Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 05

El grabado en mezzotinta (final) y El fresno

~14 min · 2741 palabras

—¿Pero qué hay de las figuras? —dijo Williams con marcado interés.

—No hay ninguna —dijo Nisbet—; pero...

—¡Cómo! ¿Ninguna figura sobre la hierba delante?

—Nada de nada.

—¿Lo juraría?

—Por supuesto. Pero hay otro detalle más.

—¿Cuál?

—Pues que una de las ventanas de la planta baja —a la izquierda de la puerta— está abierta.

—¿De verdad? ¡Santo cielo! Debe de haberse metido dentro —dijo Williams con gran agitación; y se apresuró a pasar tras el sofá en el que estaba sentado Nisbet y, arrebatándole el cuadro, comprobó el hecho por sí mismo.

Era totalmente cierto. No había figura alguna, y allí estaba la ventana abierta. Williams, tras un instante de mudo asombro, se dirigió a la mesa de escribir y garabateó unas líneas. Luego le llevó dos papeles a Nisbet, y le pidió primero que firmara uno —era su propia descripción del cuadro, la que acaban de oír— y después que leyera el otro, que era la declaración de Williams redactada la noche anterior.

—¿Qué puede significar todo esto? —dijo Nisbet.

—Exacto —dijo Williams—. Bueno, hay una cosa que debo hacer... o tres cosas, ahora que lo pienso. Debo enterarme por Garwood —este era el visitante de la noche anterior— de qué vio, y luego tengo que hacer fotografiar la cosa antes de que vaya a más, y después debo averiguar qué lugar es.

—Yo mismo puedo hacer la fotografía —dijo Nisbet—, y la haré. Pero, sabe usted, tiene todo el aspecto de que estuviéramos asistiendo al desarrollo de una tragedia en algún sitio. La cuestión es: ¿ha ocurrido ya, o está a punto de suceder? Debe usted averiguar qué lugar es. Sí —dijo, mirando de nuevo el cuadro—, supongo que tiene razón: ha entrado. Y, si no me equivoco, se va a armar la de Dios es Cristo en una de las habitaciones de arriba.

—Le diré lo que haré —dijo Williams—: le llevaré el cuadro al viejo Green (este era el miembro decano del colegio, que había sido ecónomo durante muchos años). Es muy probable que lo conozca. Tenemos propiedades en Essex y Sussex, y debe de haber recorrido mucho ambos condados en su época.

—Es muy probable —dijo Nisbet—; pero permítame sacar antes mi fotografía. Aunque mire, me parece que Green no está aquí hoy. Anoche no estuvo en la cena del comedor, y creo haberle oído decir que se marchaba a pasar el domingo fuera.

—Eso también es verdad —dijo Williams—; sé que se ha ido a Brighton. Bien, si le saca la foto ahora, yo me acercaré a ver a Garwood para tomar su declaración, y usted vigílelo mientras esté fuera. Empiezo a pensar que dos guineas no son un precio tan exorbitante por él, después de todo.

Al poco tiempo había regresado, trayendo consigo al señor Garwood. La declaración de Garwood venía a decir que la figura, cuando él la vio, ya se había apartado del borde del cuadro, pero no había avanzado mucho por el césped. Recordaba una marca blanca en la espalda de sus ropajes, pero no habría podido asegurar que fuese una cruz. Se redactó y firmó entonces un documento en tal sentido, y Nisbet procedió a fotografiar el cuadro.

—¿Y qué piensa hacer ahora? —dijo—. ¿Se va a quedar sentado vigilándolo todo el día?

—Pues no, creo que no —dijo Williams—. Más bien me imagino que estamos destinados a ver todo el asunto. Ya ve usted, entre el momento en que lo vi anoche y esta mañana hubo tiempo de sobra para que sucedieran muchas cosas, pero la criatura solo se metió en la casa. Fácilmente podría haber despachado su asunto en ese tiempo y haberse vuelto a su lugar de origen; pero el hecho de que la ventana esté abierta, creo yo, debe significar que está ahí dentro ahora. De modo que me quedo bastante tranquilo si lo dejo. Y, además, tengo la impresión de que apenas cambiará, si es que cambia, durante el día. Podríamos salir a dar un paseo esta tarde, y regresar a la hora del té, o cuando oscurezca. Lo dejaré aquí sobre la mesa y echaré la llave a la puerta exterior. Mi sirviente puede entrar, pero nadie más.

