Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 03

Corazones perdidos · II

~14 min · 2737 palabras

Una tarde de noviembre, Stephen estaba sentado junto al fuego en el cuarto del ama de llaves, reflexionando sobre su entorno.

—¿Es un hombre bueno el señor Abney? ¿Irá al cielo? —preguntó de pronto, con esa peculiar confianza que tienen los niños en la capacidad de sus mayores para zanjar estas cuestiones, cuya resolución se cree reservada a otros tribunales.

—¡¿Bueno?! ¡Dios bendiga a la criatura! —dijo la señora Bunch—. ¡El amo es el alma más bondadosa que jamás haya visto! ¿Acaso no te he hablado nunca de aquel rapazuelo al que recogió de la calle, por así decir, hace ya siete años? ¿Y de la chiquilla, dos años después de que yo entrara a servir aquí?

—No. ¡Cuéntemelo todo sobre ellos, señora Bunch, ahora mismo, en este instante!

—Bueno —dijo la señora Bunch—, de la chiquilla no parece que me acuerde tanto. Sé que el amo se la trajo consigo de un paseo un día y le dio órdenes a la señora Ellis, que era el ama de llaves por aquel entonces, de que se la cuidara con todo esmero. Y la pobre criatura no tenía a nadie en el mundo —ella mismita me lo dijo—; y aquí vivió con nosotros, cosa de tres semanas a lo mejor; y luego, tuviera o no algo de sangre gitana o lo que fuese, una mañana saltó de la cama antes de que ninguno de nosotros hubiera abierto un ojo, y ni rastro ni sombra suya he vuelto a ver desde entonces. El amo se llevó un disgusto tremendo e hizo rastrear todos los estanques; pero yo tengo para mí que se la llevaron esos gitanos, porque estuvieron cantando alrededor de la casa por lo menos una hora la noche en que se marchó, y Parkes asegura que los oyó llamarse en el bosque durante toda esa tarde. ¡Válgame Dios! Una niña bien rara era, tan silenciosa en sus modos y todo, pero a mí me cayó la mar de bien, tan hacendosa que era... daba asombro.

—¿Y qué fue del chiquillo? —preguntó Stephen.

—¡Ay, aquel pobre muchacho! —suspiró la señora Bunch—. Era extranjero... Jevanny se hacía llamar... y vino tocando su zanfona por el camino de entrada un día de invierno; el amo lo hizo pasar al instante y le preguntó de dónde venía, y cuántos años tenía, y cómo se ganaba la vida, y dónde estaban sus parientes, y todo con la mayor bondad que se pueda desear. Pero pasó lo mismito con él. Son una ralea desobediente, esas gentes extranjeras, me figuro yo, y una buena mañana se largó, igual que la muchacha. Por qué se fue y qué hizo fue lo que nos estuvimos preguntando cosa de un año entero; pues ni siquiera se llevó su zanfona, y ahí sigue en el estante.

Stephen pasó el resto de la velada sometiendo a la señora Bunch a un variado interrogatorio y esforzándose por sacarle alguna melodía a la zanfona.

Aquella noche tuvo un sueño curioso. Al final del pasillo, en lo alto de la casa, donde se encontraba su dormitorio, había un viejo cuarto de baño en desuso. Se mantenía cerrado con llave, pero la mitad superior de la puerta era de cristal y, como las cortinillas de muselina que solían colgar de ella habían desaparecido hacía mucho tiempo, se podía mirar hacia dentro y ver la bañera forrada de plomo adosada a la pared de la derecha, con la cabecera hacia la ventana.

La noche de la que hablo, Stephen Elliott se vio a sí mismo, según creía, mirando a través de la puerta acristalada. La luna brillaba a través de la ventana y él contemplaba una figura tendida en la bañera.

La descripción de lo que vio me recuerda lo que yo mismo contemplé una vez en las famosas criptas de la iglesia de San Michan, en Dublín, que poseen la horrible propiedad de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. Una figura indeciblemente flaca y patética, de un color plomizo y polvoriento, envuelta en una prenda a modo de mortaja, con los delgados labios torcidos en una tenue y espantosa sonrisa y las manos fuertemente apretadas sobre la región del corazón.

