Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 06

El fresno · II

~14 min · 2744 palabras

Castringham aportó una víctima al auto de fe. Señora Mothersole era su nombre, y solo se diferenciaba del común de las brujas de aldea por hallarse algo más desahogada de fortuna y gozar de una posición más influyente. Varios granjeros respetables de la parroquia hicieron esfuerzos por salvarla. Hicieron cuanto pudieron por dar testimonio de su buena conducta y mostraron no poca inquietud ante el veredicto del jurado.

Pero lo que parece haber sido fatal para la mujer fue el testimonio del entonces propietario de Castringham Hall: sir Matthew Fell. Declaró haberla observado desde su ventana en tres ocasiones distintas, en plenilunio, recogiendo ramitas «del fresno cercano a mi casa». Había trepado a las ramas, vestida tan solo con su camisa, y cortaba ramitas con un cuchillo de curiosa curvatura, y mientras lo hacía parecía hablar sola. En cada ocasión sir Matthew había hecho cuanto pudo por atrapar a la mujer, pero ella siempre se había alarmado ante algún ruido involuntario que él cometía, y todo lo que él alcanzaba a ver al bajar al jardín era una liebre que cruzaba a la carrera el sendero en dirección a la aldea.

La tercera noche se había tomado la molestia de seguirla a toda prisa, y se había dirigido derecho a la casa de la señora Mothersole; pero tuvo que aguardar un cuarto de hora aporreando su puerta, tras lo cual ella salió de muy mal humor y al parecer muy adormilada, como recién salida de la cama; y él no tenía ninguna buena explicación que ofrecer acerca de su visita.

Principalmente sobre la base de este testimonio, si bien hubo muchos otros menos llamativos y extraordinarios de otros feligreses, la señora Mothersole fue declarada culpable y condenada a muerte. Fue ahorcada una semana después del juicio, junto con otras cinco o seis desdichadas criaturas, en Bury St Edmunds.

Sir Matthew Fell, por entonces vicealguacil, estuvo presente en la ejecución. Era una húmeda y lloviznosa mañana de marzo cuando el carro subió por la colina de hierba áspera extramuros de Northgate, donde se alzaba la horca. Las demás víctimas estaban apáticas o quebrantadas por la desdicha; pero la señora Mothersole, así en la muerte como en la vida, fue de muy diferente temple. Su «ponzoñosa Ira», como consigna un cronista de la época, «obró de tal modo sobre los Circunstantes —sí, aun sobre el propio Verdugo— que cuantos la contemplaron afirmaron de consuno que ofrecía el viviente Aspecto de un Loco Demonio. Mas no opuso Resistencia alguna a los Oficiales de la Ley; únicamente miró a quienes le echaron Mano con un Aspecto tan funesto y ponzoñoso que —según uno de ellos me aseguró más tarde— el mero Pensamiento de ello atormentó sus Entrañas por Espacio de seis Meses».

Sin embargo, todo cuanto consta que dijo fueron las palabras, al parecer sin sentido: «Habrá huéspedes en la mansión». Que repitió más de una vez por lo bajo.

A sir Matthew Fell no le fue indiferente la actitud de la mujer. Conversó algo sobre el asunto con el vicario de su parroquia, con quien regresó a casa tras concluirse las sesiones judiciales. Su declaración en el juicio no la había prestado de muy buen grado; no estaba particularmente contagiado de la manía de cazar brujas, pero declaró, entonces y después, que no podía dar otra relación del asunto que la que había dado, y que le resultaba punto menos que imposible haberse equivocado en cuanto a lo que vio. Todo el procedimiento le había resultado repugnante, pues era hombre a quien complacía mantener un trato agradable con cuantos le rodeaban; pero vio un deber que cumplir en este asunto, y lo había cumplido. Tal parece haber sido el fondo de sus sentimientos, y el vicario lo aprobó, como cualquier hombre razonable habría hecho.

Pocas semanas después, en el plenilunio de mayo, el vicario y el hacendado volvieron a encontrarse en el parque y caminaron juntos hacia la mansión. Lady Fell se hallaba con su madre, que estaba gravemente enferma, y sir Matthew se encontraba solo en casa; de modo que el vicario, el señor Crome, se dejó convencer fácilmente de tomar una cena tardía en la mansión.

