A través del espejo·Episodio 09

Lana y agua · I

~8 min · 1537 palabras

Atrapó el mantón mientras hablaba y miró a su alrededor buscando a su dueña: un instante después, la Reina Blanca llegó corriendo como una desquiciada por el bosque, con ambos brazos abiertos de par en par, como si volara, y Alicia acudió con gran cortesía a su encuentro llevándole el mantón.

—Me alegro muchísimo de haber estado aquí para recogerlo —dijo Alicia, mientras la ayudaba a colocarse el mantón de nuevo.

La Reina Blanca se limitó a mirarla con aire desvalido y asustado, sin cesar de repetir entre dientes algo que sonaba a «pan con mantequilla, pan con mantequilla»; Alicia comprendió que, si quería entablar conversación alguna, tendría que llevar la iniciativa ella misma. De modo que empezó con cierta timidez: —¿Tengo el honor de dirigirme a la Reina Blanca?

—Bueno, sí, si a eso llamas dirigirte o más bien vestirte —dijo la Reina—. ¡Pero desde luego no es en absoluto mi idea de cómo vestir a nadie!

Alicia pensó que no convenía ponerse a discutir nada más empezar a hablar, así que sonrió y dijo: —Si Su Majestad tuviera la amabilidad de indicarme por dónde empezar, lo haré lo mejor que sepa.

—¡Pero si yo no quiero que hagas nada de nada! —gimió la pobre Reina—. ¡Llevo vistiéndome yo sola las dos últimas horas!

Habría sido mucho más conveniente, a juicio de Alicia, que otra persona la vistiera, pues estaba terriblemente desaliñada. «¡Lleva todo torcido —pensó Alicia para sus adentros—, y está cubierta de alfileres de arriba abajo!». —¿Me permite que le enderece el mantón? —añadió en voz alta.

—¡No sé qué le pasa a esta prenda! —dijo la Reina con tono apesadumbrado—. Creo que hoy tiene mal humor. Le he puesto un alfiler aquí y otro allá, ¡pero no hay manera de dejarla contenta!

—Es que no puede quedar derecho, ya ve, si le pone todos los alfileres en el mismo lado —le explicó Alicia, mientras se lo arreglaba con suavidad—; ¡y válgame el cielo, qué enredo tiene en el pelo!

—¡Es que el cepillo se me ha quedado trabado en él! —dijo la Reina dando un suspiro—. Y el peine lo perdí ayer.

Alicia liberó con cuidado el cepillo e hizo cuanto pudo para poner orden en aquella cabellera. —¡Vamos, ahora ya tiene mucho mejor aspecto! —dijo, tras cambiar la posición de casi todos los alfileres—. ¡Aunque de verdad que necesitaría una doncella!

—¡Te contrataría a ti con sumo gusto! —dijo la Reina—. Dos peniques a la semana y mermelada un día sí y otro no.

Alicia no pudo reprimir la risa y dijo: —Es que yo no quiero que nadie me contrate... y la verdad es que la mermelada no me entusiasma.

—Es una mermelada excelente —aseguró la Reina.

—Bueno, el caso es que hoy no me apetece tomarla, de ningún modo.

—Aunque te apeteciera, tampoco podrías tomarla —dijo la Reina—. La regla es: mermelada mañana y mermelada ayer... pero nunca jamás mermelada hoy.

—Algún día tendrá que tocar «mermelada hoy» —protestó Alicia.

—No, es imposible —atajó la Reina—. Es mermelada un día sí y otro no: y hoy no es ningún otro día, como bien sabes.

—No la entiendo —admitió Alicia—. ¡Es un lío espantoso!

—Eso es consecuencia directa de vivir hacia atrás —le explicó la Reina con gran amabilidad—: al principio a todo el mundo le marea un poco...

—¡Vivir hacia atrás! —repitió Alicia sumida en el mayor asombro—. ¡Jamás había oído semejante despropósito!

—...pero tiene una grandísima ventaja, y es que la memoria funciona en los dos sentidos.

—Tengo la total certeza de que la mía solo funciona en uno —señaló Alicia—. No puedo acordarme de las cosas antes de que sucedan.

—Vaya una memoria más pobre la que solo funciona hacia atrás —comentó la Reina.

—¿Y de qué clase de cosas se acuerda usted mejor? —se atrevió a inquirir Alicia.

—¡Oh, de las cosas que pasaron la semana que viene! —respondió la Reina con tono despreocupado—. Por ponerte un ejemplo —continuó, mientras se pegaba un trozo enorme de esparadrapo en el dedo—: ahí tienes al Mensajero del Rey. Ahora mismo está en prisión cumpliendo castigo; el juicio ni siquiera empieza hasta el próximo miércoles; y, por descontado, el delito se cometerá al final de todo.

—¿Y qué pasaría si no llegara a cometer nunca el delito? —preguntó Alicia.

—Eso sería muchísimo mejor, ¿no te parece? —dijo la Reina, atándose el esparadrapo alrededor del dedo con un trocito de cinta.

Alicia consideró que eso resultaba innegable. —Claro que sería muchísimo mejor —admitió—, pero lo que no sería mejor en absoluto es que lo hubieran castigado antes.

—Ahí sí que te equivocas de medio a medio —repuso la Reina—. ¿Acaso a ti no te han castigado nunca?

