Ana de las Tejas Verdes·Episodio 24

Un nuevo interés en la vida

~10 min · 2043 palabras

A la tarde siguiente, Ana, inclinada sobre su labor de retazos junto a la ventana de la cocina, dio en mirar afuera y vio a Diana junto a la Burbuja de la Dríada haciendo misteriosas señas. En un santiamén Ana salió de la casa y voló hacia el hondonada, con el asombro y la esperanza luchando en sus expresivos ojos. Pero la esperanza se desvaneció al ver el abatido semblante de Diana.

—¿Tu madre no ha ceder? —exclamó con un hilo de voz.

Diana negó con la cabeza tristemente.

—No; y ay, Ana, dice que jamás volveré a jugar contigo. Lloré y lloré y le dije que no era tu culpa, pero de nada sirvió. Me costó lo indecible convencerla de que me dejara bajar a despedirme de ti. Dijo que solo podía quedarme diez minutos y me está cronometrando con el reloj.

—Diez minutos no es mucho tiempo para decir un eterno adiós —dijo Ana con lágrimas en los ojos—. Oh, Diana, ¿prometerás solemnemente no olvidarme jamás, a la amiga de tu juventud, sin importar qué amigas más queridas te acaricien?

—¡Claro que sí! —sollozó Diana—, y jamás tendré otra amiga del alma; no quiero tenerla. No podría amar a nadie como te amo a ti.

—Oh, Diana —exclamó Ana, estrujándose las manos—, ¿me amas?

—Pues claro que sí. ¿No lo sabías?

—No. —Ana respiró hondo—. Por supuesto que pensé que me querías, pero nunca esperé que me amaras. Vaya, Diana, no pensé que nadie pudiera amarme. Nadie me ha amado desde que tengo memoria. ¡Oh, esto es maravilloso! Es un rayo de luz que brillará por siempre en la oscuridad de un sendero separado del tuyo, Diana. Oh, vuelve a decirlo una sola vez.

—Te amo devotamente, Ana —dijo Diana con firmeza—, y siempre lo haré, puedes estar segura de eso.

—Y yo te amaré por siempre, Diana —dijo Ana, extendiendo solemnemente la mano—. En los años venideros tu recuerdo brillará como una estrella sobre mi solitaria vida, como dice aquel último cuento que leímos juntas. Diana, ¿me darías un mechón de tus trenzas negras como el azabache al partir para atesorarlo por siempre jamás?

—¿Tienes con qué cortarlo? —preguntó Diana, enjugándose las lágrimas que las conmovedoras palabras de Ana habían hecho brotar de nuevo, y volviendo a la realidad.

—Sí. Afortunadamente tengo mis tijeras de retazos en el bolsillo del delantal —dijo Ana. Solemne, cortó uno de los rizos de Diana—. Adiós, mi amada amiga. De ahora en adelante seremos como extrañas aunque vivamos codo con codo. Pero mi corazón te será fiel por siempre.

Ana se quedó de pie y vio a Diana perderse de vista, agitando tristemente la mano cada vez que esta se volvía para mirar atrás. Luego regresó a la casa, no poco consolada por el momento con aquella romántica despedida.

—Todo ha terminado —informó a Marilla—. Jamás tendré otra amiga. Estoy peor que nunca, en realidad, porque ahora no tengo a Katie Maurice ni a Violetta. Y aunque las tuviera no sería lo mismo. De algún modo, las pequeñas niñas de los sueños no satisfacen tras una amiga de verdad. Diana y yo tuvimos una despedida tan conmovedora junto al manantial. Será sagrada en mi memoria para siempre. Usé el lenguaje más patético que se me ocurrió y dije «tú». El «tú» parece mucho más romántico que el «usted». Diana me dio un mechón de su pelo y voy a coserlo en una bolsita y llevarlo al cuello toda la vida. Por favor, asegúrate de que sea enterrado conmigo, pues no creo que viva mucho tiempo. Quizás cuando me vea tendida fría y muerta ante ella, la señora Barry sienta remordimiento por lo que ha hecho y deje que Diana vaya a mi funeral.

—No creo que haya mucho peligro de que te mueras de pena mientras puedas hablar, Ana —dijo Marilla sin pizca de simpatía.

El lunes siguiente, Ana sorprendió a Marilla al bajar de su habitación con la cesta de libros en el brazo y la cadera, y los labios apretados en una línea de determinación.

