A través del espejo·Episodio 06

Insectos del espejo · II

~8 min · 1611 palabras

Pero la barba pareció desvanecerse en cuanto la tocó, y se encontró sentada tranquilamente bajo un árbol, mientras el Mosquito (pues ese era el insecto con el que había estado hablando) se balanceaba en una ramita justo sobre su cabeza y la abanicaba con las alas.

Ciertamente era un Mosquito muy grande: «más o menos del tamaño de un pollo», pensó Alicia. Aun así, no podía sentirse inquieta a su lado, después de haber estado charlando juntos durante tanto tiempo.

—… ¿Entonces no te gustan todos los insectos? —continuó el Mosquito, con tanta calma como si nada hubiera ocurrido.

—Me gustan cuando saben hablar —dijo Alicia—. Ninguno habla jamás de donde yo vengo.

—¿Con qué clase de insectos te regocijas allí de donde tú vienes? —inquirió el Mosquito.

—No me regocijo con los insectos en absoluto —explicó Alicia—, porque les tengo bastante miedo, al menos a los más grandes. Pero puedo decirte los nombres de algunos.

—Desde luego responden a sus nombres, ¿no? —observó el Mosquito con indiferencia.

—Nunca he sabido que lo hagan.

—¿De qué les sirve tener nombres —dijo el Mosquito—, si no responden a ellos?

—A ellos de nada —dijo Alicia—; pero les resulta útil a las personas que les ponen nombre, supongo. Si no, ¿por qué tienen nombre las cosas?

—No sabría decirte —respondió el Mosquito—. Más adelante, en el bosque de ahí abajo, no tienen nombres… en fin, continúa con tu lista de insectos: estás perdiendo el tiempo.

—Bueno, está el tábano —empezó Alicia, contando los nombres con los dedos.

—De acuerdo —dijo el Mosquito—: a medio camino de aquel arbusto verás un tábano de balancín, si te fijas. Está hecho enteramente de madera y se desplaza columpiándose de rama en rama.

—¿De qué se alimenta? —preguntó Alicia, con gran curiosidad.

—De savia y serrín —dijo el Mosquito—. Sigue con la lista.

Alicia alzó la mirada hacia el tábano de balancín con gran interés, y llegó a la conclusión de que debían de haberlo pintado hacía muy poco, pues se le veía tan brillante y pegajoso; y luego prosiguió:

—Y está la libélula.

—Mira en la rama que tienes sobre la cabeza —dijo el Mosquito—, y allí encontrarás una libélula de dragón. Su cuerpo está hecho de pudín de pasas, sus alas de hojas de acebo y su cabeza es una pasa ardiendo en coñac.

—¿Y de qué se alimenta?

—De trigo con leche y pastelillos de picadillo —respondió el Mosquito—; y hace su nido en una caja de aguinaldos.

—Y luego está la mariposa —continuó Alicia, después de haber observado bien al insecto con la cabeza en llamas y de haber pensado para sus adentros: «¡Me pregunto si será por eso por lo que a los insectos les gusta tanto volar hacia las velas, porque quieren convertirse en libélulas de dragón!»—.

—Arrastrándose a tus pies —dijo el Mosquito (Alicia retiró los pies con cierta alarma)—, podrás observar una mariposa de pan y mantequilla. Sus alas son finas rebanadas de pan con mantequilla, su cuerpo es una corteza y su cabeza un terrón de azúcar.

—¿Y de qué se alimenta ella?

—De té flojo con crema.

A Alicia se le ocurrió una nueva dificultad. —¿Y suponiendo que no encontrara? —sugirió.

—Entonces se moriría, por supuesto.

—Pero eso debe de ocurrir muy a menudo —observó Alicia pensativa.

—Ocurre siempre —dijo el Mosquito.

Después de esto, Alicia guardó silencio un minuto o dos, meditando. El Mosquito se entretuvo entretanto zumbando en círculos alrededor de su cabeza; al fin se posó de nuevo y observó: —Supongo que no querrás perder tu nombre, ¿verdad?

—¡No, desde luego que no! —dijo Alicia, un poco inquieta.

—Y sin embargo, no sé yo —continuó el Mosquito en tono despreocupado—: ¡piensa tan solo en lo conveniente que resultaría si pudieras arreglártelas para volver a casa sin él! Por ejemplo, si la institutriz quisiera llamarte a tus lecciones, gritaría: «¡ven aquí…!», y ahí tendría que detenerse, porque no habría ningún nombre al que llamar y, por supuesto, no tendrías que ir, ¿sabes?

—Eso de ningún modo serviría, estoy segura —dijo Alicia—: a la institutriz jamás se le ocurriría perdonarme las lecciones por eso. Si no lograra acordarse de mi nombre, me llamaría «¡señorita!», como hacen los criados.

—Bueno, si dijera «señorita» y no dijera nada más —observó el Mosquito—, ¡claro está que no te enseñaría las lecciones! Es un chiste. Ojalá se te hubiera ocurrido a ti.

—¿Por qué desearías que se me hubiera ocurrido a mí? —preguntó Alicia—. Es muy malo.

Pero el Mosquito no hizo más que soltar un hondo suspiro, mientras dos gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.

—No deberías hacer chistes —dijo Alicia— si te pone tan triste.

