A través del espejo·Episodio 10

Lana y agua · II

~9 min · 1700 palabras

—¡Oh, mucho mejor! —gritó la Reina, elevándose su voz hasta convertirse en un chillido a medida que hablaba—. ¡Mucho me-e-ejor! ¡Me-e-ejor! ¡Me-e-e-ejor! ¡Beeee-eeeh! —La última palabra terminó en un prolongado balido, tan idéntico al de una oveja que Alicia dio un respingo asombrada.

Miró fijamente a la Reina, que de pronto parecía haberse envuelto entera en lana. Alicia se frotó los ojos y volvió a mirar. No lograba explicarse lo que acababa de ocurrir. ¿Estaba acaso en una tienda? ¿Y era de verdad... era de verdad una oveja lo que estaba sentado al otro lado del mostrador? Por más que se restregara los ojos, no conseguía ver nada distinto: se encontraba en una tiendecita oscura, apoyada de codos sobre el mostrador, y frente a ella había una vieja Oveja sentada en un sillón, tejiendo afanosa y levantando la vista de cuando en cuando para mirarla por encima de unas gafas enormes.

—¿Qué es lo que quieres comprar? —preguntó por fin la Oveja, despegando un instante la vista de su labor.

—Todavía no lo sé con certeza —respondió Alicia con mucha delicadeza—. Me gustaría echar una mirada alrededor primero, si no le molesta.

—Puedes mirar hacia delante y a ambos lados si gustas —dijo la Oveja—; pero no puedes mirar a todo tu alrededor... a menos que tengas ojos en la nuca.

Pero esa clase de ojos, daba la casualidad de que Alicia no los tenía, de modo que se contentó con ir dándose la vuelta para examinar los estantes conforme los iba teniendo delante.

La tienda parecía repleta de toda clase de curiosidades; pero lo más insólito de todo era que, cada vez que miraba con atención un estante para averiguar qué contenía exactamente, ese estante en particular quedaba siempre por completo vacío, aunque los de alrededor estuvieran atestados a más no poder.

—¡Aquí las cosas fluyen de un lado a otro! —exclamó al fin en tono compungido, tras pasarse cerca de un minuto persiguiendo en vano un objeto brillante y grandote que a veces parecía una muñeca y a veces un costurero, y que siempre estaba en el estante de arriba del que ella estaba mirando—. Y esta cosa es la más exasperante de todas... pero ¡ya verás lo que hago! —añadió, al ocurrírsele una idea repentina—: la seguiré hasta el estante más alto de todos. ¡A ver cómo se las apaña para atravesar el techo!

Pero incluso aquella estratagema fracasó: la «cosa» atravesó el techo con la mayor naturalidad, como si estuviera más que acostumbrada a hacerlo.

—¿Eres una niña o una peonza? —le soltó la Oveja, agarrando otro par de agujas—. Me vas a marear dentro de nada si sigues dando vueltas de esa manera. —Ahora trabajaba con catorce pares a la vez, y Alicia no podía evitar contemplarla pasmada.

—¿Pero cómo puede tejer con tantas agujas? —se preguntaba la intrigada niña—. ¡A cada minuto que pasa se parece más a un puercoespín!

—¿Sabes remar? —le preguntó la Oveja, alargándole un par de agujas de calcetar mientras hablaba.

—Sí, un poco... pero no en tierra firme... y no con agujas... —comenzó a responder Alicia, cuando de repente las agujas se transformaron en remos entre sus manos y se descubrió a bordo de un pequeño bote que se deslizaba entre dos orillas; de modo que no le quedó más remedio que aplicarse a remar lo mejor que pudo.

—¡A la pluma! —le gritó la Oveja, agarrando otro par de agujas.

Aquello no parecía un comentario que necesitara respuesta, de modo que Alicia guardó silencio y continuó bogando con brío. Había algo muy extraño en aquellas aguas, pensó para sí, pues de vez en cuando los remos se quedaban trabados en la corriente y apenas lograba sacarlos.

—¡A la pluma! ¡A la pluma! —chilló de nuevo la Oveja, empuñando más agujas—. Vas a pescar un cangrejo en cualquier momento.

—¡Un lindo cangrejito! —pensó Alicia—. ¡Me encantaría!

—¿Es que no me has oído gritar «A la pluma»? —bramó la Oveja irritada, tomando un fajo entero de agujas.

—Claro que la he oído —contestó Alicia—: lo ha dicho muchísimas veces... y a voz en grito. Por favor, ¿dónde están los cangrejos?

—¡En el agua, naturalmente! —dijo la Oveja, clavándose varias agujas en la lana de la cabeza al tener las manos llenas—. ¡A la pluma, te digo!

—¿Por qué repite tanto lo de «a la pluma»? —preguntó al fin Alicia, un tanto mosqueada—. ¡Yo no soy un pájaro!

—Claro que lo eres —repuso la Oveja—: eres una pequeña gansita.

Aquello ofendió un poco a Alicia, por lo que la conversación cesó durante un minuto o dos mientras la barca avanzaba suavemente, a veces entre mantos de algas (que hacían que los remos se atascaran en el agua peor que nunca) y a veces bajo la sombra de los árboles, pero siempre flanqueada por las mismas orillas altas que fruncían el ceño sobre sus cabezas.

—¡Oh, por favor! ¡Hay unos juncos aromáticos preciosos! —exclamó Alicia en un arrebato súbito de alegría—. ¡De verdad que los hay... y qué maravillas!

