Corazones perdidos (final) y El grabado en mezzotinta
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El mejor medio de efectuar la absorción requerida consiste en extirpar el corazón del sujeto vivo, reducirlo a cenizas y mezclarlas con aproximadamente una pinta de algún vino tinto, preferiblemente de Oporto. Los restos de los dos primeros sujetos, al menos, convendrá ocultarlos: un cuarto de baño en desuso o una bodega resultarán convenientes para tal propósito. Podrán experimentarse ciertas molestias procedentes de la porción psíquica de los sujetos, a la que el lenguaje vulgar dignifica con el nombre de fantasmas. Pero el hombre de temperamento filosófico —a quien únicamente resulta apropiado el experimento— será poco propenso a conceder importancia a los débiles esfuerzos de estos seres por consumar su venganza contra él. Contemplo con la más viva satisfacción la existencia ampliada y emancipada que el experimento, de tener éxito, me conferirá; pues no solo me situará más allá del alcance de la justicia humana (así llamada), sino que eliminará en gran medida la perspectiva misma de la muerte».
El señor Abney fue hallado en su sillón, con la cabeza echada hacia atrás y el rostro marcado por una expresión de rabia, espanto y dolor mortal. En el costado izquierdo presentaba una terrible herida desgarrada que dejaba al descubierto el corazón. No había sangre en sus manos, y un largo cuchillo que reposaba sobre la mesa estaba perfectamente limpio. Las heridas bien podría haberlas infligido un gato montés enfurecido. La ventana del estudio estaba abierta, y la opinión del forense fue que el señor Abney había hallado la muerte a manos de alguna fiera salvaje. Pero el estudio que Stephen Elliott hizo de los papeles que he citado lo llevó a una conclusión muy diferente.
EL GRABADO EN MEZZOTINTA
Hace algún tiempo creo que tuve el placer de relatarles la historia de una aventura que le ocurrió a un amigo mío llamado Dennistoun, durante su búsqueda de objetos de arte para el museo de Cambridge.
No dio excesiva difusión a sus experiencias a su regreso a Inglaterra; pero no pudieron menos de llegar a oídos de un buen número de sus amigos y, entre otros, a los del caballero que por aquel entonces presidía un museo de arte en otra universidad. Era de esperar que la historia causara una honda impresión en el ánimo de un hombre cuya vocación discurría por cauces similares a los de Dennistoun, y que se aferrara con afán a cualquier explicación del asunto que hiciera parecer improbable que a él se le presentase alguna vez la necesidad de hacer frente a semejante y turbadora contingencia. En verdad, le resultaba un tanto consolador pensar que de él no se esperaba que adquiriese manuscritos antiguos para su institución; de eso se encargaba la Biblioteca Shelburniana. Las autoridades de dicha institución podían, si a bien lo tenían, rebuscar en oscuros rincones del continente tales materias. Se alegraba de verse obligado, por el momento, a limitar su atención a acrecentar la ya insuperable colección de dibujos y grabados topográficos ingleses que poseía su museo. Con todo, según se vio después, incluso un departamento tan hogareño y familiar como este puede tener sus rincones tenebrosos, y en uno de ellos se vio introducido inesperadamente el señor Williams.
Quienes hayan sentido siquiera el más mínimo interés por la adquisición de láminas topográficas saben que hay un marchante londinense cuya ayuda resulta indispensable para sus pesquisas. El señor J. W. Britnell publica a breves intervalos catálogos harto admirables de un surtido, vasto y en constante cambio, de grabados, planos y viejos bocetos de mansiones, iglesias y localidades de Inglaterra y Gales. Dichos catálogos eran, por supuesto, el abecé de su especialidad para el señor Williams; pero como su museo albergaba ya una enorme acumulación de láminas topográficas, era un comprador constante más que copioso, y recurría al señor Britnell más bien para llenar vacíos en el grueso de su colección que para proveerse de rarezas.