Mientras la miraba, un gemido lejano, casi inaudible, pareció brotar de sus labios, y los brazos empezaron a moverse. El terror de aquella visión hizo retroceder a Stephen, y de pronto cayó en la cuenta de que se hallaba realmente de pie sobre el frío entarimado del pasillo, a la plena luz de la luna. Con un valor que no creo habitual en muchachos de su edad, se acercó a la puerta del cuarto de baño para comprobar si la figura de su sueño estaba de verdad allí. No estaba, y se volvió a la cama.

A la mañana siguiente, la señora Bunch quedó muy impresionada por su relato, e incluso llegó a reponer la cortinilla de muselina en la puerta acristalada del cuarto de baño. El señor Abney, además, a quien confió sus experiencias durante el desayuno, se mostró sumamente interesado y tomó notas del asunto en lo que llamaba «su libro».

Se acercaba el equinoccio de primavera, como el señor Abney le recordaba con frecuencia a su primo, añadiendo que los antiguos siempre habían considerado que aquella era una época crítica para los jóvenes: que Stephen haría bien en cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por las noches; y que Censorino tenía algunas observaciones de gran valor sobre la materia. Dos sucesos acaecidos por aquellos días causaron honda impresión en el ánimo de Stephen.

El primero ocurrió tras una noche inusualmente intranquila y opresiva que había pasado, aunque no lograba recordar ningún sueño en particular.

A la tarde siguiente, la señora Bunch se ocupaba de remendarle el camisón.

—¡Válgame el cielo, señorito Stephen! —saltó con bastante irritación—, ¿cómo se las arregla para hacer trizas el camisón de esta manera? ¡Mire usted qué trabajo da a las pobres sirvientas, que tienen que andar zurciendo y remendando lo suyo!

Había, en efecto, una serie de rasgaduras o cortes sumamente destructivos y al parecer gratuitos en la prenda, que sin duda requerirían una aguja diestra para subsanarse. Se limitaban al lado izquierdo del pecho: unas hendiduras largas y paralelas, de unas seis pulgadas de longitud, algunas de las cuales apenas llegaban a traspasar el tejido del lino. Stephen solo pudo manifestar su absoluta ignorancia sobre su origen; estaba seguro de que no estaban allí la noche anterior.

—Pero, señora Bunch —dijo él—, son idénticas a los arañazos de la parte exterior de la puerta de mi cuarto; y le aseguro que yo no tuve nada que ver con hacer esos.

La señora Bunch se quedó mirándolo boquiabierta, luego cogió una vela, salió apresuradamente de la habitación y se la oyó subir las escaleras. Al cabo de unos minutos bajó de nuevo.

—Bueno, señorito Stephen —dijo ella—, para mí es un misterio cómo han podido hacerse esas marcas y arañazos; están demasiado altos para que los haya hecho ningún gato ni perro, y mucho menos una rata: igualitos que las uñas de un chino, como nos contaba mi tío, el del negocio del té, cuando éramos unas chiquillas. Yo no le diría nada al amo, no si fuera usted, señorito Stephen de mi alma; y eche bien la llave de la puerta cuando se vaya a la cama.

—Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto rezo mis oraciones.

—Ah, qué buen niño: rece siempre sus oraciones y así nadie podrá hacerle daño.

Con esto, la señora Bunch se puso a remendar el maltrecho camisón, con intervalos de meditación, hasta la hora de acostarse. Esto ocurrió una noche de viernes de marzo de 1812.

A la noche siguiente, el dúo habitual de Stephen y la señora Bunch se vio ampliado por la repentina llegada del señor Parkes, el mayordomo, quien por regla general se mantenía más bien encerrado en su propia despensa. No vio que Stephen estaba allí; se encontraba, además, sofocado y menos lento en el hablar de lo que en él era costumbre.

—El amo bien puede subirse él mismo su vino al anochecer, si gusta —fue su primer comentario—. O lo hago de día o no lo hago en absoluto, señora Bunch. No sé qué podrá ser: muy bien pudieran ser las ratas, o el viento que se cuela en las bodegas; pero ya no soy tan joven como antes, y no puedo seguir pasando por esto como he venido haciendo.

