Cuentos de fantasmas de un anticuario·Episodio 01

El álbum del canónigo Alberic

~15 min · 2915 palabras

EL ÁLBUM DEL CANÓNIGO ALBERIC

Saint-Bertrand-de-Comminges es una villa decrépita situada en las estribaciones de los Pirineos, no muy lejos de Toulouse y aún más cerca de Bagnères-de-Luchon. Fue sede episcopal hasta la Revolución y cuenta con una catedral visitada por cierto número de turistas. En la primavera de 1883 llegó a este lugar anclado en el pasado —apenas puedo dignificarlo con el nombre de ciudad, pues no llega al millar de habitantes— un caballero inglés. Se trataba de un graduado de Cambridge que había venido expresamente desde Toulouse para ver la iglesia de Saint-Bertrand, dejando en su hotel de Toulouse a dos amigos, menos aficionados a la arqueología que él, bajo la promesa de que se le unirían a la mañana siguiente. A ellos les bastaría media hora en la iglesia, y los tres podrían continuar después su viaje en dirección a Auch. Pero nuestro inglés había llegado temprano aquel día y se proponía llenar un cuaderno de notas y gastar varias docenas de placas fotográficas en el proceso de describir y retratar cada rincón de la maravillosa iglesia que corona la colinita de Comminges. A fin de llevar a cabo tal propósito de manera satisfactoria, resultaba indispensable monopolizar al pertiguero de la iglesia durante toda la jornada. La posadera del Chapeau Rouge, dama de modales más bien bruscos, mandó llamar, pues, al pertiguero o sacristán (prefiero este último apelativo, por inexacto que sea); y cuando este se presentó, el inglés halló en él un objeto de estudio inesperadamente interesante. El interés no radicaba en el aspecto exterior de aquel hombrecillo menudo, seco y enjuto, pues era idéntico a docenas de otros custodios de iglesias de Francia, sino en un curioso aire furtivo o, más bien, de acorralamiento y congoja. No cesaba de mirar de reojo a su espalda; los músculos de los hombros y del lomo parecían encogerse en una continua contracción nerviosa, cual si temiese verse a cada instante en las garras de un enemigo. El inglés apenas sabía si clasificarlo como a un hombre presa de una idea fija delirante, como a alguien abrumado por una conciencia culpable o como a un marido insoportablemente sometido a una arpía. Al sopesar las probabilidades, todo apuntaba sin duda a esta última posibilidad; con todo, la impresión que transmitía era la de un perseguidor todavía más formidable que una esposa furibunda.

Sin embargo, el inglés (llamémoslo Dennistoun) no tardó en enfrascarse tanto en su libreta y en su cámara como para no dedicar al sacristán más que una mirada ocasional. Siempre que lo miraba, lo encontraba a poca distancia, ora acurrucado contra la pared, ora agazapado en una de las espléndidas sillerías del coro. Al cabo de un rato, Dennistoun empezó a sentirse algo inquieto. Comenzaron a atormentarlo sospechas encontradas: que estaba privando al anciano de su déjeuner, o bien que este temía que fuera a llevarse el báculo de marfil de san Beltrán o el polvoriento cocodrilo disecado que cuelga sobre la pila bautismal.

—¿No se marcha a casa? —dijo al fin—. Puedo terminar perfectamente mis notas a solas; si quiere, puede dejarme encerrado con llave. Necesitaré al menos un par de horas más aquí, y debe de estar pasando frío, ¿no es así?

—¡Santo cielo! —exclamó el hombrecillo, a quien la sugerencia pareció sumir en un estado de inexplicable terror—. ¡Ni pensarlo por un momento! ¿Dejar a monsieur solo en la iglesia? No, no; dos horas, tres horas, a mí me da lo mismo. Ya he almorzado y no tengo nada de frío, muchísimas gracias a monsieur.

—Muy bien, hombrecillo —se dijo Dennistoun para sus adentros—; advertido queda y atengase a las consecuencias.

Antes de que expiraran las dos horas, la sillería, el enorme y ruinoso órgano, el jubé del obispo Jean de Mauléon, los restos de vidrieras y tapices, así como los objetos de la cámara del tesoro, habían sido concienzudamente examinados; y el sacristán continuaba pegado a los talones de Dennistoun, volviéndose bruscamente de vez en cuando como si lo hubiera picado un insecto cada vez que llegaba a su oído alguno de esos extraños ruidos que turban los grandes edificios desiertos. Eran a veces ruidos ciertamente singulares.