Pues bien, en febrero del año pasado apareció sobre el escritorio del señor Williams en el museo un catálogo procedente del establecimiento del señor Britnell, y acompañándolo venía una comunicación mecanografiada del propio marchante. Esta última rezaba así:
«MUY SEÑOR NUESTRO: Nos permitimos llamar su atención sobre el n.º 978 de nuestro catálogo adjunto, el cual tendremos sumo gusto en enviarle para su examen.
Le saluda atentamente, J. W. BRITNELL».
Buscar el n.º 978 en el catálogo adjunto fue para el señor Williams (como él mismo observó) obra de un instante, y en el lugar indicado encontró el siguiente asiento:
978.—Anónimo. Interesante mezzotinta: vista de una casa señorial, principios de siglo. 15 por 10 pulgadas; marco negro. 2 £ 2 s.
No resultaba especialmente apasionante, y el precio parecía elevado. Sin embargo, como el señor Britnell, que conocía bien su oficio y a su cliente, parecía tenerlo en gran estima, el señor Williams escribió una tarjeta postal solicitando que se le enviara el artículo para su examen, junto con algunos otros grabados y bocetos que figuraban en el mismo catálogo. Y así pasó, sin gran expectación, a las ocupaciones ordinarias del día.
Un paquete, sea de la clase que sea, siempre llega un día más tarde de lo esperado, y el del señor Britnell demostró no ser, según creo que reza la frase al uso, una excepción a la regla. Fue entregado en el museo por el correo de la tarde del sábado, cuando el señor Williams ya se había marchado del trabajo, por lo que el conserje se lo llevó a sus habitaciones del colegio universitario para que no tuviera que esperar a que pasara el domingo a fin de examinarlo y devolver aquellos ejemplares que no pensara quedarse. Y allí lo encontró cuando regresó a tomar el té, acompañado de un amigo.
La única pieza que aquí me concierne era la mezzotinta, de tamaño más bien grande y enmarcada en negro, de la que ya he citado la sucinta descripción que daba el catálogo del señor Britnell. Habrá que dar algunos pormenores más de ella, aunque no abrigo esperanzas de presentarles el aspecto de la estampa con tanta claridad como se halla presente ante mis propios ojos. Un duplicado prácticamente idéntico puede verse hoy en día en los salones de no pocas posadas antiguas, o en los pasillos de tranquilas mansiones campestres. Se trataba de una mezzotinta bastante mediocre, y una mezzotinta mediocre es, tal vez, la peor forma de grabado que se conoce. Mostraba una vista frontal de una casa solariega no muy grande del siglo pasado, con tres hileras de sencillas ventanas de guillotina rodeadas de sillares almohadillados, un parapeto con esferas o jarrones en los ángulos y un pequeño pórtico en el centro. A ambos lados había árboles, y enfrente una considerable extensión de césped. La leyenda A. W. F. sculpsit estaba grabada en el estrecho margen, y no figuraba ninguna otra inscripción. El conjunto daba la impresión de ser obra de un aficionado. Qué demonios se le pasaría por la cabeza al señor Britnell para fijar un precio de dos libras y dos chelines a semejante objeto era algo que el señor Williams no alcanzaba a concebir. Le dio la vuelta con bastante desdén; en el reverso había una etiqueta de papel cuya mitad izquierda había sido arrancada. Todo lo que quedaba eran los finales de dos líneas escritas: la primera contenía las letras —ngley Hall; la segunda, —ssex.
Quizá mereciera la pena, a lo sumo, identificar el lugar representado, cosa que podría hacer fácilmente con la ayuda de un diccionario geográfico, y luego se la devolvería al señor Britnell acompañada de ciertas observaciones que pusieran en entredicho el buen juicio de aquel caballero.
Encendió las velas, pues ya era de noche, preparó el té y sirvió a su amigo, con quien había estado jugando al golf (pues creo que las autoridades de la universidad de la que escribo se entregan a tal ocupación a modo de recreo); y tomaron el té con el acompañamiento de una discusión que los aficionados al golf bien pueden figurarse por sí mismos, pero que el escritor concienzudo no tiene derecho alguno a infligir a ningún profano en la materia.