—Bueno, señor Parkes, ya sabe usted que la mansión es un sitio asombroso por la de ratas que hay.

—No niego eso, señora Bunch; y a fe mía que muchas veces he oído a los hombres de los astilleros el cuento de la rata que sabía hablar. Nunca le di crédito antes; pero esta noche, si me hubiera rebajado a pegar la oreja a la puerta del compartimento del fondo, casi con certeza habría podido oír lo que decían.

—¡Vamos, señor Parkes, no tengo paciencia para sus fantasías! ¡Ratas hablando en la bodega, habrase visto!

—Bueno, señora Bunch, no tengo ningunas ganas de discutir con usted: todo cuanto digo es que, si decide ir al compartimento del fondo y pegar la oreja a la puerta, podrá comprobar mis palabras ahora mismo.

—¡Qué disparates dice, señor Parkes, impropios para oídos de niños! ¡Si va a matar del susto al señorito Stephen!

—¡Cómo! ¿El señorito Stephen? —dijo Parkes, percatándose de la presencia del muchacho—. El señorito Stephen sabe de sobra cuándo le estoy gastando una broma, señora Bunch.

En realidad, el señorito Stephen sabía demasiado bien como para suponer que el señor Parkes hubiera tenido de entrada la intención de bromear. Se sentía interesado en la situación, aunque de un modo no del todo grato; pero ninguna de sus preguntas logró inducir al mayordomo a ofrecer un relato más detallado de sus experiencias en la bodega.

Llegamos ya al 24 de marzo de 1812. Fue un día de curiosas experiencias para Stephen: un día ventoso y ruidoso, que llenó la casa y los jardines de una desasosegada impresión. Mientras Stephen permanecía junto a la verja de la finca y contemplaba el parque, sintió como si una interminable procesión de gentes invisibles pasara rozándolo llevada por el viento, arrastrada irresistible y ciegamente, pugnando en vano por detenerse, por asirse a algo que pudiera frenar su huida y ponerlas una vez más en contacto con el mundo de los vivos del que habían formado parte. Después del almuerzo de aquel día, el señor Abney dijo:

—Stephen, muchacho, ¿crees que te sería posible venir esta noche a mi despacho hacia las once? Estaré ocupado hasta esa hora, y deseo mostrarte algo relacionado con tu vida futura que es de suma importancia que conozcas. No debes mencionar este asunto a la señora Bunch ni a nadie más en la casa; y será mejor que vayas a tu habitación a la hora de costumbre.

He aquí una nueva emoción añadida a su vida: Stephen se aferró con entusiasmo a la oportunidad de permanecer despierto hasta las once. Al subir aquella noche, se asomó a la puerta de la biblioteca y vio que un brasero, que a menudo había visto en un rincón de la estancia, había sido trasladado ante la chimenea; sobre la mesa descansaba una vieja copa de plata sobredorada, llena de vino tinto, y junto a ella había varias hojas de papel escritas. El señor Abney esparcía algo de incienso sobre el brasero desde una cajita redonda de plata cuando Stephen pasó por allí, pero no pareció reparar en sus pasos.

El viento había caído, y la noche era apacible y de luna llena. Hacia las diez, Stephen estaba ante la ventana abierta de su dormitorio, contemplando la campiña. Por muy quieta que estuviese la noche, la misteriosa población de los lejanos bosques bañados por la luna no había conciliado aún el sueño. De vez en cuando, unos extraños gritos como de caminantes perdidos y desesperados resonaban desde el otro lado del estanque. Podían ser llamadas de lechuzas o de aves acuáticas, pero no se parecían del todo a ninguno de esos sonidos. ¿Acaso no se iban acercando? Ahora sonaban en la orilla más próxima del agua, y a los pocos instantes parecían flotar entre los matorrales. Luego cesaron; pero justo cuando Stephen pensaba en cerrar la ventana y reanudar la lectura de Robinson Crusoe, divisó dos figuras en la terraza de grava que corría a lo largo de la fachada ajardinada de la mansión: figuras de un niño y una niña, a lo que parecía; estaban el uno junto al otro, alzando la vista hacia las ventanas. Algo en la silueta de la niña le recordó irresistiblemente su sueño sobre la figura en la bañera. El muchacho le infundió un miedo más agudo.

