A través del espejo·Episodio 03

El jardín de las flores vivas · I

~8 min · 1636 palabras

Vería el jardín mucho mejor —se dijo Alicia— si pudiera llegar a la cima de esa colina; y aquí hay un sendero que lleva derecho a ella... bueno, al menos no, no hace eso... —(después de avanzar unas cuantas yardas por el sendero y doblar varias esquinas pronunciadas)—, pero supongo que al final lo hará. ¡Pero qué curiosas curvas da! ¡Se parece más a un sacacorchos que a un sendero! Bueno, supongo que esta curva va hacia la colina... ¡pues no, no va! ¡Esta va derecha otra vez a la casa! Bueno, entonces probaré por el otro lado.

Y así lo hizo: yendo de acá para allá y probando curva tras curva, pero volviendo siempre a la casa, hiciese lo que hiciese. De hecho, una vez, al doblar una esquina con más rapidez de la habitual, se topó contra ella antes de poder detenerse.

—De nada sirve hablar de ello —dijo Alicia, levantando la vista hacia la casa y fingiendo que discutía con ella—. No voy a volver a entrar todavía. Sé que tendría que cruzar el Espejo de nuevo... de vuelta al viejo cuarto... ¡y se habrían acabado todas mis aventuras!

Así pues, dando la espalda resueltamente a la casa, emprendió de nuevo la marcha por el sendero, decidida a seguir todo recto hasta llegar a la colina. Durante unos minutos todo marchó bien, y justo estaba diciendo: —De verdad que esta vez lo conseguiré...—, cuando el sendero dio un giro repentino y se sacudió (como ella lo describió después), y al instante siguiente se encontró entrando de lleno por la puerta.

—¡Oh, qué fastidio! —exclamó—. ¡Jamás vi una casa con tanta maña para cruzarse en el camino! ¡Jamás!

Sin embargo, la colina estaba a la vista, de modo que no quedaba más remedio que volver a empezar. Esta vez llegó a un gran arriate de flores, con una orla de margaritas y un sauce que crecía en medio.

—¡Oh, lirio atigrado! —dijo Alicia, dirigiéndose a uno que se mecía graciosamente al viento—, ¡ojalá pudieras hablar!

—Podemos hablar —dijo el lirio atigrado—, cuando hay alguien con quien merezca la pena hablar.

Alicia se quedó tan asombrada que no pudo hablar durante un minuto: casi le quitó el aliento. Por fin, como el lirio atigrado no hacía más que seguir meciéndose, volvió a hablar, con voz tímida, casi en un susurro: —¿Y pueden hablar todas las flores?

—Tan bien como tú —dijo el lirio atigrado—. Y mucho más alto.

—No es de buena educación que nosotras empecemos, ¿sabes? —dijo la Rosa—, ¡y la verdad es que me preguntaba cuándo hablarías! Me dije a mí misma: «¡Su cara tiene cierto juicio, aunque no sea muy despierta!». De todos modos, tienes el color debido, y eso cuenta mucho.

—A mí no me importa el color —observó el lirio atigrado—. Con solo que sus pétalos se rizaran un poco más hacia arriba, estaría la mar de bien.

A Alicia no le gustaba que la criticaran, así que se puso a hacer preguntas: —¿No os da miedo a veces estar plantadas aquí fuera, sin nadie que os cuide?

—Ahí está el árbol del medio —dijo la Rosa—; ¿para qué otra cosa sirve si no?

—Pero ¿qué podría hacer si viniera algún peligro? —preguntó Alicia.

—¡Dice «¡Guau-guau!»! —gritó una margarita—. ¡Por eso a sus ramas las llaman canes!

—¿Es que no sabías eso? —gritó otra margarita; y en ese momento todas empezaron a chillar a la vez, hasta que el aire pareció llenarse de vocecillas agudas—. ¡Silencio todas! —gritó el lirio atigrado, agitándose apasionadamente de un lado a otro y temblando de emoción—. ¡Saben que no puedo alcanzarlas! —jadeó, inclinando su trémula cabeza hacia Alicia—, ¡o no se atreverían a hacerlo!

—¡No importa! —dijo Alicia en tono apaciguador, e inclinándose hacia las margaritas, que justo empezaban de nuevo, susurró—: ¡Si no os calláis la boca, os arranco!

Se hizo el silencio en un instante, y varias de las margaritas rosadas se volvieron blancas.

—¡Bien hecho! —dijo el lirio atigrado—. Las margaritas son las peores de todas. Cuando una habla, empiezan todas a la vez, ¡y es para marchitarse de oír cómo siguen y siguen!

—¿Cómo es que sabéis hablar todas tan bien? —preguntó Alicia, con la esperanza de ponerlo de mejor humor mediante un cumplido—. He estado en muchos jardines antes, pero ninguna flor sabía hablar.

—Baja la mano y palpa el suelo —dijo el lirio atigrado—. Entonces sabrás por qué.

Alicia así lo hizo. —Está muy duro —dijo—, pero no veo qué tiene que ver eso.

—En la mayoría de los jardines —dijo el lirio atigrado— hacen las camas demasiado blandas, de modo que las flores están siempre dormidas.

Aquello pareció una razón excelente, y Alicia se alegró mucho de saberlo. —¡Nunca se me había ocurrido pensar en eso! —dijo.

