Azul…·Episodio 19

Capítulo II · 9

~6 min · 1189 palabras

El príncipe de Gales va de caza por bosques y por cerros, con su gran servidumbre y con sus perros de la más fina raza.

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Acallando el tropel de los vasallos, deteniendo traíllas y caballos, con la mirada inquieta, contempla a los dos tigres, de la gruta a la entrada. Requiere la escopeta, y avanza, y no se inmuta.

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Las fieras se acarician. No han oído tropel de cazadores. A esos terribles seres, embriagados de amores, con cadenas de flores se les hubiera uncido a la nevada concha de Citeres o al carro de Cupido.

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El príncipe atrevido, adelanta, se acerca, ya se para; ya apunta y cierra un ojo; ya dispara; ya del arma el estruendo por el espeso bosque ha resonado. El tigre sale huyendo y la hembra queda, el vientre desgarrado. ¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta, chorreando sangre por la herida abierta, con ojo dolorido miró a aquel cazador, lanzó un gemido como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.

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Aquel macho que huyó, bravo y zahareño a los rayos ardientes del sol, en su cubil después dormía. Entonces tuvo un sueño que enterraba las garras y los dientes en vientres sonrosados y pechos de mujer; y que engullía por postres delicados de comidas y cenas, como tigre goloso entre golosos, unas cuantas docenas de niños tiernos, rubios y sabrosos.

AUTUMNAL

Eros, Vita, Lumen.

En las pálidas tardes yerran nubes tranquilas en el azul; en las ardientes manos se posan las cabezas pensativas. ¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños! ¡Ah las tristezas íntimas! ¡Ah el polvo de oro que en el aire flota, tras cuyas ondas trémulas se miran los ojos tiernos y húmedos, las bocas inundadas de sonrisas, las crespas cabelleras y los dedos de rosa que acarician!

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En las pálidas tardes me cuenta un hada amiga las historias secretas llenas de poesía; lo que cantan los pájaros, lo que llevan las brisas, lo que vaga en las nieblas lo que sueñan las niñas.

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Una vez sentí el ansia de una sed infinita. Dije al hada amorosa: —Quiero en el alma mía tener la inspiración honda, profunda, inmensa: luz, calor, aroma, vida. Ella me dijo:—¡Ven! con el acento con que me hablaría un arpa. En él había un divino idioma de esperanza. ¡Oh sed del ideal!

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Sobre la cima de un monte, a media noche, me mostró las estrellas encendidas. Era un jardín de oro con pétalos de llamas que titilan. Exclamé:—Más...

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La aurora vino después. La aurora sonreía, con la luz en la frente, como la joven tímida que abre la reja, y la sorprenden luego ciertas curiosas, mágicas pupilas. Y dije:—Más...—Sonriendo la celeste hada amiga prorrumpió:—¡Y bien! ¡Las flores!

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Y las flores estaban frescas, lindas, empapadas de olor: la rosa virgen, la blanca margarita, la azucena gentil y las volúbiles que cuelgan de la rama estremecida. Y dije:-Más...

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El viento arrastraba rumores, ecos, risas, murmullos misteriosos, aleteos, músicas nunca oídas. «El hada entonces me llevó hasta el velo que nos cubre las ansias infinitas, la inspiración profunda y el alma de las liras. Y lo rasgó. Y allí todo era aurora.» En el fondo se veía un bello rostro de mujer.

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¡Oh; nunca, Piérides, diréis las sacras dichas que en el alma sintiera! Con su vaga sonrisa: —¿Más?... —dijo el hada—. Y yo tenía entonces clavadas las pupilas en el azul; y en mis ardientes manos se posó mi cabeza pensativa...

INVERNAL

Noche. Este viento vagabundo lleva las alas entumidas y heladas. El gran Andes yergue al inmenso azul su blanca cima. La nieve cae en copos, sus rosas transparentes cristaliza; en la ciudad, los delicados hombros y gargantas se abrigan; ruedan y van los coches, suenan alegres pianos, el gas brilla; y, si no hay un fogón que le caliente, el que es pobre tirita.

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Yo estoy con mis radiantes ilusiones y mis nostalgias íntimas, junto a la chimenea bien harta de tizones que crepitan. Y me pongo a pensar: ¡Oh! ¡si estuviese ella, la de mis ansias infinitas, la de mis sueños locos, y mis azules noches pensativas! ¿Cómo? Mirad: De la apacible estancia en la extensión tranquila vertía la lámpara reflejos de luces opalinas. Dentro, el amor que abrasa; fuera, la noche fría; el golpe de la lluvia en los cristales, y el vendedor que grita su monótona y triste melopea a las glaciales brisas. Dentro, la ronda de mis mil delirios, las canciones de notas cristalinas, unas manos que toquen mis cabellos, un aliento que roce mis mejillas, un perfume de amor, mil conmociones, mil ardientes caricias; ella y yo: los dos juntos, los dos solos la amada y el amado, ¡oh, Poesía! los besos de sus labios, la música triunfante de mis rimas y en la negra y cercana chimenea el tuero brillador que estalla en chispas.

◇

¡Oh! ¡bien haya el brasero lleno de pedrería! Topacios y carbunclos, rubíes y amatistas en la ancha copa etrusca repleta de ceniza. Los lechos abrigados, las almohadas mullidas, las pieles de Astrakán, los besos cálidos que dan las bocas húmedas y tibias. ¡Oh, viejo Invierno, salve! puesto que traes con las nieves frígidas el amor embriagante y el vino del placer en tu mochila.

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Sí, estaría a mi lado, dándome sus sonrisas, ella, la que hace falta a mis estrofas, esa que mi cerebro se imagina; la que, si estoy en sueños, se acerca y me visita; ella que, hermosa, tiene una carne ideal, grandes pupilas, algo del mármol, blanca luz de estrella; nerviosa sensitiva, muestra el cuello gentil y delicado de las Hebes antiguas; bellos gestos de diosa, tersos brazos de ninfa, lustrosa cabellera en la nuca encrespada y recogida y ojeras que denuncian ansias profundas y pasiones vivas. ¡Ah, por verla encarnada, por gozar sus caricias, por sentir en mis labios, los besos de su amor, diera la vida! Entre tanto hace frío. Yo contemplo las llamas que se agitan, cantando alegres con sus lenguas de oro, móviles, caprichosas e intranquilas, en la negra y cercana chimenea do el tuero brillador estalla en chispas.

◇

Luego pienso en el coro de las alegres liras. En la copa labrada, el vino negro, la copa hirviente cuyos bordes brillan con iris temblorosos y cambiantes como un collar de prismas; el vino negro que la sangre enciende, y pone el corazón con alegría, y hace escribir a los poetas locos sonetos áureos y flamantes silvas. El Invierno es beodo. Cuando soplan sus brisas, brotan las viejas cubas la sangre de las viñas. Sí, yo pintara su cabeza cana con corona de pámpanos guarnida. El invierno es galeoto, porque en las noches frías Paolo besa a Francesca en la boca encendida, mientras su sangre como fuego corre y el corazón ardiendo le palpita. ¡Oh, crudo Invierno, salve! puesto que traes con las nieves frígidas el amor embriagante y el vino del placer en tu mochila.

Fin del Episodio 19 · de 21

Capítulo II · 9

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