—Una vez —me contó Dennistoun—, habría jurado oír una voz fina y metálica que reía allá arriba, en la torre. Dirigí una mirada interrogante a mi sacristán. Estaba blanco hasta los labios. «Es él... es decir... no es nadie; la puerta está cerrada con llave», fue todo lo que dijo, y nos miramos fijamente durante un minuto entero.

Otro pequeño incidente desconcertó bastante a Dennistoun. Estaba examinando un lienzo grande y oscuro que cuelga detrás del altar, perteneciente a una serie que ilustra los milagros de san Beltrán. La composición del cuadro es casi indescifrable, pero debajo figura una leyenda en latín que reza así:

Qualiter S. Bertrandus liberavit hominem quem diabolus diu volebat strangulare. (Cómo san Beltrán libró a un hombre a quien el Diablo buscó estrangular durante largo tiempo).

Dennistoun se volvía ya hacia el sacristán con una sonrisa y alguna observación jocosa en los labios, pero se quedó perplejo al ver al anciano de rodillas, contemplando el cuadro con la mirada de un suplicante en agonía, las manos fuertemente entrelazadas y un torrente de lágrimas por las mejillas. Dennistoun, como es natural, fingió no haber advertido nada, pero no lograba quitarse de la cabeza la pregunta: «¿Por qué un mamarracho de esta calaña iba a conmover a nadie con tanta fuerza?». Creyó vislumbrar una suerte de clave para el extraño aspecto que lo había tenido intrigado durante todo el día: el hombre debía de ser un monomaníaco; pero ¿cuál era su monomanía?

Eran cerca de las cinco; la corta jornada llegaba a su fin y la iglesia comenzaba a poblarse de sombras, al tiempo que los extraños ruidos —los pasos apagados y las voces lejanas que habían podido percibirse a lo largo de todo el día— parecían volverse más frecuentes e insistentes, sin duda debido a la mortecina luz y a la consiguiente agudización del sentido del oído.

El sacristán comenzó a mostrar por primera vez signos de prisa e impaciencia. Exhaló un suspiro de alivio cuando la cámara y el cuaderno quedaron por fin recogidos y guardados, e indicó apresuradamente a Dennistoun con un gesto que se dirigiera a la puerta occidental de la iglesia, bajo la torre. Era hora de tocar el Ángelus. Unos cuantos tirones de la recia maroma, y la gran campana Bertrande, allá en lo alto de la torre, comenzó a hablar, balanceando su voz hacia arriba, entre los pinos, y hacia abajo, a los valles rumorosos de torrentes montaraces, llamando a los moradores de aquellas colinas solitarias a recordar y repetir el saludo del ángel a aquella a quien llamó Bendita entre todas las mujeres. Con ello pareció descender por primera vez en todo el día una quietud profunda sobre la pequeña villa, y Dennistoun y el sacristán salieron de la iglesia.

En el umbral entablaron conversación.

—Monsieur parecía interesarse por los viejos libros de coro de la sacristía.

—Sin duda alguna. Iba a preguntarle si había alguna biblioteca en la villa.

—No, monsieur; tal vez antaño hubiera una perteneciente al Cabildo, pero ahora este es un lugar tan pequeño... —Aquí sobrevino una extraña pausa de irresolución, al parecer; luego, con una especie de arrebato, continuó—: Pero si monsieur es amateur des vieux livres, tengo en casa algo que podría interesarle. No dista ni cien pasos.

Al instante, todos los caros sueños de Dennistoun de hallar manuscritos de valor incalculable en rincones inexplorados de Francia refulgieron con fuerza, para apagarse al momento siguiente. Probablemente se tratase de un estúpido misal impreso por Plantino hacia 1580. ¿Qué probabilidades había de que un lugar tan próximo a Toulouse no hubiera sido saqueado tiempo atrás por los coleccionistas? Con todo, sería una insensatez no ir; se lo reprocharía para siempre si se negaba. Así pues, se pusieron en marcha. Por el camino, Dennistoun volvió a pensar en la extraña irresolución y la repentina determinación del sacristán, y se preguntó con cierto sonrojo si no lo estarían atrayendo a algún suburbio apartado para liquidarlo por considerarlo un inglés acaudalado. Se las ingenió, por consiguiente, para entablar conversación con su guía y deslizar, con bastante torpeza, que esperaba a dos amigos que se reunirían con él a primera hora de la mañana siguiente. Para su sorpresa, la noticia pareció aliviar al instante al sacristán de parte de la angustia que lo abrumaba.

—Eso está bien —dijo con bastante viveza—; eso está muy bien. Monsieur viajará en compañía de sus amigos; estarán siempre cerca de él. Es bueno viajar así en compañía... a veces.

