El álbum del canónigo Alberic (final) y Corazones perdidos
~13 min · 2691 palabras
En cuanto se hubo calmado la primera sacudida de su irresistible espanto, Dennistoun echó una mirada furtiva a sus anfitriones. El sacristán se tapaba los ojos con las manos; su hija, con los ojos alzados hacia la cruz de la pared, desgranaba febrilmente las cuentas de su rosario.
Al fin se formuló la pregunta: —¿Está este libro en venta?
Se produjo la misma vacilación, el mismo súbito golpe de determinación que ya había advertido antes, y luego llegó la grata respuesta: —Si a monsieur le place.
—¿Cuánto pide por él?
—Aceptaré doscientos cincuenta francos.
Aquello era desconcertante. Incluso la conciencia de un coleccionista se remueve a veces, y la de Dennistoun era más tierna que la de la mayoría.
—¡Buen hombre! —repitió una y otra vez—, su libro vale mucho más de doscientos cincuenta francos, se lo aseguro; muchísimo más.
Pero la respuesta no varió: —Aceptaré doscientos cincuenta francos, ni uno más.
En verdad resultaba imposible rechazar semejante oportunidad. Se pagó el dinero, se firmó el recibo, se apuró una copa de vino para sellar el trato y entonces el sacristán pareció convertirse en un hombre nuevo. Se enderezó, dejó de lanzar aquellas miradas de sospecha a su espalda e incluso se echó a reír, o intentó hacerlo. Dennistoun se levantó para marcharse.
—¿Tendré el honor de acompañar a monsieur hasta su hotel? —preguntó el sacristán.
—¡Oh, no, gracias! No son ni cien pasos. Conozco el camino a la perfección y hace luna.
El ofrecimiento se reiteró tres o cuatro veces, y otras tantas fue rechazado.
—Entonces monsieur me llamará si... si se presenta la ocasión; procure ir por el centro del camino, los bordes son muy escabrosos.
—Desde luego, desde luego —dijo Dennistoun, que ardía en deseos de examinar su adquisición a solas; y salió al pasillo con el libro bajo el brazo.
Allí le salió al paso la hija; según parecía, deseaba hacer un pequeño negocio por su cuenta; tal vez, al igual que Giezi, «tomar alguna cosa» de aquel extranjero a quien su padre había perdonado.
—Un crucifijo de plata con su cadena para el cuello; ¿tendría monsieur la bondad de aceptarlo?
A decir verdad, Dennistoun no tenía gran utilidad para semejantes objetos. ¿Qué quería mademoiselle por él?
—Nada, nada en absoluto. Monsieur es más que bienvenido a quedárselo.
El tono con que dijo esto y mucho más era a todas luces sincero, de modo que Dennistoun no tuvo más remedio que deshacerse en agradecimientos y consentir en que le pusieran la cadena al cuello. En verdad parecía como si les hubiera hecho al padre y a la hija un favor que apenas sabían cómo recompensar. Cuando se marchó con su libro, ambos se quedaron en la puerta mirándole alejarse, y aún seguían mirando cuando él les hizo una última seña de buenas noches desde la escalinata del Chapeau Rouge.
Había terminado la cena y Dennistoun se encontraba en su habitación, encerrado a solas con su adquisición. La patrona había demostrado un interés muy particular por él desde que le oyera decir que había visitado al sacristán y le había comprado un libro viejo. Creyó también haber oído un apresurado diálogo entre ella y dicho sacristán en el pasillo, frente a la salle à manger; unas palabras en el sentido de que «Pierre y Bertrand dormirían en la casa» habían puesto fin a la conversación.
Durante todo aquel tiempo se le había ido insinuando un creciente malestar: una reacción nerviosa, tal vez, tras el alborozo del hallazgo. Fuese lo que fuese, desembocó en la convicción de que había alguien a su espalda y de que se sentía mucho más a gusto con la espalda pegada a la pared. Todo esto, por supuesto, pesaba muy poco en la balanza comparado con el valor evidente de la colección que había adquirido. Y ahora, como decía, se hallaba a solas en su dormitorio, pasando revista a los tesoros del canónigo Alberic, en los que cada instante descubría algo más encantador.
