Una época en la vida de Ana · II
~5 min · 1052 palabras
El jueves las niñas dieron un paseo por el parque, y por la noche la señorita Barry las llevó a un concierto en la Academia de Música, donde iba a cantar una célebre prima donna. Para Ana la noche fue una brillante visión de deleite.
—¡Ay, Marilla, fue indescriptible! Estaba tan emocionada que ni siquiera podía hablar, así que ya te puedes imaginar cómo fue. Me quedé sentada en un silencio extasiado. La señora Selitsky era perfectamente hermosa, y llevaba raso blanco y diamantes. Pero cuando empezó a cantar no volví a pensar en ninguna otra cosa. Oh, no te puedo decir cómo me sentí. Pero me pareció que ya nunca más me costaría ser buena. Me sentía igual que cuando miro las estrellas. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero, ay, eran unas lágrimas tan felices. Me dio muchísima pena cuando todo terminó, y le dije a la señorita Barry que no veía cómo iba a poder regresar jamás a la vida corriente. Ella dijo que pensaba que, si íbamos a la heladería que estaba al otro lado de la calle y nos tomábamos un helado, tal vez me ayudaría. Eso sonaba de lo más prosaico; pero para mi sorpresa resultó ser verdad. El helado estaba delicioso, Marilla, y era tan agradable y licencioso estar sentada allí comiéndolo a las once de la noche. Diana dijo que creía haber nacido para la vida de la ciudad. La señorita Barry me preguntó cuál era mi opinión, pero le dije que tendría que pensarlo muy seriamente antes de poder decirle lo que realmente pensaba. Así que lo pensé después de acostarme. Ese es el mejor momento para meditar las cosas. Y llegué a la conclusión, Marilla, de que no había nacido para la vida de la ciudad y de que me alegré de ello. Está bien comer helado en restaurantes brillantes a las once de la noche de vez en cuando; pero, como algo habitual, preferiría estar en el gablete este a las once, profundamente dormida, pero sabiendo de algún modo, aun en sueños, que las estrellas brillaban afuera y que el viento soplaba en los abetos al otro lado del arroyo. Se lo dije a la señorita Barry a la mañana siguiente en el desayuno y se rio. La señorita Barry por lo general se reía de cualquier cosa que dijera, incluso cuando decía las cosas más solemnes. No creo que me gustara, Marilla, porque yo no intentaba ser graciosa. Pero es una señora de lo más hospitalaria y nos trató a cuerpo de rey.
El viernes llegó la hora de volver a casa, y el señor Barry pasó a buscar a las niñas en su carruaje.
—Bueno, espero que se hayan divertido —dijo la señorita Barry al despedirlas.
—¡Y tanto que sí! —dijo Diana.
—¿Y tú, mujercita Ana?
—He disfrutado cada minuto del tiempo —dijo Ana, arrojando sus brazos con impulso alrededor del cuello de la anciana y besando su mejilla arrugada. Diana nunca se habría atrevido a hacer tal cosa y se sintió bastante horrorizada ante la libertad de Ana. Pero la señorita Barry se alegró, y se quedó de pie en su porche viendo cómo el carruaje se alejaba hasta perderse de vista. Luego regresó a su gran casa con un suspiro. Parecía muy sola, sin esas vidas jóvenes y frescas. La señorita Barry era una anciana bastante egoísta, si hay que decir la verdad, y nunca se habia preocupado mucho por nadie más que por sí misma. Valoraba a las personas solo en la medida en que le servían o la entretenían. Ana la había entretenido y, por consiguiente, gozaba de gran favor ante la anciana. Pero la señorita Barry se descubrió pensando menos en los pintorescos discursos de Ana que en sus frescos entusiasmos, sus emociones transparentes, sus pequeñas maneras seductoras y la dulzura de sus ojos y labios.
—Pensé que Marilla Cuthbert era una vieja tonta cuando supe que había adoptado a una niña de un asilo de huérfanos —se dijo a sí misma—, pero supongo que después de todo no se equivocó tanto. Si tuviera a una niña como Ana en la casa todo el tiempo, sería una mujer mejor y más feliz.
Ana y Diana encontraron el camino de casa tan placentero como el de ida; más placentero aún, en verdad, puesto que estaba la deliciosa conciencia de que el hogar las esperaba al final del mismo. Era el atardecer cuando cruzaron White Sands y tomaron el camino de la costa. Más allá, las colinas de Avonlea se recortaban oscuras contra el cielo de color azafrán. Detrás de ellas la luna emergía del mar, que se volvía radiante y transfigurado con su luz. Cada pequeña cala a lo largo del camino sinuoso era una maravilla de ondas danzantes. Las olas rompían con un suave susurro en las rocas debajo de ellas, y el aroma del mar flotaba en el aire fuerte y fresco.
—¡Oh, pero qué bueno es estar viva y volver a casa! —suspiró Ana.
Cuando cruzó el puente de troncos sobre el arroyo, la luz de la cocina de Tejas Verdes le guiñó un amistoso saludo de bienvenida, y a través de la puerta abierta brillaba el fuego del hogar, enviando su cálido brillo rojo a través de la fría noche otoñal. Ana subió alegremente la colina y entró en la cocina, donde una cena caliente la esperaba en la mesa.
—¿Así que ya han vuelto? —dijo Marilla, doblando su labor de punto.
—Sí, y oh, es tan bueno estar de vuelta —dijo Ana jubilosamente—. ¡Podría besarlo todo, hasta el reloj! ¡Marilla, pollo asado! ¡No querrás decir que has cocinado eso para mí!
—Sí, así lo hice —dijo Marilla—. Pensé que tendrías hambre después de semejante viaje y que necesitarías algo que realmente te abriera el apetito. Date prisa en quitarte las cosas y cenaremos tan pronto como Mateo entre. Debo decir que me alegro de que hayas vuelto. Ha estado horriblemente solitario aquí sin ti, y nunca pasé cuatro días más largos.
Después de cenar, Ana se sentó frente al fuego entre Mateo y Marilla, y les hizo un relato completo de su visita.
—He pasado un tiempo espléndido —concluyó felizmente—, y siento que marca una época en mi vida. Pero lo mejor de todo ha sido volver a casa.
Fin del Episodio 44 · de 57
Una época en la vida de Ana · II
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