La última palabra pareció ser un añadido tardío que sumió de nuevo al pobre hombrecillo en el abatimiento.

Pronto llegaron a la casa, que era algo más grande que las vecinas, de piedra, con un escudo esculpido sobre la puerta: el blasón de Albérico de Mauléon, descendiente colateral, según me cuenta Dennistoun, del obispo Juan de Mauléon. Este Albérico fue canónigo de Comminges desde 1680 hasta 1701. Las ventanas superiores de la casona estaban tapiadas con maderas, y todo el lugar presentaba, como el resto de Comminges, el aspecto de una vejez decadente.

Al llegar al umbral de su puerta, el sacristán se detuvo un momento.

—Tal vez —dijo—, tal vez, después de todo, ¿monsieur no disponga de tiempo?

—En absoluto, me sobra el tiempo; no tengo nada que hacer hasta mañana. Veamos qué es lo que tiene.

En ese instante se abrió la puerta y se asomó un rostro, un rostro mucho más joven que el del sacristán, pero con un no sé qué de la misma expresión afligida; solo que aquí no parecía tanto la marca del temor por la propia seguridad como una viva angustia por la de otro. A todas luces, quien se asomaba era la hija del sacristán; y, a no ser por la expresión descrita, era una muchacha bastante hermosa. Se reanimó considerablemente al ver a su padre acompañado de un forastero corpulento. Padre e hija intercambiaron unas palabras, de las cuales Dennistoun solo captó estas, pronunciadas por el sacristán: «Se estaba riendo en la iglesia»; palabras a las que la muchacha solo respondió con una mirada de espanto.

Pero al minuto siguiente se hallaban ya en la sala de estar de la casa, una pieza pequeña y alta con suelo de piedra, llena de sombras movedizas que proyectaba un fuego de leña que chisporroteaba en un gran hogar. Un crucifijo alto, que llegaba casi al techo en un rincón, le confería cierto aire de oratorio; la figura estaba pintada en colores naturales y la cruz era negra. Debajo se alzaba un arcón de venerable antigüedad y solidez, y cuando hubieron traído una lámpara y colocado las sillas, el sacristán fue hacia él y extrajo de su interior, con creciente excitación y nerviosismo —o así le pareció a Dennistoun—, un libro voluminoso envuelto en un paño blanco, sobre el cual había toscamente bordada en hilo rojo una cruz. Incluso antes de retirar la envoltura, Dennistoun comenzó a interesarse por el tamaño y la forma del volumen. «Demasiado grande para un misal —pensó—, y no tiene la forma de un antifonario; quizá sea algo bueno, después de todo». Al instante siguiente, el libro estaba abierto y Dennistoun sintió que al fin había dado con algo mejor que bueno. Ante él reposaba un gran infolio, encuadernado, tal vez, a finales del siglo XVII, con las armas del canónigo Albérico de Mauléon estampadas en oro en las tapas. Habría unas ciento cincuenta hojas de papel en el libro, y en casi todas ellas había fijado un folio arrancado a algún manuscrito iluminado. Con semejante colección apenas se habría atrevido a soñar Dennistoun ni en sus momentos de mayor delirio. Había allí diez folios de una copia del Génesis, ilustrada con miniaturas, que no podía ser posterior al año 700 d. C. Más adelante se encontraba una serie completa de pinturas de un salterio, de factura inglesa, de lo más exquisito que pudo producir el siglo XIII; y, quizá lo mejor de todo, había veinte hojas de escritura uncial en latín que, según revelaron de inmediato unas cuantas palabras cazadas aquí y allá, debían pertenecer a algún tratado patrístico antiquísimo y desconocido. ¿Acaso podía tratarse de un fragmento de la copia de Papías Sobre las palabras de Nuestro Señor, cuya existencia en Nimes constaba hasta fechas tan tardías como el siglo XII? En cualquier caso, ya había tomado una decisión: aquel libro debía regresar con él a Cambridge, aun si tenía que retirar todo el saldo de su cuenta bancaria y quedarse en Saint-Bertrand hasta que llegase el dinero. Levantó la vista hacia el sacristán para ver si su rostro traslucía algún indicio de que el libro estuviese a la venta. El sacristán estaba pálido y sus labios temblaban.

Hoy sabemos que aquellas hojas contenían en efecto un fragmento considerable de dicha obra, si no de ese mismo ejemplar.

—Si monsieur quiere pasar hasta el final... —dijo.

