A través del espejo·Episodio 18

Reina Alicia · II

~9 min · 1877 palabras

—¿Abrir la puerta? —dijo la Rana—. ¿Y qué es lo que ha estado preguntando? —Estaba tan sumamente ronco que Alicia apenas podía oírlo.

—No entiendo lo que quiere decir —respondió la niña.

—Hablo en cristiano, ¿no es verdad? —continuó la Rana—. ¿O es que eres sorda? ¿Qué te ha preguntado la puerta?

—¡Nada de nada! —replicó Alicia impaciente—. ¡He estado llamando a aldabonazos!

—Eso no se hace... no se debe hacer —masculló la Rana—. Se enfada, ya sabes. —Se acercó a la puerta y le propinó una patada con uno de sus zapatones—. Si la dejas a ella en paz —jadeó mientras regresaba cojeando hacia su árbol—, ella te dejará en paz a ti, tenlo por seguro.

En aquel instante la puerta se abrió de par en par, y se oyó una voz agudísima que entonaba:

«Al mundo del Espejo fue Alicia quien dijo: «¡Llevo un cetro en la mano, una corona en la cabeza; que las criaturas del Espejo, sean las que sean, vengan a cenar con la Reina Roja, la Reina Blanca y conmigo!».

Y centenares de voces se unieron al estribillo:

«¡Llenen las copas tan rápido como puedan, y salpiquen la mesa con botones y salvado: pongan gatos en el café y ratones en el té... ¡y den la bienvenida a la Reina Alicia noventa veces tres!».

Siguió un confuso clamor de vítores, y Alicia pensó para sus adentros: «Treinta veces tres son noventa. Me pregunto si alguien estará llevando la cuenta». Al cabo de un minuto se hizo el silencio de nuevo, y la misma voz aguda cantó otra estrofa:

«—¡Criaturas del Espejo —proclamó Alicia—, acercaos! Es un honor contemplarme, un favor escucharme: es un privilegio excelso sentarse a cenar y a merendar junto a la Reina Roja, la Reina Blanca y conmigo».

Y sonó el estribillo otra vez:

«¡Llenen las copas con melaza y con tinta, o con cualquier otro brebaje grato de beber: mezclen arena en la sidra y lana en el vino... ¡y den la bienvenida a la Reina Alicia noventa veces nueve!».

—¡Noventa veces nueve! —repitió Alicia desesperada—. ¡Oh, eso no se va a terminar jamás! Más valdrá que entre de una vez... —y se hizo un silencio sepulcral en el mismísimo instante en que apareció.

Alicia echó una mirada nerviosa a lo largo de la mesa mientras avanzaba por el gran salón, y advirtió que había alrededor de cincuenta comensales de toda laya: algunos eran fieras, otros aves, e incluso había unas cuantas flores entre ellos. «Me alegro de que hayan venido sin esperar invitación —pensó—: ¡jamás habría sabido a qué personas correspondía invitar!».

Había tres sillones en la cabecera de la mesa; las Reinas Roja y Blanca ya habían ocupado dos de ellos, pero el del medio estaba desierto. Alicia tomó asiento en él, bastante incómoda en medio de aquel silencio y deseando con toda su alma que alguien rompiera a hablar.

Por fin la Reina Roja tomó la palabra: —Te has perdido la sopa y el pescado —dijo—. ¡Que sirvan el asado! —Y los camareros colocaron una pierna de carnero asada ante Alicia, que la contempló con cierta zozobra, pues jamás en su vida había tenido que trinchar semejante pieza.

—Te veo algo tímida; permíteme que te presente a esta pierna de carnero —dijo la Reina Roja—. Alicia, Carnero; Carnero, Alicia. —La pierna de carnero se puso de pie en la fuente y le hizo una reverencia a Alicia; y la niña le devolvió la inclinación, sin saber si asustarse o echarse a reír.

—¿Me permiten que les sirva una tajada? —preguntó, empuñando el cuchillo y el tenedor, y mirando de una Reina a la otra.