—Voy a volver a la escuela —anunció—. Eso es lo único que me queda en la vida, ahora que mi amiga me ha sido arrebatada sin piedad. En la escuela podré mirarla y meditar sobre los días idos.

—Más te valdría meditar sobre tus lecciones y tus cuentas —dijo Marilla, ocultando su alegría ante este giro de los acontecimientos—. Si vas a volver a la escuela, espero que no volvamos a saber de pizarras rotas en las cabezas de la gente ni de cosas por el estilo. Pórtate bien y haz exactamente lo que te diga tu maestro.

—Trataré de ser una alumna modelo —aceptó Ana con aire lúgubre—. Supongo que no tendrá mucha gracia. El señor Phillips dijo que Minnie Andrews era una alumna modelo y no tiene una chispa de imaginación ni de vida. Es simplemente sosa y aburrida, y nunca parece pasarlo bien. Pero me siento tan deprimida que quizás ahora me resulte fácil. Voy a dar la vuelta por el camino. No soportaría ir por el Sendero de los Abedules completamente sola. Derramaría amargas lágrimas si lo hiciera.

Ana fue recibida de vuelta en la escuela con los brazos abiertos. Su imaginación se había echado mucho de menos en los juegos, su voz en el canto y su talento dramático en la lectura en voz alta de libros a la hora del almuerzo. Ruby Gillis le pasó de contrabando tres ciruelas azules durante la lectura del testamento; Ella May MacPherson le regaló una enorme pensat pansy amarilla recortada de las cubiertas de un catálogo floral, una especie de decoración de pupitre muy apreciada en la escuela de Avonlea. Sophia Sloane se ofreció a enseñarle un patrón de encaje de punto perfectamente elegante, ideal para adornar delantales. Katie Boulter le dio un frasco de perfume para guardar el agua de la pizarra, y Julia Bell copió cuidadosamente en un papel rosa pálido con bordes festoneados la siguiente efusión:

«PARA ANA

Cuando el crepúsculo baje su cortina y la sujete con una estrella recuerda que tienes una amiga aunque pueda alejarse mucho».

—Es tan lindo sentirse apreciada —suspiró Ana con arrobamiento aquella noche ante Marilla.

Las niñas no fueron las únicas alumnas que la «apreciaron». Cuando Ana fue a su pupitre después de la hora del almuerzo —el señor Phillips le había mandado sentarse con la modelo Minnie Andrews—, encontró encima una gran y jugosa «manzana fresa». Ana la cogió dispuesta a darle un bocado cuando recordó que el único lugar de Avonlea donde crecían las manzanas fresa era en el viejo huerto de los Blythe, al otro lado del Lago de las Aguas Brillantes. Ana dejó caer la manzana como si fuera un carbón ardiente y se limpió ostentosamente los dedos en el pañuelo. La manzana se quedó intacta sobre su pupitre hasta la mañana siguiente, cuando el pequeño Timothy Andrews, que barría la escuela y encendía el fuego, se la apropió como una de sus prebendas. El lápiz de pizarra de Charlie Sloane, primorosamente engalanado con papel rojo y amarillo a rayas, que costaba dos céntimos cuando los lápices corrientes costaban solo uno, y que ella le mandó después del almuerzo, tuvo una acogida más favorable. Ana tuvo la graciosa amabilidad de aceptarlo y recompensó al donante con una sonrisa que encumbró al punto a aquel infatuado joven al séptimo cielo de la delicia y le hizo cometer errores tan espantosos en su dictado que el señor Phillips lo retuvo después de clase para que lo reescribiera.

◇

El desfile del César sin el busto de Bruto / tan solo recordó más al mejor hijo de Roma,

de modo que la notoria ausencia de cualquier tributo o reconocimiento por parte de Diana Barry, que estaba sentada con Gertie Pye, amargó el pequeño triunfo de Ana.

—Bien podría haberme sonreído una vez, creo yo —se lamentó ante Marilla aquella noche. Pero a la mañana siguiente una nota de lo más espantosa y maravillosamente retorcida y doblada, y un pequeño paquete, fueron pasados a Ana.