Los tres coincidieron en que aquel sería un buen plan; y, además, en que si pasaban la tarde juntos sería menos probable que hablaran del asunto con otras personas; pues cualquier rumor sobre semejante suceso atraería a toda la Sociedad Fasmatológica sobre sus cabezas.

Podemos concederles un respiro hasta las cinco en punto.

A esa hora, o cerca de ella, los tres subían por la escalera de Williams. Al principio les molestó un poco ver que la puerta exterior de sus habitaciones no estaba cerrada; pero enseguida recordaron que los domingos los criados venían a recibir órdenes una hora antes que los días de diario. Sin embargo, les aguardaba una sorpresa. Lo primero que vieron fue el cuadro apoyado contra un montón de libros sobre la mesa, tal como se había quedado, y lo siguiente fue al criado de Williams, sentado en una silla enfrente, contemplándolo con indisimulado horror. ¿A qué se debía aquello? El señor Filcher (el nombre no es invención mía) era un sirviente de considerable categoría, que marcaba la pauta de la etiqueta para todo su colegio y para varios de los vecinos, y nada podía ser más ajeno a su proceder que ser hallado sentado en la silla de su amo, o parecer fijarse de manera particular en los muebles o en los cuadros de este. En verdad, él mismo parecía ser consciente de ello. Se sobresaltó con violencia cuando los tres hombres entraron en la habitación, y se puso en pie con visible esfuerzo. Luego dijo:

—Le pido perdón, señor, por haberme tomado la libertá de sentarme.

—No tiene importancia, Robert —intervino el señor Williams—. Tenía intención de preguntarle en alguna ocasión qué opinaba de ese cuadro.

—Bueno, señor, desde luego yo no pongo mi opinión contra la de usted, pero no es el cuadro que yo colgaría donde mi chiquilla pudiera verlo, señor.

—¿No lo colgaría, Robert? ¿Por qué no?

—No, señor. Si es que la pobre criatura, me acuerdo una vez que vio una Biblia de Doré, con estampas que no eran ni la mitá de lo que es esa, y tuvimos que velarla tres o cuatro noches después, si me cree usted; y si llegara a ver a este esqueleto de aquí, o lo que sea, llevándose al pobre niño, le daría un sofoco. Ya sabe usted cómo son los niños; lo nerviosos que se ponen con cualquier pequeñez y todo eso. Pero lo que yo diría es que no parece un cuadro apropiado para dejarlo por ahí suelto, señor, no donde cualquiera que sea propenso a asustarse pueda tropezar con él. ¿Querrá usted alguna cosa esta noche, señor? Muchas gracias, señor.

Con estas palabras, el excelente hombre se marchó para continuar la ronda de sus amos, y pueden estar seguros de que los caballeros a quienes dejó no perdieron el tiempo en congregarse en torno al grabado. Allí estaba la casa, como antes, bajo la luna menguante y las nubes a la deriva. La ventana que había estado abierta estaba cerrada, y la figura se encontraba una vez más en el césped: pero esta vez no gateaba con cautela a cuatro patas. Ahora estaba erguida y avanzaba con presteza, a grandes zancadas, hacia el primer plano del cuadro. La luna quedaba a su espalda, y el negro ropaje le caía sobre el rostro, de suerte que solo se adivinaban sus rasgos, y lo poco visible hizo que los espectadores agradecieran profundamente no poder distinguir más que una frente blanca en forma de cúpula y unos pocos pelos ralos. Llevaba la cabeza inclinada hacia abajo, y los brazos apretaban con fuerza un bulto que a duras penas podía verse e identificarse como un niño, sin que fuera posible decir si vivo o muerto. Solo las piernas de la aparición podían distinguirse con claridad, y eran horriblemente delgadas.