—¡De ningún modo! —sentenció la Reina Roja con ademán tajante—. No es de buena crianza cortar a nadie a quien te acaban de presentar. ¡Que retiren el carnero! —Y los camareros se lo llevaron volando, trayendo en su lugar un enorme pudín de pasas.

—No quiero que me presenten al pudín, por favor —pidió Alicia con presteza—, o nos quedaremos sin cenar del todo. ¿Les sirvo un poco?

Pero la Reina Roja puso cara de pocos amigos y gruñó: —Pudín, Alicia; Alicia, Pudín. ¡Que retiren el pudín! —y los sirvientes se lo llevaron con tanta prisa que Alicia ni siquiera pudo devolverle la reverencia.

Sin embargo, la niña no veía por qué la Reina Roja había de ser la única en dar órdenes, así que, a modo de experimento, gritó: —¡Camarero! ¡Que vuelva a entrar el pudín! —y allí estuvo de nuevo en un santiamén, igual que en un truco de magia. Era tan descomunal que no pudo evitar sentirse un poco cohibida ante él, tal como le había ocurrido con el carnero; no obstante, venció su timidez con un gran esfuerzo de voluntad, cortó una rebanada y se la ofreció a la Reina Roja.

—¡Qué insolencia! —protestó el Pudín—. ¡Me gustaría saber cómo te sentaría a ti que te cortaran una tajada de las costillas, criatura de Dios!

Hablaba con una voz pastosa y mantecosa, y Alicia no supo qué responderle: solo pudo quedarse mirándolo con la boca abierta de puro pasmo.

—Haz alguna observación —ordenó la Reina Roja—: ¡es el colmo del ridículo dejar toda la conversación en manos del pudín!

—¿Saben ustedes que hoy me han recitado una cantidad enorme de poemas? —comenzó Alicia, un tanto amilanada al comprobar que, en cuanto despegó los labios, se hizo un silencio de muerte y todos los ojos se clavaron en ella—. Y me parece algo sumamente curioso... todas las poesías trataban de peces de una forma u otra. ¿Saben por qué les gustan tanto los peces por aquí?

Se dirigía a la Reina Roja, cuya contestación se fue un tanto por las ramas. —En cuanto a peces —dijo muy pausada y solemnemente, acercando la boca a la oreja de Alicia—, Su Blanca Majestad se sabe un enigma primoroso... enteramente en verso... y todo él sobre peces. ¿Quieres que te lo recite?

—Su Roja Majestad es muy amable al mencionarlo —murmuró la Reina Blanca al otro oído de Alicia, con una voz semejante al arrullo de una paloma—. ¡Sería un deleite tan exquisito! ¿Me das permiso?

—Haga el favor —pidió Alicia con exquisita cortesía.

La Reina Blanca se rió complacida y le acarició la mejilla a Alicia. Luego comenzó:

«—Primero hay que pescar el pez. Eso es fácil: una criatura de teta podría haberlo pescado. Luego hay que comprar el pez. Eso es fácil: un penique bien lo habría pagado.

»¡Ahora cocíname el pez! Eso es fácil, y no llevará más de un minuto. ¡Que repose en la fuente! Eso es fácil, porque ya está metido en ella.

»¡Tráelo aquí! ¡Déjame cenar! Fácil es poner semejante fuente sobre la mesa. ¡Levanta la campana del plato! ¡Ah, eso es tan difícil que mucho me temo no ser capaz!

»Pues se agarra como con cola: sostiene la tapa contra la fuente mientras el pez yace en el medio... ¿Qué es más fácil de hacer: destapar el pescado, o desvelar el acertijo?».

—Tómate un minuto para pensarlo y luego adivina —dijo la Reina Roja—. Entretanto, brindaremos por tu salud... ¡por la salud de la Reina Alicia! —gritó con todas sus fuerzas, y todos los comensales se pusieron a beber en el acto de la manera más estrafalaria: algunos se encasquetaron las copas en la cabeza como apagavelas y bebían lo que les chorreaba por la cara; otros volcaron las garrafas y bebían el vino conforme caía en cascada por el borde del mantel; y tres de ellos (que tenían aspecto de canguros) se metieron de un salto dentro de la fuente del carnero asado y comenzaron a lengüetear la salsa con avidez: «¡Igualito que cerdos en una batea!», pensó Alicia.