—Mi opinión es que nunca piensas en absoluto —dijo la Rosa con tono más bien severo.

—Jamás vi a nadie que tuviera un aspecto más estúpido —dijo una violeta, con tanta brusquedad que Alicia dio un respingo, pues no había hablado hasta entonces.

—¡Cállate tú la boca! —gritó el lirio atigrado—. ¡Como si tú hubieras visto a alguien alguna vez! ¡Te pasas el día con la cabeza metida bajo las hojas, roncando que te roncarás, hasta que no sabes lo que pasa en el mundo más de lo que sabrías si fueras un capullo!

—¿Hay más personas en el jardín además de mí? —preguntó Alicia, prefiriendo no hacer caso del último comentario de la Rosa.

—Hay otra flor en el jardín que puede moverse de acá para allá como tú —dijo la Rosa—. Me pregunto cómo lo hacéis... —(«Siempre te lo estás preguntando», dijo el lirio atigrado)—, pero ella es más frondosa que tú.

—¿Se parece a mí? —preguntó Alicia con afán, pues se le cruzó la idea por la cabeza: «¡Hay otra niña en el jardín, en alguna parte!»

—Bueno, tiene la misma figura torpe que tú —dijo la Rosa—, pero es más encarnada... y sus pétalos son más cortos, me parece.

—Sus pétalos están bien apretados, casi como una dalia —interrumpió el lirio atigrado—; no desgreñados de cualquier manera, como los tuyos.

—Pero eso no es culpa tuya —añadió la Rosa con amabilidad—: estás empezando a marchitarte, ya sabes... y entonces es inevitable que a una se le descompongan un poco los pétalos.

A Alicia no le gustó nada esa idea; así que, para cambiar de tema, preguntó: —¿Viene alguna vez por aquí?

—Me atrevería a decir que la verás pronto —dijo la Rosa—. Es de la clase espinosa.

—¿Dónde lleva las espinas? —preguntó Alicia con cierta curiosidad.

—Pues alrededor de la cabeza, naturalmente —respondió la Rosa—. Me extrañaba que tú no tuvieras ninguna también. Creí que era la regla general.

—¡Ya viene! —gritó la espuela de caballero—. ¡Oigo sus pisadas, pum, pum, pum, por el camino de grava!

Alicia miró a su alrededor con avidez y descubrió que era la Reina Roja. «¡Ha crecido una barbaridad!», fue su primera observación. Y desde luego que sí: cuando Alicia la encontró por primera vez entre las cenizas, apenas medía tres pulgadas de alto... ¡y aquí estaba, media cabeza más alta que la mismísima Alicia!

—Es el aire fresco, que hace maravillas —dijo la Rosa—; es un aire maravillosamente puro, aquí fuera.

—Creo que iré a su encuentro —dijo Alicia, pues, aunque las flores resultaban bastante interesantes, sentía que sería mucho más imponente conversar con una Reina de verdad.

—Es del todo imposible que hagas eso —dijo la Rosa—. Yo te aconsejaría que caminaras en dirección contraria.

Aquello le sonó a disparate a Alicia, así que no dijo nada, sino que partió de inmediato hacia la Reina Roja. Para su sorpresa, la perdió de vista en un instante y se encontró entrando de nuevo por la puerta principal.

Un tanto contrariada, retrocedió y, tras buscar a la reina por todas partes (a quien al fin divisó, muy a lo lejos), pensó que probaría esta vez el plan de caminar en la dirección opuesta.

Tuvo un éxito rotundo. No llevaba caminando ni un minuto cuando se encontró cara a cara con la Reina Roja, y a plena vista de la colina a la que tanto tiempo llevaba intentando llegar.

—¿De dónde vienes? —dijo la Reina Roja—. ¿Y adónde vas? Levanta la vista, habla con corrección y no te retuerzas los dedos todo el tiempo.

Alicia atendió a todas estas indicaciones y explicó, tan bien como pudo, que se había extraviado.

—No sé qué quieres decir con eso de tu camino —dijo la Reina—: todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí... Pero ¿por qué has venido hasta aquí? —añadió en un tono más amable—. Haz una reverencia mientras piensas qué decir: ahorra tiempo.

Alicia se extrañó un poco de esto, pero la Reina le infundía demasiado respeto como para dudarlo. «Lo probaré cuando vuelva a casa —pensó para sus adentros—, la próxima vez que llegue un poco tarde a cenar».

—Ya es hora de que contestes —dijo la Reina, mirando su reloj—: abre la boca un poco más cuando hables y di siempre «Vuestra Majestad».

—Solo quería ver cómo era el jardín, Vuestra Majestad...

—Así me gusta —dijo la Reina, dándole palmaditas en la cabeza, lo cual a Alicia no le gustó nada—, aunque, cuando dices «jardín»... yo he visto jardines en comparación con los cuales este no sería más que un erial.

Alicia no se atrevió a discutir la cuestión, sino que continuó: —... y pensé en intentar abrirme camino hasta la cima de aquella colina...

—Cuando dices «colina» —la interrumpió la Reina—, yo podría mostrarte colinas en comparación con las cuales a eso lo llamarías un valle.

—No, no lo haría —dijo Alicia, a quien la sorpresa llevó al fin a llevarle la contraria—: una colina no puede ser un valle, ya sabe. Eso sería un disparate...

Fin del Episodio 3 · de 19

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