Tweedledum y Tweedledee · I
~8 min · 1670 palabras
Estaban de pie bajo un árbol, cada uno con un brazo rodeando el cuello del otro, y Alicia supo quién era quién en un abrir y cerrar de ojos, porque uno de ellos llevaba bordado «DUM» en el cuello de la camisa, y el otro «DEE». «Supongo que ambos llevarán bordado ‘TWEEDLE’ por detrás del cuello», se dijo para sí.
Permanecían tan inmóviles que olvidó por completo que estuviesen vivos, y se disponía precisamente a rodearlos para cerciorarse de si la palabra ‘TWEEDLE’ figuraba al dorso de cada cuello, cuando la sobresaltó una voz procedente del que llevaba la marca «DUM».
—Si crees que somos figuras de cera —dijo—, tendrías que pagar entrada, ya sabes. ¡Las figuras de cera no se hicieron para que las miren de balde, de ningún modo!
—Al contrario —añadió el que llevaba la marca «DEE»—: si crees que estamos vivos, tendrías que dirigirnos la palabra.
—Les aseguro que lo lamento muchísimo —fue todo lo que Alicia acertó a responder; pues las palabras de la vieja cancioncilla no cesaban de repiquetear en su cabeza como el tictac de un reloj, y a duras penas pudo evitar recitarlas en voz alta:
«Tweedledum y Tweedledee convinieron en librar una batalla; pues Tweedledum decía que Tweedledee le había roto su lindo sonajero nuevo.
Justo entonces descendió volando un cuervo monstruoso, tan negro como un tonel de alquitrán; el cual asustó tanto a ambos héroes, que olvidaron por completo su querella».
—Ya sé lo que estás pensando —dijo Tweedledum—; pero no es así, de ningún modo.
—Al contrario —prosiguió Tweedledee—: si fue así, pudo ser; y si fuera así, sería; pero como no es así, no es. Eso es pura lógica.
—Estaba pensando —dijo Alicia con suma cortesía— cuál es el mejor camino para salir de este bosque: se está poniendo tan oscuro... ¿Tendrían la bondad de decírmelo, por favor?
Mas los hombrecillos se limitaron a mirarse el uno al otro y sonrieron con socarronería.
Se asemejaban con tal exactitud a un par de colegiales grandullones, que Alicia no pudo evitar señalar con el dedo a Tweedledum y exclamar: «¡Primer alumno!».
—¡De ningún modo! —exclamó Tweedledum con viveza, y cerró la boca de golpe con un chasquido.
—¡Siguiente alumno! —dijo Alicia, pasando a Tweedledee, aunque abrigaba la absoluta certeza de que se limitaría a gritar: «¡Al contrario!»; y así fue exactamente.
—¡Te has equivocado de medio a medio! —gritó Tweedledum—. ¡Lo primero que se hace en una visita es decir ‘¿Cómo está usted?’ y estrecharse las manos! —Y aquí los dos hermanos se dieron un fuerte abrazo, y luego extendieron las dos manos que les quedaban libres para estrechar la de ella.
A Alicia no le agradaba estrechar la mano de uno antes que la del otro, por miedo a herir los sentimientos de su hermano; de suerte que, como la mejor manera de salir del aprieto, tomó ambas manos al mismo tiempo: al instante siguiente los tres giraban en corro. Aquello se le antojó la mar de natural (recordó con posterioridad), y ni siquiera le sorprendió escuchar música sonar: parecía brotar del árbol bajo el cual danzaban, y la producían (por lo que pudo colegir) las ramas frotándose las unas con las otras, a modo de violines y arcos.
—Pero desde luego resultaba chistoso —(dijo Alicia más tarde, al relatar a su hermana la crónica de todo esto)— encontrarse a una misma cantando ‘Aquí giramos en torno al moral’. No sé en qué instante comencé, pero sentía como si llevara cantándolo un tiempo larguísimo.