La conclusión a la que se llegó fue que ciertos golpes podrían haber sido mejores y que en determinadas situaciones apuradas ninguno de los dos jugadores había gozado de la dosis de suerte que un ser humano tiene derecho a esperar. Fue en este punto cuando el amigo —llamémoslo el profesor Binks— tomó el grabado enmarcado y dijo:
—¿Qué lugar es este, Williams?
—Eso es justo lo que voy a intentar averiguar —dijo Williams, dirigiéndose al estante a buscar un diccionario geográfico—. Mira el reverso. Somethingley Hall, en Sussex o en Essex. Falta la mitad del nombre, como ves. ¿Por casualidad no la conocerás?
—Es de ese tal Britnell, supongo, ¿no? —dijo Binks—. ¿Es para el museo?
—Bueno, creo que lo compraría si costase cinco chelines —dijo Williams—; pero por alguna razón incomprensible pide dos guineas por él. No me explico por qué. Es un grabado espantoso, y ni siquiera tiene figuras que le den vida.
—No vale dos guineas, diría yo —dijo Binks—; pero no me parece que esté tan mal hecho. La luz de la luna me parece bastante lograda; y yo habría creído que sí había figuras, o al menos una figura, justo en el borde, en primer plano.
—A ver —dijo Williams—. Bueno, es verdad que la luz está conseguida con bastante acierto. ¿Dónde está tu figura? ¡Ah, sí! Solo la cabeza, en el mismísimo primer término del grabado.
Y en efecto la había —apenas algo más que un borrón negro en el extremo del grabado—: la cabeza de un hombre o una mujer, muy arrebujada, de espaldas al espectador y mirando hacia la casa.
Williams no se había fijado antes en ella.
—Aun así —dijo—, aunque tiene más mérito de lo que creía, no puedo gastar dos guineas del dinero del museo en el grabado de un lugar que no conozco.
El profesor Binks tenía trabajo por hacer y no tardó en marcharse; y hasta casi la hora de la cena en el comedor Williams estuvo entregado a la vana tarea de identificar el tema de su grabado. —Si al menos hubiera quedado la vocal antes de la ng, habría sido bastante fácil —pensó—; pero tal como están las cosas, el nombre puede ser cualquiera, desde Guestingley hasta Langley, y hay muchos más nombres terminados así de lo que creía; y este maldito libro no tiene índice de terminaciones.
La cena en el comedor del colegio del señor Williams era a las siete. No hace falta detenerse en ella; menos aún dado que allí coincidió con colegas que habían estado jugando al golf durante la tarde, y al otro lado de la mesa se cruzaron con soltura palabras que nada nos incumben; meros términos de golf, me apresuro a aclarar.
Supongo que transcurrió una hora o más en lo que llaman la sala común después de cenar. Más avanzada la velada, unos pocos se retiraron a las habitaciones de Williams, y no me cabe duda de que se jugó al whist y se fumó tabaco. Durante una pausa en tales actividades, Williams recogió la mezzotinta de la mesa sin mirarla y se la entregó a una persona con cierta afición al arte, explicándole de dónde procedía y los demás pormenores que ya conocemos.
El caballero la tomó con descuido, la miró y luego dijo, en un tono de cierto interés:
—En verdad es una obra muy buena, Williams; tiene un aire muy propio del período romántico. La luz está tratada con maestría, me parece a mí, y la figura, aunque resulta un tanto grotesca, de algún modo impresiona mucho.
—Sí, ¿verdad? —dijo Williams, que en aquel momento estaba ocupado sirviendo whisky con soda a otros de los presentes y no podía cruzar la habitación para volver a contemplar la estampa.