Luego vino otro de aquellos suspiros melancólicos, y esta vez el pobre Mosquito pareció de veras haberse consumido en su propio suspiro, pues, cuando Alicia alzó la vista, no se veía nada en absoluto sobre la ramita; y como empezaba a tener bastante frío de estar tanto tiempo quieta sentada, se levantó y siguió caminando.

Muy pronto llegó a un descampado con un bosque al otro lado: parecía mucho más oscuro que el anterior, y Alicia sintió un poco de temor ante la idea de entrar en él. Sin embargo, pensándolo mejor, resolvió seguir adelante: «porque ciertamente no voy a volver atrás», pensó para sus adentros, y ese era el único camino hacia la Octava Casilla.

—Este debe de ser el bosque —se dijo pensativa— donde las cosas no tienen nombre. Me pregunto qué será de mi nombre cuando entre. No me gustaría nada perderlo… porque tendrían que darme otro, y casi seguro que sería feo. ¡Pero lo divertido sería intentar encontrar a la criatura que se hubiese quedado con mi antiguo nombre! Es igual que los anuncios, ¿sabes?, cuando la gente pierde perros: «Responde al nombre de «Dash»; llevaba un collar de latón»… ¡Imagínate llamar «Alicia» a todo cuanto te encontraras, hasta que uno respondiese! Aunque no responderían de ninguna manera, si fuesen sensatos.

En tales desvaríos andaba cuando llegó al bosque: tenía un aspecto muy fresco y umbroso. —Bueno, de todos modos es un gran alivio —dijo mientras se metía bajo los árboles—, después de tanto calor, entrar en el… ¿en qué? —continuó, bastante sorprendida de no poder dar con la palabra—. ¡Quiero decir entrar bajo el… bajo el… bajo esto, ya sabes! —apoyando la mano sobre el tronco del árbol—. ¿Cómo se llamará esto, me pregunto? ¡De veras creo que no tiene nombre… vaya, seguro que no lo tiene!

Se quedó en silencio durante un minuto, pensando; luego, de pronto, empezó de nuevo: —¡De modo que de verdad ha sucedido, después de todo! Y ahora, ¿quién soy? ¡Me acordaré, si es que puedo! ¡Estoy resuelta a conseguirlo! —pero estar resuelta no ayudó mucho, y todo lo que pudo decir, tras devanarse mucho los sesos, fue—: ¡L, sé que empieza por L!

En ese momento se acercó un Cervatillo paseando: miró a Alicia con sus grandes y mansos ojos, pero no pareció asustado en absoluto. —¡Ven aquí, ven! ¡Ven aquí, ven! —dijo Alicia mientras tendía la mano e intentaba acariciarlo; pero este solo retrocedió un poco, y luego se quedó mirándola de nuevo.

—¿Cómo te llamas? —dijo por fin el Cervatillo. ¡Qué voz tan suave y dulce tenía!

«¡Ojalá lo supiera!», pensó la pobre Alicia. Y respondió, con cierta tristeza: —De nada, por ahora.

—Piensa otra vez —dijo él—: eso no sirve.

Alicia pensó, pero no se le ocurrió nada. —Por favor, ¿me dirías cómo te llamas tú? —dijo con timidez—. Creo que eso podría ayudar un poco.

—Te lo diré si avanzas un poco más allá —dijo el Cervatillo—. Aquí no me puedo acordar.

De modo que siguieron caminando juntos por el bosque, Alicia con los brazos entrelazados con cariño alrededor del suave cuello del Cervatillo, hasta que salieron a otro descampado, y aquí el Cervatillo dio un repentino salto en el aire y se soltó de los brazos de Alicia. —¡Soy un Cervatillo! —gritó con voz encantada—, ¡y, válgame Dios, tú eres una criatura humana! —Una repentina mirada de alarma asomó a sus hermosos ojos castaños, y al instante siguiente salió huyendo a toda velocidad.

Alicia se quedó mirándolo alejarse, casi a punto de llorar de disgusto por haber perdido a su querido y pequeño compañero de viaje de forma tan repentina. —De todos modos, ahora ya sé mi nombre —dijo—; eso es algún consuelo. Alicia... Alicia... no volveré a olvidarlo. Y ahora, ¿cuál de estos postes indicadores debería seguir, me pregunto?

No era una pregunta muy difícil de responder, pues solo había un camino a través del bosque y ambos postes indicadores señalaban a lo largo de él. —Ya lo decidiré —se dijo Alicia— cuando el camino se divida y señalen en direcciones distintas.

Pero no parecía probable que esto sucediera. Anduvo y anduvo, un largo trecho, pero dondequiera que el camino se bifurcaba no dejaba de haber dos postes indicadores que señalaban en la misma dirección, uno con la inscripción «A LA CASA DE TWEEDLEDUM» y el otro «A LA CASA DE TWEEDLEDEE».

—¡De verdad creo —dijo Alicia al fin— que viven en la misma casa! Me extraña no haber pensado en ello antes... Pero no puedo quedarme allí mucho tiempo. Solo entraré a decir «¿cómo están?» y a preguntarles el camino para salir del bosque. ¡Si tan solo pudiera llegar a la Octava Casilla antes de que oscurezca! Así pues, continuó su camino, hablando consigo misma según iba, hasta que, al doblar una curva pronunciada, se topó con dos hombrecillos gordos, tan de repente que no pudo evitar dar un respingo hacia atrás; pero al instante siguiente se recobró, segura de que debían de ser

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