Los otros dos bailarines estaban gordos, y muy pronto se quedaron sin aliento. «Cuatro vueltas bastan para una danza», jadeó Tweedledum; y cesaron de bailar tan repentinamente como habían comenzado: la música enmudeció en el mismo instante.
Luego soltaron las manos de Alicia y permanecieron mirándola fijamente durante un minuto: siguió una pausa harto embarazosa, pues Alicia no sabía cómo entablar conversación con personas con las que acababa de bailar. «Jamás estaría bien decir ‘¿Cómo está usted?’ ahora —se dijo para sus adentros—; ¡parece que ya hemos dejado atrás esa fase, de algún modo!».
—Espero que no estén ustedes muy fatigados —dijo al cabo.
—De ningún modo. Y muchas gracias por preguntar —repuso Tweedledum.
—¡Muy agradecido! —añadió Tweedledee—. ¿Te gusta la poesía?
—S-sí, bastante... alguna poesía —repuso Alicia con titubeo—. ¿Tendrían la amabilidad de indicarme qué senda conduce fuera del bosque?
—¿Qué podría recitarle? —preguntó Tweedledee, volviéndose hacia Tweedledum con unos ojazos solemnes y sin prestar la menor atención a la pregunta de Alicia.
—«La morsa y el carpintero» es la más larga —respondió Tweedledum, propinando a su hermano un afectuoso abrazo.
Tweedledee comenzó al instante:
—El sol brillaba...
Aquí Alicia se atrevió a interrumpirlo. «Si es muy larga —dijo con la mayor educación posible—, ¿tendría la bondad de decirme primero qué camino...?
Tweedledee sonrió con dulzura y comenzó de nuevo:
«El sol brillaba sobre el mar, brillando con todo su ardor: hacía cuanto podía por dejar las olas tersas y en redor; y esto era extraño, pues allá era medianoche de rigor.
La luna brillaba de mal humor, pues pensaba que el sol no tenía por qué estar allí tras apagarse el arrebol: ‘Es muy grosero de su parte —dijo—, venir a arruinar mi solaz’.
El mar estaba tan mojado como estar podía, las arenas tan secas como podían estar. No se divisaba nube alguna, porque no había nube en el firmamento que divisar: ningún pájaro volaba por lo alto... no había pájaros para volar.
La Morsa y el Carpintero caminaban a corta distancia; lloraban a más no poder al ver tanta arena en abundancia: ‘Si tan solo se barriera esto —dijeron—, ¡sería una maravilla de gran prestancia!’.
‘Si siete doncellas con siete fregonas barrieran durante medio año, ¿supones —dijo la Morsa— que dejarían limpio el escaño?’ ‘Lo dudo mucho —dijo el Carpintero—, y vertió una lágrima de amargo daño.
‘¡Oh, Ostras, venid a pasear con nosotros! les suplicó la Morsa con afán. Un grato paseo, una grata charla, por la salina playa donde están: no podemos admitir a más de cuatro, para dar la mano a cada cual en el desmán’.
La Ostra más vieja la miró, mas ni una palabra soltó: la Ostra más vieja guiñó un ojo, y la pesada cabeza sacudió... dando a entender que no consentía dejar el lecho donde creció.
Mas cuatro jóvenes ostras acudieron deprisa, todas anhelantes por la invitación: sus caparazones cepillados, lavadas las caras, los zapatos limpios y en sazón... y esto era bien extraño, pues sabido es que no tenían pies de su condición.
Otras cuatro Ostras las siguieron, y luego otras cuatro más; y espesas y rápidas llegaron por fin, y más, y más, y más detrás... todas brincando entre las olas espumosas, trepando a la orilla sin tardar más.
La Morsa y el Carpintero caminaron una milla o cosa así, y luego descansaron sobre una roca convenientemente baja allí: y todas las pequeñas Ostras se apostaron y aguardaron en hilera así.