—¡Bendito sea el canónigo Alberic! —dijo Dennistoun, que tenía la inveterada costumbre de hablar a solas—. ¿Dónde estará ahora? ¡Válgame Dios! Ojalá esa patrona aprendiera a reír de un modo más alegre; le hace sentir a uno como si hubiera un muerto en la casa. ¿Media pipa más, dices? Quizá tengas razón. Me pregunto qué será ese crucifijo que la joven se empeñó en regalarme. Del siglo pasado, imagino. Sí, seguramente. Es un trasto bastante engorroso para llevarlo al cuello: pesa demasiado. Lo más probable es que su padre lo haya llevado durante años. Me parece que podría darle una limpieza antes de guardarlo.
Se había quitado el crucifijo y lo había depositado sobre la mesa cuando su atención fue atraída por un objeto posado sobre el tapete rojo, justo junto a su codo izquierdo. Dos o tres hipótesis sobre lo que pudiera ser cruzaron por su cerebro con su propia e incalculable rapidez.
—¿Un limpiaplumas? No, no hay tal cosa en la casa. ¿Una rata? No, demasiado negra. ¿Una araña enorme? ¡Espero por Dios que no!... no. ¡Santo Dios! ¡Una mano como la de aquel dibujo!
En otro destello infinitesimal lo comprendió todo. Una piel pálida, cetrina, que no cubría sino huesos y tendones de una fuerza aterradora; pelos negros y ásperos, más largos de lo que jamás brotaron en mano humana; uñas que nacían en las puntas de los dedos y se curvaban bruscamente hacia abajo y hacia delante, grises, córneas y rugosas.
Saltó de la silla con un terror mortal e inconcebible que le atenazaba el corazón. La figura, cuya mano izquierda descansaba en la mesa, se estaba incorporando detrás de su asiento, con la mano derecha encorvada sobre su coronilla. La envolvían unos ropajes negros y andrajosos; el pelo áspero la cubría como en el dibujo. La mandíbula inferior era delgada —¿cómo llamarla?—, poco profunda, como la de una bestia; asomaban dientes tras los labios negros; no tenía nariz; los ojos, de un amarillo ardiente contra el cual las pupilas destacaban negras e intensas, y el odio triunfante y la sed de aniquilar la vida que en ellos brillaban, eran los rasgos más espantosos de toda la visión. Había en ellos una suerte de inteligencia: una inteligencia superior a la de una bestia, inferior a la de un hombre.
Los sentimientos que aquel horror despertó en Dennistoun fueron el más intenso pavor físico y la más profunda repugnancia moral. ¿Qué hizo? ¿Qué podía hacer? Jamás ha estado del todo seguro de las palabras que pronunció, pero sabe que habló, que echó mano a ciegas al crucifijo de plata, que percibió un movimiento del demonio hacia él y que gritó con la voz de un animal desgarrado por un dolor espantoso.
Pierre y Bertrand, los dos fornidos y pequeños mozos de servicio, que acudieron a toda prisa, no vieron nada, pero se sintieron empujados a un lado por algo que pasó entre ellos hacia afuera, y encontraron a Dennistoun desmayado. Pasaron la noche en vela junto a él, y sus dos amigos se personaron en Saint-Bertrand a las nueve de la mañana siguiente. Él mismo, aunque todavía tembloroso y alterado, se hallaba ya casi repuesto para entonces, y su historia fue creída por ellos, si bien no antes de que hubieran visto el dibujo y hablado con el sacristán.
Casi al amanecer, el hombrecillo se había presentado en la posada con cualquier pretexto y había escuchado con el más hondo interés el relato transmitido por la patrona. No mostró sorpresa alguna.
—Es él... ¡es él! Yo mismo lo he visto —fue su único comentario; y a todas las preguntas no concedió más que una sola respuesta: «Deux fois je l’ai vu; mille fois je l’ai senti». No quiso decirles nada de la procedencia del libro, ni detalle alguno de sus experiencias—. Pronto he de dormir, y mi descanso será dulce. ¿Por qué habrían de molestarme? —dijo.
Murió aquel verano; su hija se casó y se estableció en Saint-Papoul. Jamás comprendió las circunstancias de la «obsesión» de su padre.