Desde las cinco hasta las siete, los tres compañeros permanecieron sentados observando el cuadro por turnos. Pero no cambió en absoluto. Acordaron por fin que no habría peligro en dejarlo, y que regresarían después de la cena en el comedor para aguardar acontecimientos.

Cuando volvieron a reunirse, lo más pronto que les fue posible, el grabado estaba allí, pero la figura había desaparecido, y la casa descansaba en calma bajo los rayos de la luna. No quedaba más remedio que pasar la velada entre repertorios geográficos y guías de viaje. Al fin fue Williams el afortunado, y tal vez lo mereciera. A las once y media de la noche leyó en la Guía de Essex de Murray las siguientes líneas:

16 millas y media, Anningley. La iglesia fue un interesante edificio de época normanda, pero fue intensamente clasicizada en el siglo pasado. Alberga el sepulcro de la familia Francis, cuya mansión, Anningley Hall, una sólida casa de estilo reina Ana, se alza inmediatamente después del cementerio en un parque de unos ochenta acres. La familia se halla hoy extinguida, habiendo desaparecido misteriosamente en su infancia el último heredero en el año 1802. El padre, el señor Arthur Francis, era conocido en la comarca como un talentoso grabador aficionado al mezzotinto. Tras la desaparición de su hijo vivió en absoluto retiro en la mansión, y fue hallado muerto en su estudio en el tercer aniversario del desastre, justo después de haber concluido un grabado de la casa, cuyas estampas son de considerable rareza.

Aquello parecía prometedor y, en efecto, el señor Green, a su regreso, identificó de inmediato la casa como Anningley Hall.

—¿Hay alguna clase de explicación sobre esa figura, Green? —fue la pregunta que Williams formuló, como era natural.

—No lo sé a ciencia cierta, Williams. Lo que se decía por allí cuando yo lo conocí por primera vez, que fue antes de venirme aquí, era sencillamente esto: el viejo Francis siempre la tuvo tomada contra esos furtivos, y cada vez que tenía ocasión hacía expulsar de las tierras a cualquiera de quien sospechara, y poco a poco se deshizo de todos menos de uno. Los terratenientes podían hacer muchas cosas por entonces con las que hoy no osarían ni soñar. Pues bien, este hombre que quedó era lo que se encuentra con bastante frecuencia en esa comarca: el último vestigio de una familia antiquísima. Creo que en otros tiempos fueron señores del señorío. Recuerdo exactamente lo mismo en mi propia parroquia.

—¿Cómo, como el hombre de Tess la de los d’Urberville? —intervino Williams.

—Sí, supongo; no es un libro que yo haya sido capaz de leer jamás. Pero este sujeto podía mostrar una hilera de tumbas en la iglesia de allí que pertenecían a sus antepasados, y todo aquello contribuyó a agriarle un poco el carácter; decían, sin embargo, que Francis nunca lograba echarle el guante —él siempre se mantenía dentro de la legalidad—, hasta que una noche los guardas lo sorprendieron con las manos en la masa en un bosque situado justo al confín de la propiedad. Ahora mismo podría enseñarle el lugar; linda con unas tierras que pertenecieron a un tío mío. Y ya se imaginará que hubo bronca; y este tal Gawdy (ése era el apellido, desde luego: Gawdy; ya sabía yo que me acordaría: Gawdy), tuvo la mala suerte, ¡pobre diablo!, de disparar a un guarda. Pues bien, eso era lo que Francis quería, y los grandes jurados... ya sabe usted cómo habrían sido por entonces... y al pobre Gawdy lo colgaron en un abrir y cerrar de ojos; y me han enseñado el lugar donde lo enterraron, en el lado norte de la iglesia... ya sabe la costumbre que hay en esos pagos: a cualquiera que hayan ahorcado o que se haya quitado la vida, lo entierran en ese lado. Y la idea era que algún amigo de Gawdy —no un pariente, porque no tenía ninguno, ¡pobre diablo!, era el último de su estirpe: una especie de spes ultima gentis— debió de tramar apoderarse del muchacho de Francis y poner fin a su estirpe también. No lo sé; es una ocurrencia un tanto insólita para un cazador furtivo de Essex, pero, ¿sabe?, diría ahora que más bien parece como si el viejo Gawdy se las hubiera apañado para hacer el trabajo él mismo. ¡Uf! ¡Detesto pensar en ello! ¡Tome un poco de whisky, Williams!