Así que monsieur siguió pasando páginas, encontrando nuevos tesoros a cada vuelta de hoja; y al final del libro dio con dos pliegos de papel, de fecha mucho más reciente que todo cuanto había visto hasta entonces, que lo dejaron sumamente perplejo. Debían de ser contemporáneos, resolvió, del desaprensivo canónigo Albérico, quien sin duda había saqueado la biblioteca capitular de Saint-Bertrand para confeccionar este álbum de recortes de valor incalculable. En la primera de las hojas de papel había un plano, dibujado con esmero y reconocible al instante para cualquiera que conociese el lugar, de la nave sur y los claustros de Saint-Bertrand. Había curiosos signos que parecían símbolos planetarios y unas cuantas palabras en hebreo en las esquinas; y en el ángulo noroeste del claustro figuraba una cruz trazada con pintura dorada. Debajo del plano había unas líneas escritas en latín, que rezaban así:

Responsa 12mi Dec. 1694. Interrogatum est: Inveniamne? Responsum est: Invenies. Fiamne dives? Fies. Vivamne invidendus? Vives. Moriarne in lecto meo? Ita. (Respuestas del 12 de diciembre de 1694. Se preguntó: ¿Lo encontraré? Respuesta: Lo encontrarás. ¿Me haré rico? Lo serás. ¿Viviré siendo objeto de envidia? Lo serás. ¿Moriré en mi cama? Así será).

—Un buen espécimen de registro de buscador de tesoros; recuerda por completo al señor canónigo menor Quatremain en Old St Paul’s —fue el comentario de Dennistoun, y volvió la hoja.

Lo que vio entonces le impresionó, según me ha dicho a menudo, más de lo que jamás hubiera creído que un dibujo o un cuadro pudiera impresionarle. Y, aunque el dibujo que vio ya no existe, se conserva una fotografía de él (que obra en mi poder) que confirma plenamente dicha afirmación. La imagen en cuestión era un dibujo a la sepia de finales del siglo XVII que representaba, se diría a primera vista, una escena bíblica; pues la arquitectura (el cuadro representaba un interior) y las figuras tenían ese sabor semiclasicista que los artistas de hace doscientos años consideraban apropiado para las ilustraciones de la Biblia. A la derecha se hallaba un rey en su trono, elevado sobre doce peldaños, con un dosel por encima y soldados a ambos lados: con toda evidencia, el rey Salomón. Se inclinaba hacia delante con el cetro extendido, en actitud de mando; su rostro expresaba horror y repugnancia, mas se advertía también en él la impronta de una autoridad imperiosa y de un poder seguro de sí mismo. La mitad izquierda del cuadro era, sin embargo, la más extraña. A todas luces, el interés se concentraba allí. Sobre el pavimento, ante el trono, se agrupaban cuatro soldados que rodeaban a una figura agazapada que describiré dentro de un instante. Un quinto soldado yacía muerto en el suelo, con el cuello dislocado y los ojos desorbitados, saliéndosele de la cabeza. Los cuatro guardias que la rodeaban miraban al rey. En sus rostros, el sentimiento de espanto se hallaba exacerbado; daba la impresión, en verdad, de que sólo la fe ciega en su señor les impedía huir. Todo aquel terror lo provocaba a las claras el ser agazapado en medio de ellos. Desespero por completo de transmitir con palabras la impresión que esta figura causa en cualquiera que la contempla. Recuerdo haberle enseñado en una ocasión la fotografía del dibujo a un profesor de morfología, persona de hábitos mentales, iba a decir, anormalmente sensatos y desprovistos de imaginación. Se negó en redondo a quedarse solo durante el resto de la velada, y más tarde me confesó que durante muchas noches no se había atrevido a apagar la luz antes de conciliar el sueño. Sin embargo, al menos puedo indicar los rasgos principales de la figura. Al principio sólo se advertía una maraña de pelo negro, áspero y apelmazado; luego se comprobaba que aquello cubría un cuerpo de una delgadez espantosa, casi un esqueleto, pero con los músculos tensos y marcados como alambres. Las manos eran de una palidez cetrina, cubiertas, al igual que el cuerpo, de pelos largos y ásperos, y provistas de unas garras espantosas. Los ojos, avivados con un toque de amarillo ardiente, tenían pupilas intensamente negras, y estaban clavados en el rey entronizado con una mirada de odio bestial. Imagínese una de las temibles tarántulas comeaves de Sudamérica transmutada en forma humana, y dotada de una inteligencia apenas inferior a la humana, y se tendrá una vaga noción del terror que inspiraba aquella pavorosa efigie. Hay una observación que formulan invariablemente cuantos han visto el cuadro: «Fue dibujado del natural».

Fin del Episodio 1 · de 18

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