Nunca sabremos lo que él o el canónigo Alberic de Mauléon padecieron. Al dorso de aquel fatídico dibujo figuraban unas líneas manuscritas que cabe suponer arrojan alguna luz sobre el caso:
Contradictio Salomonis cum demonio nocturno. Albericus de Mauléone delineavit. V. Deus in adiutorium. Ps. Qui habitat. Sancte Bertrande, demoniorum effugator, intercede pro me miserrimo. Primum uidi nocte 12(mi) Dec. 1694: uidebo mox ultimum. Peccaui et passus sum, plura adhuc passurus. Dec. 29, 1701.
I.e., La disputa de Salomón con un demonio nocturno. Dibujado por Alberic de Mauléon. Versículo. Señor, apresúrate a socorrerme. Salmo. El que habita xci. San Bertrand, que pones en fuga a los demonios, ruega por mí, el más desventurado. Lo vi por primera vez en la noche del 12 de dic. de 1694: pronto habré de verlo por última vez. He pecado y he sufrido, y aún me queda más por sufrir. 29 de dic. de 1701. La Gallia Christiana da como fecha de la muerte del canónigo el 31 de diciembre de 1701, «en la cama, de un ataque repentino». Los detalles de este jaez no son frecuentes en la gran obra de los Sammarthani.
Nunca he llegado a comprender del todo cuál era la opinión de Dennistoun sobre los sucesos que he relatado. Una vez me citó un texto del Eclesiástico: «Hay espíritus que fueron creados para la venganza, y que en su furor descargan duros azotes». En otra ocasión dijo: —Isaías era un hombre muy sensato; ¿no dice algo acerca de monstruos nocturnos que habitan en las ruinas de Babilonia? Estas cosas quedan un tanto fuera de nuestro alcance por el momento.
Otra confidencia suya me causó cierta impresión, y la comprendí. El año pasado habíamos ido a Comminges para ver la tumba del canónigo Alberic. Se trata de un gran monumento de mármol con una efigie del canónigo con gran peluca y sotana, y un elaborado elogio de su erudición debajo. Vi a Dennistoun hablar durante algún tiempo con el vicario de Saint-Bertrand, y mientras nos alejábamos en el coche me dijo: —Espero que no esté mal: ya sabes que soy presbiteriano..., pero yo... creo que habrá «celebración de misas y canto de responsos» por el descanso de Alberic de Mauléon —luego añadió, con un deje del norte de Gran Bretaña en el tono—: No tenía ni idea de que salieran tan caras.
El libro se encuentra en la Colección Wentworth, en Cambridge. El dibujo fue fotografiado y luego quemado por Dennistoun el día en que abandonó Comminges con motivo de su primera visita.
CORAZONES PERDIDOS
Fue, hasta donde he podido averiguar, en septiembre del año 1811 cuando una posta se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall, en el corazón de Lincolnshire. El chiquillo que era el único pasajero del carruaje, y que saltó fuera en cuanto este se detuvo, miró a su alrededor con la más viva curiosidad durante el breve intervalo transcurrido entre el sonido de la campanilla y la apertura de la puerta principal. Vio una casa alta, cuadrada, de ladrillo rojo, construida durante el reinado de Ana; en el estilo clásico más depurado de 1790 se le había añadido un pórtico con columnas de piedra; las ventanas de la casa eran numerosas, altas y estrechas, con cristales pequeños y gruesa carpintería blanca. Un frontón, horadado por un ojo de buey, coronaba la fachada. Había alas a derecha e izquierda, comunicadas con el cuerpo central mediante curiosas galerías acristaladas sostenidas por columnatas. Resultaba evidente que dichas alas albergaban las caballerizas y las dependencias de servicio. Cada una de ellas estaba rematada por una cúpula ornamental con una veleta dorada.
La luz del atardecer brillaba sobre el edificio, haciendo que los cristales de las ventanas resplandecieran como otras tantas ascuas. Frente a la mansión se extendía un parque llano salpicado de robles y orlado de abetos, que se recortaban contra el cielo. El reloj de la torre de la iglesia, sepultada entre los árboles al borde del parque y de la que solo la dorada veleta atrapaba la luz, daba las seis, y el tañido llegaba flotando con suavidad a favor del viento. Fue, en conjunto, una impresión grata, aunque teñida de esa clase de melancolía propia de una tarde de principios de otoño, la que se grabó en el ánimo del muchacho que aguardaba en el pórtico a que le abrieran la puerta.
