Humpty Dumpty · I
~9 min · 1815 palabras
Sin embargo, el huevo se fue haciendo cada vez más y más grande, y más y más humano: cuando Alicia llegó a unos pocos pasos de distancia, vio con claridad que tenía ojos, nariz y boca; y al acercarse aún más, comprendió al instante que se trataba del mismísimo HUMPTY DUMPTY. «¡No puede ser ningún otro! —se dijo para sus adentros—. ¡Estoy tan segura como si llevara su nombre escrito en plena cara!».
Y bien podría haber llevado escrito el nombre un centenar de veces sin ninguna dificultad, dada la desmesura de semejante rostro. Humpty Dumpty estaba sentado a la turca, con las piernas cruzadas, en lo alto de un muro altísimo... tan estrecho que Alicia se maravilló de cómo conseguía guardar el equilibrio; y, como mantenía la vista clavada con fijeza en dirección opuesta sin hacerle el menor caso, la niña pensó que después de todo bien podía tratarse de un muñeco relleno.
—¡Y qué parecido es a un huevo, pero exactamente igual! —exclamó en voz alta, dispuesta con las manos abiertas para atajarlo, pues temía por momentos que se viniera abajo.
—Resulta sumamente exasperante —dijo Humpty Dumpty tras un prolongado silencio, mirando hacia otro lado mientras hablaba— que a uno lo llamen huevo... ¡Sumamente exasperante!
—Dije que se parecía a un huevo, caballero —le explicó con dulzura Alicia—. Y hay huevos muy hermosos, como usted bien sabe —añadió, en un intento de transformar su observación en una suerte de cumplido.
—¡Hay personas —sentenció Humpty Dumpty, sin dignarse a mirarla— que tienen menos seso que una criatura de teta!
Alicia no supo qué replicar a aquello: no le parecía en modo alguno una conversación normal, pensó, ya que jamás se dirigía a ella; de hecho, su última observación parecía haber ido destinada a un árbol; de modo que permaneció inmóvil y repitió en voz muy baja para sí:
«Humpty Dumpty se sentó en un muro: Humpty Dumpty una gran caída sufrió. Ni todos los caballos del Rey ni todos los hombres del Rey pudieron a Humpty Dumpty poner en su sitio otra vez».
—Ese último verso es demasiado largo para una poesía —añadió, casi en voz audible, olvidando por un segundo que Humpty Dumpty podía oírla.
—No te quedes ahí farfullando para ti sola de esa manera —dijo Humpty Dumpty, mirándola por primera vez—, y dime tu nombre y a qué has venido.
—Mi nombre es Alicia, pero...
—¡Es un nombre bastante estúpido! —la atajó Humpty Dumpty con impaciencia—. ¿Qué es lo que significa?
—¿Acaso un nombre debe significar algo por fuerza? —preguntó Alicia con perplejidad.
—¡Pues claro que sí! —afirmó Humpty Dumpty soltando una risotada—. Mi nombre significa la forma tan gallarda que tengo... y es una forma magnífica y rotunda. Con un nombre como el tuyo, podrías tener prácticamente cualquier figura.
—¿Por qué está sentado aquí usted tan solo? —preguntó Alicia, deseosa de no entrar en discusiones.
—¡Pues porque no hay nadie conmigo! —bramó Humpty Dumpty—. ¿Te creías acaso que no me iba a saber la respuesta a eso? Hazme otra pregunta.
—¿No cree que estaría más seguro abajo en el suelo? —continuó Alicia, no con ánimo de plantearle otro acertijo, sino por sincera preocupación hacia tan singular criatura—. ¡Ese muro es tan estrecho!
—¡Vaya acertijos tan asombrosamente fáciles me propones! —gruñó Humpty Dumpty—. ¡Pues claro que no lo creo! Porque si alguna vez me cayera... cosa que no tiene la menor probabilidad de suceder... pero si llegara a caerme... —Aquí apretó los labios y puso una cara tan solemne y majestuosa que a Alicia le costó aguantarse la risa—. Si llegara a caerme —prosiguió—, el Rey me ha prometido... con su mismísima boca real... que...