—Solo cuando he tenido la culpa de algo —contestó Alicia.

—¡Y te vino de perlas, bien lo sé yo! —exclamó la Reina en señal de triunfo.

—Sí, ¡pero es que yo había hecho las travesuras por las que me castigaron! —protestó Alicia—. ¡Esa es toda la diferencia!

—¡Pues si no las hubieras hecho —replicó la Reina—, te habría venido mejor todavía; mejor, y mejor, ¡y requetemejor! —Su voz fue elevándose de tono con cada «mejor», hasta convertirse por fin en un chillido agudísimo.

Alicia estaba a punto de replicar: «Aquí hay una equivocación en alguna parte...», cuando la Reina se puso a chillar con tanta fuerza que la niña tuvo que dejar la frase a medias. —¡Ay, ay, ay! —gritaba la Reina, sacudiendo la mano como si quisiera desprenderse de ella—. ¡Me sangra el dedo! ¡Ay, ay, ay, ay!

Sus chillidos recordaban con tanta exactitud el silbido de una locomotora de vapor que Alicia tuvo que taparse los oídos con ambas manos.

—¿Pero qué le ocurre? —preguntó, en cuanto hubo ocasión de hacerse oír—. ¿Se ha pinchado el dedo?

—No me lo he pinchado todavía —gimió la Reina—, ¡pero me lo pincharé enseguida! ¡Ay, ay, ay!

—¿Y cuándo calcula que se lo pinchará? —inquirió Alicia, sintiendo unas ganas irresistibles de reír.

—En cuanto me sujete el mantón otra vez —se lamentó la pobre Reina—: el broche se abrirá de repente. ¡Ay, ay! —Y en cuanto pronunció aquellas palabras, el broche saltó y la Reina se lanzó a atraparlo a ciegas para tratar de prenderlo de nuevo.

—¡Tenga cuidado! —gritó Alicia—. ¡Lo tiene agarrado al revés! —Y estiró el brazo hacia el broche; pero ya era tarde: el alfiler resbaló y la Reina se pinchó el dedo.

—Eso explica la sangre, ¿lo ves? —le dijo a Alicia con una sonrisa—. Ahora ya entiendes cómo suceden las cosas por aquí.

—¿Pero por qué no chilla ahora? —preguntó Alicia, con las manos listas para volver a taparse las orejas.

—Pero si ya he terminado de pegar todos los gritos —dijo la Reina—. ¿De qué serviría volver a empezar de nuevo?

A esas alturas la claridad regresaba. —El cuervo debe de haberse marchado ya volando, me parece —comentó Alicia—. Me alegro tanto de que se haya ido... Creí que se nos venía la noche encima.

—¡Ojalá supiera yo cómo alegrarme! —suspiró la Reina—. Es que nunca logro acordarme de la regla. ¡Debes de ser felicísima viviendo en este bosque y alegrándote cada vez que te apetece!

—¡Es que se está tan sola aquí! —dijo Alicia con tristeza; y al pensar en su soledad, dos gruesos lagrimones rodaron por sus mejillas.

—¡Oh, no te me pongas así! —suplicó la pobre Reina, retorciéndose las manos desesperada—. Piensa en lo mayorcita que eres. Piensa en el larguísimo camino que has recorrido hoy. Piensa en qué hora es. ¡Piensa en lo que sea, pero por favor no llores!

Alicia no pudo evitar reírse ante aquello, aun en medio de su llanto. —¿Acaso usted consigue dejar de llorar pensando en cosas? —preguntó.

—Así es como se hace —afirmó la Reina con aplomo tajante—: nadie puede hacer dos cosas a la vez, como bien sabes. Pensemos en tu edad para empezar... ¿cuántos años tienes?

—Tengo siete años y medio cumplidos.

—No hace falta que digas «cumplidos» —observó la Reina—: me lo creo perfectamente sin ese adorno. Ahora te voy a dar algo en lo que creer a ti. Tengo exactamente ciento un años, cinco meses y un día.

—¡Eso no me lo puedo creer de ninguna manera! —exclamó Alicia.

—¿No puedes? —dijo la Reina con tono compasivo—. Prueba otra vez: toma aire profundamente y cierra los ojos.

Alicia soltó una carcajada. —Es inútil intentarlo —dijo—: uno no puede creer cosas imposibles.

—Me atrevo a decir que te falta práctica —repuso la Reina—. Cuando yo tenía tu edad, siempre me ejercitaba en ello durante media hora al día. ¡Vaya si lo hacía! A veces llegué a creer hasta en seis cosas imposibles antes del desayuno. ¡Míralo, ahí va el mantón otra vez!

El broche se había soltado mientras hablaba, y una racha repentina de viento se llevó el mantón de la Reina haciéndolo cruzar un riachuelo. La Reina volvió a desplegar los brazos y salió volando tras él, logrando esta vez atraparlo por sus propios medios. —¡Lo tengo! —exclamó en tono triunfal—. ¡Ahora verás cómo me lo pongo otra vez, yo solita!

—¿Confío entonces en que el dedo se encuentre ya mejor? —preguntó Alicia con suma cortesía, saltando el riachuelo para seguir a la Reina.

Fin del Episodio 9 · de 19

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