A través del espejo·Episodio 08

Tweedledum y Tweedledee · II

~7 min · 1318 palabras

Temo que se resfríe tumbado en la hierba húmeda —dijo Alicia, que era una niña muy solícita y considerada.

—Ahora está soñando —dijo Tweedledee—; ¿y de qué te figuras que está soñando?

—Nadie podría adivinarlo —repuso Alicia.

—¡Pues contigo, con ti! —exclamó Tweedledee, batiendo las palmas con aire triunfal—. Y si dejase de soñar contigo, ¿dónde crees tú que estarías?

—Donde me encuentro ahora, por descontado —dijo Alicia.

—¡Tú no! —replicó Tweedledee con desdén—. No estarías en ninguna parte. ¡Pero si tú no eres más que una suerte de figurante en su sueño!

—Si ese Rey de ahí se despertara —añadió Tweedledum—, ¡te apagarías de golpe —plas— como una vela!

—¡De ninguna manera! —exclamó Alicia indignada—. Además, si yo soy tan solo una cosa en su sueño, ¿qué sois vosotros, me gustaría saber?

—Ídem —dijo Tweedledum.

—¡Ídem de ídem! —gritó Tweedledee.

Gritó aquello tan fuerte que Alicia no pudo evitar decirle: «¡Chitón! Temo que vayan a despertarlo si hacen tanto alboroto».

—Bueno, de nada sirve que tú hables de despertarlo —dijo Tweedledum—, cuando tan solo eres una de las cosas de su sueño. Bien sabes que no eres real.

—¡Sí soy real! —dijo Alicia, y rompió a llorar.

—No te volverás ni una pizca más real por mucho que llores —observó Tweedledee—: no hay nada por lo que llorar.

—Si no fuese real —dijo Alicia, medio riendo a través de sus lágrimas, pues todo se le antojaba tan ridículo—, no sería capaz de llorar.

—Espero que no te figures que esas son lágrimas de verdad —interrumpió Tweedledum con sumo desprecio.

«Bien sé que están diciendo puros disparates —pensó Alicia para sí—, y es una necedad llorar por ello». De modo que se enjugó las lágrimas y prosiguió con el mejor ánimo posible: «En cualquier caso será mejor que vaya saliendo del bosque, pues la verdad es que se está poniendo oscurísimo. ¿Creen ustedes que va a llover?».

Tweedledum abrió un gran paraguas sobre sí y sobre su hermano, y miró hacia su interior. «No, no creo que llueva —dijo—; al menos... no aquí debajo. De ningún modo».

—¿Pero podría llover fuera?

—Podría... si le da la gana —dijo Tweedledee—; no tenemos inconveniente alguno. Al contrario.

«¡Qué seres más egoístas!», pensó Alicia; y se disponía ya a darles las «buenas noches» y dejarlos allí plantados, cuando Tweedledum saltó de debajo del paraguas y la aferró por la muñeca.

—¿Ves eso? —dijo con voz entrecortada por la cólera, y sus ojos se volvieron descomunales y amarillentos en un instante, mientras señalaba con dedo tembloroso un pequeño objeto blanco que yacía bajo el árbol.

—Tan solo es un sonajero —dijo Alicia, tras un detenido examen del diminuto trasto blanco—. No es una serpiente de cascabel, ya sabe —añadió a toda prisa, pensando que se había asustado—; tan solo un viejo sonajero... harto viejo y roto.

—¡Ya sabía yo que lo era! —gritó Tweedledum, empezando a patalear furiosamente y a mesarse los cabellos—. ¡Está estropeado, por supuesto! —Aquí miró a Tweedledee, quien al instante se sentó en el suelo e intentó ocultarse bajo el paraguas.

Alicia posó la mano sobre su brazo y le dijo con tono apaciguador: «No hay por qué encolerizarse de ese modo por un viejo sonajero».

—¡Pero es que no es viejo! —gritó Tweedledum con mayor furia que nunca—. ¡Es nuevo, te digo... lo compré ayer... mi lindo y flamante SONAJERO! —y su voz se elevó hasta convertirse en un auténtico alarido.

Durante todo aquel tiempo Tweedledee se esforzaba denodadamente por plegar el paraguas consigo dentro: lo cual constituía un empeño tan insólito que desvió por completo la atención de Alicia de su enfurecido hermano. Pero no lo logró del todo, y el lance terminó haciéndolo rodar por el suelo, enfardado en el paraguas, con solo la cabeza asomando: y allí permaneció, abriendo y cerrando la boca y sus ojazos, «pareciendo más un pez que cualquier otra cosa», pensó Alicia.