Sir Matthew no fue muy buena compañía aquella noche. La conversación versó principalmente sobre asuntos familiares y parroquiales y, quiso la suerte, sir Matthew redactó un memorando con ciertos deseos o intenciones suyas relativos a sus propiedades, que más adelante resultó sumamente útil.

Cuando el señor Crome pensó en partir hacia su casa, hacia las nueve y media, sir Matthew y él dieron un paseo preliminar por el sendero de grava en la parte posterior de la casa. El único incidente que llamó la atención del señor Crome fue este: se hallaban a la vista del fresno que he descrito como erigido cerca de las ventanas del edificio, cuando sir Matthew se detuvo y dijo:

—¿Qué es eso que sube y baja por el tronco del fresno? ¿No será una ardilla? Ya estarán todas en sus nidos a estas horas.

El vicario miró y vio a la criatura en movimiento, pero no pudo distinguir su color bajo la luz de la luna. Sin embargo, la silueta bien perfilada, vista por un instante, quedó grabada en su memoria, y habría jurado, según dijo, aunque sonara insensato, que, fuese ardilla o no, tenía más de cuatro patas.

Con todo, no había mucho que sacar de aquella visión fugaz, y los dos hombres se despidieron. Tal vez volvieran a verse desde entonces, pero no antes de que pasasen veinte años.

Al día siguiente sir Matthew Fell no bajó a las seis de la mañana, como era su costumbre, ni a las siete, ni tampoco a las ocho. Por lo cual los criados fueron a llamar a la puerta de su aposento. No necesito alargar la descripción de sus ansiosas escuchas y sus renovados golpes contra los paneles. La puerta fue abierta al fin desde fuera, y encontraron a su amo muerto y ennegrecido. Hasta aquí ya lo habrán adivinado. Que hubiese marcas de violencia no parecía apreciarse por el momento; pero la ventana estaba abierta.

Uno de los criados fue a buscar al párroco, y luego, siguiendo sus indicaciones, cabalgó a dar aviso al juez de instrucción. El propio señor Crome acudió tan presto como pudo a la mansión, y fue conducido a la estancia donde yacía el difunto. Entre sus papeles dejó algunas notas que demuestran cuán genuinos fueron el respeto y el dolor que se sentían por sir Matthew, y hay también este pasaje, que transcribo por la luz que arroja sobre el curso de los acontecimientos, y también sobre las creencias comunes de la época:

«No había el menor rastro de que se hubiese forzado la entrada a la cámara; pero la ventana estaba abierta, como mi pobre amigo siempre acostumbraba tenerla en esta estación. Tomaba por la noche su trago de cerveza floja en un vaso de plata de cerca de una pinta de cabida, y esta noche no se lo había terminado. Examinó esta bebida el médico de Bury, un tal señor Hodgkins, quien no pudo, empero, como después declaró bajo juramento ante la pesquisa del juez de instrucción, descubrir que en ella hubiese materia venenosa alguna. Pues, como era natural ante la gran hinchazón y negrura del cadáver, corrieron rumores de veneno entre los vecinos. El cuerpo estaba sumamente descompuesto al yacer en el lecho, hallándose retorcido de tan extremada suerte que daba sobrados indicios para conjeturar que mi digno amigo y bienhechor había expirado con gran dolor y agonía. Y lo que aún no tiene explicación, y que para mí es prueba de algún horrendo y artificioso designio en los autores de tan bárbaro asesinato, fue esto: que las mujeres a quienes se encomendó amortajar el cadáver y lavarlo, siendo ambas personas graves y muy respetadas en su luctuosa profesión, acudieron a mí con gran dolor y aflicción tanto de ánimo como de cuerpo, diciendo —lo cual se confirmó ciertamente a la primera vista— que apenas hubieron tocado el pecho del difunto con las manos desnudas, sintieron en las palmas un escozor y un dolor más que comúnmente violentos, los cuales, junto con los antebrazos enteros, en poco tiempo se les hincharon tan desmedidamente, sin que el dolor cesara, que, como después se comprobó, durante muchas semanas se vieron obligadas a abandonar el ejercicio de su oficio; y sin embargo, ninguna marca se apreciaba en la piel.