La posta lo había traído desde Warwickshire, donde, unos seis meses antes, había quedado huérfano. Ahora, gracias al generoso ofrecimiento de su primo anciano, el señor Abney, se trasladaba a vivir a Aswarby. El ofrecimiento era inesperado, pues cuantos conocían en algo al señor Abney lo tenían por un ermitaño un tanto austero, en cuyo sosegado hogar la llegada de un niño pequeño introduciría un elemento nuevo y, al parecer, incongruente. Lo cierto es que muy poco se sabía acerca de las ocupaciones o del carácter del señor Abney. Se había oído decir al catedrático de griego de Cambridge que nadie sabía más de las creencias religiosas del paganismo tardío que el dueño de Aswarby. Desde luego, su biblioteca contenía todos los libros disponibles por entonces referentes a los Misterios, los poemas órficos, el culto de Mitra y los neoplatónicos. En el vestíbulo pavimentado de mármol se alzaba un hermoso grupo escultórico de Mitra sacrificando al toro, que el propietario había importado de Levante a gran coste. Había publicado una descripción del mismo en la Gentleman’s Magazine y había escrito una notable serie de artículos en el Critical Museum sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. Se le consideraba, en fin, un hombre absorto en sus libros, y causó gran sorpresa entre sus vecinos que se hubiese enterado siquiera de la existencia de su primo huérfano, Stephen Elliott, y mucho más que se hubiese ofrecido a acogerlo en Aswarby Hall.
Esperasen lo que esperasen sus vecinos, lo cierto es que el señor Abney —el alto, el enjuto, el austero señor Abney— parecía dispuesto a dispensar a su joven primo una afectuosa acogida. En cuanto se abrió la puerta principal, salió a escape de su despacho, frotándose las manos de contento.
—¿Cómo estás, muchacho?, ¿cómo estás? ¿Cuántos años tienes? —dijo—; es decir, espero que no estés demasiado cansado por el viaje para cenar.
—No, gracias, señor —contestó el señorito Elliott—; me encuentro bastante bien.
—Buen chico —dijo el señor Abney—. ¿Y cuántos años tienes, muchacho?
Parecía un tanto extraño que le hubiese hecho aquella pregunta dos veces en los dos primeros minutos de conocerse.
—Cumpliré doce años en mi próximo cumpleaños, señor —dijo Stephen.
—¿Y cuándo es tu cumpleaños, querido muchacho? El once de septiembre, ¿eh? Está bien, está muy bien. Falta casi un año, ¿no es así? Me gusta... ¡ja, ja!... me gusta apuntar estas cosas en mi libro. ¿Seguro que son doce? ¿Completamente seguro?
—Sí, muy seguro, señor.
—¡Bien, bien! Llévelo a la habitación de la señora Bunch, Parkes, y que tome el té..., la cena..., lo que sea.
—Sí, señor —respondió el circunspecto señor Parkes; y condujo a Stephen a las dependencias inferiores.
La señora Bunch era la persona más acogedora y humana que Stephen había conocido hasta entonces en Aswarby. Le hizo sentirse por completo como en su propia casa; a los quince minutos ya eran grandes amigos, y grandes amigos siguieron siendo. La señora Bunch había nacido en los alrededores unos cincuenta y cinco años antes de la llegada de Stephen, y llevaba veinte años residiendo en la mansión. Por consiguiente, si alguien conocía los entresijos de la casa y de la comarca, era la señora Bunch; y no sentía la menor renuencia a compartir su información.
Ciertamente había infinidad de cosas de la mansión y de los jardines sobre las que Stephen, que tenía un natural aventurero e inquisitivo, ardía en deseos de recibir explicaciones. «¿Quién construyó el templete al final del paseo de los laureles? ¿Quién era el anciano cuyo retrato colgaba en la escalera, sentado a una mesa, con una calavera bajo la mano?». Estas y muchas cuestiones parecidas quedaron aclaradas merced a los recursos del poderoso intelecto de la señora Bunch. Había otras, sin embargo, respecto a las cuales las explicaciones ofrecidas resultaron menos satisfactorias.
Fin del Episodio 2 · de 18
El álbum del canónigo Alberic (final) y Corazones perdidos
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.