Para entonces era ya bastante tarde por la noche y los invitados empezaban a marcharse. Después de que se fueron, Williams se vio obligado a escribir una o dos cartas y despachar algunos flecos de trabajo. Al fin, pasada la medianoche, se dispuso a acostarse, y apagó su lámpara tras encender la vela del dormitorio. El grabado yacía boca arriba sobre la mesa, donde lo había dejado el último hombre en mirarlo, y le llamó la atención cuando bajaba la llama de la lámpara. Lo que vio estuvo a punto de hacerle caer la vela al suelo, y afirma ahora que, si se hubiera quedado a oscuras en aquel momento, le habría dado un ataque. Pero, como no fue así, pudo dejar la luz sobre la mesa y observar bien el cuadro. Era indudable: manifiestamente imposible, sin duda, pero absolutamente cierto. En medio del césped, frente a la casa desconocida, había una figura donde a las cinco de la tarde no había habido ninguna. Se arrastraba a cuatro patas hacia la casa, y estaba envuelta en un extraño ropaje negro con una cruz blanca en la espalda.
No sé cuál sea la conducta idónea a seguir en una situación semejante. Solo puedo decirles lo que hizo el señor Williams. Tomó el grabado por una esquina y lo llevó a través del pasillo hasta otro conjunto de habitaciones que poseía. Allí lo guardó bajo llave en un cajón, cerró con cerrojo las puertas de ambos aposentos y se fue a la cama; pero antes redactó y firmó una relación del extraordinario cambio que el grabado había experimentado desde que llegara a su poder.
El sueño lo visitó bastante tarde; pero era un consuelo reflexionar que el comportamiento del grabado no dependía únicamente de su testimonio sin corroborar. Evidentemente, el hombre que lo había mirado la noche anterior había visto algo parecido a lo que él vio, pues de lo contrario podría haber tenido la tentación de pensar que algo grave les ocurría a sus ojos o a su cabeza. Habiendo quedado descartada esta posibilidad por fortuna, dos asuntos le aguardaban al día siguiente: debía examinar el grabado con sumo detenimiento, llamando para ello a un testigo, y debía realizar un esfuerzo decidido por averiguar qué casa era la representada. Por consiguiente, invitaría a desayunar a su vecino Nisbet y pasaría después la mañana consultando el diccionario geográfico.
Nisbet estaba desocupado y llegó hacia las 9.30. Su anfitrión no estaba del todo vestido, lamento decirlo, aun a esa hora tan tardía. Durante el desayuno, Williams no mencionó nada sobre la mezzotinta, salvo que tenía un grabado sobre el cual deseaba conocer la opinión de Nisbet. Pero quienes estén familiarizados con la vida universitaria podrán imaginarse la amplia y deleitosa variedad de temas por los que suele discurrir la conversación de dos miembros docentes del Canterbury College durante el desayuno de un domingo por la mañana. Apenas quedó asunto sin debatir, desde el golf hasta el tenis sobre hierba. Con todo, me veo obligado a decir que Williams estaba algo distraído, pues su interés se centraba de manera natural en aquel extrañísimo cuadro que ahora descansaba, boca abajo, en el cajón de la habitación de enfrente.
Por fin encendieron la pipa matinal y llegó el momento que tanto aguardaba. Con una agitación muy considerable —casi trémula—, cruzó corriendo al otro lado, abrió el cajón y, tras extraer el grabado —aún boca abajo—, regresó a toda prisa y lo puso en manos de Nisbet.
—Ahora —dijo—, Nisbet, quiero que me digas con exactitud qué ves en ese grabado. Descríbelo, si no te importa, con bastante detalle. Después te diré por qué.
—Bueno —dijo Nisbet—, tengo aquí la vista de una casa de campo —inglesa, presumo— a la luz de la luna.
—¿A la luz de la luna? ¿Estás seguro de eso?
—Por supuesto. Parece estar en menguante, si quieres detalles, y hay nubes en el cielo.
—De acuerdo. Sigue. Juraría —añadió Williams para sus adentros— que no había luna cuando lo vi por primera vez.
—Bueno, no hay mucho más que decir —continuó Nisbet—. La casa tiene una, dos, tres filas de ventanas, cinco en cada fila, excepto abajo, donde hay un porche en vez de la del medio, y...
Fin del Episodio 4 · de 18
Corazones perdidos (final) y El grabado en mezzotinta
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