—Que enviará a todos sus caballos y a todos sus hombres —interrumpió Alicia, con escasa prudencia.
—¡Voto a tal, esto ya clama al cielo! —exclamó Humpty Dumpty, montando en súbita cólera—. ¡Has estado escuchando tras las puertas... y detrás de los árboles... y por las chimeneas... porque de otro modo jamás habrías podido saberlo!
—¡De verdad que no he hecho nada de eso! —se apresuró a decir Alicia con suavidad—. ¡Es que viene en un libro!
—¡Ah, bueno! Puede que escriban tales cosas en un libro —admitió Humpty Dumpty con voz más sosegada—. Eso es a lo que llaman una Historia de Inglaterra, ni más ni menos. Y ahora, ¡mírame bien de arriba abajo! Soy alguien que ha hablado en persona con un Rey, ¡eso soy yo!; tal vez nunca en tu vida vuelvas a ver a otro semejante; y para que veas que no soy un orgulloso, ¡te permito que me estreches la mano! —Y abrió una sonrisa de oreja a oreja mientras se inclinaba hacia delante (estando a un pelo de precipitarse del muro al hacerlo) y le tendía la mano a Alicia. La niña lo observó con cierta zozobra al tomársela. «Si sonríe un poquito más, las comisuras se le juntarán por detrás —pensó—, ¡y entonces no sé qué va a ser de su cabeza! ¡Mucho me temo que se le desprenderá!».
—Sí, todos sus caballos y todos sus hombres —continuó Humpty Dumpty—. ¡Vendrían a levantarme del suelo en un minuto, vaya si lo harían! Sin embargo, esta conversación va demasiado deprisa: regresemos a la penúltima observación.
—Mucho me temo que no logro recordarla con exactitud —admitió Alicia con gran cortesía.
—En ese caso empezamos borrón y cuenta nueva —sentenció Humpty Dumpty—, y me corresponde a mí elegir tema... («¡Habla de ello como si fuera una partida de damas!», pensó Alicia). Así que aquí tienes mi pregunta: ¿cuántos años dijiste que tenías?
Alicia hizo un breve cálculo mental y respondió: —Siete años y seis meses.
—¡Te has equivocado! —exclamó Humpty Dumpty triunfante—. ¡Jamás dijiste una sola palabra semejante!
—Creí que su pregunta se refería a qué edad tengo —le aclaró Alicia.
—Si hubiera querido decir eso, lo habría dicho —repuso Humpty Dumpty.
Alicia no quiso enredarse en otra discusión, así que guardó silencio.
—¡Siete años y seis meses! —repitió Humpty Dumpty sumido en cavilaciones—. Una edad bastante incómoda. Si me hubieras pedido consejo, te habría dicho: «Plántate en los siete»... pero ahora ya es tarde para remediarlo.
—Yo jamás pido consejo acerca de crecer —dijo Alicia indignada.
—¿Por exceso de orgullo? —inquirió el otro.
Alicia se sintió más ofendida aún ante aquella ocurrencia. —Quiero decir —explicó— que una persona no puede evitar hacerse mayor.
—Una sola tal vez no pueda —sentenció Humpty Dumpty—, pero dos sí que pueden. Con la debida ayuda, bien podrías haberte plantado en los siete.
—¡Qué cinturón tan hermoso lleva puesto! —observó Alicia de pronto.
(Ya habían tenido más que suficiente con el tema de la edad, pensó la niña; y si en verdad les tocaba turnarse para elegir asuntos de charla, ahora le correspondía a ella). —O al menos —se corrigió tras pensarlo un segundo—, una corbata hermosa, quise decir... ¡no, un cinturón, perdone usted! —añadió acongojada, pues Humpty Dumpty puso una cara de ofensa mayúscula y la niña empezó a desear no haber sacado a relucir el asunto. «¡Si al menos supiera —se dijo para sus adentros— dónde termina el cuello y dónde empieza la cintura!».
Era indudable que Humpty Dumpty estaba profundamente enojado, pues no despegó los labios durante un minuto o dos. Cuando volvió a hablar, lo hizo con un gruñido cavernoso.
—Es algo... sumamente... irritante —espetó por fin— que una persona no distinga una corbata de un cinturón.
