12 como el número 14 serían mejores, pues ambos daban a la calle, y la clara luz vespertina y la hermosa vista compensarían con creces el ruido adicional.
Fin del Episodio 7 · de 18
El fresno (final) y Número 13
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.