Mientras la niña permanecía quieta, medio sonriente, con las manos juntas sobre el corazón, el muchacho, una figura enjuta de cabello negro y vestiduras raídas, alzó los brazos en el aire con apariencia amenazadora y con un hambre y un ansia insaciables. La luna brillaba sobre sus manos casi transparentes, y Stephen vio que las uñas eran pavorosamente largas y que la luz las atravesaba. Al quedarse con los brazos así levantados, reveló un espectáculo aterrador. En el lado izquierdo de su pecho se abría un desgarrón negro y boquiabierto; y sobre el cerebro de Stephen, más que sobre su oído, cayó la impresión de uno de aquellos gritos hambrientos y desolados que había oído resonar en los bosques de Aswarby a lo largo de toda la tarde. En un instante más, la pavorosa pareja se desplazó veloz y silenciosa sobre la grava seca, y no volvió a verlos.

Presa de un terror indecible, decidió tomar su vela y bajar al despacho del señor Abney, pues la hora señalada para su cita estaba próxima. El despacho o biblioteca comunicaba con el vestíbulo por un lado, y Stephen, espoleado por sus terrores, no tardó en llegar allí. Lograr entrar no fue tan fácil. No estaba cerrado con llave, de eso estaba seguro, pues la llave se encontraba por fuera de la puerta como de costumbre. Sus repetidos golpes no obtuvieron respuesta. El señor Abney estaba ocupado: hablaba. ¡Cómo! ¿Por qué intentaba gritar? ¿Y por qué el grito se le ahogaba en la garganta? ¿Acaso él también había visto a los misteriosos niños? Pero ahora todo estaba en silencio, y la puerta cedió a los empujones aterrados y frenéticos de Stephen.

Sobre la mesa del despacho del señor Abney se encontraron ciertos papeles que explicaron la situación a Stephen Elliott cuando tuvo edad suficiente para comprenderlos. Las frases más importantes eran las siguientes:

«Era una creencia muy arraigada y generalizada entre los antiguos —de cuya sabiduría en estas materias he tenido tal experiencia que me induce a depositar confianza en sus asertos— que, mediante la ejecución de ciertos procesos que para nosotros los modernos revisten un cariz en cierto modo bárbaro, puede alcanzarse una iluminación muy notable de las facultades espirituales del hombre: que, por ejemplo, absorbiendo las personalidades de un determinado número de sus semejantes, un individuo puede alcanzar un dominio absoluto sobre aquellos órdenes de seres espirituales que rigen las fuerzas elementales de nuestro universo.

»Consta de Simón el Mago que fue capaz de volar por los aires, de volverse invisible o de asumir cualquier forma que le pluguiera, mediante la intervención del alma de un muchacho a quien, por emplear la difamatoria frase que usó el autor de los Reconocimientos clementinos, había «asesinado». Hallo además consignado, con considerable detalle en los escritos de Hermes Trismegisto, que semejantes y venturosos resultados pueden producirse mediante la absorción de los corazones de no menos de tres seres humanos de menos de veintiún años de edad. A comprobar la certeza de esta receta he consagrado la mayor parte de los últimos veinte años, seleccionando como corpora vilia de mi experimento a aquellas personas que pudieran suprimirse cómodamente sin ocasionar un vacío sensible en la sociedad. El primer paso lo efectué con la supresión de una tal Phoebe Stanley, muchacha de origen gitano, el 24 de marzo de 1792. El segundo, con la supresión de un rapaz errante italiano, llamado Giovanni Paoli, en la noche del 23 de marzo de 1805. La «víctima» final —por emplear una palabra repugnante en grado sumo para mis sentimientos— ha de ser mi primo, Stephen Elliott. Su día ha de ser este 24 de marzo de 1812».

Fin del Episodio 3 · de 18

Corazones perdidos · II

Siguiente Episodio 4~13 minCorazones perdidos (final) y El grabado en mezzotinta“Las autoridades de dicha institución podían, si a bien lo tenían, rebuscar en oscuros rincones del continente tales materias.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.