‘Ha llegado la hora —dijo la Morsa— de hablar de muchas cosas: de zapatos... y barcos... y lacre de sellar... de berzas... y de monarcas en sus fosas... y de por qué el mar hierve en ardor... y de si tienen alas las cerdas hacendosas’.
‘¡Mas esperad un poco! —clamaron las Ostras—, ¡antes de que entablemos la charla; pues algunas de nosotras andamos sin aliento, ¡y todas estamos bien cebadas para mirarla!’ ‘¡No hay prisa! —dijo el Carpintero’. Mucho le agradecieron el postergarla.
‘Una hogaza de pan —dijo la Morsa— es lo que principalmente precisamos: pimienta y vinagre por añadidura son manjares que bien apreciamos... Ahora bien, queridas Ostras, si estáis listas, el festín con vosotras comenzamos’.
‘¡Pero no con nosotras! —gritaron las Ostras, poniéndose un tanto azuladas—; después de tanta gentileza, semejante trato ¡sería una de las cosas más desalmadas!’ ‘La noche es serena —dijo la Morsa—, ¿no admiráis las vistas despejadas?
¡Fue tan amable por vuestra parte venir! ¡Y vosotras sois tan exquisitas!’ El Carpintero nada dijo salvo: ‘Córtanos otra rebanada sin cuitas: ¡ojalá no fueras tan sorda, que he tenido que pedírtela dos veces benditas!’.
‘Parece una lástima —dijo la Morsa— jugarles semejante treta, ¡después de haberlas traído tan lejos, haciéndolas trotar de forma tan inquieta!’ El Carpintero nada dijo salvo: ‘¡La mantequilla está untada en capa demasiado gruesa!’.
‘Lloro por vosotras —dijo la Morsa—; me compadezco con profundo dolor’. Entre sollozos y lágrimas fue apartando a las de tamaño más mayor, sosteniendo el pañuelo de bolsillo ante sus ojos en llanto y clamor.
‘¡Oh, Ostras! —dijo el Carpintero—, ¡habéis disfrutado de una placentera excursión! ¿Nos volvemos a casa trotando?’. Mas respuesta ninguna se oyó... y aquello apenas tenía nada de extraño, pues ¡se las habían comido a todas en porción!»
—Me gusta más la Morsa —dijo Alicia—, porque, ya ve, sentía un poco de lástima por las pobres ostras.
—Sin embargo comió más que el Carpintero —dijo Tweedledee—. Ya ves que sostenía el pañuelo por delante para que el Carpintero no pudiera contar cuántas se zampaba: al contrario.
—¡Qué mezquindad! —exclamó Alicia con indignación—. Entonces prefiero al Carpintero... si es que no comió tantas como la Morsa.
—Pero comió tantas cuantas pudo pillar —dijo Tweedledum.
Aquello era un enigma insoluble. Tras una pausa, Alicia comenzó: «¡Bueno! Los dos eran personajes sumamente desagradables...». Aquí se interrumpió alarmada, al escuchar algo que le pareció el bufido de una gran máquina de vapor en el bosque cercano, aunque temió que más bien se tratara de una fiera salvaje. «¿Hay leones o tigres por aquí cerca?», inquirió con timidez.
—Solo es el Rey Rojo roncando —dijo Tweedledee.
—¡Ven a verlo! —exclamaron los hermanos; y cada uno tomó una mano de Alicia y la condujeron hasta donde el Monarca reposaba dormido.
—¿Verdad que ofrece una estampa encantadora? —dijo Tweedledum.
Alicia no podía asegurar con honradez que así fuese. Llevaba puesto un alto gorro de dormir encarnado con una borla, y yacía acurrucado formando una suerte de montón desordenado, roncando con tal estrépito... «¡capaz de arrancarle la cabeza a ronquidos!», como observó Tweedledum.
Fin del Episodio 7 · de 19
Tweedledum y Tweedledee · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.