Ana de las Tejas Verdes·Episodio 25

Ana al rescate · I

~11 min · 2125 palabras

TODAS las cosas grandes están enlazadas con todas las pequeñas. A primera vista, podría no parecer que la decisión de un determinado primer ministro canadiense de incluir la Isla del Príncipe Eduardo en una gira política pudiera tener mucho o nada que ver con la suerte de la pequeña Ana Shirley en Tejas Verdes. Pero la tenía.

Era un mes de enero cuando vino el primer ministro, para dirigirse a sus leales partidarios y a aquellos de sus no partidarios que decidieron estar presentes en la monstruosa asamblea pública celebrada en Charlottetown. La mayor parte de la gente de Avonlea era del bando político del primer ministro; de ahí que, la noche del mitin, casi todos los hombres y una buena proporción de las mujeres se hubieran ido al pueblo, a treinta millas de distancia. La señora Rachel Lynde también había ido. La señora Rachel Lynde era una política empedernida y no podía haber creído que el mitin político pudiera llevarse a cabo sin ella, aunque estuviera en el bando político opuesto. Así que se fue al pueblo y se llevó a su esposo —Thomas sería útil para cuidar del caballo— y a Marilla Cuthbert con ella. Marilla tenía un interés oculto por la política y, como pensaba que podría ser su única oportunidad de ver a un primer ministro real y vivo, lo aprovechó sin dudarlo, dejando a Ana y a Mateo a cargo de la casa hasta su regreso al día siguiente.

Por tanto, mientras Marilla y la señora Rachel se divertían de lo lindo en el mitin, Ana y Mateo tenían la alegre cocina de Tejas Verdes entera para ellos solos. Un fuego brillante ardía en la estufa antigua de Waterloo y unos cristales de escarcha de color azul blanco brillaban en los paneles de las ventanas. Mateo cabeceaba sobre un ejemplar del Farmers’ Advocate en el sofá y Ana, en la mesa, estudiaba sus lecciones con sombría determinación, a pesar de las diversas miradas nostálgicas hacia el estante del reloj, donde yacía un libro nuevo que Jane Andrews le había prestado ese día. Jane le había asegurado que estaba garantizado para producir una cantidad infinita de emociones, o palabras por el estilo, y a los dedos de Ana les picaba el deseo de alcanzarlo. Pero eso significaría el triunfo de Gilbert Blythe a la mañana siguiente. Ana le dio la espalda al estante del reloj e intentó imaginar que no estaba allí.

—Mateo, ¿estudiastes geometría alguna vez cuando ibas a la escuela?

—Pues verás, no, no la estudié —dijo Mateo, saliendo de su adormecimiento con un sobresaltado.

—Desearía que lo hubieras hecho —suspiró Ana—, porque así serías capaz de compadecerte de mí. No puedes compadecerte como es debido si nunca la has estudiado. Está arrojando una sombra sobre toda mi vida. Soy tan tonta para eso, Mateo.

—Bueno, pues no sé —dijo Mateo con tono tranquilizador—. Supongo que estás bien en cualquier cosa. El señor Phillips me dijo la semana pasada en la tienda de Blair en Carmody que eras la alumna más lista de la escuela y que estabas haciendo progresos rápidos. «Progresos rápidos» fueron sus propias palabras. Hay quienes critican a Teddy Phillips y dicen que no es gran cosa como maestro, pero supongo que está bien.

Mateo habría pensado que cualquiera que alababa a Ana estaba «bien».

—Estoy segura de que me llevaría mejor con la geometría si tan solo él no cambiara las letras —se quejó Ana—. Aprendo la proposición de memoria y luego la dibuja en la pizarra y pone letras diferentes a las que están en el libro y me pongo hecha un lío. No creo que un maestro deba aprovecharse de una manera tan mezquina, ¿verdad? Ahora estamos estudiando agricultura y por fin he descubierto qué es lo que hace que los caminos sean rojos. Es un gran consuelo. Me pregunto cómo se estarán divirtiendo Marilla y la señora Lynde. La señora Lynde dice que Canadá se va al diablo con la forma en que se están haciendo las cosas en Ottawa y que es una advertencia espantosa para los electores. Dice que si a las mujeres se les permitiera votar, pronto veríamos un cambio bendito. ¿De qué modo votas tú, Mateo?