«Querida Ana —decía la primera—, mamá dice que no debo jugar contigo ni hablarte ni siquiera en la escuela. No es culpa mía y no te enojes conmigo, porque te quiero tanto como siempre. Te echo muchísimo de menos para contarle todos mis secretos y Gertie Pye no me gusta ni un pelo. Te hice uno de los marcapáginas nuevos de papel de seda rojo. Están de moda y solo tres niñas en la escuela saben hacerlos. Cuando lo mires acuérdate de

Tu fiel amiga, Diana Barry».

Ana leyó la nota, besó el marcapáginas y envió una rápida respuesta al otro lado de la clase.

Mi propia y adorada Diana:

Por supuesto que no estoy enojada contigo por tener que obedecer a tu madre. Nuestros espíritus pueden comunicarse. Guardaré tu precioso regalo para siempre. Minnie Andrews es una niña muy simpática —aunque no tiene imaginación—, pero después de haber sido la amiga del alma de Diana no puedo ser la de Minnie. Por favor discute los errores porque mi ortografía todavía no es muy buena, aunque ha mejorado mucho.

Tuya hasta que la muerte nos separe Ana o Cordelia Shirley.

PD. Esta noche dormiré con tu carta bajo la almohada.

A. o C.S.

Marilla esperaba pesimista más problemas ahora que Ana había vuelto a ir a la escuela. Pero no surgió ninguno. Quizá Ana contagió algo del espíritu «modelo» de Minnie Andrews; al menos, a partir de entonces se llevó muy bien con el señor Phillips. Se entregó a sus estudios en cuerpo y alma, decidida a no dejarse ganar en ninguna clase por Gilbert Blythe. La rivalidad entre ambos no tardó en hacerse evidente; por parte de Gilbert era totalmente bienintencionada; pero mucho nos tememos que no pueda decirse lo mismo de Ana, quien tenía una tenacidad digna de poca alabanza para guardar rencor. Era tan intensa en sus odios como en sus amores. No se dignaba admitir que pretendía rivalizar con Gilbert en las tareas escolares, pues eso habría equivalido a reconocer su existencia, que Ana ignoraba con obstinación; pero la rivalidad estaba ahí y los honores oscilaban entre los dos. Un día Gilbert iba a la cabeza de la clase de ortografía; al día siguiente Ana, con una sacudida de sus largas trenzas rojas, lo derrotaba deletreando. Una mañana Gilbert tenía todos los problemas bien resueltos y su nombre escrito en la pizarra en la lista de honor; a la mañana siguiente Ana, tras haber luchado ferozmente con los decimales toda la tarde anterior, ocupaba el primer puesto. Un día terrible empataron y sus nombres aparecieron escritos juntos. Fue casi tan malo como un aviso y la mortificación de Ana resultó tan evidente como la satisfacción de Gilbert. Cuando se celebraban los exámenes escritos de fin de mes, la tensión era terrible. El primer mes Gilbert quedó tres puntos por delante. El segundo Ana le ganó por cinco. Pero su triunfo se vio deslucido por el hecho de que Gilbert la felicitara calurosamente ante toda la escuela. Le habría sabido mucho más dulce si él hubiera sentido el aguijón de su derrota.

El señor Phillips quizá no fuera un maestro muy bueno; pero una alumna tan inflexiblemente empeñada en aprender como Ana difícilmente podía dejar de progresar bajo cualquier clase de maestro. Al final del trimestre, Ana y Gilbert ascendieron a quinto curso y se les permitió empezar a estudiar los rudimentos de «las ramas» —con lo que se referían a latín, geometría, francés y álgebra—. En geometría, Ana encontró su Waterloo.

—Es un rollo patatero, Marilla —guinchó—. Estoy segura de que jamás podré sacarle pies ni cabeza. No deja ningún margen para la imaginación. El señor Phillips dice que soy la mayor burra que ha visto en su vida con esta asignatura. Y Gil... quiero decir que algunos de los otros son muy listos en esto. Es sumamente mortificante, Marilla.

«Hasta Diana se apaña mejor que yo. Pero no me importa que me gane Diana. Aunque ahora nos saludemos como extrañas, todavía la amo con un amor inextinguible. A veces me pone muy triste pensar en ella. Pero de verdad, Marilla, una no puede estar triste mucho tiempo en un mundo tan interesante, ¿verdad?»

Fin del Episodio 24 · de 57

Un nuevo interés en la vida

Siguiente Episodio 25~10 minAna al rescate · I“—Pues verás, no, no la estudié —dijo Mateo, saliendo de su adormecimiento con un sobresaltado.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.