Azul…·Episodio 20

Capítulo II · 10

~7 min · 1490 palabras

Ardor adolescente, miradas y caricias; cómo estaría trémula en mis brazos la dulce amada mía, dándome con sus ojos luz sagrada, con su aroma de flor, savia divina. En la alcoba la lámpara derramando sus luces opalinas; oyéndose tan sólo suspiros, ecos, risas; el ruido de los besos; la música triunfante de mis rimas, y en la negra y cercana chimenea el tuero brillador que estalla en chispas. Dentro, el amor que abrasa; fuera, la noche fría.

PENSAMIENTOS DE OTOÑO

(De Armand Silvestre.)

Huye el año a su término como arroyo que pasa, llevando del Poniente luz fugitiva y pálida. Y así como el del pájaro que triste tiende el ala, el vuelo del recuerdo que al espacio se lanza languidece en lo inmenso del azul por do vaga. Huye el año a su término como arroyo que pasa.

◇

Un algo de alma aun yerra por los cálices muertos de las tardes volúbiles y los rosales trémulos. Y de luces lejanas al hondo firmamento, en alas del perfume aun se remonta un sueño. Un algo de alma aun yerra por los cálices muertos.

◇

Canción de despedida fingen las fuentes turbias. Si te place, amor mío, volvamos a la ruta que allá en la primavera ambos, las manos juntas, seguimos, embriagados de amor y de ternura, por los gratos senderos do sus ramas columpian olientes avenidas que las flores perfuman. Canción de despedida fingen las fuentes turbias.

◇

Un cántico de amores brota mi pecho ardiente que eterno abril fecundo de juventud florece. ¡Que mueran, en buena hora los bellos días! Llegue otra vez el invierno; renazca áspero y fuerte. Del viento entre el quejido, cual mágico himno alegre, un cántico de amores brota mi pecho ardiente.

◇

Un cántico de amores a tu sacra beldad, ¡mujer, eterno estío, primavera inmortal! Hermana del ígneo astro que por la inmensidad en toda estación vierte fecundo sin cesar, de su luz esplendente el dorado raudal. Un cántico de amores a tu sacra beldad, ¡mujer, eterno estío, primavera inmortal!

A UN POETA

Nada más triste que un titán que llora, hombre-montaña encadenado a un lirio, que gime, fuerte, que pujante, implora: víctima propia en su fatal martirio.

Hércules loco que a los pies de Onfalia la clava deja y el luchar rehúsa, héroe que calza femenil sandalia, vate que olvida la vibrante musa.

¡Quien desquijaba los robustos leones, hilando esclavo con la débil rueca; sin labor, sin empuje, sin acciones: puños de fierro y áspera muñeca!

No es tal poeta para hollar alfombras por donde triunfan femeniles danzas: que vibre rayos para herir las sombras, que escriba versos que parezcan lanzas.

Relampagueando la soberbia estrofa, su surco deje de esplendente lumbre, y el pantano de escándalo y de mofa que no lo vea el águila en su cumbre.

Bravo soldado con su casco de oro lance el dardo que quema y que desgarra, que embista rudo como embiste el toro, que clave firme, como el león, la garra.

Cante valiente y al cantar trabaje; que ofrezca robles si se juzga monte; que su idea, en el mal rompa y desgaje como en la selva virgen el bisonte.

Que lo que diga la inspirada boca suene en el pueblo con palabra extraña; ruido de oleaje al azotar la roca, voz de caverna y soplo de montaña.

Deje Sansón de Dálila el regazo: Dálila engaña y corta los cabellos. No pierda el fuerte el rayo de su brazo por ser esclavo de unos ojos bellos.

ANAGKE

Y dijo la paloma: —Yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo, en el árbol en flor, junto a la poma, llena de miel, junto al retoño suave y húmedo por las gotas de rocío, tengo mi hogar. Y vuelo con mis anhelos de ave, del amado árbol mío hasta el bosque lejano, cuando al himno jocundo del despertar de Oriente, sale el alba desnuda, y muestra al mundo el pudor de la luz sobre su frente. Mi ala es blanca y sedosa; la luz la dora y baña y céfiro la peina. Son mis pies como pétalos de rosa. Yo soy la dulce reina que arrulla a su palomo en la montaña. En el fondo del bosque pintoresco está el alerce en que formé mi nido; y tengo allí, bajo el follaje fresco, un polluelo sin par, recién nacido. Soy la promesa alada, el juramento vivo; soy quien lleva el recuerdo de la amada para el enamorado pensativo; yo soy la mensajera de los tristes y ardientes soñadores, que va a revolotear diciendo amores junto a una perfumada cabellera. Soy el lirio del viento. Bajo el azul del hondo firmamento muestro de mi tesoro bello y rico las preseas y galas: el arrullo en el pico, la acaricia en las alas. Yo despierto a los pájaros parleros y entonan sus melódicos cantares: me poso en los floridos limoneros y derramo una lluvia de azahares. Yo soy toda inocente, toda pura. Yo me esponjo en las ansias del deseo, y me estremezco en la íntima ternura de un roce, de un rumor, de un aleteo. ¡Oh, inmenso azul! Yo te amo. Porque a Flora das la lluvia y el sol siempre encendido: porque, siendo el palacio de la aurora, también eres el techo de mi nido. ¡Oh, inmenso azul! Yo adoro tus celajes risueños, y esa niebla sutil de polvos de oro donde van los perfumes y los sueños. Amo los velos tenues, vagarosos, de las flotantes brumas, donde tiendo a los aires cariñosos el sedeño abanico de mis plumas. ¡Soy feliz! porque es mía la floresta, donde el misterio de los nidos se halla; porque el alba es mi fiesta y el amor mi ejercicio y mi batalla. Feliz, porque de dulces ansias llena calentar mis polluelos es mi orgullo, porque en las selvas vírgenes resuena la música celeste de mi arrullo, porque no hay una rosa que no me ame, ni pájaro gentil que no me escuche, ni garrido cantor que no me llame. —¿Sí? —dijo entonces un gavilán infame, y con furor se la metió en el buche. Entonces el buen Dios, allá en su trono, (mientras Satán, por distraer su encono aplaudía a aquel pájaro zahareño) se puso a meditar. Arrugó el ceño, y pensó, al recordar sus vastos planes, y recorrer sus puntos y sus comas, que cuando creó palomas no debía haber creado gavilanes.

como una rosa roja que fuera flor de lis; abre los ojos; mírame, con su mirar risueño, y en tanto cae la nieve del cielo de París.

SONETOS

CAUPOLICÁN

A Enrique Hernández Miyares.

Es algo formidable que vió la vieja raza: robusto tronco de árbol al hombro de un campeón salvaje y aguerrido, cuya fornida maza blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, lancero de los bosques, Nenrod que todo caza, desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vió la luz del día, le vió la tarde pálida, le vió la noche fría, y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta. Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: «Basta», e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

VENUS

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín, o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

«¡Oh, reina rubia!—díjele,—mi alma quiere dejar su crisálida y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar.» El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida. Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

DE INVIERNO

En invernales horas, mirad a Carolina. Medio apelotonada, descansa en el sillón, envuelta con su abrigo de marta cibelina y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco, junto a ella se reclina, rozando con su hocico la falda de Alençón, no lejos de las jarras de porcelana china que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño; entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris; voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis; abre los ojos; mírame, con su mirar risueño y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Su ave es la venusina, la tímida paloma. Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma, en todos los combates del arte o del amor.

MEDALLONES

Fin del Episodio 20 · de 21

Capítulo II · 10

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