«Al oír esto, mandé llamar al médico, que aún se hallaba en la casa, e hicimos una comprobación tan minuciosa como nos fue posible con ayuda de una pequeña lente de aumento de cristal sobre el estado de la piel en esta parte del cuerpo; pero no pudimos descubrir con el instrumento del que disponíamos nada de consideración, salvo un par de pequeñas punciones o picaduras, que de inmediato dedujimos que eran los puntos por los cuales pudo haberse introducido el veneno, recordando aquel anillo del papa Borgia, junto con otros conocidos testimonios del horrendo arte de los envenenadores italianos del siglo pasado.

«Esto es cuanto cabe decir de los síntomas observados en el cadáver. En cuanto a lo que he de añadir, se trata meramente de mi propia experiencia, y queda a juicio de la posteridad determinar si hay en ella algo de valor. Había en la mesa junto al lecho una Biblia de pequeño formato, en la cual mi amigo —tan puntual en los asuntos de menor cuantía como en este de mayor peso— acostumbraba leer un pasaje señalado cada noche y al levantarse por primera vez. Y al tomarla yo —no sin tributar una lágrima a quien, del estudio de este pobre trasunto, había pasado ya a la contemplación de su excelso Original—, vino a mi pensamiento, como en tales instantes de desamparo somos propensos a aferrarnos al menor destello que prometa luz, hacer la prueba de esa antigua práctica, tenida por muchos por supersticiosa, de echar las Sortes; de la cual se hablaba entonces mucho a cuenta de un caso insigne: el de Su difunta Sacra Majestad el bendito mártir el rey Carlos y mi lord Falkland. Preciso es reconocer que mi tentativa no me deparó gran auxilio; con todo, dado que la causa y origen de estos espantosos sucesos acaso puedan investigarse en lo venidero, consigno aquí los resultados, por si sirvieran para señalar el verdadero rumbo del maleficio a un entendimiento más perspicaz que el mío.

«Hice, pues, tres ensayos, abriendo el Libro y poniendo el dedo sobre ciertas palabras: de las cuales salieron en la primera estas palabras, de Lucas xiii, 7: Córtala; en la segunda, Isaías xiii, 20: Nunca más será habitada; y en el tercer experimento, Job xxxix, 30: Sus polluelos también chupan la sangre».

Esto es todo lo que es menester citar de los papeles del señor Crome. Sir Matthew Fell fue debidamente amortajado y sepultado, y el sermón fúnebre que el señor Crome predicó el domingo siguiente se imprimió con el título de «El camino inescrutable; o el peligro de Inglaterra y las maliciosas maquinaciones del Anticristo», pues era parecer del vicario, al igual que la opinión más extendida en la comarca, que el terrateniente había sido víctima de un rebrote del complot papista.

Su hijo, sir Matthew segundo, le sucedió en el título y las posesiones. Y así termina el primer acto de la tragedia de Castringham. Conviene mencionar, aunque el hecho no cause sorpresa, que el nuevo baronet no ocupó la habitación en la que había muerto su padre. En verdad, nadie durmió en ella, salvo algún visitante ocasional, durante todo el tiempo que duró su posesión. Murió en 1735, y no encuentro que acontecimiento singular alguno marcase su mandato, salvo una mortandad curiosamente constante entre sus reses y el ganado en general, la cual mostró cierta tendencia a aumentar poco a poco con el paso del tiempo.

Quienes tengan interés en los pormenores hallarán una relación estadística en una carta dirigida a The Gentleman’s Magazine de 1772, que toma los datos de los propios papeles del baronet. Puso fin al mal al cabo mediante un expediente muy sencillo: el de encerrar a todos sus animales en cobertizos durante la noche y no tener ovejas en su parque. Pues había advertido que jamás sufría ataque alguno nada que pasara la noche a cubierto. Tras esto, la afección se limitó a las aves silvestres y a las piezas de caza. Mas como no disponemos de una buena relación de los síntomas, y como las vigilias nocturnas no arrojaron indicio alguno, no me detendré en lo que los campesinos de Suffolk llamaban el «mal de Castringham».