—Conservador —dijo Mateo sin vacilar. Votar por los conservadores era parte de la religión de Mateo.

—Entonces yo también soy conservadora —dijo Ana con decisión—. Me alegro porque Gil... porque algunos de los chicos de la escuela son liberales. Supongo que el señor Phillips también es liberal porque el padre de Prissy Andrews lo es, y Ruby Gillis dice que cuando un hombre está cortejando siempre tiene que estar de acuerdo con la madre de la chica en religión y con su padre en política. ¿Es eso verdad, Mateo?

—Pues verás, no sé —dijo Mateo.

—¿Fuiste alguna vez de novio, Mateo?

—Bueno, pues no, no sé si alguna vez lo fui —dijo Mateo, quien ciertamente nunca había pensado en semejante cosa en toda su existencia.

Ana reflexionó con la barbilla apoyada en las manos.

—Debe de ser bastante interesante, ¿no te parece, Mateo? Ruby Gillis dice que cuando sea mayor va a tener un montón de pretendientes a su disposición y los va a volver a todos locos por ella; pero creo que eso sería demasiado emocionante. Preferiría tener uno solo pero en su sano juicio. Sabe mucho sobre esos asuntos porque tiene muchas hermanas mayores, y la señora Lynde dice que las chicas Gillis se han vendido como rosquillas. El señor Phillips va a ver a Prissy Andrews casi todas las noches. Dice que es para ayudarla con sus lecciones, pero Miranda Sloane también está estudiando para Queen’s, y yo diría que ella necesita ayuda mucho más que Prissy porque es muchísimo más tonta, pero él nunca va a ayudarla por las noches. Hay muchísimas cosas en este mundo que no puedo entender muy bien, Mateo.

—Bueno, pues no sé si yo las comprendo todas —reconoció Mateo.

—Bueno, supongo que debo terminar mis lecciones. No me permitiré abrir ese libro nuevo que me prestó Jane hasta que termine. Pero es una tentación terrible, Mateo. Incluso cuando le doy la espalda puedo verlo ahí tan claro. Jane dijo que lloró hasta enfermar por su culpa. Me encantan los libros que me hacen llorar. Pero creo que llevaré ese libro a la sala y lo encerraré en el armario de la mermelada y te daré la llave. Y no debes darme la llave, Mateo, hasta que mis lecciones hayan terminado, ni siquiera si te imploro de rodillas. Está muy bien decir que hay que resistir la tentación, pero es muchísimo más fácil resistirla si no puedes conseguir la llave. Y entonces, ¿bajo corriendo a la bodega a buscar unas manzanas russet, Mateo? ¿No te gustaría comer algunas russet?

—Bueno, pues no sé si me apetecerían —dijo Mateo, que nunca comía russets pero conocía la debilidad de Ana por ellas.

Justo cuando Ana emergía triunfante de la bodega con su plato lleno de russets, se oyó el sonido de unos pasos apresurados en el camino de tablones helados del exterior y al momento siguiente la puerta de la cocina se abrió de par en par y entró precipitadamente Diana Barry, pálida y sin aliento, con un chal envuelto apresuradamente alrededor de la cabeza. Ana soltó el candelabro y el plato por la sorpresa, y el plato, la vela y las manzanas caceron golpeándose escalera abajo en la bodega y fueron hallados al fondo, incrustados en grasa derretida, al día siguiente, por Marilla, quien los recogió y dio gracias al cielo de que la casa no hubiera prendido fuego.

—¡Qué ocurre, Diana? —gritó Ana—. ¿Se ha apiadado tu madre por fin?

—¡Oh, Ana, ven rápido! —imploró Diana nerviosa—. Minnie May está enfermísima, le ha entrado el crup. La joven Mary Joe dice... y papá y mamá están en el pueblo y no hay nadie para ir a buscar al médico. Minnie May está malísima y la joven Mary Joe no sabe qué hacer, y ¡oh, Ana, tengo tanto miedo!

—respondió Mateo sin decir una palabra, extendió la mano hacia su gorra y su abrigo, pasó junto a Diana y se adentró en la oscuridad del patio.

—Se ha ido a enganchar a la yegua alazana para ir a Carmody por el médico —dijo Ana, que se estaba poniendo la capucha y la chaqueta apresuradamente—. Lo sé tan bien como si lo hubiera dicho. Mateo y yo somos almas gemelas tan grandes que puedo leer sus pensamientos sin necesidad de palabras.