Williams comunicó los hechos a Dennistoun, y este a una compañía heterogénea de la que yo formaba parte, y en la que también se contaba el saduceo profesor de ofiología. Lamento decir que este último, cuando se le preguntó qué opinaba al respecto, se limitó a comentar: —¡Oh, esa gente de Bridgeford es capaz de decir cualquier cosa!—, sentimiento que encontró la acogida que merecía.

Sólo me queda añadir que el cuadro se encuentra ahora en el Museo Ashleian; que ha sido examinado con el propósito de averiguar si se había empleado tinta simpática en él, pero sin resultado; que el señor Britnell no sabía nada de él salvo que estaba seguro de que era insólito; y que, aunque vigilado con detenimiento, jamás se ha visto que volviera a cambiar.

EL FRESNO

Todo aquel que haya viajado por el este de Inglaterra conoce las pequeñas casas de campo que salpican la región: esos edificios más bien húmedos, comúnmente de estilo italiano, rodeados de parques de unos ochenta a cien acres. Para mí siempre han poseído un atractivo irresistible: con la empalizada gris de roble hendido, los árboles nobles, las lagunas con sus espadañales y la franja de los bosques lejanos. Luego, me gusta el pórtico con columnas —quizá añadido a una casa de ladrillo rojo de estilo reina Ana revestida de estuco para acomodarla al gusto «griego» de finales del siglo XVIII—; el vestíbulo interior, que se eleva hasta el tejado, vestíbulo que siempre debería contar con una galería y un pequeño órgano. También me gusta la biblioteca, donde puede hallarse desde un salterio del siglo XIII hasta un cuarto de Shakespeare. Me gustan los cuadros, por supuesto; y tal vez lo que más me plazca sea imaginar cómo era la vida en semejante casa cuando se construyó por primera vez, y en los prósperos tiempos de bonanza de los terratenientes, y no menos ahora cuando, si bien el dinero no abunda tanto, el gusto es más variado y la vida resulta igual de interesante. Desearía poseer una de estas casas, y el dinero suficiente para conservarla entera y agasajar en ella modestamente a mis amigos.

Pero esto es una digresión. Tengo que relatarles una curiosa serie de sucesos acaecidos en una casa como la que he intentado describir. Se trata de Castringham Hall, en Suffolk. Creo que se han hecho no pocas obras en el edificio desde la época de mi historia, pero los rasgos esenciales que he bosquejado siguen allí: el pórtico italiano, el bloque cuadrado de la casa blanca, más antigua por dentro que por fuera, el parque con su orla de bosques y la laguna. El único rasgo que distinguía a esta casa de otra veintena ha desaparecido. Al mirarla desde el parque, se veía a la derecha un viejo y corpulento fresno que crecía a menos de media docena de yardas del muro, y que tocaba el edificio con sus ramas, o casi. Supongo que había permanecido allí desde que Castringham dejó de ser una plaza fortificada y desde que se cegó el foso y se construyó la residencia isabelina. En cualquier caso, ya casi había alcanzado su pleno desarrollo en el año 1690.

En aquel año, el distrito en que se ubica la mansión fue escenario de una serie de juicios por brujería. Pasará mucho tiempo, creo yo, antes de que lleguemos a calibrar con justicia la cantidad de motivos fundados —si es que hubo alguno— que yacían en la raíz del temor universal a las brujas en los tiempos pasados. Si las personas acusadas de este delito realmente se imaginaban en posesión de algún tipo de poder insólito; o si abrigaban al menos la voluntad, cuando no el poder, de causar daño a sus vecinos; o si todas las confesiones, de las que tantas hay, fueron arrancadas por la mera crueldad de los cazadores de brujas: he aquí cuestiones que, a mi juicio, aún no están resueltas. Y el relato que sigue me hace vacilar. No puedo descartarlo por completo como una mera invención. El lector habrá de juzgar por sí mismo.

Fin del Episodio 5 · de 18

El grabado en mezzotinta (final) y El fresno

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