El segundo sir Matthew murió en 1735, como he dicho, y fue debidamente sucedido por su hijo, sir Richard. En su época fue cuando se construyó el gran banco familiar en el ala norte de la iglesia parroquial. Tan grandiosas eran las ideas del terrateniente que hubo que remover varias de las tumbas situadas en ese lado profano del edificio para satisfacer sus exigencias. Entre ellas figuraba la de la señora Mothersole, cuya posición se conocía con exactitud gracias a una nota en un plano de la iglesia y del camposanto, trazados ambos por el señor Crome.

Se despertó cierto interés en la aldea cuando se supo que la célebre bruja, de quien todavía se acordaban unos pocos, iba a ser exhumada. Y el sentimiento de sorpresa, y aun de inquietud, fue vivísimo cuando se comprobó que, aunque su ataúd estaba bastante entero e intacto, no quedaba en su interior el menor rastro de cuerpo, huesos o polvo. En verdad, se trata de un fenómeno curioso, pues en la época de su entierro ni se soñaba con gentes como los ladrones de cadáveres, y resulta difícil concebir motivo racional alguno para robar un cuerpo que no fuera para provecho de la sala de disección.

El incidente revivió por algún tiempo todas las historias de los juicios por brujería y de las hazañas de las brujas, aletargadas durante cuarenta años, y la orden de sir Richard de que se quemase el ataúd fue tenida por bastantes vecinos como una temeridad, si bien se cumplió puntualmente.

Sir Richard era, sin duda, un pernicioso innovador. Antes de sus días, la mansión había sido un hermoso edificio del ladrillo rojo más añejo; pero sir Richard había viajado por Italia y se había contagiado del gusto italiano, y, al disponer de más dinero que sus predecesores, resolvió dejar un palacio italiano donde había encontrado una casa inglesa. De modo que el estuco y la sillería enmascararon el ladrillo; se colocaron aquí y allá algunos mármoles romanos de escaso mérito en el vestíbulo y los jardines; se erigió una reproducción del templo de la Sibila de Tívoli en la orilla opuesta de la laguna; y Castringham adquirió un aspecto enteramente nuevo y, debo decir, menos atrayente. Pero fue muy admirada, y sirvió de modelo a no pocos hidalgos de los alrededores en los años sucesivos.

Una mañana (corría el año 1754), sir Richard se despertó tras una noche de incomodidades. Había hecho mucho viento y su chimenea no había dejado de humear; y, con todo, hacía tanto frío que no le quedaba más remedio que mantener el fuego encendido. Además, algo había traqueteado tanto junto a la ventana que a nadie le habría sido posible gozar de un instante de paz. Por añadidura, existía la perspectiva de que varios invitados de alcurnia llegaran a lo largo del día y esperasen alguna diversión cinegética, y los estragos del moquillo (que continuaba cebándose con sus piezas de caza) habían sido últimamente tan graves que temía por su reputación como conservador de caza. Pero lo que más de cerca le tocaba era el otro asunto de su noche de insomnio. Con toda certeza no podría volver a dormir en aquella habitación.

Ese fue el tema principal de sus meditaciones durante el desayuno y, tras este, emprendió un examen sistemático de las habitaciones para comprobar cuál se ajustaba mejor a sus preferencias. Pasó largo tiempo antes de que encontrara una. Esta tenía una ventana orientada al este y aquella otra al norte; por delante de esta puerta los criados estarían pasando sin cesar, y de aquella no le gustaba el armazón de la cama. No, debía ser una habitación con vistas a poniente, de suerte que el sol no pudiera despertarlo temprano, y debía hallarse apartada del ajetreo de la casa. El ama de llaves ya había agotado todos sus recursos.

Fin del Episodio 6 · de 18

El fresno · II

Siguiente Episodio 7~13 minEl fresno (final) y Número 13“—Ventílela, señora Chiddock, durante todo el día de hoy, y traslade las ropas de mi cama por la tarde.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.