—Sé que es una gran ignorancia por mi parte —dijo Alicia, en un tono tan humilde que el huevo se aplacó.
—Es una corbata, niña, y de las más hermosas, como bien dijiste. Un regalo del Rey y de la Reina Blancos. ¡Para que te enteres!
—¿De verdad? —dijo Alicia, contentísima al ver que después de todo había acertado con un buen tema.
—Me la regalaron —prosiguió Humpty Dumpty pensativo, cruzando una rodilla sobre la otra y abrazándosela con las manos—, me la regalaron... como regalo de no-cumpleaños.
—¿Cómo dice? —preguntó Alicia con aire desconcertado.
—No me he ofendido —repuso Humpty Dumpty.
—Quiero decir, ¿qué es un regalo de no-cumpleaños?
—Un regalo que te dan cuando no es tu cumpleaños, naturalmente.
Alicia reflexionó un instante. —A mí me gustan más los regalos de cumpleaños —afirmó al fin.
—¡No sabes lo que dices! —exclamó Humpty Dumpty—. ¿Cuántos días tiene un año?
—Trescientos sesenta y cinco —respondió Alicia.
—¿Y cuántos cumpleaños tienes tú al año?
—Uno.
—Y si a trescientos sesenta y cinco le quitas uno, ¿cuántos quedan?
—Trescientos sesenta y cuatro, por supuesto.
Humpty Dumpty pareció dudar. —Preferiría ver esa cuenta hecha en un papel —dijo.
Alicia no pudo reprimir una sonrisa mientras sacaba su libreta de notas y realizaba la operación para él:
365 1 ──── 364 ────
Humpty Dumpty tomó la libreta y examinó la cuenta con detenimiento. —Parece que está bien hecha... —empezó a decir.
—¡La está sosteniendo al revés! —le interrumpió Alicia.
—¡Faltaría más, claro que sí! —dijo Humpty Dumpty alegremente, mientras ella le daba la vuelta—. Ya me parecía a mí que tenía una pinta algo rara. Como te iba diciendo, parece que está bien resuelta... aunque ahora mismo no tengo tiempo para revisarla a fondo... y eso demuestra que hay trescientos sesenta y cuatro días al año en los que podrías recibir regalos de no-cumpleaños...
—Sin duda alguna —asintió Alicia.
—¡Y solo uno para regalos de cumpleaños, como ves! ¡Ahí tienes toda una gloria para ti!
—No entiendo qué quiere decir con eso de «gloria» —confesó Alicia.
Humpty Dumpty sonrió con aire despectivo. —Claro que no lo sabes... hasta que yo te lo diga. Quise decir: «¡Ahí tienes un argumento demoledor que te deja frita!».
—Pero «gloria» no significa «un argumento demoledor» —protestó Alicia.
—Cuando yo uso una palabra —afirmó Humpty Dumpty con tono bastante desapacible—, significa exactamente lo que yo elijo que signifique... ni más ni menos.
—La cuestión está —dijo Alicia— en si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas tan distintas.
—La cuestión está —sentenció Humpty Dumpty— en quién es el que manda... y nada más.
Alicia quedó demasiado confusa para añadir nada, de modo que al cabo de un minuto Humpty Dumpty reanudó el hilo: —Tienen su genio propio, algunas de ellas... en especial los verbos, que son los más soberbios; con los adjetivos puedes hacer lo que te plazca, pero con los verbos no... sin embargo, ¡yo las domino a todas! ¡Impenetrabilidad! ¡Eso es lo que digo yo!
—¿Tendría la amabilidad de decirme —preguntó Alicia— qué significa esa palabra?
—Ahora sí que hablas como una niña con sentido común —dijo Humpty Dumpty, sumamente complacido—. Al decir «impenetrabilidad» quise indicar que ya hemos tenido bastante de esa materia, y que estaría muy bien que mencionaras qué piensas hacer a continuación, ya que imagino que no tendrás el propósito de quedarte aquí parada el resto de tus días.
—Eso es obligar a una sola palabra a significar una barbaridad de cosas —comentó Alicia en tono pensativo.
Fin del Episodio 11 · de 19
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