—¿Por supuesto convienes en que libremos una batalla? —dijo Tweedledum con tono más sosegado.

—Supongo que sí —respondió el otro de mal humor, mientras se arrastraba fuera del paraguas—; pero ella tiene que ayudarnos a equiparnos, ya sabes.

De suerte que los dos hermanos se internaron cogidos de la mano en el bosque, y regresaron al minuto con los brazos cargados de pertrechos, tales como cojines, mantas, esterillas de chimenea, manteles, tapaderas de fuentes y cubos para el carbón. «Espero que seas diestra prendiendo alfileres y atando cuerdas —observó Tweedledum—. Cada uno de estos cachivaches tiene que colocarse encima, de un modo u otro».

Alicia comentó después que jamás había visto armar semejante alboroto por nada en toda su vida: el trajín con que se movían aquellos dos, la cantidad de adminículos que se encasquetaron y la guerra que le dieron atando cintas y abrochando botones... «¡A fe mía que parecerán más un par de fardos de ropa vieja que cualquier otra cosa para cuando estén listos!», se decía mientras acomodaba un almohadón en torno al cuello de Tweedledee, «para evitar que me corten la cabeza», según explicaba él.

—Ya sabes —añadió con gran gravedad— que es una de las cosas más serias que le pueden acontecer a uno en una batalla: que le corten la cabeza.

Alicia soltó una carcajada; pero se las arregló para transformarla en un carraspeo, por temor a herir sus sentimientos.

—¿Me veo muy pálido? —preguntó Tweedledum, acercándose para que le ataran el yelmo. (Él lo llamaba yelmo, aunque ciertamente se asemejaba mucho más a una cacerola).

—Bueno... sí... un poco —repuso Alicia con suavidad.

—Por lo general soy muy valiente —prosiguió él en voz baja—; lo que pasa es que hoy casualmente tengo dolor de cabeza.

—¡Y a mí me duele una muela! —terció Tweedledee, que había alcanzado a oír la observación—. ¡Estoy en mucho peor estado que tú!

—En ese caso más valdría que no batallasen hoy —dijo Alicia, creyendo hallar una feliz coyuntura para concertar la paz.

—Tenemos que librar una pequeña escaramuza, pero no tengo interés en que se alargue mucho —dijo Tweedledum—. ¿Qué hora es ahora?

Tweedledee consultó su reloj y dijo: «Las cuatro y media».

—Peleemos hasta las seis, y luego cenaremos —propuso Tweedledum.

—Muy bien —asintió el otro con cierta pesadumbre—; y ella puede contemplarnos... aunque más te valdrá no arrimarte demasiado —añadió—: por lo general arreo a todo lo que alcanzo a ver cuando me acaloro de veras.

—¡Y yo arreo a todo lo que esté a mi alcance —gritó Tweedledum—, lo vea o no lo vea!

Alicia rió. «Mucho me temo que arreará usted a los árboles con bastante frecuencia», dijo.

Tweedledum miró en derredor con una sonrisa satisfecha. «¡No creo —dijo— que quede un solo árbol en pie, en muchas millas a la redonda, para cuando hayamos terminado!».

—¡Y todo por un sonajero! —dijo Alicia, aún con la esperanza de que sintieran una pizca de vergüenza por combatir por tamaña fruslería.

—No me habría importado tanto —dijo Tweedledum— de no haber sido nuevo.

«¡Ojalá se presente ese cuervo monstruoso!», pensó Alicia.

—Solo hay una espada, ya sabes —le dijo Tweedledum a su hermano—; pero puedes quedarte con el paraguas: está igual de afilado. Solo que debemos comenzar deprisa. Se está poniendo tan oscuro como puede.

—Y aún más oscuro —añadió Tweedledee.

Estaba oscureciendo con tanta premura que Alicia pensó que debía de avecinarse una tronada. «¡Qué nube negra y espesa es esa! —dijo—. ¡Y qué rápido se aproxima! ¡Caramba, si creo que tiene alas!».

—¡Es el cuervo! —gritó Tweedledum con un agudo alarido de espanto; y los dos hermanos pusieron pies en polvorosa y desaparecieron de la vista en un santiamén.

Alicia corrió un trecho hacia el interior del bosque y se detuvo bajo un gran árbol. «Aquí jamás podrá alcanzarme —pensó—: es demasiado descomunal para escurrirse entre los árboles. Pero ojalá no aleteara con tanta furia: provoca un auténtico vendaval en el bosque... ¡mira cómo se lleva volando el mantón de alguien!».

Fin del Episodio 8 · de 19

Tweedledum y Tweedledee · II

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