—Debes dar las gracias con un discurso bien compuesto —le ordenó la Reina Roja, frunciéndole el ceño.

—Debemos hacerte los coros y sostenerte, ya sabes —le susurró la Reina Blanca mientras Alicia se ponía en pie para hablar, muy obediente pero algo asustada.

—Muchísimas gracias —les cuchicheó en respuesta—, pero me las apaño perfectamente sola.

—De ningún modo sería lo propio —sentenció la Reina Roja con terquedad; así que Alicia procuró resignarse con la mejor disposición posible.

(«¡Y vaya si apretaban! —contó más tarde, al relatarle a su hermana los pormenores del convite—. ¡Se habría dicho que pretendían dejarme aplastada como una torta!»).

En efecto, le resultaba verdaderamente difícil mantenerse en su sitio mientras pronunciaba las palabras: las dos Reinas la estrujaban con tal empeño, una a cada flanco, que casi la levantaban en vilo en el aire: —Me pongo en pie para dar las gracias... —empezó Alicia: y en verdad que se elevó unos cuantos palmos mientras lo decía; pero se agarró con fuerza del borde de la mesa y logró volver a descender.

—¡Cuídate mucho! —chilló la Reina Blanca, agarrando a Alicia del cabello con ambas manos—. ¡Algo muy gordo va a suceder!

Y en aquel instante (según relató Alicia después) ocurrió de golpe toda suerte de prodigios. Las velas crecieron estirándose hasta alcanzar el techo, pareciéndose a un cañaveral coronado de fuegos artificiales. En cuanto a las botellas, se encasquetaron sendos platos que se ajustaron con presteza a guisa de alas, y así, con tenedores por patas, se pusieron a revolotear en todas direcciones: «y tienen un aspecto bastante parecido al de los pájaros», pensó Alicia para sus adentros, en la medida en que podía coordinar una idea en medio del caos infernal que se desataba.

En ese instante escuchó una risa ronca a su lado y se volvió para ver qué le pasaba a la Reina Blanca; pero, en lugar de la soberana, estaba la pierna de carnero sentada en el sillón. —¡Aquí estoy! —gritó una voz desde la sopera, y Alicia se volvió de nuevo justo a tiempo de ver la cara ancha y bondadosa de la Reina sonriéndole un instante por encima del borde de la sopera, antes de zambullirse de cabeza en el caldo.

No había un solo segundo que perder. Varios de los invitados yacían ya despanzurrados en el interior de las fuentes, y el cucharón de servir la sopa avanzaba caminando por la mesa hacia la silla de Alicia, haciéndole señas impacientes para que se apartara de su camino.

—¡No pienso tolerar esto ni un segundo más! —gritó la niña mientras se ponía en pie de un brinco y agarraba el mantel con ambas manos: de un tirón seco y enérgico, platos, fuentes, convidados y candelabros se vinieron abajo entrechocando con tremendo estrépito sobre el entarimado.

—Y en cuanto a ti —continuó, encarándose con furia con la Reina Roja, a quien consideraba la culpable de todo aquel desaguisado... pero la Reina ya no estaba a su lado: se había encogido repentinamente hasta quedar reducida al tamaño de una muñequita, y ahora correteaba alegremente sobre la mesa en círculos persiguiendo su propio mantón, que iba arrastrando tras de sí.

En cualquier otra ocasión Alicia se habría quedado atónita ante semejante mutación, pero ahora estaba demasiado excitada para sorprenderse de nada. —¡Y en cuanto a ti —repitió, atrapando a la diminuta criatura justo en el momento en que saltaba por encima de una botella que acababa de posarse en la mesa—, te voy a sacudir hasta que te conviertas en un gatito, vaya si lo haré!

Fin del Episodio 18 · de 19

Reina Alicia · II

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