—A mí no me vengas con «por favores» sobre ellos —dijo la Oveja sin levantar los ojos de su labor—: ni los he puesto yo ahí, ni pienso quitarlos.

—No, pero me refería a si por favor podíamos detenernos a coger algunos —suplicó Alicia—. Si no le importa parar el bote un instante.

—¿Y cómo voy a pararlo yo? —dijo la Oveja—. Si dejas de remar, se parará él solo.

De manera que dejaron que el bote flotara corriente abajo a su antojo, hasta que se deslizó con suavidad entre los ondulantes juncos. Y entonces Alicia se arremangó con cuidado las manguitas y sumergió los bracitos hasta el codo para alcanzar los tallos bien abajo antes de arrancarlos; y durante un rato se olvidó por completo de la Oveja y del tejido, asomándose por la borda con las puntas de sus cabellos despeinados rozando el agua, mientras con ojos brillantes y entusiastas se lanzaba a coger un ramo tras otro de aquellos deliciosos juncos perfumados.

—¡Solo espero que la barca no zozobre! —se decía para sus adentros—. ¡Oh, qué junco tan hermoso! ¡Lástima que no alcance a llegar a él! —Y desde luego parecía un tanto exasperante («casi como si estuviera hecho a propósito», pensó) que, aunque conseguía arrancar montones de juncos maravillosos según navegaba la barca, siempre había otro todavía más espléndido que quedaba fuera de su alcance.

—¡Los más bonitos siempre están más lejos! —dijo al fin con un suspiro ante la obstinación de los juncos en crecer a tanta distancia, mientras, con las mejillas encendidas y las manos y el pelo chorreando, se acomodaba de nuevo en su asiento y empezaba a ordenar sus recién hallados tesoros.

¿Qué le importaba a ella en ese instante que los juncos hubieran empezado a marchitarse y a perder todo su aroma y hermosura desde el mismísimo segundo en que los cortó? Incluso los juncos perfumados de verdad, bien lo sabes, duran muy poco tiempo; y estos, al ser juncos soñados, se derretían casi como la nieve al quedar apilados a sus pies; pero Alicia apenas si reparó en ello, habiendo tantas otras cosas curiosas en las que pensar.

No habían avanzado mucho más cuando la pala de uno de los remos se quedó atascada en el fondo y no hubo modo de sacarla (así lo relató Alicia más adelante), con la consecuencia de que el mango la golpeó de lleno bajo la barbilla y, a pesar de una serie de grititos de «¡Ay, ay, ay!» de la pobre Alicia, la barrió limpiamente del banco arrojándola sobre la pila de juncos.

Sin embargo, no se hizo daño alguno y no tardó en incorporarse: la Oveja siguió tejiendo todo el tiempo, tal como si no hubiera sucedido absolutamente nada. —¡Vaya pedazo de cangrejo que has pescado! —observó, mientras Alicia ocupaba de nuevo su puesto, sumamente aliviada al verse todavía dentro de la barca.

—¿De verdad? Pues yo no lo he visto —dijo Alicia, asomándose cautelosa por la borda hacia las oscuras aguas—. ¡Ojalá no se hubiera soltado... me habría gustado tanto llevarme a casa un cangrejito! —Pero la Oveja se limitó a soltar una risita desdeñosa y continuó con su calceta.

—¿Hay muchos cangrejos por aquí? —preguntó Alicia.

—Cangrejos y de todo un poco —respondió la Oveja—: tienes de sobra donde elegir, solo tienes que decidirte. Y ahora, ¿qué es lo que quieres comprar?

—¡Comprar! —repitió Alicia en un eco mitad asombrado y mitad temeroso... pues los remos, la barca y el río se habían desvanecido en un abrir y cerrar de ojos, y volvía a encontrarse en el interior de la pequeña y oscura tienda.

—Quisiera comprar un huevo, por favor —pidió tímidamente—. ¿A cómo los vende?

—A cinco peniques y un cuarto por uno... A dos peniques por dos —contestó la Oveja.

—¿Entonces dos son más baratos que uno? —preguntó Alicia extrañada, sacando su monedero.

—Solo que te los tienes que comer los dos si compras dos —sentenció la Oveja.

—En ese caso me quedo con uno, por favor —dijo Alicia, depositando el dinero sobre el mostrador. Pues pensó para sus adentros: «Podrían no estar nada buenos, después de todo».

La Oveja tomó las monedas y las guardó en una caja; después dijo: —Yo nunca pongo las cosas en las manos de nadie; eso no estaría nada bien; debes ir tú misma a recogerlo. —Y diciendo esto, se dirigió al otro extremo de la tienda y colocó el huevo de pie en una repisa.

—Me pregunto por qué no estaría bien —pensó Alicia, mientras avanzaba a tientas entre mesas y sillas, pues la tienda estaba sumamente oscura hacia el fondo—. Cuanto más camino hacia él, más parece alejarse el huevo. A ver, ¿esto es una silla? ¡Vaya, pero si tiene ramas, voto a tal! ¡Qué cosa tan extraña ver árboles creciendo aquí dentro! ¡Y miren, si hasta hay un arroyuelo! ¡Desde luego, esta es la tienda más rara que he visto en toda mi vida!

◇

De modo que continuó avanzando, maravillándose más y más a cada paso, viendo cómo todo se transformaba en árbol en cuanto se aproximaba, y esperando plenamente que el huevo hiciera tres cuartos de lo mismo.

Fin del Episodio 10 · de 19

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