—No creo que encuentre al médico en Carmody —sollozó Diana—. Sé que el doctor Blair fue al pueblo y supongo que el doctor Spencer también habrá ido. La joven Mary Joe nunca ha visto a nadie con crup y la señora Lynde no está. ¡Oh, Ana!

—No llores, Di —dijo Ana con alegría—. Sé exactamente qué hacer para el crup. Olvidas que la señora Hammond tuvo mellizos tres veces. Cuando cuidas de tres pares de mellizos, es natural que adquieras mucha experiencia. Todos tuvieron crup con regularidad. Espera a que busque el frasco de ipecacuanaha, puede que no tengan ninguno en tu casa. Vamos, ahora.

Las dos niñas salieron apresuradas de la mano y se apresuraron por el Camino del Amante y a través del campo cubierto de costra helada más allá, pues la nieve era demasiado profunda para ir por el atajo del bosque. Ana, aunque sentía un pesar sincero por Minnie May, estaba muy lejos de ser insensible al romance de la situación y a la dulzura de compartir una vez más ese romance con un alma afín.

La noche era clara y helada, todo sombra de ébano y plata de ladera nevada; grandes estrellas brillaban sobre los campos silenciosos; aquí y allá los abetos oscuros y puntiagudos se alzaban con nieve pulverizando sus ramas y el viento silbando a través de ellos. Ana pensó que era verdaderamente delicioso deslizarse a través de todo este misterio y encanto con la amiga del alma de quien había estado distanciada durante tanto tiempo.

Minnie May, de tres años, estaba realmente muy enferma. Yacía en el sofá de la cocina, febril e inquieta, mientras su respiración ronca se podía oír por toda la casa. La joven Mary Joe, una muchacha francesa robusta y de cara ancha del arroyo, a quien la señora Barry había contratado para quedarse con los niños durante su ausencia, estaba indefensa y desconcertada, del todo incapaz de pensar qué hacer, o de hacerlo si se le ocurría.

Ana se puso a trabajar con destreza y rapidez.

—Minnie May tiene crup sin duda; está bastante mal, pero los he visto peores. ¡Primero debemos tener mucha agua caliente! ¡Vaya, Diana, no hay más que una taza en la tetera! Bien, ya la he llenado y, Mary Joe, puedes poner un poco de leña en la estufa. No quiero herir tus sentimientos, pero me parece que podrías haber pensado en esto antes si hubieras tenido algo de imaginación. Ahora, voy a desvestir a Minnie May y acostarla, y tú trata de encontrar unos trapos de franela suave, Diana. Voy a darle una dosis de ipecacuanha antes que nada.

A Minnie May no le hizo gracia la ipecacuanha, pero Ana no había criado tres pares de mellizos en vano. ¡Para abajo se fue esa ipecacuanha!, no solo una vez, sino muchas veces durante la larga y angustiosa noche en que las dos niñas trabajaron pacientemente sobre la sufrida Minnie May, y la joven Mary Joe, sinceramente ansiosa por hacer todo lo posible, mantuvo un fuego rugiente y calentó más agua de la que se habría necesitado para un hospital de bebés con crup.

Eran las tres cuando Mateo llegó con un médico, pues se había visto obligado a ir hasta Spencervale por uno. Pero la necesidad apremiante de ayuda ya había pasado. Minnie May estaba mucho mejor y dormía profundamente.

—Estuve a punto de darme por vencida con desesperación —explicó Ana—. Se puso cada vez peor hasta que estuvo más enferma que nunca los mellizos Hammond, incluso el último par. De verdad pensé que iba a ahogarse. Le di cada gota de ipecacuanha que había en ese frasco y cuando la última dosis se fue para abajo me dije a mí misma —no a Diana ni a la joven Mary Joe, porque no quería preocuparlas más de lo que ya estaban, sino que tuve que decírmelo a mí misma solo para desahogar mis sentimientos—: «Esta es la última esperanza que nos queda y me temo que es en vano». Pero en unos tres minutos expectoró la flema y comenzó a mejorar enseguida. Debe imaginarse mi alivio, doctor, porque no puedo expresarlo con palabras. Ya sabe que hay algunas cosas que no se pueden expresar con palabras.

Fin del Episodio 25 · de 57

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